5. Los reinos de Israel y de Judá
5. Los reinos de Israel y de Judá
Este régimen de unión personal y esta tentativa de imperio duraron sólo dos generaciones. A la muerte de Salomón, Israel y Judá se separan y forman dos Estados nacionales, con dependencias exteriores cada vez más reducidas. Pero la concepción del Estado es bastante diferente por una y otra parte. En Israel revive el aspecto carismàtico de la época de Saúl. Un profeta que habla en nombre de Yahveh, 1Re11:31.1Re11:37, promete el trono al primer rey, Jeroboam, y éste es luego reconocido por el pueblo. 1Re 12:20. Asimismo Jehú es designado rey por Yahveh, 1Re 19:16, ungido por un discípulo de Eliseo, 2Re 9:1s, aclamado por el ejército, 2Re9:13. Dios es quien pone y quita los reyes en Israel, 1Re14:7s;1Re16:1s; 1Re21:20s; 2Re9:7s; cf. Os13:11. Pero Oseas echa también en cara al pueblo el haber creado reyes sin el consentimiento de Dios, Os8:4. De todos modos, la sucesión hereditaria no se reconoció en Israel antes de Omrí, y el principio dinástico no llegó jamás a aclimatarse completamente: la dinastía de Omrí duró unos cuarenta años, la de Jehú un siglo, gracias al largo «reinado de Jeroboam II, después del cual en veinte años se sucedieron seis reyes, cuatro de ellos asesinados, hasta la conquista del reino por los asirios.
Esto forma flagrante contraste con el reino de Judá. Allí se admitió, desde los comienzos, el principio dinástico, que fue sancionado por una intervención divina: la profecía de Natán promete a David una casa y una realeza que subsistirán para siempre, 2Sam7:8-16. La elección de Dios, que en la época de los jueces y de Saúl, y a intervalos en Israel, distingue a un individuo, se fija aquí en un linaje y, una vez reconocida esta elección, la sucesión se establece por reglas humanas. Cuando David está para morir, no se discute a su alrededor acerca del principio dinástico, sino sobre cuál de sus hijos le ha de suceder, y David mismo —y no Yahveh— es quien designa a Salomón, 1Re1:28-35. Más tarde Judá, contrariamente a Israel, acepta sin discusión a Roboam, hijo de Salomón, 1Re 12:1-20. Desde luego, no faltarán en Judá las revoluciones de palacio, pero siempre se mantendrá el linaje davídico, gracias a la fidelidad del «pueblo del país», de la nación, 2Re11:13-20; 2Re14:21; 2Re21:24; 2Re23:30.
Es probable que, si estuviésemos mejor y más homogéneamente informados sobre los dos reinos, aparecerían también otras diferencias institucionales. De todos modos, un hecho resulta evidente: Israel y Judá son ora aliados, ora enemigos, pero siempre son independientes el uno del otro, y el extranjero Jos considera como elementos distintos. Sin embargo, este dualismo político no impide que los habitantes se consideren como un solo pueblo: son hermanos, 1Re12:24; cf. 2Cr28:11, tienen tradiciones nacionales comunes, y los libros de los Reyes, al presentar sincrónicamente la historia de Judá y de Israel, entienden referir los destinos de un mismo pueblo. Éste está unido por su religión. Como lo había hecho ya un hombre de Dios que venía de Judá, 1Re 13:1 s, el judío Amós predica en Betel, no obstante la oposición de Amasias, que quiere devolverlo a Judá, Am7:10-13. En el templo de Jerusalén se rinde culto a «Yahveh, Dios de Israel». Este nombre de Israel, que las condiciones políticas oponen con frecuencia a Judá como designación particular del reino del norte, conservó siempre un significado más amplio, e Is 8:14 habla de las «dos casas de Israel». Así, a través de la división política del período monárquico, sobrevive la idea religiosa de la confederación de las doce tribus, cuya reunión futura es esperada por los profetas.
6. La comunidad posterior a la cautividad
La caída de Jerusalén señala el ñn de las instituciones políticas de Israel. Judea será en adelante parte integrante de los imperios neobabilónico, persa, seléucida, que le impondrán el estatuto habitual de sus provincias y, cuando los asmoneos reivindiquen el título de reyes, permanecerán todavía bajo tutela. Desde luego, las antiguas costumbres se perpetúan en el plano de la vida municipal, por los clanes, mispahót, y sus ancianos, zěqenim,⁷ ¿Existe una concepción israelita del Estado?que representan al pueblo cerca de las autoridades, Esd 5:9; Esd6:7; pero ya no hay noción del Estado. En los límites de la autonomía religiosa y cultural que todavía conservan, los judíos constituyen una comunidad religiosa, regida por su ley religiosa, bajo el gobierno de sus sacerdotes. Es un régimen teocrático, y aquí vuelve a aparecer y se afirma una vieja noción: Israel tiene por rey a Dios, Éx 15:18; Núm23:21; Jue8:23; 1Sam8:7; 1Sa12:12; 1Re22:19; Is6:5. Es una idea que se expresa frecuentemente durante la cautividad y después de ella, en la segunda parte de Isaías, Is 41:21; Is43:15; Is44:6, y en los salmos del reinado de Yahveh, Sal47; Sal 93;Sal96; Sal97; Sal98; Sal99 Los reyes que gobernaron a Israel fueron sus vicarios, 1Cr17:14; 1Cr28:5; 2Cr9:8. El cronista, reflexionando sobre la vida de su pueblo, ve en el reinado de David la realización de este reino de Dios sobre la tierra, 2Cr 9:11-29, y considera que la comunidad judía del retorno, la de Zorobabel y de Nehemías, se aproxima a este ideal, Neh 12:44-47
7. ¿Existe una concepción israelita del Estado?
No se puede hablar, pues, de una concepción israelita del Estado. La confederación de las doce tribus, la realeza de Saúl, la de David y de Salomón, la comunidad posterior a la cautividad, representan otros tantos regímenes diferentes. Se puede, desde luego, ir más lejos y decir que no hubo nunca concepción israelita del Estado. Ni la confederación de las tribus ni la comunidad del retorno constituían Estados. Entre las dos, la monarquía, con formas variables, se mantuvo durante tres siglos en cuanto a las tribus del norte, durante cuatro siglos y medio en cuanto a Judá pero no es fácil determinar hasta qué punto estas instituciones penetraron y modificaron la mentalidad del pueblo. Con una facilidad que llama la atención, la comunidad posterior y la cautividad vuelve al género anterior a la monarquía, lo cual permite suponer una continuidad de las instituciones al nivel del clan y de la ciudad. Esta vida municipal es también el único aspecto de la vida pública que consideran los textos legislativos. Existe la «ley del rey» de Dt17:14-20 y el «derecho del rey» de 1Sm 8:11-18; cf. 1Sa10:25, pero que en nada se parecen a cartas políticas. Estos textos aceptan el hecho de la realeza como tolerado por Yahveh, 1Sam 8:7-9, o como subordinado a su elección, Dt 17:15, ponen en guardia contra una imitación del extranjero, 1Sam8:5; Dt17:14, y contra los males que acarrea tal imitación, 1Sam 8:11-18; Dt17:16-17. Y' nada más. Y para estudiar las instituciones reales, será preciso espigar informes ocasionales en los libros históricos.
Existe una corriente hostil a la monarquía, que aparece en una de las tradiciones sobre la institución de la realeza, 1Sam 8:1-22; 1Sa10:18-25, en las reticencias de Dt 17:14-20, en las invectivas de Oseas, Os 7:3-7; Os8:4,Os 8:10; Os10:15; Os13:9-11, y en las de Ezequiel, Ez 34:1-10; Ez43:7-9, que solo concede un papel muy esfumado al «príncipe» (evita el nombre de «rey») en su programa de restauración futura, Ez45:7 s.Ez45:17.Ez45:22s. El redactor deuteronómico de los libros de los Reyes condena a todos los reyes de Israel y a casi todos los de Judá.
Hay, por el contrario, una corriente favorable que se expresa en la otra tradición sobre la institución de la realeza, 1Sam9:1-10, 1Sam9:16; 1Sam11:1-11.1Sam11:15, en todos los pasajes que glorifican a David y a su dinastía, desde el profeta Natán, 2Sam 7:8-16, en los salmos reales. Sal2, Sal18; Sal20; Sal21, etc., en todos los textos del mesianismo real, que anuncian que el salvador futuro será descendiente de David, un rey según la imagen idealizada del gran rey de Israel, Is7:14; Is9:5-6; Is11:1-5; Jer23:5; Mi5:1; cf. la adaptación mesiánica de los salmos reales.
Pero estos dos juicios opuestos se inspiran en una misma concepción del poder, que es fundamental para el pensamiento israelita, a saber, la teocracia: Israel es el pueblo de Yahveh y no hay otro más señor que él. Por eso Israel no deja de ser, de un extremo a otro de su historia, una comunidad religiosa: la religión era la que confederaba a las tribus instaladas en Canaán, así como también agrupaba a los desterrados de regreso de Babilonia, y como también mantiene la cohesión del pueblo durante la monarquía y a pesar de la división de los dos reinos. Los jefes humanos de este pueblo son escogidos, aceptados o tolerados por Dios, pero le están subordinados y son juzgados conforme a su fidelidad a la alianza indisoluble concluida entre Yahveh y su pueblo. En tal perspectiva el Estado, prácticamente la monarquía, aparece como elemento accesorio y, de hecho, Israel prescindió de él durante la mayor parte de su historia. Todo lo cual aconseja, contrariamente a cierta escuela reciente, que, en el estudio de la religión de Israel, no se conceda excesiva importancia a lo que se designa como «la ideología real».
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