4. Los ziggurats
4. Los ziggurats
El sentimiento de que la divinidad se manifiesta sobre las montañas indujo a construir los santuarios no sólo sobre alturas naturales, sino también sobre basamentos artificiales. Algunos de los más antiguos templos de Mesopotamia están construidos sobre una alta terraza, por ejemplo en Uruk, en Hafapen, en El-Obeid, en Uqair y otros. Este zócalo, que se realzaba mediante la superposición de pisos, de los que resultaba ser el elemento principal, dio origen a un tipo de arquitectura religiosa característico de Babilonia y de las regiones que sufrieron su influjo: las torres en pisos, los ziggurats.
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Se encuentran sobre todo en Baja Mesopotamia, pero los hay también en Asiría y en la ribera siria del Eufrates, en Mari, y en Persia, en Susa y, cerca de ésta, en Choga-Zanbil, donde acaba de descubrirse un gran ziggurat: tiene 105 metros de lado en la base y debía elevarse más de 50 metros. Estas enormes construcciones no eran solamente un basamento: los textos y los monumentos figurados nos indican que en su cima sostenían un santuario, y las excavaciones demuestran que había otro santuario en su base. Hay dos maneras de explicar esta dualidad: o bien se suponía que el dios residía en el santuario de la cumbre, de donde descendía para manifestarse en el santuario de abajo, o bien el santuario superior no era sino una estación para el dios que venía a la tierra, un paso que atravesaba para descender al santuario de abajo, que era su residencia más estable sobre la tierra. Todavía la idea expresada por el ziggurat parece ser la de una «montaña» en que el dios se encuentra con su fiel, un gigantesco escaño al que desciende el dios y asciende el fiel a fin de reunirse ambos.
El ziggurat de Babilonia se llamaba e-temen-an-ki. «templo del fundamento, del cielo y de la tierra», Su base cuadrada tenía 91 metros de lado y, según el testimonio de una tableta cuneiforme y de Heródoto, su altura alcanzaba por lo menos esta cifra. Los textos no lo mencionan sino a partir del siglo VII a.C., pero debió de existir mucho antes y fue diversas veces destruido y restaurado. A tal torre, o a alguna otra arruinada, de Babilonia se refirió la tradición bíblica de la Torre de Babel, Gén11:1-9. Los constructores habían tratado de hallar un medio de aproximarse más a su dios, pero la torre se derrumbó y el autor teólogo interpreta esta ruina como castigo divino de los hombres, cuyo orgullo había pretendido escalar el cielo.
5. Los templos
El edificio construido sobre un lugar santo para celebrar en él el culto, es el templo. Las lenguas semíticas antiguas no poseen término especial para designar el templo. En acádico se dice simplemente la «casa», bîtu, o el «palacio», ekallu (del sumèrico E-KAL,«casa grande») del dios; el templo se puede llamar también ekurru, que es asimismo un préstamo sumèrico: E-KUR, «casa de la montaña». En fenicio (en Ras Samra), los términos bt, «casa», y hkl, «palacio» (tomado del acádico, ekallu), alternan para significar el templo. De la misma manera, en hebreo, el templo es una «casa», bét, o un «palacio», hékal (derivado del acádico por intermedio del fenicio). En los libros tardíos de la Biblia, sobre todo en Ezequiel, el templo se denomina con frecuencia miqdas, mas el término significa propiamente «lugar santo, santuario» y no precisamente «templo construido». En los textos antiguos se pone en paralelo con «lugar alto», Is16:12; Am7:9; y se aplica al santuario al aire libre de la encina de Siquem, Jos 24:26.
En hebreo, lo mismo que en fenicio y en acádico, las mismas palabras designan, pues, la «casa» o el «palacio» del dios y la «casa» o el «palacio» del rey. En efecto, el templo se construye para que sea la morada de la divinidad. El plan típico de un templo mesopotámico es el mismo que el de una casa grande o de un palacio, donde el dios reside, representado por una estatua. Este plano no es idéntico en Babilonia y en Asiría (en la medida en que no recibió influjo de Babilonia), dado que las habitaciones humanas eran también diferentes. En Babilonia, un patio rodeado de edificios retiene a los fieles delante de las salas de culto, a las que no tienen acceso, pero donde una puerta central les facilita la visión directa de la efigie divina colocada en la celia del fondo. El templo asido de tipo puro no tiene patio; se entra en él por una puerta abierta a uno de los lados largos y es necesario volverse para colocarse frente a la imagen colocada en el fondo de la sala de culto, precisamente donde se hallaba el hogar en las casas de los hombres. El acceso a la divinidad es a la vez más fácil y más misterioso que en Babilonia, lo que corresponde a cierta diferencia entre el sentimiento religioso de ambas regiones.
En cuanto a Siria-Palestina, se ha discutido sobre el carácter religioso o laico de ciertos edificios, por ejemplo, del «palacio» o «templo» de Ay, lo cual indica suficientemente que allí la casa del dios estaba igualmente construida a imitación del palacio del rey. En el tercer milenio antes de nuestra era, no sólo el templo de Ay, sino los templos reconocidos de Jericó, Meguiddó y quizá tell el fár'ah del norte tienen una entrada indirecta por el lado largo, como en los templos asirios arcaicos. El plano se modifica en el segundo milenio, probablemente al mismo tiempo que el de la morada regia: se complica con una celia, a veces realzada, y con un pórtico o un vestíbulo, sucediéndose en fila las tres piezas y teniendo la entrada por la parte estrecha del edificio. Es el plano que encontramos en el santuario del siglo XV-XIV a.C. descubierto recientemente en Hasor y que vuelve a hallarse en un pequeño templo de tell tainat en Siria, a comienzos del primer milenio. Es también el plano que adoptará Salomón para el templo de Jerusalén.⁶
En los templos de Mesopotamia, sobre los que estamos mejor informados, la jornada del dios se desarrollaba de la misma manera que la del rey: se vestía a la estatua, se le servían las comidas, se la paseaba en suntuoso cortejo. Este ritual cotidiano reclamaba numerosas dependencias alrededor del templo, habitaciones de los sacerdotes y de los servidores, depósitos, cocinas, cuadras, todo lo cual acentuaba la semejanza entre el templo del dios y el palacio del rey.
Sin embargo, incluso en Mesopotamia, el templo no es la morada exclusiva del dios, de modo que su presencia y su acción se limiten a este edificio. Hubo quizá devotos que lo creyeran así, pero no era éste el sentido de la religión: la estatua o el símbolo sagrado no son el dios; sólo manifiestan y encarnan su presencia; el templo es sin duda alguna su morada, pero puede tener divesas en el país e incluso en la misma ciudad, y la acción de los grandes dioses, llámense Marduk, Asur o Baal, se extiende al universo entero. El objetivo del ziggurat era, como ya hemos visto, ir al encuentro del dios que bajaba del cielo a su templo.
A propósito del templo de Jerusalén veremos cómo estas concepciones vuelven a encontrarse, depuradas, en la religión de Israel. El culto legítimo de Yahveh no admitía imágenes, pero el templo no dejaba de ser la «casa de Yahveh», el lugar del que había dicho: «Mi nombre estará allí», 1Re 8:29.
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