4. La jerarquía sacerdotal
4. La jerarquía sacerdotal
En torno a los descendientes de Sadoq se agrupaba un sacerdocio numeroso, como en todos los grandes santuarios antiguos. En Hierápolis, según Luciano,De Dea Syra 42-43, había por lo menos trescientos sacerdotes, sin contar a los cantores y a los galos. El templo de comana, en Capadocia, tenía, según Estrabón, 12, 2, 3, un personal de seis mil sacerdotes. Las cuentas de Citio suponen un clero importante. Sería fácil multiplicar los ejemplares. Bajo Saúl el santuario de Nob era servido por Ahimélek y ochenta y cinco sacerdotes de la descendencia de Elí, 1Sa 22:16-18. En el templo de Jerusalén hubo ciertamente más, aunque es inútil tratar de precisar el número.
Necesariamente, este clero estaba organizado. ¿Quién era su jefe? La expresión, «el sumo sacerdote», hakkohen haggádól, aparece cuatro veces en los textos anteriores a la cautividad, 2Re12:11; 2Re22:4.2Re 22:8; 2Re23:4, pero 2Cr 24:11, paralelo a 2Re12:11, dice kohen hárós, y 2Cr 34:14-18, paralelo a 2Re 22:4.2Re 22:8, dice solamente kohen, que es lo que supone también la versión griega de 2Re 23:4. Así, todas las menciones del «sumo sacerdote» anteriores a la cautividad, parecen ser retoques posteriores. El título de «sumo sacerdote» no existía antes de la cautividad, de lo que a veces se ha deducido que era el rey el que cumplía sus funciones, así como después de la cautividad, el sumo sacerdote hacía las veces del rey. En el capítulo siguiente veremos que el título de «sumo sacerdote» se da por primera vez a Josué, el primer sacerdote del nuevo templo, pero Josué tenía a su lado a Zorobabel, representante del poder civil, y sólo poco a poco fue afirmándose el carácter «real» del sumo sacerdote. Es cierto que antes de la cautividad tenía el rey la suprema autoridad sobre el templo y su clero, que él mismo oficiaba en determinadas circunstancias, pero se hallaba fuera de la jerarquía sacerdotal.
El sacerdocio tenía un jefe que por lo regular es llamado sencillamente «el sacerdote», el sacerdote por excelencia, como en la lista de Salomón, 1Re4:2, a propósito de Yehoyada, 2Re 11:9s; 2Re12:8s, de Urías, 2Re16:10s; Is8:2, de Hilquiyyahu, 2Re 22:12-14, todos ellos evidentemente jefes del sacerdocio. Una vez en los Reyes se le llama «sacerdote de cabeza» o «sacerdote en jefe», kohen hárós, 2Re 25:18 y el paralelo de Jer 52:24, y varias veces en los Paralipómenos, 2Cr19:11;2Cr24:6(?).2Cr24:11;2Cr26:20; la fórmula está desarrollada en 2Cr 31:10: «el sacerdote, jefe de la casa de Sadoq».
Dejando a un lado la cuestión del título, es evidente que el clero tenía una cabeza, de la misma manera que los textos de Ras Samra y varias inscripciones mencionan a un «jefe de los sacerdotes». Pero no se debe olvidar que la importancia y las atribuciones de este jefe del sacerdocio no son comparables con las que tendrá el sumo sacerdote después de la cautividad: sólo gobierna al clero de Jerusalén y él mismo es responsable delante del rey, cf.2Cr 12:8; 2Cr16:10; el sumo sacerdote del judaismo será el jefe religioso y civil de toda la comunidad durante el período en que esta comunidad será independiente bajo los asmoneos, el sumo sacerdote hará las veces del rey e incluso adoptará él título a partir de Aristóbulo.¹
Debajo del sacerdote en jefe se hallaba «el sacerdote segundo», kohen misné, 2Re 23:4 y 2Re25:18 = Jer52:24, donde se menciona su nombre: Sefanyahu. Este personaje aparece varias veces en el libro de Jeremías, Jer21:1; Jer37:3, y sobre todo Jer29:24-29, donde lleva el título de «superintendente del templo» y donde se ve que estaba encargado de la policía del santuario; sucedió a cierto Yehoyada, Jer29:26, antes del cual tal función fue desempeñada por el sacerdote Pasehur, Jer 20:1-2.
Después del sacerdote en jefe y del sacerdote segundo, 2Re 23:4 y 2Re25:18=Jer 52:24 mencionan a los «guardianes del umbral». Son funcionarios superiores del templo, no ya simples porteros, con los que parece confundirlos 2Cr 34:9; cf. también 1Cr 9:22. Según 2Re 25:18 son solamente tres, y el ordenamiento de Joás les atribuye la función de recibir las contribuciones del pueblo, 2Re12:10; 2Re22:4.
Subordinados a estos altos dignatarios del sacerdocio desempeñaban un importante papel «los ancianos entre los sacerdotes»: Ezequías los envía junto con el mayordomo de palacio y el secretario real para consultar a Isaías, 2Re19:2=Is 37:2. Jeremías toma como testigos a algunos ancianos del pueblo y a algunos ancianos de los sacerdotes (así en hebreo; el griego dice sencillamente: algunos sacerdotes), Jer19:1. Conforme a la analogía con los «ancianos del pueblo» 6, estos ancianos entre los sacerdotes son los jefes de las familias sacerdotales y anuncian ya la repartición del clero en clases, que se desarrollará después de la cautividad y que es referida a los tiempos de David por 1Cr 24:1-18.
5. Los ingresos de los sacerdotes
El templo de Jerusalén no poseía bienes raíces como los templos de Mesopotamia y de Egipto, pero era un santuario de Estado y se puede suponer que el rey tomaba a su cargo los gastos ordinarios del culto público, así como los gastos extraordinarios de reparación de los edificios. Por lo menos lo hizo así hasta Joás, quien sobre este particular dictó ordenamientos que vamos a analizar a continuación. Por el contrario, no hay ningún indicio de que el rey proveyese al mantenimiento del clero. Éste podía únicamente contar con los ingresos del culto. Acerca del período de la monarquía poseemos pocos informes, a veces difíciles de interpretar.
Según una regla universal, el sacerdote vive del altar: le corresponde su parte de los sacrificios que en él se ofrecen, fuera del holocausto, que se consume totalmente. La historia de los hijos de Elí, 1Sa 2:12-17, recuerda el derecho de los sacerdotes según la costumbre de Siló; en cada sacrificio, el servidor del sacerdote retiraba una porción de la olla en que se guisaba la carne. La falta de los hijos de Elí no consistía en que tomaban su parte, sino en que contrariamente al uso, exigían las carnes crudas aun antes de que se hubiese ofrecido la grasa en el altar: es decir, que se servían antes de que se hubiese servido a Yahveh. Oseas, por su parte, echa en cara a los sacerdotes que se alimentan del «pecado» del pueblo Os4:8. Es posible que no se trate precisamente de los sacrificios por el pecado, de los que el sacerdote retenía todo lo que no era ofrecido en el altar, según Lev 6:19, sino más bien de los sacrificios en general, ofrecidos con malas disposiciones y considerados por el profeta como un «pecado», cf. Os 8:11; en todo caso, el sacerdote se sustenta de los sacrificios. El mismo principio se mantiene seguramente en el templo de Jerusalén, adaptándose a las modificaciones del ritual.
El sacerdote tenía asimismo una parte de las contribuciones aportadas al templo, como lo prueban los dos ordenamientos de Joás, 2Re12:5-17; cf. 2Re22:3-7. La primera permite que los sacerdotes perciban todo el dinero que depositan los fieles, ya se trate de impuestos obligatorios o de dones voluntarios, con la condición de que efectúen las reparaciones que exige el estado del templo. Como se ve a continuación, la novedad de este ordenamiento no consiste en instituir un derecho de los sacerdotes sobre las contribuciones, sino más bien en imponérles una carga que disminuye sus ingresos. A los sacerdotes que no cumplan su obligación, el segundo ordenamiento les retira la mayor parte de este emolumento, pero les deja el dinero que se paga como satisfacción por un delito o por un pecado; aquí es diferente que se trate de una multa impuesta por faltas análogas a las que se borraban con los sacrificios por el delito o por el pecado, o de una contribución que acompañaba a estos sacrificios o los reemplazaba.⁷
La ley de los sacerdotes en Dt 18:1-5 determina los derechos del sacerdocio: los sacerdotes levitas vivirán de las viandas ofrecidas a Yahveh, puesto que han sido escogidos para el servicio de Dios: les corresponderá el hombro, la mandíbula y el estómago de toda víctima sacrificada, como también lo mejor, rêšît, del trigo, del vino y del aceite, y del esquileo del ganado menor. A este texto formal parecen oponerse otras prescripciones del mismo Deuteronomio: los israelitas deben aportar al santuario único los sacrificios y todas sus ofrendas, diezmos, ma'aser, primogénitos, bekôr, etc., y comerlos en presencia de Yahveh con su familia, sus servidores y el levita que vive con ellos, Dt12:6-7, Dt12:11-12.Dt12:17-19. La misma prescripción se renueva a propósito de las primicias, bikkûrîm, Dt 26:1-11, y se precisa a propósito del diezmo y de los primogénitos: si el santuario está demasiado lejos, estas entregas se pueden convertir en dinero, con el cual se compra en el santuario lo necesario para hacer un festín delante de Yahveh, en cuyo caso no se debe olvidar «al levita que vive en tus ciudades», Dt14:22-27. Finalmente Dt14:28-29 y Dt26:12-15 prescriben que cada tres años se guarde el diezmo en el lugar donde uno vive y se distribuya al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda; la presentación de este diezmo trienal al santuario es reemplazada por la declaración de que ha sido empleado según la ley, Dt 26:13. Los levitas de quienes se preocupan todos estos textos eran los que vivían dispersos en medio de los israelitas, que podían acompañarlos en las peregrinaciones y que son recomendados siempre a su caridad; nada se asigna a los sacerdotes levitas que ofician en el santuario. De ello se ha sacado la conclusión de que Dt18:1-5, que determina los derechos de los sacerdotes levitas, es un texto posterior y que el Deuteronomio no había previsto en un principio nada para los sacerdotes del santuario.
Discurriendo así se prescinde del carácter del Deuteronomio, que es un código reformador, cf. Dt 12:8 acerca de la materia misma que nos ocupa. Los sacrificios, aprontamientos, diezmos, etc., existían anteriormente, así como los derechos que tenían sobre ellos los sacerdotes de los santuarios. Pero la ley del santuario único promulgada por el Deuteronomio, imponía nuevas medidas, y todos los textos relativos a los levitas se explican en esta perspectiva. La supresión de los santuarios locales los priva de sus ingresos, por lo cual deben ser mantenidos por los israelitas, precisamente de los emolumentos del culto de que participaban anteriormente: los que tomen parte en las peregrinaciones serán invitados a las comidas religiosas y todos tendrán su parte de los diezmos trienales. Pero no podemos imaginarnos que los israelitas y sus invitados consumiesen todo lo que llevaban al santuario — lo que hubiese quitado casi todo el sentido a su ofrenda — y, a pesar del silencio de los textos, se debe suponer que una parte quedaba reservada a los ministros; y así nos hallamos otra vez con Dt 18:1-5, que se refiere a los sacerdotes del santuario único y no ya a los oferentes y a los levitas de las provincias. Por otra parte, a éstos afecta la prescripción que sigue inmediatamente: si tales levitas van a establecerse cerca del santuario, ejercerán su función sacerdotal y disfrutarán de los ingresos que le son anejos, Dt 16:6-8.
No se puede decir en qué medida se observaron estas prescripciones y se sabe que por lo menos la última no pudo ser aplicada por Josías, 2Re 23:9. De todos modos, estos textos, lejos de probar que los sacerdotes carecían de medios de subsistencia, suponen más bien que el sacerdocio vivía de los ingresos del culto.
A esta conclusión no se debe oponer el silencio de las leyes más antiguas: el código elohísta de la alianza, Éx 23:19, y el código yahvista, Éx 34:26, prescriben que se lleve a la casa de Yahveh lo mejor de las primicias de la tierra. Nada se dice de la parte que correspondería a los sacerdotes, pero estos dos códigos no hablan nunca de los sacerdotes y es normal que éstos, desde un principio, recabasen provecho de las primicias, de la misma manera que participaban de los sacrificios. Lo mismo habrá que decir del diezmo, que no se menciona en los códigos yahvista y elohísta, sino que es una institución muy antigua documentada, en cuanto al santuario de Betel, por Am 4:4 y por el relato de la fundación en Gén 28:22. Prácticamente esta situación de la época monárquica es la que Ezequiel integra en su plan para el porvenir, Ez 44:29-30, y no hay razón de excluir estos versículos — ni en todo ni en parte— como añadidura que representaría la situación después de la cautividad, como lo hacen diversos autores recientes. Sobre este punto de los ingresos sacerdotales no hay entre el primer templo y el segundo una oposición tan radical como se supone comúnmente. Pero hubo una evolución y determinaciones de detalle, de que se hablará en el capítulo siguientes.
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