4. La guerra de asedio
4. La guerra de asedio
Murallas y bastiones suministraban a las ciudades protección eficaz contra los asaltantes que no disponían más que de arcos y de hondas como armas arrojadizas. Éstos tenían que recurrir a la estratagema u optar por la lentitud del asedio.
Con la estratagema nos encontramos en los relatos de la conquista. Josué envía espías a reconocer las defensas de Jericó, quienes se ponen al habla con Rahab y se ponen de acuerdo con ella acerca de una señal, Jos2: es aparentemente el resto de una tradición que explicaba por la traición de Rahab la toma de Jericó, pero que fue eclipsada por la tradición acerca de la caída milagrosa de las murallas. En cuanto a Betel, el texto es claro: los espías obtienen de un traidor la indicación de un paso por el que penetran los israelitas, Jue1:23-25. En otras ocasiones se atraía a los defensores al exterior de la ciudad: ante los muros de Ay, los israelitas simulan la fuga, toda la gente de Ay los persigue y una tropa que Josué había dejado emboscada entra en la plaza y le pone fuego, Jos8:3-22. Era una artimaña clásica que se renovó con éxito en Guibeá durante la guerra contra Benjamín, Jue 20:29-41, y de la que el rey de Israel tenía por sospechosos a los arameos que habían levantado el sitio de Samaría, 2Re 7:12. Finalmente, se daba también el caso de que un grupo de hombres decididos forzasen la entrada por sorpresa; parece ser que Jerusalén fue conquistada así por David, 2Sam 5:7-8: Joab debió de penetrar por el túnel que conducía desde la fuente hasta la ciudad.
Sin recurrir a estos subterfugios, un enemigo poderoso podía servirse de la intimidación para que una ciudad le abriese sus puertas o aceptase sus condiciones, cf. Dt 20:10-11. Los habitantes de Yabes de Galaad estaban dispuestos a rendirse a Nahás el ammonita si sus exigencias no hubiesen sido tan crueles, 1Sam 11:1s. Acab acepta las primeras peticiones de Ben-Hadad que acampa bajo los muros de Samaría, 1Re20:1s. El enviado de Senaquerib trata de obtener la rendición de Jerusalén evocando la fuerza de los asirios, la inutilidad de la resistencia y los horrores del sitio, 2Re 18:17s.
Si la ciudad no caía por artimaña o por sorpresa, si las negociaciones fracasaban, entonces había que recurrir al asedio en regla. El campamento se plantaba frente a la ciudad, 2Sam 11:1; 1Re 16:15-16, etc., se bloqueaban los caminos, se ocupaban las aguadas, cf. el texto tardío de Jdt 7:12.17-18, y se aguardaba a que el hambre y la sed acabasen por dominar a los habitantes, 2Re6:25s; Jdt7:20s. Los asaltantes hostigaban a los defensores apostados sobre las murallas, 2Re 3:25. Los sitiados intentaban aflojar el cerco efectuando salidas, 2Sam11:17; 1Re 20:15-21, o bien, si daban la partida por perdida, buscaban la manera de escaparse, 2Re 3:26; 2Re25:4.
Si la resistencia se obstinaba demasiado o si se veía que iba amainando, se aceleraba la decisión y se daba el asalto. Se amontonaba un terraplén contra la muralla, que constituía una rampa de acceso, los zapadores abrían una brecha; la operación está descrita a propósito del cerco de Abel Bet-Maaká bajo David, 2Sam 20:15-16. El término técnico usado para designar este terraplén es solálah, cf. también 2Re19:32 (Senaquerib en Jerusalén); Jer32:24 y Jer33:4 (los caldeos en Jerusalén), y los textos de Ezequiel que citaremos más adelante. Se intentaba también pegar fuego a las puertas, Jue 9:52. Los asaltantes, llegados al pie de la muralla, estaban expuestos a los tiros de los defensores, que redoblaban los esfuerzos en aquel momento crítico: en Tebes, Abimélek fue muerto por una muela de molino arrojada por una mujer, Jue9:53. Pero la resistencia no disponía más que de estos medios de fortuna o de armas ordinarias. Es cierto que, según 2Cr 26:15, Ozías «hizo en Jerusalén máquinas de guerra inventadas por los ingenieros, para ser colocadas en los castillos y en los ángulos y, mediante ellas, lanzar flechas y grandes piedras». En esto se ha querido ver una especie de artillería, ballestas y catapultas, y al no hacer a Ozías el honor de inventos que no poseían los mismos asirios, se ha negado el valor histórico de este texto. Pero en él se habla de una cosa muy distinta: estas «máquinas» consistían sencillamente en andamiajes dispuestos como saledizos sobre las cortinas y los bastiones, de donde los arqueros y honderos podían batir el pie de la muralla quedando ellos mismos al abrigo de los tiros. Era el equivalente de los matacanes de la arquitectura militar de la edad media. Efectivamente, tales dispositivos coronan las murallas en el bajo relieve asirio de la toma de Lakís. Los judíos no utilizaron máquinas para defender o atacar las ciudades antes de las guerras macabeas, en las que imitaron a los griegos contra quienes luchaban, 1Mac 6:20.1Mac 6:51-52; 1Mac 11:20; 1Mac 13:43s.
Las reglas religiosas de la guerra de asedio están consignadas en Dt 20:10-20. Cuando se trata de una ciudad en territorio extranjero, hay que comenzar por proponerle la paz: si la ciudad abre sus puertas, la población será únicamente sometida a prestaciones de trabajo; si se niega, la ciudad será sitiada y sus hombres serán pasados a cuchillo; todo lo demás, personas y bienes, será tomado como botín. Cuando se trata de una ciudad cananea de la tierra prometida, todos sus habitantes deben ser entregados al anatema, sin que les quede lugar a opción. Durante el asedio de una ciudad, se deberán respetar los árboles frutales; todos los otros se pueden cortar para utilizarlos para las necesidades del sitio. Antiguamente no se observaron todas estas prescripciones, 2Re3:19.2Re 3:25, ni hubo apenas ocasión de aplicarlas cuando fue dictado el Deuteronomio bajo Josías: ya no había cananeos que se hubiese de entregar al anatema, y los israelitas no ponían ya cerco a ciudades extranjeras, pues tenían bastante que hacer con defender las suyas contra los asirios.
Estos últimos eran maestros en poliorcética y sus monumentos dan una imagen viva de sus procedimientos de ataque. La ciudad embestida era rodeada de una circunvalación, se construían rampas de acercamiento por las que se hacía rodar las máquinas. Éstas consistían en reductos móviles que cobijaban a arqueros y a hombres encargados de manejar un ariete, es decir, una gran viga cuya cabeza estaba guarnecida de metal y que golpeaba la muralla. Los sitiados arrojaban sobre estas máquinas teas encendidas y piedras y procuraban paralizar los arietes por medio de grapas. Detrás de las máquinas, la infantería daba el asalto, cubierta por el tiro de arqueros que iban protegidos por manteletes tenidos por servidores. Los asaltantes penetraban por las brechas que habían abierto los arietes o escalaban las cortinas por medio de escalas. El bajo relieve de la toma de Lakís muestra en acción estos diferentes medios y los anales de Senaquerib dicen que este rey conquistó las ciudades de Judá «con la ayuda de rampas de tierra apisonada, con arietes que se arrastraban hasta cerca de los muros, con ataques de infantería, con minas, brechas y zapas». Los textos bíblicos suministran el vocabulario hebreo correspondiente. El colectivo masór designa el conjunto de las operaciones de asedio. Ya hemos visto que solâlah significaba la rampa. Ésta, a fin de permitir el paso de las máquinas, estaba revestida de piedras o de rollos de madera, Jer 6:6. La circunvalación o el atrincheramiento es el dâyeq, el mantelete o gran escudo de sitio es la sinnah, los arietes son los kârîm. Ezequiel recibe de Dios la orden de remedar el cerco de Jerusalén representándola con un ladrillo y construyendo contra ella un atrincheramiento, elevando una rampa, instalando arietes, Ez4:2. En otro lugar el profeta presenta a Nabucodònosor echando las suertes para marchar contra Jerusalén «para colocar arietes contra las puertas, levantar una rampa y construir un atrincheramiento», Ez 21:27. En el anuncio del sitio de Tiro, Ez 26:8-9, además de estos términos se encuentran dos palabras oscuras: «dirigirá contra tus murallas el golpe de su qebol», seguramente una especie de ariete, «demolerá tus castillos con sus hàràbót», caso en que no cuadra el sentido ordinario de espadas y en que la palabra designa los arietes de cabeza puntiaguda o los picos de los zapadores, cf. Éx 20:25, donde la palabra tiene el significado de tijera.
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