3. El nombre
3. El nombre
Se daba el nombre al recién nacido inmediatamente después de nacer. La madre elegía generalmente el nombre, Gén 29:31-Gn30:24; Gn35:18; 1Sam1:20, a veces lo elegía el padre, Gén16:15; Gn17:19; Éx2:22; cf. Gén35:18. La práctica de diferir la imposición del nombre hasta la circuncisión, al octavo día, no está documentada antes del Nuevo Testamento, Lc 1:59; Lc2:21
Como en los pueblos primitivos, en el antiguo Oriente el nombre define la esencia de una cosa: nombrarla es conocerla y, por tanto, tener poder sobre ella. Si en el paraíso terrenal hace Dios que el primer hombre denomine a los animales, Gén 2:19-20, es porque así los pone bajo su dominio, cf. el relato paralelo, Gén 1:28. Si se trata de una persona, conocer su nombre equivale a poderla perjudicar: de ahí los nombres tabú entre los primitivos, los nombres secretos entre los egipcios; también implica poderle hacer bien: así Dios conoce a Moisés por su nombre, ÉX33:12.Ex 32:17. De ahí proviene también la importancia para el creyente de conocer el verdadero nombre de su Dios, Éx3:13-15; cf. Gén32:30, y este rasgo se encuentra en todas las religiones orientales. Finalmente, como el nombre define la esencia, revela el carácter y el destino del que lo lleva. El nombre viene a ser la expresión de una esperanza, o un símbolo que se procura descifrar con etimologías afines.
Algunos nombres son inspirados por una circunstancia particular del nacimiento. Esta circunstancia puede afectar a la madre que da a luz: Eva llama a su primogénito Caín (Qain) porque con él «adquirió» (qanah) un hombre, Gén4:1; lo mismo ocurre con los nombres de los hijos de Jacob, Gén29:31-Gn30:24; Raquel, que va a morir en el parto, llama a su hijo Befl-Oní, «hijo de mi dolor», pero Jacob cambia este nombre de mal augurio en Benjamín, «hijo de la diestra», Gén 35:18. Más raro es que la circunstancia se refiera al padre: Moisés llama a su hijo Guersom, porque lo tuvo cuando era ger, residente en tierra extranjera, Éx 2:22. La circunstancia puede referirse a la criatura misma. A Jacob se le llama así porque en el seno de su madre retuvo el talón, 'aqeb, de su gemelo, Gén 25:26, al que suplantó, 'aqab, Gén 27:36; Os12:4. Peres nació abriéndose una brecha, peres, Gén38:29. Puede, en fin, ser una circunstancia exterior contemporánea del nacimiento: la esposa de Pinhás, habiéndose enterado de la captura del arca por los filisteos, da a luz a un niño al que llama Ikabod, que significa «¿dónde está la gloria?», 1Sam 4:21. Se pueden comparar con esto los nombres simbólicos que Oseas e Isaías dan a sus hijos, Os1:4.Os1:6.Os1:9; Is7:3; Is8, 3.
En las explicaciones que de estos nombres da la Biblia, se ve con frecuencia, una etimología popular, que fue creada posteriormente y justificada con algún rasgo inventado. Esto es, sin duda, exacto en cierto número de casos, pero no lo es necesariamente siempre. En efecto, esta costumbre de llamar a un niño según las circunstancias de su nacimiento está documentada en muchos pueblos y también entre los árabes modernos. Así, una mujer que no daba a luz más que niñas llamó Za'ule, «irritante», a la cuarta, y Tamám, «ya basta», a la octava. Así, un hombre cuya hija había nacido una mañana de mucho rocío, la llamó Endeyeh, «llena de rocío».
Son bastante raros los nombres tomados del aspecto físico del niño, Nahor, «el que ronca»; Qareah, «el calvo»; Paseah, «el cojo». Se puede relacionar con esto un rasgo moderno: una mujer de los alrededores de Jerusalén, al ver a su hijo gritó: «¡Pero si es un negro, habas, este hijo!» Y se le llamó Habas.
Los nombres de animales son frecuentes, sobre todo en época antigua: Raquel, «oveja»; Débora, «abeja»; Yona, «paloma»; Ayyah, «buitre»; Sefufán, «víbora»; Caleb, «perro»; Nahas, «serpiente»; Egla, «ternera»; Akbor, «ratón», etc. En estos nombres se ha querido reconocer originariamente nombres de clanes y un vestigio de totemismo primitivo. Pero los que los llevan son individuos, y en la época en que aparecen no se encuentra ningún otro indicio de totemismo. Por lo demás, tales nombres eran corrientes entre los antiguos árabes y hoy día se hallan también entre los beduinos. Algunos de estos nombres son descriptivos u optativos: una muchacha llamada Débora será diligente como una abeja, un muchacho llamado Caleb, Sefufán o Ayyah será fuerte y terrible a los enemigos, como un perro, una víbora o un buitre. O bien,' como entre los beduinos modernos, el nombre es el del primer animal que se puso ante los ojos en el momento del nacimiento.
Los nombres de plantas son mucho más raros: Elón, «roble»;Zeitán, «olivo»; Qos, «espino»; Tamar, «palmera». Se deben explicar como los nombres de animales.
La categoría más importante es la de los nombres teóforos, es.decir, nombres en cuya composición entra un apelativo divino. Algunos nombres están formados con Baal, que puede ser a veces un epíteto de Yahveh, pues ba'al significa dueño o señor, pero a menudo es el nombre del dios cananeo. La proporción de estos nombres es especialmente elevada en los óstraka de Samaría, que datan de una época en que la religión del reino del norte estaba fuertemente adulterada. Desaparecen después del período monárquico. Bajo la influencia del yahvismo, algunos de estos nombres fueron modificados en los textos, siendo sustituido Baal por El o por Yahveh, o bien fueron desfigurados para la lectura: Isbaal se cambió en Isboset, Yerubbaal en Yerubboset, Meribbaal en Mefiboset.
Pero mucho más frecuentes son los nombres que se refieren al Dios nacional de Israel, designado con sus nombres de El o de Yahveh (en formas abreviadas) o con algún calificativo o atributo. Los nombres se componen de este elemento divino y de un verbo o, más raramente, de un sustantivo o adjetivo. Expresan una idea religiosa, el poder, la misericordia de Dios, el auxilio que se espera de Él, el sentimiento de parentesco con Él Desde luego, el uso corriente de estos nombres podía atenuar su significado, pero reaparecen con más frecuencia en circunstancias de renovación religiosa, y algunos de ellos expresan la situación religiosa particular de una época, como sucedió durante la cautividad o al regreso de la misma, hechos que prueban que se conservaba la conciencia de su valor.
Se da el caso de que estos nombres se hallen abreviados, sobrentendiéndose el elemento divino (nombres hipocorísticos): Natán, «Él ha dado», al lado de Natanyahu, «Yahveh ha dado», Mattán, «don», al lado de Mattanyahu, «don de Yahveh», etc.
En época tardía se introdujo la costumbre de la papponimia: se da al niño el nombre que había llevado su abuelo y, con menos frecuencia, el de su padre, su bisabuelo o su tío. Este uso aparece primeramente en Elefantina, la colonia judía de Egipto. En Judea está atestiguado en el siglo ni a.C., y parece haber sido común a comienzos de nuestra era, cf. Lc1:59.
A veces, israelitas o judíos de nacimiento llevan nombres extranjeros, no sólo en las colonias establecidas fuera de Palestina, sino también en la misma Palestina. Los nombres arameos hacen su aparición después de la cautividad y se multiplican en la época del Nuevo Testamento: Marta, Tabita, Bar-Tolomay, etc.
En la época grecorromana, se podía tener, al mismo tiempo que un nombre judío, un nombre griego o latino: Salomé/Alejandra, Juan/Marcos, o bien se traducía el nombre al griego: Mataniya se convierte en Theódotos, o bien se daba forma griega a un nombre semítico, como en los casos de Jesús, María, etc.
También puede suceder que una persona cambie de nombre durante su vida. Algunos de estos cambios están explicados en la Biblia por intervención divina: Jacob recibe el nombre de Israel durante su lucha con Dios, Gén32:29; cf.Gn35:10; los nombres de Abram y de Saray se cambian en Abraham y en Sara, Gén 17:5.Gn17:15: no son sino otras formas dialectales de los mismos nombres, pero, según las ideas sobre el valor del nombre que antes hemos expuesto, este cambio marca un cambio en el destino, cf. Gén17:6.Gn 17:16. También hemos dicho que nombrar un ser es afirmar cierto poder sobre él, lo cual explica los cambios de nombre impuestos por un jefe: el faraón da a José el nombre de Sofenat-Paneah, Gén41:45; por voluntad del jefe de los eunucos, Daniel, Ananías, Misael y Azarías vienen a ser Baltasar, Sadrak, Mesak y Abed Negó, Dan1:6-7. Cuando el faraón constituye a Elyaquim rey de Judá, le impone el nombre de Yoyaquim, 2Re23:34, como también Nabucodònosor cambia en Sedecías el nombre de Mattanyá, al que establece en el trono, 2Re 24:17. Estos dos últimos ejemplos sugieren el problema del nombre de entronización en Israel, del que trataremos junto con las instituciones reales.²
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