2. El tipo del matrimonio israelita
2. El tipo del matrimonio israelita
Así como la hija no casada está bajo la dependencia del padre, así también la mujer casada está bajo la dependencia de su marido.
El decálogo, Éx20:17, enumera a la mujer entre las demás posesiones junto con el esclavo y la esclava, el buey y el asno. Al marido se le llama el ba'al de una mujer, su dueño, de la misma manera que es el ba'al de una casa o de un campo, Éx 21:3.Ex 21:22; 2Sam11:26; Prov12:4, etc. Una mujer casada es «posesión» de un ba'al, Gén 20:3; Dt 22:22. «Tomar esposa» se expresa por el verbo de la misma raíz que ba'al y significa, por tanto, «hacerse dueño», Dt 21:13; Dt24:1.
Estos usos del lenguaje, ¿indican que la mujer era en realidad considerada como la propiedad de su marido, que había sido comprada por él? La etnografía señala en algunos pueblos tales matrimonios por compra, y con frecuencia se ha dicho que lo mismo había sucedido en Israel. Aparte del vocabulario, se propone como argumento la historia de Raquel y de Lía, que dicen que su padre las había «vendido», Gén 31:15, pero no hay que dar sentido formal y jurídico a esta palabra proferida por mujeres encolerizadas. Sobre todo, se invoca, y con razón, el uso del mohar.
El mohar H4119 es una cantidad de dinero que el novio estaba obligado a entregar al padre de la muchacha. La palabra aparece en la Biblia sólo tres veces, Gén34:12; Éx22:16; 1Sam18:25. El importe podía variar según las exigencias del padre, Gén34:12, o según la situación social de la familia, 1Sam18:23. En el caso de un matrimonio impuesto después de la violación de una virgen, la ley prescribe el pago de 50 siclos de plata, Dt 22:29. Pero se trata de una penalidad y el mohar ordinario debía de ser inferior a esta suma. Ésta representa poco más o menos lo que el faraón Amenofis pagaba a las mujeres de Guézer destinadas a su harén. Según Éx 21:32, 30 siclos indemnizaban por la muerte de una esclava, pero también esto era una penalidad. Tratándose del cumplimiento de un voto, 30 siclos representaban el valor de una mujer, pero una muchacha de menos de veinte años se estimaba sólo en 10 siclos, Lev 27:4-5.
El desembolso del mohar podía ser sustituido por una prestación de trabajo, como en el caso de los dos matrimonios de Jacob, Gén 29:15-30, o por un servicio señalado, como en el matrimonio de David con Micol, 1Sam 18:25-27. o en el de Otniel con la hija de Caleb, Jos 15:16 = Jue 1:12.
Esta obligación de entregar una suma de dinero, o su equivalente, a la familia de la novia, da evidentemente al matrimonio israelita la apariencia de una compra. Pero el mohar se presenta, más que como el precio pagado por la mujer, como una compensación dada a la familia, lo cual, pese a la semejanza exterior, es algo moralmente distinto: el futuro marido adquiere así un derecho sobre su mujer, pero no por eso es la mujer una mercancía. La diferencia salta a la vista si el matrimonio con mohar se compara con otro tipo de unión que es verdaderamente una compra: una muchacha podía ser vendida por su padre a otro hombre que la destinaba a ser su concubina o la concubina de su hijo, era esclava y podía ser revendida, aunque no a extranjeros, Éx 21:7-11. Por lo demás, es probable que el padre gozase del usufructo del mohar y que éste pasase a manos de su hija en el momento de la sucesión o si la muerte de su marido la reducía a la indigencia. De esta manera podría explicarse la queja de Raquel y de Lía contra su padre que se había «comido su dinero» después de haberlas «vendido», Gén 31:15.
Entre los árabes de la Palestina moderna se observa una costumbre parecida, incluso en el nombre, el mahr, que el novio entrega a los padres de la muchacha. Su importe varía según las localidades y la riqueza de la familia, según que la muchacha contraiga matrimonio dentro de la parentela o fuera de su clan, que sea de una misma localidad o de otra. Los interesados no consideran esta paga como verdadera compra, y una parte de la suma se emplea en el equipo de la novia.
Una costumbre análoga, aunque no idéntica, existía en el antiguo derecho babilónico: la tirhatu, que por lo demás no era condición necesaria para el matrimonio, se entregaba por lo regular al padre de la novia, y a veces a la novia en persona. Su importe variaba de 1 a 50 siclos de plata. Esta suma era administrada por el padre, que tenía el usufructo, pero no podía disponer de ella, y volvía a manos de la mujer si quedaba viuda, o a sus hijos después de la muerte de la madre. En el derecho asirio, la tirhatu se entregaba a la muchacha misma. No era un precio de compra, sino que era, según dos explicaciones probables, una compensación a la joven por la pérdida de su virginidad o una dote destinada a ayudar a la mujer si perdía al marido. La misma situación se refleja en los contratos de matrimonio procedentes de la colonia judía de Elefantina, en los cuales el mohar se cuenta entre los bienes de la mujer, aunque en realidad haya sido pagado al padre.
Del mohar se distinguen los dones que el joven hacía con ocasión del matrimonio: las dos cosas se distinguen muy bien en Gén 34:12. Estos regalos que se hacían a la muchacha y a su familia eran una recompensa por haber aceptado la petición de mano. Una vez concluido el matrimonio de Rebeca, el siervo de Abraham presenta alhajas y vestidos para la joven y ricos regalos para su hermano y para su madre, Gén 24:53.
La misma costumbre se descubre también en Mesopotamia. Según el código de Hamurabi, el novio distribuía presentes a los padres de la muchacha y, si rompían los esponsales, debían restituir el doble de lo que habían recibido. Según la ley asiría, en la que la tirhatu es ya un don en dinero hecho a la muchacha, el novio le ofrecía al mismo tiempo aderezos y hacía un regalo a su padre.
¿Aportaba también la muchacha su parte al matrimonio, es decir, existía la dote? Esto es difícil de conciliar con el desembolso del mohar por parte del novio. En realidad, el mohar no existe en casos en que aparece algo que semeja a la dote: el faraón da Guézer como regalo de boda a su hija, cuando Salomón la toma por esposa, 1Re 9:16; cuando la boda de Tobías con Sara, el padre de ésta entrega a Tobías la mitad de su fortuna, .Tob 8:21 Pero el matrimonio de Salomón se celebra a la manera egipcia y se sale de las condiciones corrientes, y la historia de Tobías se sitúa en ambiente extranjero. Por lo demás, como Sara es hija única, esta cesión se parece a un anticipo de la herencia. En Israel, los padres podían hacer regalos a su hija con ocasión de la boda, darle una esclava, Gén24:59; Gn29:24.Gn 29:29, o bien una tierra, Jos 15:18-19, donde, por lo demás, el don es consecutivo al matrimonio, pero la costumbre de dotar a la hija no se aclimató jamás en tierra judía. Eclo 25:22 parece desechar esta costumbre: «Es objeto de cólera, de reproche y de vergüenza que una mujer mantenga a su marido.»
Sin embargo, según las leyes babilónicas, la joven esposa recibía de su padre algunos bienes, que le pertenecían en propiedad y de los que su marido sólo tenía el usufructo. Se restituían a la mujer si venía a quedar viuda o si era repudiada sin que hubiera culpa de su parte. Las leyes asirías parecen contener disposiciones semejantes.
La mujer, al casarse, deja a sus padres y va a habitar con su marido, queda ligada al clan de éste, al que pertenecerán también los hijos que dé a su marido. Rebeca deja a su hermano y a su madre, Gén 24:58-59, y Abraham no quiere que su hijo Isaac vaya a Mesopotamia si Ja mujer que ha escogido no se decide a ir a Canaán, Gén24:5-8. Sin embargo, algunos matrimonios mencionados en la Biblia, parecen sustraerse a esta regla general. Jacob, casado con Lía y con Raquel, sigue viviendo con su suegro Labán; cuando se fuga, Labán le reprocha el haberse llevado a sus hijas y protesta que son «sus» hijas y que los hijos de ellas son «sus» hijos, Gén31:26,Gén31:43.. Gedeón tiene una concubina que continúa viviendo con su familia en Siquem, Jue 8:31, y el hijo de ésta, Abimélek, afirma el parentesco que le une al clan de su madre, Jue 9:1-2. Cuando Sansón toma por esposa a una filistea de Timna, la boda se celebra en casa de la mujer, que sigue viviendo con sus padres, adonde Sansón va a visitarla, Jue14:8s; Jue15:1-2.
Se ha tratado de ver en estos matrimonios un tipo de unión en que la mujer no abandona la casa paterna, en que el marido va a habitar con ella desligándose así de su propio clan. Es un tipo al que los etnógrafos dan el nombre de matrimonio beena, por ser éste el nombre que lleva en la isla de Ceilán, donde se ha estudiado más en particular. Pero la comparación es inexacta. Los catorce años de servicio de Jacob son el equivalente del mohar. Si permanece otros seis años en casa de su suegro, Gén 31:41, es porque teme todavía la venganza de Esaú, Gén 27:42-45, y además porque tiene contrato con Labán, Gén30:25-31. En realidad, Labán no opone a la marcha de Jacob ninguna consideración de derecho matrimonial, Gén30:25s, sino que únicamente le echa en cara el haberlo hecho en secreto, Gén 31:26-28. De otra manera hubiese hablado si el matrimonio de Jacob lo hubiese integrado al clan de su suegro. En el caso de Gedeón, el texto subraya que se trata de una concubina. La historia del matrimonio de Sansón es más interesante, pero hay que notar que Sansón no vive con su mujer en Timna, sino que únicamente va a visitarla y no es incorporado a su clan. No se trata, pues, de un matrimonio beena.
El caso de Gedeón debe más bien compararse a la unión sadiqa de los antiguos árabes. No es tanto un verdadero matrimonio cuanto una relación aceptada por la costumbre: sadiqa significa «amante, buena amiga». En cuanto al matrimonio de Sansón, se parece mucho a una forma documentada en Palestina entre los árabes de la región: es un verdadero matrimonio, pero sin cohabitación permanente; la esposa es dueña en su casa y el marido, llamado ýóz musarrib, «esposo visitante», acude como huésped y le lleva presentes. Las antiguas leyes asirías prevén también el caso en que una mujer casada continúa viviendo con su padre, pero no se ha demostrado que este género de matrimonio, llamado erebu, constituya un tipo especial de matrimonio.
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