Capítulo 7. La Iglesia y la educación
Preguntas desafiantes
¿Por qué la Iglesia no acepta el sistema público de enseñanza, y quiere formar a la juventud de acuerdo con sus propios valores dogmáticos?
Si los católicos quieren tener colegios, que los paguen. ¿Por qué tienen que financiarlos todos los españoles?
¿Por qué tiene que haber enseñanza de la religión en los colegios públicos? ¡Que aprendan el catecismo en las iglesias!
¿Por qué los colegios católicos pueden discriminar, y negarse a contratar a profesores divorciados o gais y lesbianas, o bien despedirles cuando lo descubren?
¿Por qué hay colegios de inspiración cristiana que segregan a niños y niñas?
Las enseñanza religiosa se ha convertido en uno de los campos de batalla del debate, más amplio, en torno a igualdad vs. libertad religiosa. A diferencia de otros países europeos, el Estado español financia los colegios católicos. No se trata de una imposición antidemocrática ni de un caso único: en el Reino Unido, aproximadamente una de cada tres escuelas primarias estatales, y una de cada cinco secundarias, son de carácter religioso; y al menos dos tercios de las escuelas secundarias religiosas son católicas.
La enseñanza católica goza de una calidad y popularidad altas. Posee un carácter y una filosofía propias, enraizadas en instituciones eclesiales (parroquias, órdenes religiosas, diócesis) y en las enseñanzas de la Iglesia. Para los católicos, sus colegios evidencian la fuerza y el valor de su fe. Pero son también atractivos para muchos otros que, a pesar de no compartir esa fe, mandan a sus hijos a los colegios de la Iglesia, pues suponen una garantía de un ambiente protegido, de valores morales fuertes y de que los profesores atienden personalmente a sus hijos más allá de un horario. Todo el mundo sabe que en un colegio católico no solo se transmiten conocimientos, sino que se procura educar: transmitir valores.
Pero esto no se puede hacer sin personal que comparte el proyecto. Por eso, es fundamental para los colegios católicos tener la necesaria autonomía para elegir sus directores y sus docentes entre personas que testimonien con sus vidas la fe que profesan; y que puedan dar preferencia a los hijos de padres practicantes. Como todo docente sabe, si los valores que se enseñan en clase no se comparten en casa, la labor de la escuela se pierde.
Estos criterios de admisión, que algunas voces críticas califican de «discriminación», han hecho de los colegios católicos, junto con los de otras confesiones religiosas, el blanco de los laicistas. Los críticos dicen que los colegios religiosos perpetúan el sectarismo, refuerzan las diferencias sociales y adoctrinan a los jóvenes.
Algunos secularistas creen que debería enseñarse el ateísmo como verdad científica; otros proponen la creación de colegios laicistas o agnósticos, en donde la religión y la fe no se impartiesen como verdaderas, sino como cultura comparada. Todos coinciden en que se debería excluir la fe y la religión de los criterios de admisión y contratación –lo que, evidentemente, acabaría con el espíritu que las anima–. Ya que es imposible eliminar los colegios religiosos, las voces críticas solicitan su secularización y neutralización: que enseñen lo mismo que los públicos, de la misma manera, y por el mismo tipo de profesores.
Muchos líderes sociales sienten simpatía hacia los argumentos secularistas y piensan que las escuelas católicas son adversas hacia las ideas sociales de igualdad. Si un alumno o alumna de un colegio católico tiene más perspectivas de trabajo y de triunfar en la vida, ese colegio es una amenaza contra el ideal de igualdad entendida como uniformidad, y entonces, en lugar de estudiar por qué se dan esas diferencias y aplicar mejoras en el sistema público, pretenden cortar las alas a lo que funciona.
Se entiende esta fijación. Mientras los colegios religiosos sigan teniendo popularidad, la Iglesia tendrá una importante voz en la configuración del futuro de la sociedad a través de la formación de las nuevas generaciones, y además contará con una red en condiciones de movilizar apoyos en las batallas sociales. La continuidad de la existencia de los colegios católicos con financiación pública no puede darse por sentada, y es preciso aprender a combatir estos argumentos y llegar a comprender sus causas.
Detrás de la crítica laicista se esconde una visión individualista y estatal de la educación, la misma que desde la Revolución Francesa ha contemplado los colegios como «lugares en donde el Estado puede fabricar ciudadanos». Dentro de esta perspectiva, las divisiones sociales deberían superarse gradualmente a través de colegios en donde las diferencias religiosas y de otro tipo se mantuvieran en la puerta de entrada, o, al menos, colocadas en un crisol cultural donde la única verdad fuese la del credo racional y tecnológico, y lo religioso, como una peculiaridad excéntrica merecedora del estudio en un laboratorio.
Así se explican las repetidas tentativas de la izquierda de retirar los conciertos a la escuela católica, de frente o a través de estratagemas (por ejemplo, en la Comunidad Valenciana, a través de la construcción de colegios públicos junto a los católicos, para poder luego negar el concierto porque «ya no son necesarios»).
El punto de partida de la Iglesia es el opuesto: los colegios son una extensión de la familia, no prolongaciones del Estado. El Estado debe regular, animar y apoyar, y suplir cuando no quede más remedio; pero enseñar valores corresponde a la sociedad civil. La idea de que los niños se formen a imagen y semejanza del Estado es una idea totalitaria, aunque tenga cada vez más adeptos.
Los colegios deben reflejar el vigor de la sociedad civil –los valores fuertes de instituciones religiosas y de otro tipo– en vez de los del Estado. Eso no significa que solo las confesiones religiosas puedan dirigir escuelas; esa tarea es de la sociedad. La educación será mejor en la medida en que se encuentre cercana a las realidades sociales intermedias. Se trata del principio de subsidiariedad, elemento básico de la doctrina social de la Iglesia.
Para los cristianos, la educación no consiste principalmente en la transmisión de contenidos útiles, sino en la formación de hábitos y virtudes intelectuales y morales: en forjar personalidades, y no solo cerebros. En esa tarea, no se puede excluir la dimensión trascendente y religiosa. «Es formar a la persona, equipándola para vivir la vida en su integridad: se trata de impartir sabiduría», dijo Benedicto XVI en un discurso de 2010 a educadores: «Y la verdadera sabiduría es inseparable del conocimiento del Creador».
Intención positiva
La crítica que reciben las escuelas católicas –y los colegios religiosos en general– se basa en un ideal de la Ilustración, la igualdad, y una actitud de sospecha hacia la religión (considerada como fomentadora de divisiones). La intención positiva de la crítica humanista laicista es convincente –la educación debe fomentar la tolerancia y el pensamiento libre, no debe acrecentar las divisiones sociales–; por ende, los argumentos tradicionalmente usados como el «derecho a discriminar» o el «derecho a educar a nuestros hijos como mejor nos parezca» dan la imagen de los católicos como separadores y segregacionistas que promueven valores que chocan con las democracias liberales modernas. El temor tan difundido del extremismo islámico, asociado a las culturas de mezquita «cerradas», puede llegar a afectar el modo en cómo los colegios religiosos sean vistos.
Nada más lejos de la realidad: los colegios católicos son un oasis de diversidad y tolerancia; infunden una fuerte filosofía de servicio a la sociedad; y el sentido de identidad y pertenencia es precisamente lo que produce ciudadanos abiertos de mente.
La aportación de la Iglesia a la educación
La Iglesia católica fue la primera proveedora de escuelas y universidades en España y en el nuevo continente. Dentro del espíritu cristiano hay un dinamismo educador muy profundo, que hace que alrededor de cualquier institución católica, incluso de las que tienen como centro el aislarse del mundo –los monasterios y los conventos– aparecen inmediatamente bibliotecas y escuelas. «La dedicación monacal al aprendizaje como senda de encuentro con la Palabra de Dios encarnada –escribió Benedicto XVI– sentó las bases de nuestra cultura y civilización occidentales».
Debido a la importancia de la educación para la formación y el desarrollo de toda la persona, cada iglesia y cada misión creó enseguida una escuela a su lado, para formar a todos, sin distinción.
En los siglos pasados, no solo la Iglesia educaba: también los príncipes y los poderosos tenían pedagogos y maestros. Pero sin duda la Iglesia educó a los pobres mucho antes de que lo hiciera el Estado. Servir a los más desfavorecidos y menos privilegiados fue siempre central a la misión de la educación católica. Además, durante siglos, los colegios católicos fueron vitales para la integración social de los inmigrantes recién llegados a un país. Después, enteras órdenes y congregaciones religiosas se fundaron para formar a la juventud, y de su benemérito trabajo la sociedad se ha beneficiado siempre.
Calidad educativa a mejor precio
Es una constante en los informes de calidad realizados por las autoridades públicas, en los índices de admisión a la universidad y hasta en los rankings de colegios, que aparezcan colegios de inspiración cristiana entre los mejores del país.
Los datos muestran que enseñar y aprender, el plan de estudios, la atención a los alumnos y otras actividades suelen ser mejores en las escuelas de carácter religioso que en otros centros, y que una gran proporción de escuelas católicas se colocan en las categorías de «buenas» y «excelentes». Los colegios católicos suelen salir bien parados en los estándares y el progreso de los alumnos en lo que respecta a la totalidad de la escala de habilidades, incluyendo aquellos con problemas de aprendizaje; y un alto número de escuelas católicas obtienen alta puntuación en lo que se refiere al bienestar y al desarrollo personal del alumnado. Esos índices también muestran que en los colegios católicos la incidencia del acoso escolar, la violencia, la difusión de la droga, etc., son menores que en las demás instituciones educativas del país.
La raíz de esos buenos resultados no es otra que su apertura a la trascendencia. Las ciencias humanas y naturales proporcionan un entendimiento de aspectos de la existencia humana y profundizan la comprensión del funcionamiento del universo físico. Junto a esos elementos fundamentales, los colegios católicos proporcionan la educación religiosa que permite a los alumnos explorar los valores y creencias de la Iglesia católica, al igual que de otras creencias, y buscar respuestas a preguntas sobre nuestro origen y nuestro destino.
La aventura de encontrar lo sagrado –del sentido y de la trascendencia– no perjudica la búsqueda de respuestas a través de la ciencia: añade solo el imperativo de una conversión moral, el deber de vivir en paz con nuestro vecino y la importancia de vivir una vida íntegra.
Por esto la identidad católica de una escuela debe estar en conformidad con la doctrina de la Iglesia. Quiere decir, contemplar la educación desde un punto de vista mucho más amplio, lo que favorece no solo a los alumnos, sino también a los padres y a todo el país. En el mencionado discurso del papa a los estudiantes en Twickenham, el papa Benedicto XVI señaló:
«Todo el trabajo que realizáis se sitúa en un contexto de crecimiento en la
amistad con Dios y todo ello debe surgir de esta amistad. Aprendéis a ser no solo
buenos estudiantes, sino buenos ciudadanos, buenas personas. A medida que
avanzáis en los diferentes cursos escolares, debéis ir tomando decisiones sobre las
materias que vais a estudiar, comenzando a especializaros de cara a lo que más
tarde vais a hacer en la vida. Esto es justo y conveniente. Pero recordad siempre
que, cuando estudiáis una materia, es parte de un horizonte mayor. No os contentéis
con ser mediocres. El mundo necesita buenos científicos, pero una perspectiva
científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la
misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima
contribución de la ciencia en nuestra comprensión del mundo. Necesitamos buenos
historiadores, filósofos y economistas, pero, si su aportación a la vida humana,
dentro de su ámbito particular, se enfoca de manera demasiado reducida, pueden
llevarnos por mal camino».
Las instituciones educativas católicas hacen todo eso… y a mejor precio que la enseñanza pública: los 2.453 colegios católicos concertados que existen en España, por su eficiencia de gestión (y una mayor contención en los gastos), ahorran al Estado 2.850 millones de euros cada año.
Estatalismo educativo frente a sociedad civil
La defensa de la aconfesionalidad del Estado, y el consiguiente rechazo de la anticonfesionalidad pública, tiene consecuencias relevantes para la educación. En primer lugar, el rechazo del mito de la escuela pública obligatoria y laica. La libertad de enseñanza entraña como consecuencia que los padres tienen el derecho a elegir la educación moral y religiosa que han de recibir sus hijos. En realidad, los titulares del derecho a la educación son los hijos, y lo ejercen, durante su minoría, a través de sus padres y tutores.
Como comenta Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del derecho de la Universidad de La Coruña, «la idea de una escuela neutral es una contradicción en los términos. Toda escuela se sustenta en un ideal de vida que hay que transmitir al alumno.
No puede, por ello, ser neutral. Educar neutralmente es lo mismo que renunciar a educar». No es posible la educación sin una idea acerca de la naturaleza de la persona. No cabe una educación sin valores o neutral respecto a ellos.
Con frecuencia se afirma contra los colegios católicos que, «en una sociedad multicultural, el Estado debe promover la tolerancia y el reconocimiento de los diferentes valores y creencias»; y que, para asegurar la cohesión social y evitar el peligro de discriminación, necesitamos escuelas que acojan a todos, y que promuevan una cultura de la apertura a la ciencia, del respeto y de la exploración de los valores, donde los estudiantes desarrollen sus propias identidades, descubriendo el sentido y el lugar al que pertenecen en el mundo.
Nadie podría argumentar contra eso: en una sociedad multicultural, con diversidad de creencias, no hay cabida para el fanatismo o la intolerancia.
Las escuelas católicas están encantadas de adherirse a estos valores, sin lugar a duda. El problema es que, para conseguirlo, los estatalistas exigen medidas inaceptables: una política de admisiones de alumnos que ignore religión y creencias; políticas de contratación y empleo no discriminatorias por razón de religión o creencias; planes de estudios comunes, con textos obligatorios; y una enseñanza de la religión como elemento cultural.
Se trata de remover elementos distintivos de la fe de los colegios en nombre de la igualdad y la tolerancia. Quitándole a las escuelas católicas el derecho a admitir a los alumnos de acuerdo con sus criterios, y contratar personal católico para puestos clave acabaría, con el tiempo, con su filosofía, que es lo que explica el éxito de su servicio a la sociedad. Al igual que no es considerado discriminatorio no contratar como director de una asociación benéfica vegetariana a un carnívoro convencido, tampoco es discriminatorio rechazar contratar como director de una escuela católica a alguien cuyas creencias o estilo de vida sean incompatibles con los valores que representa el colegio. Cuando se refiere a contratar a personas, las escuelas católicas deben tener la misma libertad para seleccionar al personal dentro de un grupo de candidatos con su misma filosofía, al igual que lo hacen asociaciones caritativas y otras instituciones civiles.
Es cierto que los resultados académicos no son lo único ni lo más importante que se espera de la escuela, pues la educación debe atender a aspectos como la socialización, la educación en la igualdad y la transmisión de otros muchos valores muy importantes. De hecho, el tema de la socialización suele ser la primera objeción que muchos plantean ante los buenos resultados académicos de la educación católica: el mundo de hoy –dicen– es abierto, inclusivo, diverso, integrador… y todo eso debe estar por encima de unas «pequeñas» ventajas académicas… Se argumenta, en definitiva, que la socialización es más importante que las notas.
A esa objeción, muchos padres responden que esas ventajas académicas no son, para ellos, tan pequeñas, puesto que una de las mejores formas de socializar es dar una buena formación académica que permita a sus hijos obtener pronto un buen empleo y encontrar su sitio en la sociedad. Y esa preocupación de los padres se acentúa en países con altas tasas de fracaso escolar, que desembocan siempre en altas tasas de desempleo juvenil, que a su vez llevan a una socialización muy deficiente. El desempleo juvenil está muy vinculado a la falta de cualificación profesional, y produce múltiples problemas personales y sociales, porque hay una relación muy directa entre fracaso escolar, paro juvenil y mala socialización. Por eso tantos padres piensan que algo que contribuye mucho a socializar a sus hijos es lograr que aprendan mucho en la escuela y tengan luego un buen trabajo.
Abundando en ese punto, hay que decir que el fracaso escolar es uno de los fenómenos que más agrandan la brecha social. Es bastante desalentador comprobar cómo en España el fracaso escolar es mucho mayor en los distritos más desfavorecidos, y donde, además, las diferencias de género son mucho más alarmantes.
Algunos, cuando ven los buenos resultados académicos de los centros de educación católica, y que la explicación no está en que sean elitistas, dicen que esos colegios van bien porque están llevados por personas muy comprometidas. No parece una explicación convincente, pues es obvio que en todos los países y en todos los modelos de enseñanza hay mucha gente muy comprometida, y no se puede descalificar de modo tan simple su esfuerzo frente al de los demás.
También en integración social, la enseñanza concertada supera a la pública. Según el informe anual del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte titulado: «Datos y cifras. Curso escolar 2014/2015», los colegios concertados acogen al 42,3 por ciento de los alumnos con algún tipo de discapacidad, un porcentaje que casi dobla al que le correspondería por el número de niños que escolariza (el 25,4 por ciento del total de alumnos).
La enseñanza concertada en España
El artículo 27 de la Constitución, dedicado al derecho a la educación, tiene nada menos que cuatro referencias explícitas a la libertad. En el punto 1: «Se reconoce la libertad de enseñanza». En el punto 2: «La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y libertades fundamentales». En el punto 3: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones». Y en el punto 6: «Se reconoce a las personas físicas y jurídicas la libertad de creación de centros docentes, dentro del respeto a los principios constitucionales».
El marco constitucional español consagra la educación como un derecho fundamental, y por eso la enseñanza básica es gratuita y existe la libertad de elección del modelo que los padres quieren para sus hijos.
El periodista Vicente Lozano explica que la enseñanza concertada nació en nuestro país porque, al llegar la democracia, la red de centros públicos no podía asumir el volumen de alumnos que hubiera dejado la privada. Entonces, el PSOE ideó este modelo: los centros privados podrían acceder al presupuesto del Estado con su ideario propio a cambio de que admitieran los mismos requisitos legales que los públicos. «De esta forma, el Estado se hacía cargo de la enseñanza –y únicamente de la enseñanza– de los alumnos que continuaran en esos colegios que se sumaran al sistema de conciertos (…). Los conciertos aseguraban que los padres que quisieran enseñanza religiosa – católica en este caso– pudieran pedirla también en el ámbito de la educación básica y gratuita».
Los centros concertados tienen libertad de gestión y de ideario siempre que se adapten a ciertos condicionantes establecidos por el Estado, como el límite de alumnos por clase, el calendario lectivo o unas reglas para las admisiones similares a las de la enseñanza pública. Financian su oferta educativa con las subvenciones de la Administración y el resto –las actividades extraescolares, por ejemplo– es cubierto por las familias. La ley impone que esos colegios no pueden cobrar nada por la enseñanza y que cualquier pago para sostener el centro debe ser voluntario.
Hoy día existen muchos colegios concertados laicos, creados por cooperativas de padres, de profesores o por empresas educativas privadas, pero en su momento – recuerda Lozano– casi todas las escuelas que se acogieron al sistema de conciertos fueron los de las congregaciones religiosas. Por eso, entre otras razones, la enseñanza concertada ha estado en el punto de mira de sectores que tienen una visión estatalista de la educación. Se preguntan por qué un Estado aconfesional tiene que subvencionar con fondos públicos la enseñanza religiosa, olvidando el espíritu y la letra de la Constitución. Y concluye el periodista de El Mundo:
«La enseñanza concertada –sea laica, religiosa o mediopensionista–, aunque
imperfecta, es el modo más práctico de cumplir el artículo 27 de la Constitución.
Intentar ahogarla reduciendo sus presupuestos o pretender eliminarla como
proponen Podemos e IU es atentar contra la libertad de enseñanza que rige en
España desde 1978. Es decir, contra el derecho que tienen los padres a elegir la
educación –gratuita– que quieren para sus hijos».
Podemos acudir a una sencilla comparación. Los sindicatos y los partidos políticos son organizaciones privadas y se financian con dinero público. Los poderes públicos facilitan financiación a todos ellos, de acuerdo con su nivel de demanda e implantación (número de votos, escaños, concejales, representantes sindicales, etc.). Son, o al menos deberían ser, criterios objetivos de financiación, marcados por las leyes. Se entiende que esos partidos y sindicatos prestan servicios esenciales para la sociedad, y que por eso conviene financiarlos en régimen de igualdad de oportunidades, para enriquecer la pluralidad de opciones y hacer más libre y democrática la sociedad.
Pues bien, la enseñanza es también un servicio esencial para la sociedad, y es lógico que reciba financiación pública según sea demandada por las familias, y desde luego no según la cercanía a las ideas políticas o ideológicas de quien gobierna en cada momento.
Quienes dicen: «el dinero público, para la escuela pública», ¿acaso no deberían decir también entonces que un partido o un sindicato ha de ser de titularidad pública para poder recibir dinero público? Sería volver a los tiempos de los sindicatos verticales públicos y un partido público único, algo que no quiere nadie.
Los partidos políticos y los sindicatos son organizaciones privadas, y el hecho de que sean organizaciones privadas es algo fundamental para garantizar la pluralidad en una democracia. De manera semejante, sin una oferta educativa plural, adaptada a los deseos reales y demostrados de las familias, el futuro de la democracia quedaría comprometido. Una educación que se impusiera a todos según un modelo único, poco a poco dejaría de ser propiamente educación para deslizarse progresivamente en diversas formas de adoctrinamiento, de la misma manera que una información que no fuera plural derivaría en propaganda. Por eso, una educación e información plurales son claves para la pluralidad de pensamiento y para la preservación de la democracia.
Lo que decimos no es bueno solo para los católicos: también los protestantes respaldan la escuela concertada. Pedro Zamora, decano de la Facultad de Teología perteneciente a la Iglesia Evangélica Española, argumenta que la tradición protestante ha defendido desde siempre la laicidad del Estado. Sin embargo, considera que, si por laico se entiende excluir lo religioso del ámbito público, «se cruza un límite que elimina los derechos fundamentales y la libertad individual». La Iglesia evangélica defiende la educación concertada no «tanto desde el punto de vista confesional, sino desde el derecho a la libertad civil, el derecho a la libertad de educación, porque laicidad significa apoyar las iniciativas sociales y de las personas, y no dejarlo todo en manos de la intervención del Estado».
Zamora recuerda que en todos los países de tradición laica y protestante, como Holanda o Suiza, todas las confesiones religiosas tienen derecho a articular sus colegios, que subsisten con una escuela pública de calidad.
Facilitar financiación pública a las escuelas privadas no debería ser una liberalidad ni una discrecionalidad de los gobiernos, sino un derecho de iniciativas civiles que crean espacios de pluralidad democrática. Lo natural es que se financien los proyectos educativos que funcionen bien y tengan demanda por parte de las familias, pues es el modo más sencillo de incentivar la mejora de la educación en un país.
Las familias que eligen un tipo u otro de enseñanza pagan impuestos igualmente todas ellas, y por tanto tienen derecho a acceder a la financiación pública en igualdad de oportunidades con todas los demás. Si no, se les estaría discriminando en ese acceso a la financiación pública de la enseñanza de sus hijos.
A quien dice que no está dispuesto a que con el dinero de sus impuestos se financien centros de enseñanza que a él no le gustan, quizá hay que hacerle ver que con los impuestos de todos se financian muchas cosas que no nos gustan, pero que son perfectamente legales y tienen todo el derecho de poder ser financiadas, nos caigan mejor o peor.
La asignatura de religión
Uno de los aspectos más debatidos relacionados con el laicismo y la aconfesionalidad se refiere a la enseñanza de la religión en la escuela pública. La libertad religiosa y la aconfesionalidad del Estado no entrañan la proscripción de la religión de la escuela. El Estado no puede imponer una religión en la escuela pública, ni tampoco el ateísmo: tiene que educar en función a los valores que señalen los padres.
Teniendo como punto de partida los artículos de la Constitución ya estudiados, el Estado español y la Santa Sede firmaron unos acuerdos, que determinan que las familias que lo deseen tendrán para sus hijos educación en la religión católica. Los profesores son pagados por el Estado, y han de recibir la homologación de la Iglesia.
Conviene subrayar que la enseñanza de la religión no es adoctrinamiento ni catequesis. No se evalúa la fe, sino el conocimiento de esa fe. «Lo que se discute es la inclusión o no de la religión en el ámbito educativo general, el reconocimiento de su valor educativo o su reclusión al ámbito de lo privado», dice Sánchez Cámara.
Lo fundamental reside en el necesario respeto a la libertad de los padres. La opción a favor del laicismo gratuito y la penalización económica de la enseñanza confesional parecen incompatibles con este derecho fundamental de los padres y de los alumnos. El sistema del cheque escolar, vigente en algunos países, puede ser una solución razonable y respetuosa a la libertad de todos.
Que es un servicio público muy demandado se comprueba todos los años. Los datos correspondientes al curso 2015-16, publicados por la Conferencia Episcopal Española (CEE), relativos a todos los centros (públicos, privados y concertados), señalan que un 63 por ciento de los estudiantes españoles escogió la asignatura de religión católica medio punto menos que el curso anterior. Por etapas, la proporción es más alta en Primaria e Infantil (86,5 y 85,5 por ciento, respectivamente), y más baja en ESO y Bachillerato (68,4 y 53,7 por ciento).
En los colegios de titularidad católica privados y concertados (que escolarizan al 21,5 por ciento de la población escolar), la opción por la asignatura es casi unánime en todas las etapas, aunque ha bajado del 99 al 97 por ciento respecto al año pasado. En números totales, donde más alumnos cursan Religión es en los centros públicos: más de dos millones, un 53 por ciento de los escolarizados.
Al publicar estos datos, los obispos recuerdan el valor especial de esta asignatura en el contexto de «la secularización que vive nuestro país, que introduce una censura de la dimensión religiosa de la persona humana».
¿Juntos o separados?
La mayoría de los colegios católicos o de inspiración cristiana son mixtos, pero no faltan los que optan por la educación diferenciada, que busca atender más específicamente a la diversidad entre el hombre y la mujer. Chicos y chicas presentan diferencias en su ritmo de desarrollo, en su forma de aprender, en el procesamiento de la emociones y en sus motivaciones e intereses. La educación diferenciada facilita que se tengan en cuenta estas diferencias a la hora de definir y concretar las estrategias de enseñanza más idóneas para alumnas y alumnos.
En el resto del mundo, la enseñanza diferenciada no es una cuestión religiosa. Si se analiza su implantación actual en los demás países, se ve que se trata de un modelo que no es propio de progresistas ni de conservadores, ni de izquierdas o derechas, ni de una religión o de otra… y tampoco es ni de clases altas o bajas. Hay abundantes experiencias exitosas de centros de educación diferenciada en distritos de especial dificultad o dirigidos a minorías especialmente vulnerables. Sin embargo, en España se reduce casi a colegios de inspiración cristiana. Por eso, por católicos y por independientes, actúan como pararrayos de los partidarios del estatalismo en educación, y atraen la ira de los que defienden un modelo único en la formación de las nuevas generaciones.
Las acusaciones específicas contra la educación diferenciada (porque también les afectan las que van en general contra toda enseñanza no estatal, que se han visto en el epígrafe anterior) son, en general, de cuatro tipos: que son elitistas, que fomenta la desintegración social, que a todos hay que enseñar lo mismo y del mismo modo, y que limitan las capacidades de desarrollo y liderazgo de las mujeres. Veámoslas una por una.
El reproche de elitismo se sustenta en su éxito educativo. Que la educación diferenciada tiene mejores resultados académicos es una realidad reconocida hasta por sus detractores. En países donde hay costumbre de hacer rankings, como Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda, etc., los resultados de las escuelas single-sex son notoriamente mejores. Por ejemplo, en el ranking de 2014 de las mejores escuelas estatales británicas publicado por The Telegraph, entre las 50 primeras escuelas hay 31 escuelas diferenciadas (como solo un 2 por ciento de las escuelas son diferenciadas, en el ranking hay 31 veces más de escuelas single-sex que su proporción natural).
Además, los datos estadísticos muestran diferencias académicas importantes entre chicos y chicas. En España, por ejemplo, los resultados de PISA en la asignatura de lengua muestran que las chicas van casi dos cursos por delante de los chicos; y en matemáticas sucede casi lo contrario. Esos datos muestran que la brecha entre chicos y chicas aumenta en todas las materias, lo cual lleva a pensar que la lucha contra la desigualdad entre hombres y mujeres no pasa necesariamente por la enseñanza mixta.
En segundo lugar, los detractores de la enseñanza diferenciada mantienen que una clase solo de chicos o solo de chicas es algo artificial, ya que la escuela debe ser un espacio de socialización que facilite actitudes abiertas y libres. La cuestión es cómo lograrlo, pues no es evidente que la escuela, por el mero hecho de ser mixta, eduque mejor en la igualdad y en la apertura. Pensar que con juntar chicos y chicas en clase ya se ha hecho mucho por la educación en la igualdad es algo simplista.
Quizá la educación diferenciada pudo representar un problema de socialización para los niños y niñas de una época en la que la propia sociedad estaba muy dividida entre hombres y mujeres. Hoy las cosas ya no son así. Además, hay que tener en cuenta que el tiempo que los alumnos pasan en la escuela constituye solo un 25 por ciento de su tiempo útil, por lo que queda bastante tiempo para convivir con el otro sexo en la familia, con los amigos, y en general en todo el tiempo no escolar.
En tercer lugar, se argumenta que todos tienen que recibir la misma educación. Sin embargo, sería más correcto afirmar que el objetivo sería que todos lleguen a la misma formación, pero cada uno del modo que le sea más congenial. La enseñanza diferenciada es un modelo tan eficaz como la enseñanza mixta para lograrlo. Por ejemplo, un fenómeno observado en los colegios mixtos es que las niñas optan en menor proporción por materias o actividades que se consideran típicamente masculinas, quizá por miedo a que no les vaya bien o a ser rechazadas en el grupo. En cambio, en las escuelas diferenciadas hay más chicas que optan por las áreas científicas y más chicos que optan por las de humanidades. Al no estar presente en el aula el otro sexo, pierden mucha fuerza los estereotipos de género y cada uno se siente más libre de hacer lo que más le atrae de modo natural. Esta es una de las razones por las que, paradójicamente, la separación de sexos en la escuela puede suponer una ventaja para las chicas de cara a superar estereotipos de sexo y acceder a mayores niveles de igualdad.
Algunas personas argumentan que, al separar chicos de chicas en las aulas, la escuela diferenciada discrimina. Pero, según la dinámica de ese razonamiento, también sucedería eso mismo en otros muchos ámbitos: por ejemplo, en los Juegos Olímpicos hay especialidades y equipos masculinos y femeninos en casi todos los deportes.
La cuestión de la discriminación no es sencilla. Para no caer en simplificaciones, se han establecido acuerdos internacionales para determinar qué es discriminación y qué no es discriminación, de manera que se tenga un cierto criterio a la hora de interpretar los principios constitucionales en cuestiones tan importantes. Y esos acuerdos internacionales (como los de la UNESCO) consideran que la educación diferenciada no supone discriminación si hay una oferta equivalente para chicos y chicas.
Por último, algunas personas a veces han argumentado que, aunque la educación diferenciada tenga ventajas académicas o incluso de socialización, es un modelo que lleva a la mujer a educarse en estereotipos de falta de liderazgo social y en otros viejos atavismos de dominio por parte del varón. La realidad, sin embargo, es que en los colegios femeninos emerge con mucha más facilidad el liderazgo femenino y se consolidan personalidades activas que con el tiempo adquieren gran desarrollo.
Si analizamos, por ejemplo, dónde han estudiado las mujeres que han adquirido un mayor liderazgo y relevancia social y profesional en las últimas décadas en Estados Unidos, observamos que algunas de las más destacadas estudiaron en colegios solo para chicas: Nancy Pelosi, primera mujer portavoz de la Casa Blanca; Sally Ride, primera mujer que viajó al espacio; Madeleine Albright, primera mujer secretaria de Estado; Drew Gilpin Faust, única mujer rectora de Harvard; Condoleezza Rice, primera mujer responsable de la Seguridad Nacional y luego también secretaria de Estado; y Christine Todd Whitman, primera mujer gobernadora de un Estado.
Todas esas mujeres han demostrado el máximo nivel de liderazgo nacional e internacional. Podría pensarse que la mayoría de los colegios privados norteamericanos, de donde salen las clases dirigentes, son single-sex, pero la realidad es que solo el 7 por ciento de esos colegios lo son. ¿Por qué esas mujeres de mayor liderazgo han estudiado precisamente en ese 7 por ciento de colegios diferenciados y no en el 93 por ciento de colegios mixtos de élite?
La misma Hillary Clinton estudió en Wellesley College, universidad femenina en Boston, Massachusetts. Por eso, al defender la reforma educativa aprobada en 2002, decía: «No debe haber ningún obstáculo para ofrecer opciones de un solo sexo dentro del sistema de escuelas públicas. Tenemos que admitir los logros de esas escuelas en todo el país. Sabemos que tienen estudiantes y padres llenos de energía. Deberíamos tener más escuelas así».
Las anteriores razones explican que, en los países de cultura anglosajona, la educación diferenciada sea algo totalmente corriente y que casi nadie cuestiona; e incluso es un fenómeno en crecimiento: en 2001 había apenas una docena de escuelas públicas con clases single-sex, y en 2014, unas 750 escuelas públicas que ofrecen una o más clases single-sex y unas 850 enteramente single-sex. Además, bastantes países como Francia, Italia, Alemania o Bélgica se han aplicado ya diversas trasposiciones de directivas europeas que ratifican expresamente la legitimidad de la educación diferenciada, y se debate sobre sus ventajas e inconvenientes en cada uno de los aspectos de la vida escolar.
Por el contrario, en España el debate está viciado de ideología, tópicos, fundamentalismos pedagógicos y descalificaciones. La escuela mixta no es un principio incuestionable, y no se puede imponer como un dogma a todo el mundo por la fuerza de las leyes.
Tanto los partidarios de la enseñanza mixta como los de la diferenciada comparten dos grandes batallas de fondo de nuestra sociedad: la igualdad de oportunidades y la transmisión de valores fundamentados en el respeto y la tolerancia. Lo importante es comprobar con datos que ambas progresan en la misma dirección.
Es importante sacar la educación diferenciada del debate político o ideológico, para poder estudiar el asunto en su lugar propio, que es el ámbito pedagógico. Algo parecido sucedió con el uso del uniforme escolar. Hasta hace pocos años, la utilización del uniforme parecía en España una costumbre antigua, propia de escuelas privadas de élite, de colegios religiosos o de derechas. Sin embargo, con el paso del tiempo, surgieron poco a poco voces bastante autorizadas que cuestionaron ese viejo prejuicio, y –sobre todo– muchas familias se dieron cuenta de las ventajas que podía aportar. Eso ayudó a que el debate sobre el uniforme saliera del ámbito ideológico o religioso, para pasar a un ámbito más estrictamente pedagógico. Una vez en ese terreno, libre de presiones de otro tipo, se analizan las razones a favor y en contra, que las hay, y finalmente unas escuelas optan por el uniforme y otras, no. El resultado es que en este momento hay centenares de colegios públicos en España que ya lo han implantado con muy buena aceptación. No es que sea mejor tener uniforme o no tenerlo, lo que sin duda es un avance es poder decidir tenerlo o no tenerlo sin ser acusado de retrógrado o de segregador.
Lo que promueve el mensaje cristiano es que la palabra final la tienen los padres, y que lo bueno para la sociedad es tener la posibilidad de escoger. A unos le irá mejor un modelo educativo, y a otros les irá mejor otro: la diferenciada no es más católica que la mixta, ni la mixta supone una concesión a criterios no cristianos: cada una tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Lo que parece claro es que un sistema donde coexistan diversos modelos satisface mejor la demanda de cada familia, que es la que, al fin y al cabo, tiene la responsabilidad de decidir sobre la educación de sus hijos. El progresismo debería celebrar y respetar la diversidad, no imponer uniformidad.
Lo que sería rechazable es la crítica por el hecho de que esos colegios están vinculados a organizaciones católicas, y que un país aconfesional no puede dar dinero a la Iglesia. Habría que recordarles que, precisamente por ser un país aconfesional, no se puede negar a nadie sus derechos por el hecho de tener una religión, u otra, o ninguna. Negar a alguien, por razón de ser católico, el acceso en igualdad de condiciones a las ayudas públicas sería una discriminación por razones religiosas, contraria a los derechos fundamentales defendidos en la Declaración de Derechos Humanos y en todos los ordenamientos jurídicos occidentales.
En ese sentido, enseñanza mixta y diferenciada van en el mismo barco, pues comparten el principio básico de que la educación es un derecho/deber de los padres y de la sociedad. Ambas están, pues, en el blanco de las ideologías estatalistas, y una no sobrevivirá sin la otra. Ambos tipos de escuela suscitan odio por su excelencia académica y por resistirse a ser convertidas en fábricas de ciudadanos uniformados. Como escribía el escritor Juan Manuel de Prada, «la escuela diferenciada es la primera pieza que estos sectarios pretenden cobrarse; después vendrá la escuela concertada católica, no importa que sea mixta o diferenciada».
MARCOVIGENTE
Las escuelas religiosas dividen y endurecen las divisiones sociales; propician el desarrollo de mentalidades intolerantes y son introspectivas. Debido a que son selectivas y tienen listas de espera, pueden elegir a su libre conveniencia los estudiantes perjudicando y discriminando aquellos que vienen de familias más pobres.
REFORMULACIÓN
Las escuelas católicas son oasis de diversidad y tolerancia; infunden un «ethos», una fuerte filosofía de servicio a la sociedad en general; y el sentido de identidad y pertenencia que los inspectores independientes aplauden consistentemente es precisamente lo que lleva a crear ciudadanos con mente abierta. Seleccionan según criterios religiosos y no sociales, lo que explica que el perfil de los alumnos inscritos es más variado que en otros colegios. La filosofía del colegio, comprometida con el bien de la sociedad en general, garantiza que los alumnos aprendan a apreciar, comprender y servir a los demás.
MENSAJESCLAVE
Los colegios son una prolongación de la familia, no del Estado. La educación se
refiere a la formación de hábitos y virtudes; la dimensión religiosa no puede ser
excluida.
Servir a los que están en desventaja y desfavorecidos siempre ha sido un punto
central de la misión de la educación católica. Las escuelas católicas son las más
social y étnicamente diversas de todas las instituciones educativas del país.
Los datos muestran la calidad educativa de los colegios de inspiración cristiana:
no solo forman el carácter de los estudiantes, también exceden en los resultados
científicos, en habilidades y hasta en disciplinas deportivas.
Los colegios religiosos y diocesanos necesitan tener autonomía para poder elegir
a las personas que los dirijan, a los docentes y a los alumnos, de tal manera que se asegure la propia identidad, que es el secreto de su eficacia social. Esta autonomía es parte de la libertad religiosa, reconocida en la constitución española. La financiación a los colegios católicos concertados no es un privilegio de la Iglesia, sino un derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus valores. Ese dinero sale de sus impuestos, y además se administra con más cuidado que el de los colegios públicos. La enseñanza de la religión en la escuela pública (para católicos, protestantes, judíos, etc.) es un derecho de los alumnos, que deciden los padres y tutores mientras son menores de edad. El Estado garantiza que esa educación es para los que libremente lo piden.
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