Capítulo 6. La defensa del no nacido en la «cultura del descarte»
Preguntas desafiantes
Nadie puede obligar a una mujer a tener un hijo: es su decisión soberana. ¿Por qué la Iglesia quiere privarle de su derecho a decidir?
El aborto es una victoria social en casi todo el mundo: empezó en los más avanzados, y pronto será un derecho universal. ¿Por qué la Iglesia sigue luchando contra esa conquista democrática?
¿Por qué los católicos culpabilizan a las mujeres que abortan, y fomentan los sentimientos de remordimiento y de odio hacia sí mismas?
¿Por qué la Iglesia da prioridad a sus dogmas frente a los beneficios que conseguiremos por medio de la investigación con embriones?
¿Por qué la Iglesia se opone a que las parejas estériles acudan a la fecundación in vitro o a la maternidad subrogada para tener un hijo muy deseado?
Desde que se encuadró el aborto como una cuestión de autonomía –el «derecho a decidir» de las mujeres– y se incluyó en la lista de reivindicaciones de cualquier debate sobre derechos humanos, su regulación jurídica se ha convertido en uno de los temas neurálgicos de la cultura occidental actual. Ante la encrucijada del aborto, la sociedad se interroga sobre lo que es y lo que quiere ser, sobre sus prioridades y sobre su futuro.
Las cifras reales del aborto voluntario en el mundo es imposible de confirmar. Los organismos internacionales estiman que, cada año, entre 42 y 46 millones de mujeres se someten a un aborto inducido, legal o ilegal. Es el equivalente al 20-22 por ciento de los 210 millones de embarazos que se producen en el mundo al año. De ellos, el 78 por ciento se ubican en los países en desarrollo, y el 22 por ciento restante, en los desarrollados. El aborto en el mundo causa hoy, en un año, casi tantas víctimas como la Segunda Guerra Mundial. Si –como afirma la ciencia– el embrión es una vida humana, el aborto es la principal causa de mortandad de nuestra especie.
En términos absolutos, las cifras del aborto, con todo el dolor y el sufrimiento que causa, son desgarradoras. Solo en los Estados Unidos, desde que en los años setenta la Corte Suprema legalizara el aborto dentro del primer trimestre de embarazo se han practicado más de 50 millones de abortos. Es una ironía macabra que se trate del único «derecho humano» en que la Unión Soviética fue pionera en el mundo, al legalizar el aborto en 1921.
La defensa de los no nacidos es probablemente la postura de la Iglesia católica más conocida. Sin embargo, en muchas ocasiones, la opinión pública no la sitúa en su contexto: la defensa a ultranza del derecho a la vida, en cualquier circunstancia. A la Iglesia no solo preocupa el aborto, sino también la vida humana aún por nacer sobre la que se experimenta, clona, crea y destruye, y es tratada como un simple «conglomerado de células», y no como una forma temprana de vida humana creada por Dios, merecedora de respeto.
En muchos países, la defensa de la vida se ha convertido en un movimiento transversal, que reúne a personas de muy diversas religiones, o sin creencia alguna; de izquierdas y de derechas; de científicos y de gente de la calle; de jóvenes, adultos y ancianos. Sin embargo, a pesar de sus avances y sus ocasionales victorias, la cultura de la muerte, sobre la que advirtió san Juan Pablo II en su encíclica Evangelium vitae, ya se encuentra entre nosotros.
Como afirmó el cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York, en 2014: «He escuchado a mujeres valientes –y padres valientes– que llevan en su vientre un bebé diagnosticado con síndrome de Down. Cuentan la presión a la que han sido sometidos para abortar el bebé. Hablan de la gente que les dice que lo más virtuoso es abortar el bebé. Estamos inmersos en una cultura que prefiere el aborto. Que presiona para que abortes. Que promueve el aborto. Y hasta hay quienes quieren hacer del aborto algo obligatorio, como sucede en China».
Muchos católicos se sienten inermes e impotentes para detener esta especie de derrumbamiento inexorable hacia la deshumanización del no nacido, y frustrados cuando se les acusa injustamente de oponerse a «los derechos de las mujeres». Como los profetas del Antiguo Testamento, la Iglesia clama que las víctimas del aborto son seres humanos silenciosos, ya sea un bebé de 15 semanas destruido por métodos de succión, un grupo de células humanas en una placa de Petri, o un ser humano completo en su fase inicial. Y, como en el Antiguo Testamento, su grito es ignorado por la sociedad, como una denuncia de mal gusto ante la que se mira a otro lado. Cuando se otorga un valor absoluto a la autonomía del individuo, la sociedad se vuelve cada vez más sorda al llanto de las víctimas sin voz.
Sin embargo, la dinámica interna de la cultura occidental, indeleblemente marcada por el cristianismo, camina en dirección opuesta, hacia el reconocimiento de la humanidad de la víctima. Como, en su tiempo, terminaron por escucharse las voces de los esclavos, de las minorías de otras razas, de las mujeres maltratadas, de los discapacitados y de las víctimas de abusos infantiles; antes o después, se prestará atención a la voz de los que, en sentido literal, no tienen voz: los no nacidos.
Hay muchas muestras de que la sociedad occidental está empezando a abrir los oídos ante esta sordera. En Estados Unidos, el desagrado hacia los abortos y sus consecuencias queda reflejado sondeo tras sondeo. La empatía con el embrión aún no ha llegado al nivel de cercanía con el bebé de diez semanas en el vientre materno. Pero es cuestión de tiempo. Los jóvenes estadounidenses son más pro vida que nunca. Una encuesta de Gallup de 2010 reveló que «el apoyo para ilegalizar el aborto (crecía) más rápido entre los jóvenes adultos», y que esto significaba «un cambio drástico respecto a finales de la década de los setenta, cuando el número de personas que estaban en contra del aborto era mayor entre las personas mayores que entre los grupos de edad más jóvenes».
Estos datos muestran que no todo está perdido, que hay que seguir luchando para despertar a la gente de esa pesadilla. Los cambios de opinión son posibles, se dan de hecho. Así lo revelan las cifras de una encuesta de la CBS, a raíz de otra campaña pro vida encabezada por la Iglesia en Estados Unidos, esta vez contra la pena de muerte. Los católicos de los noventa solían apoyar la pena capital en el mismo porcentaje (el 68 por ciento) que el público en general, pero actualmente el porcentaje de detractores es mayor entre católicos practicantes (56 por ciento) que entre la población en general. El descenso del apoyo social a la pena de muerte (del 66 por ciento) demuestra que al menos el testimonio de la Iglesia puede estar a la vanguardia de la opinión.
El papa Francisco es el gran reformulador a la hora de señalar al niño no nacido como una víctima de «la cultura del descarte». En un discurso de la Federación Mundial de Asociaciones de Médicos Católicos en otoño de 2013, advirtió contra «una extendida mentalidad utilitarista, la “cultura del descarte”, que hoy esclaviza los corazones y las inteligencias de muchos» y que «requiere eliminar seres humanos, sobre todo si son física o socialmente más débiles». Añadió:
«Cada niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el
rostro de Jesucristo, tiene el rostro del Señor, que antes aún de nacer, y después
recién nacido, experimentó el rechazo del mundo. Y cada anciano –y he hablado del
niño–: vamos a los ancianos, ¡otro punto! Y cada anciano, aunque esté enfermo o al
final de sus días, lleva en sí el rostro de Cristo. ¡No se pueden desechar, como nos
propone la “cultura del descarte”! ¡No se pueden descartar!».
En abril de 2014, Francisco subrayó que no solo son víctimas los niños no nacidos, sino también sus madres: «El aborto agrava el dolor de muchas mujeres que ahora llevan consigo profundas heridas físicas y espirituales después de haber cedido a las presiones de una cultura secular que devalúa el don de Dios de la sexualidad y el derecho a la vida del niño por nacer».
En la defensa de la vida inocente del no nacido, ninguno debería sentirse obligado a contraponer los «derechos» del embrión con el «derecho» de los seres humanos adultos, como si se tratase de una disputa de intereses materiales, en la que uno gana y otro pierde. El aborto degrada a todo aquel que toma parte en él. Nunca es la solución. Es una vergüenza para cualquier sociedad en la que se practique, justificándolo en una falsa noción de autonomía.
Al oponerse al aborto, los católicos no se oponen al progreso ni a los derechos de la mujer, sino todo lo contrario. Son más bien como los abolicionistas de la trata de esclavos en el siglo XIX. Tenemos la esperanza de que, más pronto o más tarde, la sociedad acabe por tomar conciencia de que los no nacidos son humanos.
El invierno demográfico español
La situación española es más grave, si cabe, que la de la mayoría de los países de su entorno. Confluyen aquí dos factores que, combinados, tienen efectos explosivos: la expansión del aborto como procedimiento ordinario de control de natalidad, y su banalización social.
El aborto fue introducido en España en 1985 por el Partido Socialista Obrero Español, recién llegado al poder, con una fuerte oposición y contestación social. Pero esa resistencia se ha ido diluyendo con el paso de los años hasta prácticamente dejar de ser cuestionada en ámbitos políticos y mediáticos. El debate ha pasado, en estos veinte años, de «aborto sí/aborto no» al de «ampliación sí/ampliación no»; y se ha llegado al aborto completamente libre. De hecho, la única modificación que ha introducido el último gobierno del Partido Popular ha sido solicitar la información de los padres antes de que una menor de 15 años aborte; pero ya la oposición ha anunciado que cambiará la ley en cuanto suba al poder. Así se explica que una representante relevante de ese partido haya dicho, sin temor a ser contradicha, que «en el PP no hay sitio para quien esté en contra del aborto».
Desde esa primera ley del aborto de 1985, se han realizado en España casi dos millones cien mil abortos quirúrgicos. El informe «El aborto en España (1986-2013)», del Instituto de Política Familiar, señala que España ocupa el tercer puesto, detrás de Francia y el Reino Unido, en la lista de países europeos donde más abortos se producen, con 298 cada día, que equivalen a casi tres abortos por cada diez nacimientos.
La evolución del aborto quirúrgico en España ha sido vertiginosa: ha aumentado un 140 por ciento en los últimos veinte años. Mientras en el año 1991 menos del 10 por ciento de los embarazos terminó en aborto, el porcentaje en 1996 era ya más del 12 por ciento; en 2001, casi el 15 por ciento; en 2006, casi el 18 por ciento; y en el año 2013 ha superado el 20 por ciento. El aborto quirúrgico se ha convertido, junto a las enfermedades cardiovasculares, en la principal causa de mortalidad en España.
A esas cifras hay que añadir las de los abortos químicos producidos por las «píldoras del día después», que en España se dispensan sin prescripción médica desde 2009. Sobre estos abortos, el único indicio objetivo son las ventas de esas píldoras: 1 millón al año en España, que equivalen a 2.510 diarias. Así se explica que el aborto sea considerado la primera causa del «invierno demográfico español», como el Instituto Nacional de Estadística califica la situación.
En 2016, el director del Instituto de Política Familiar, Eduardo Hertfelder, comentaba: «España lleva treinta y cinco años por debajo del nivel necesario para que se realice el reemplazo generacional. Es más, el déficit de natalidad en España es de tal magnitud que está provocando una inversión dramática de la pirámide poblacional. Estamos inmersos en un invierno demográfico sin precedentes y, si se toman en serio a la familia, estamos abocados al suicidio como sociedad». Un escenario demográfico de envejecimiento poblacional que se ha visto agravado por la crisis económica, que también ha impactado fuertemente en el descenso de la natalidad.
Por un lado, España está sin niños. Es, junto a Portugal, el país de la Unión Europea con menor natalidad. De hecho, desde 1980 tiene un índice de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo generacional (2,1); desde 1987 no se ha superado 1,5 hijos por mujer, y actualmente estamos en el 1,32, en el vagón de cola de la natalidad en el continente (la media de la Unión Europea es de 1,57).
En 2015, nacieron en España 143.423 niños menos que en 1980, a pesar del aumento de la población en casi 9 millones de personas desde ese año. Para asegurar el nivel de reemplazo, harían falta en España al menos 260.000 nacimientos más anuales. Además, las españolas cada vez tienen los hijos más tarde (31,78 años), las más tardías en Europa, por lo que será más difícil invertir la tendencia y conseguir que aumenten los nacimientos en los próximos años.
Por el otro lado, ya mueren más españoles de los que nacen. En las últimas dos décadas, la población española había crecido, gracias a la inmigración. A pesar de lo cual, la población española ha perdido más de 600.000 personas en los últimos 5 años.
Según el Informe Pulso Demográfico Allianz, de 2011, España vivirá el «tsunami» de las jubilaciones en 2040, coincidiendo con la retirada de la generación del baby boom, dado que la disminución de las pensiones estatales junto con el aumento de la esperanza de vida harán que la sociedad española cuente con un 8 por ciento de jubilados, más del doble que en 1950.
A pesar de estas cifras, el aborto es casi un no-tema en la opinión pública española: un asunto privado, decidido a solas y libremente por la madre, sobre el que la sociedad nada tiene que decir (el 89,9 por ciento de los abortos se practicaron sin aducir ningún tipo de causa), y sobre lo que nadie más puede opinar.
Poco se ha analizado el impacto a gran escala en la sociedad de estas muertes deliberadas y legales. En parte se debe a la práctica inexistencia de políticas favorecedoras de la natalidad: a diferencia de otros países, como los escandinavos, Francia, etc., donde el gobierno es consciente de que sin niños no hay futuro, en España los gobiernos –tanto socialistas como populares– miran hacia otro lado.
«Desde hace 40 años todos los gobiernos han desarrollado un sistema fiscal que penaliza y discrimina la familia», dice el IPF. Existen otras muchas medidas (ayudas familiares, políticas preventivas para que la familia no se rompa, legislación favorecedora de la conciliación, políticas de vivienda específicas para familias jóvenes y con hijos, etc.) que los gobiernos de turno prometen antes de las elecciones pero luego olvidan. De hecho, España es el país de la UE que menos ayuda da por hijo a cargo: 24 euros al mes y solo para familias con límites de ingresos (rentas menores de 11.540 euros al año). Esta reducida cantidad está congelada desde hace años, y muy alejada de la Europa de los 28, donde es de 91 euros al mes, se otorga de forma inmediata, de manera universal y hasta los 21 años de cada hijo como mínimo. «No es suficiente –dice Hertfelder– pero sí una medida importante. En aquellos países donde se ha puesto en marcha se ha demostrado que ha aumentado la natalidad».
Intención positiva
Muchos defensores del aborto lo justifican como un mal necesario para un bien mayor: el de una mujer, que está atrapada en una relación sin amor, y que no le queda otra opción que un peligroso aborto clandestino, o perder el control de su vida. El valor que hay detrás de esos argumentos es casi siempre la compasión. Lo mismo sucede con los que apoyan la investigación con células madre embrionarias: conseguir la curación de un enfermo.
La vida desde el inicio
La firme oposición de la Iglesia al aborto está anclada en la Biblia. En el Antiguo Testamento, los libros del Éxodo y los Salmos, entre otros, revelan a un Dios que conoce a sus criaturas antes incluso de que hayan nacido, y que forma, nombra y ama al niño en el vientre materno. En el centro de esta defensa de la Iglesia está la creencia en Dios como autor de nuestro ser. De ahí que el aborto y el infanticidio fueran calificados como «crímenes abominables» durante el Concilio Vaticano II.
En 1987, la Congregación para la Doctrina de la Fe resumió en su documento Donum vitae la doctrina de la Iglesia sobre la vida:
«La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta “la acción
creadora de Dios” y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su
único fin. Solo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie,
en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un
ser humano inocente».
Sin embargo, el aborto no es una cuestión religiosa, sino un tema de derechos humanos. No hace falta creer que Dios es el autor de la vida para darse cuenta de que la vida comienza en el vientre materno: las técnicas de ultrasonidos permiten verlo con nuestros propios ojos. Como dice Francisco J. Contreras, «si el vientre materno fuera transparente, ninguna mujer sería capaz de abortar» (y muchos hombres tampoco, se podría añadir). Lo mismo afirmó Christopher Hitchens, polemista ateo y de izquierdas, en su columna para la revista Nation en abril de 1989. «Para poner fin a un embarazo, tienes que detener un corazón, apagar un cerebro en desarrollo… quebrar algunos huesos y despedazar algunos órganos».
Hitchens, cuya postura antiabortista nunca fue bien acogida en los círculos progresistas, no entendía cómo «la mayoría de las feministas y sus aliados se han quedado estancados en la tierra yerma del individualismo posesivo de la “década del yo”, una idea que tiene más parecido con el derecho prehistórico de lo que les gustaría admitir, al cual pretenden oponerse pero que de hecho han promovido».
La exdirectora de una clínica abortista Abby Johnson ha contado su experiencia, y explica que ella nunca quiso promover activamente el aborto:
«Empecé a trabajar en una clínica de Planned Parenthood hace ocho años,
creyendo que su propósito era principalmente prevenir los embarazos no deseados y
por tanto reducir el número de abortos. Ese era también mi propósito. Y creía que
Planned Parenthood salvaba vidas; las vidas de las mujeres que, sin los servicios de
esta organización, recurrirían a algún carnicero clandestino».
Johnson, que había abortado dos veces, trabajó para la clínica hasta que se le abrieron los ojos: «No entré en el sector porque fuese atea. Creo firmemente en Dios. Creía que estaba ayudando a las mujeres a hacer lo que tenían que hacer». Los comerciantes de esclavos también creían en Dios, pero sus conciencias se habían amortiguado. Necesitaban una conversión, para empezar a tratar a sus esclavos como personas y llegar a favorecer el fin de la trata.
Cuando le pidieron a Johnson que duplicara el número de abortos cada mes, se dio cuenta de la realidad. No formaba parte de una organización benéfica, sino de una empresa interesada en hacer dinero que trataba la vida humana como mercancía. Ese fue el comienzo de su rebelión. Actualmente trabaja en una asociación pro vida.
Los mercaderes de esclavos sabían que los esclavos eran seres humanos como ellos, pero decidieron ignorarlo, despreciarles y tratarles peor que a los animales. De igual modo, los abortistas hablan del «derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo», y comparan lo que crece en sus entrañas con un «grupo de células». Pero el lenguaje no puede crear una nueva realidad. Un bebé no es una parte del cuerpo de una mujer. Un bebé no nacido es un bebé. No se le puede comparar con un apéndice, un riñón o unas amígdalas. Es una nueva vida separada de la madre, cuya crianza le ha sido encomendada.
El verdadero punto de partida, la cuestión que hay que resolver en primer lugar para no perderse, es qué valor –moral, social y legal– damos a la vida humana. La idea de que cada vida humana es intrínsecamente valiosa, y no de mayor o menor valor en función de su desarrollo físico, su sexo, su salud o su raza (y mucho menos del estado de la cuenta corriente de sus padres), no es solo un artículo de la fe cristiana, sino el principio básico de derechos humanos. Es el cimiento de la sociedad democrática.
Afirmar que algunos seres humanos vivos no merecen respeto, o que no deberían ser tratados como «personas», basándose en factores mudables como la edad, la salud, el tamaño o su falta de capacidades mentales o físicas, es negar la esencia misma de los derechos humanos. La Iglesia católica defiende que la vida humana no es menos valiosa por ser más joven y menos desarrollada, que es precisamente el fundamento principal de la democracia. Los únicos que lo han negado han sido las dictaduras y los regímenes racistas.
El aborto como eugenesia racial y económica
La cuestión acerca de la legitimidad del aborto encierra en realidad dos cuestiones: la consideración del aborto en sí mismo, y qué debería el Estado legislar al respecto.
Pocos se atreven a argumentar que el aborto es un bien moral, como si se tratase de eliminar un quiste o un tumor. Un embarazo no es una enfermedad. Defender que lo es supone olvidar cómo lo viven las mujeres y sus entornos: como un verdadero drama. En la inmensa mayoría de los casos, no se elige realizar un aborto voluntario como quien busca algo bueno, sino como un mal menor. En ese sentido, lo máximo a lo que aspiran los defensores del aborto es a demostrar que es una cuestión indiferente desde un punto de vista ético. El único argumento para apoyar el aborto es la fuerza moral de la autonomía: las mujeres tienen el derecho a decidir por sí mismas si continuar su embarazo o interrumpirlo.
Sin embargo, este argumento se tambalea. La libertad y autonomía de la persona puede justificar el aborto solo si fuera una acción moral buena o al menos indiferente. Pero, habiendo otra persona en juego, la libertad del individuo no basta, del mismo modo que tampoco existe el derecho de adueñarse de un ser humano o de violar a alguien. Legislar en contra del aborto es como legislar contra la esclavitud, la violación o el asesinato: no limitan la libertad de quien quiere practicarlo, porque nadie tiene derecho a hacer daño a otro. La libertad no es nunca absoluta: se detiene ante los derechos de los demás.
El otro argumento para defender el aborto es pragmático. Puesto que los embarazos no deseados son inevitables, y algunas mujeres encontrarán siempre la manera de interrumpirlo, las que lo hacen no deberían ser criminalizadas, y la actividad debería estar regulada y supervisada.
También este argumento depende de si se considera el aborto un acto moralmente neutro. Si no lo fuera, su frecuencia no justificaría nada. Si el número de violaciones aumenta, eso no es motivo para pensar en derogar las leyes que las castigan, sino todo lo contrario; por mucho que crezca el tráfico de personas –una de las mayores lacras sociales de nuestro siglo–, nadie en su sano juicio concluye que se debe reintroducir la esclavitud. La ley nunca puede facilitar o fomentar el sufrimiento o destrucción de los más vulnerables.
Aceptar ese cambio tiene además un efecto delicuescente a largo plazo: enseña a la sociedad que lo que está realmente mal es aceptable socialmente. La historia muestra que, en todos los países donde ha sido aprobado o despenalizado, el aborto empezó siendo un modo excepcional de resolver un problema dramático; pero la fuerza moralizadora de la ley es tan fuerte, que hoy día es socialmente aceptable (aunque no se debata a menudo) cuando falla la anticoncepción. Como advirtió san Juan Pablo II, ha llevado a «la supremacía del más fuerte sobre el más débil».
Con frecuencia se decide poner fin a un embarazo tras conocer que el bebé tiene una discapacidad. Se ejecuta a menudo en la misma consulta donde la mujer descubre la discapacidad tras una ecografía prenatal: ahí mismo, el médico o el enfermero lo recomienda, y se practica inmediatamente. Nadie lo sabrá, le susurran. De esa forma silenciosa y sistemática, son eliminados aquellos que la sociedad considera que no encajan o que molestarán.
Esta práctica ha llevado a que en Occidente prácticamente no existan personas con discapacidades congénitas. En Estados Unidos, 9 de cada 10 embriones con síndrome de Down son abortados. En 2014, la modelo chilena Javiera Icaza, con una malformación en ambos brazos, contó a El Mercurio: «Cuando estuve en París me sentí como un animal de circo. En Europa, guagua que viene mal es guagua abortada; no hay gente con síndrome de Down, y si a alguien le falta alguna parte de su cuerpo es por accidentes o porque son veteranos de guerra. No hay personas como yo».
Por este camino inesperado, los sueños de los eugenistas de principios del siglo XX han llegado a cumplirse. En efecto, el aborto era uno de los métodos eugenésicos para reducir la «creciente oleada de color» en las calles de Norteamérica. En 1923, Margaret Sanger fundó Planned Parenthood en una chabola de un barrio de Brooklyn. En su libro El eje de la civilización, describió sus objetivos: «Más niños de los capacitados, menos de los incapacitados. Esa es la esencia del control de la natalidad».
Las personas que Sanger consideraba no capacitados eran «todas las personas no arias», que pertenecían a lo que ella denominó «razas disgénicas» (europeos del este y personas negras). Sanger creía que esta «gran amenaza biológica para el futuro de la civilización […] merece ser tratada como criminales» y propuso «segregar a los imbéciles, que aumentan y se multiplican», para producir «una estirpe bien dotada».
Sanger sigue siendo considerada una heroína dentro del movimiento abortista, ha sido públicamente elogiada por un afroamericano como Barack Obama, y su organización, la mayor proveedora de abortos en Estados Unidos.
Como observa Dennis Sewell, el aborto «ha tenido un impacto mayor en el descenso de los nacimientos entre los económicamente desfavorecidos que entre la clase media, y proporcionalmente son las mujeres de las minorías raciales estadounidenses las que más lo llevan a cabo». El 70 por ciento de las clínicas dirigidas por Planned Parenthood en los EE.UU. se encuentran en barrios de mayoría negra o hispana. Por cada tres bebés negros que nacen, dos son abortados.
Así lo confirmaron las cifras de 2011 publicadas por el Departamento de Salud de la ciudad de Nueva York, las primeras estadísticas detalladas sobre los abortos realizados en la ciudad. Mostraban que los códigos postales con las tasas de aborto más altas eran casi en su totalidad barrios de minorías. Concretamente, el 60 por ciento de las mujeres de raza negra interrumpen voluntariamente sus embarazos. El cardenal Dolan calificó estos datos de «completamente aterradores», y añadió: «Nueva York no se merece el título de "capital mundial del aborto". Nuestro símbolo es la Estatua de la Libertad, no la Parca». El cardenal no fue el único en conmocionarse. La sobrina de Martin Luther King, Alveda Scott King, describió en el Wall Street Journal que lo que sucedía en Nueva York era «el intento de genocidio que permite eliminar a los indeseables»; y concluyó: «todavía existe un lugar en América donde la gente puede ser asesinada por su raza, y los asesinos quedan libres. Eso es una clínica abortista».
Décadas después de que la legalización del aborto cumpliera los sueños más ambiciosos de los eugenistas, ¿puede el Estado seguir permitiendo la eliminación masiva de vidas humanas inocentes, cuando está claro que los seres humanos que se eliminan son, en su inmensa mayoría, discapacitados, pobres y de piel oscura? A día de hoy, la elección es simple: o seguimos cuesta abajo por el camino que nos han trazado los eugenistas del siglo XX, o levantamos la voz en favor de la igual dignidad de toda la humanidad.
A más ciencia, más esquizofrenia
El malestar ante el aborto crece debido a la ciencia, que revela la maravillosa humanidad del niño no nacido. En el siglo XVIII, las litografías de esclavos, hacinados en las bodegas de los barcos esclavistas, tuvieron un efecto enorme en la sociedad de su tiempo, y minaron el consenso social que aceptaba el comercio de esclavos británico. Cuando no se ve el rostro de quien sufre, es más fácil suprimir la reacción de humanidad compasiva. Hoy, las ecografías que muestran en detalle la anatomía fetal fuerzan a la sociedad a afrontar con honestidad la realidad del aborto y las contradicciones legales.
El Dr. Steve Calvin, especialista en embarazos de alto riesgo, señala que los avances de la medicina han extendido al feto la consideración de paciente: se les puede administrar medicamentos contra las arritmias cardiacas, pueden recibir transfusiones de sangre y se les puede operar. «En los embarazos de alto riesgo recomendamos revisiones semanales con ultrasonido para controlar la respiración y los movimientos prenatales, entre otros aspectos. Existe una esquizofrenia inevitable cuando la medicina moderna trabaja sobre la idea de que el feto es un paciente solo cuando la madre así lo desea. El problema es que este estatus puede ser eliminado. Pero ¿cómo puede un feto de cinco semanas merecer el aborto cuando un feto con anemia del mismo tiempo puede someterse a una transfusión de sangre en la habitación de al lado?».
La revelación de la humanidad de los no nacidos y los avances asombrosos en el diagnóstico y tratamiento de sus enfermedades en el seno materno ponen en ridículo la base legal del aborto y el límite máximo que tradicionalmente se ha manejado según la «viabilidad» del feto, es decir, cuando es capaz de sobrevivir fuera del claustro materno, independiente de su madre. Esa es la base objetiva, «científica», que alega la legislación vigente en algunos países, que determinan desde qué momento los abortos son ilegales.
Estas leyes de plazos, así como las que fijan criterios supuestamente objetivos, como la viabilidad o los latidos cardiacos fetales, muestran que, incluso cuando las leyes son permisivas, el «derecho» de una mujer a abortar el niño que lleva en su vientre supone restringir lo que es un reconocimiento de la humanidad del bebe no nacido.
Tampoco en el pasado se podía sostener una ley de plazos. Pero hoy es evidente que eran solo excusas, y que la ciencia no tiene nada que ver con esos plazos. Si fueran criterios científicos, lo lógico entonces sería ir reduciendo esos plazos a medida de que los médicos son capaces de hacer viables a los nascituros menos maduros. Así lo reconoce, por ejemplo, el doctor Campbell. Este británico ateo está lejos de defender la vida: está a favor del aborto, y los ha practicado él mismo. Pero con cierta coherencia, ha luchado por reducir el límite de edad para realizarse abortos en su país porque, como escribió en 2008, en la semana 12, e incluso antes, los niños no nacidos ya sonríen, «caminan» e incluso sienten dolor. «Son seres humanos ya formados, que gracias a la tecnología podemos verles en toda su humanidad». Pero, por desgracia, sucede lo contrario: los plazos se amplían cada vez más, porque suponen una «ampliación de las libertades».
A estas alturas, es evidente que «el derecho de la mujer a decidir» es un eslogan; nunca ha sido reconocido como un derecho absoluto o incondicional. En la mayoría de los casos, la ley reconoce que el no nacido tiene sus derechos, pero es incapaz de ponerse de acuerdo en el punto en el cual dichos derechos pueden ser reivindicados a expensas de otros derechos. El uso de métodos «científicos» para determinar los límites del derecho de la mujer es solo una manera de mantener la paz en una sociedad dividida sobre el tema. Sin embargo, la ciencia revela sin ningún género de dudas lo que ya sabían aquellos que no estaban cegados por ideologías: que la vida en el vientre materno es clara, indiscutible y maravillosamente humana.
A veces, solo la reducción al absurdo permite entender las contradicciones de la mentalidad abortista. Chesterton reprocha a los abortistas que promuevan la muerte en el vientre materno pero se oponen al infanticidio. Si el feto no es humano, entonces ¿por qué no hacer como con los animales, y esperar a que nazca la camada y, si son muchos o son defectuosos, eliminarles. «¿Por qué no hemos de hacer con los niños lo mismo que con los gatos?», se preguntaba Chesterton. Resultaría mucho más lógico dejar que se concluyese su gestación; y, una vez alumbrados, se podría proceder a su exterminio con un criterio mucho más lógico. «Tal comportamiento sería propia y razonablemente eugenésico, porque podríamos seleccionar tranquilamente a los mejores, o al menos a los más saludables, y sacrificar a aquellos a quienes juzguemos inadaptados». El infanticidio es infinitamente más racional que el aborto, pues no elimina por error a quien «se pensaba que era defectuoso», sino que lo hace con precisión y certeza.
La creciente empatía por los no nacidos en muchos países responde a la gradual y creciente reacción ante la prevalencia y facilidad del acceso al aborto. Un sondeo de Gallup, llevado a cabo cada año desde 1995, reveló que en 2009 por primera vez había más estadounidenses que se identificaban como «pro vida» que como «pro derecho a decidir». También reveló que el número de personas que opinan que el aborto debería ser ilegal (el 23 por ciento) ha superado por primera vez el número de los que creen que no debería haber ningún tipo de restricción (22 por ciento). Desde entonces, los «pro vida» han ganado a los abortistas en cinco de los nueve sondeos realizados desde la fecha. Otros datos de encuestas, incluyendo las encuestas generales de población llevadas a cabo desde principios de los setenta, muestran un incremento constante, duradero y elocuente de la oposición al aborto, especialmente entre la gente joven. La generación del Milenio (entre los 18 y los 29 años) es ahora más pro vida que cualquier otro grupo de edad.
Este cambio de tendencia en algunos es un motivo de esperanza para el movimiento en defensa de la vida en España, donde el progreso es menos perceptible. No hay que abandonar los esfuerzos, al contrario: redoblarlos, como los antiesclavistas no se rindieron ante las resistencias de lo que hoy llamaríamos «gran capital» y «poderosos de la Tierra». Hoy más que nunca hay que ser voz de los que no tienen voz, dentro del marco adecuado: la defensa de los más vulnerables, que en el aborto son el niño y su madre.
La investigación con embriones
Entre los argumentos en favor de la investigación con células madre embrionarias, comenzada a mediados de los noventa, se encuentra que la creación y clonación de embriones humanos (creando híbridos humano-animales) permitiría encontrar una cura para el Alzheimer, el Parkinson y otras enfermedades. Por ese motivo, recibe en muchos países financiación del Estado, como iniciativa de interés público.
Quienes se opusieron a esos experimentos por la falta de respeto por la vida humana que suponen, fueron tildados de fanáticos religiosos, contrarios al progreso de la medicina. La ciencia –decían– precisa de libertad para conseguir sus objetivos, y los científicos y sus laboratorios necesitan un marco jurídico favorable para así ayudar a que las nuevas generaciones se beneficien de sus descubrimientos.
Para quienes sufren dichas enfermedades, ese planteamiento no es más que publicidad engañosa. La investigación con células madre embrionarias no ha aportado avances médicos relevantes ni ha dado lugar a tratamientos eficaces. En cambio, existen literalmente docenas de tratamientos que se sirven de células madre adultas (extraídas de la médula ósea o la placenta), que no presentan inconveniente ético alguno. La utilización de células madre está a la vanguardia de la investigación médica, como demuestran los grandes avances en la creación de nuevos órganos a partir de ellas. Pero en ninguno de los casos se han utilizado células madre procedentes de embriones.
La defensa de la investigación con embriones no es desinteresada. Son las empresas privadas de investigación médica las que la promueven, que necesitan grandes cantidades de dinero para financiar sus experimentos, e intentan engatusar a los inversores con las prospectivas económicas de sus futuros logros médicos. Todo se hace con urgencia enorme: lo fundamental es asegurarse de ser el primero en patentar algo.
Después vino la financiación pública para la investigación de células madre embrionarias humanas, en plena expansión (el Instituto Nacional de Salud de EE.UU. calculó una inversión de 128 millones de dólares en 2011), que se ha justificado en razones geoestratégicas: hay que apoyar a las empresas del país, para que nadie les adelante. Si todos lo van a hacer, entonces queremos ser los primeros.
La aprobación de la investigación con embriones marcó el triunfo de un profundo e inquietante dogma: que no se debe poner límites a la ciencia. Este dogma viene a sustituir un importante principio clásico: alterar la vida humana con fines médicos requiere una justificación ética convincente. Por el momento, es una quiebra que parece pequeña: los embriones ni sienten ni padecen. Pero, una vez roto el principio de que «no se puede experimentar con humanos», lo demás (plazos, condiciones, garantías) son asuntos negociables.
El deber ético que la sociedad debe a la vida humana exige un examen exhaustivo de los posibles beneficios que se alegan. Esta valoración ética –un examen comparado de los riesgos en relación con los beneficios– entra en conflicto con la reivindicación del lobby de la investigación científica, que pretende quedar exento de dicha valoración. La buena ciencia siempre ha estado acompañada de normas éticas. La ética es buena para la ciencia. Estándares y confianza son clave en cualquier investigación que se precie.
A los defensores de la investigación con embriones les viene bien tachar a sus oponentes de religiosos oscurantistas, enemigos fanáticos de la razón y de la ciencia («¡lo mismo hicisteis a Galileo!», vociferan). Pero el examen ético no es una idea religiosa: los defensores de la buena ciencia siempre han mantenido que es un principio fundamental. Si el fin justifica los medios, no debería haber ninguna objeción a los experimentos que los nazis llevaban a cabo con seres humanos.
«¿Cómo puedes oponerte a algo que me puede curar?», preguntan algunos enfermos graves a los católicos. Se han creído la mentira: es muy poco probable que la investigación con células madre consiga una cura para ellos. Puede que los periódicos escriban sobre los grandes avances de la investigación con embriones, pero las revistas científicas, no.
De todos modos, el problema más serio de la investigación embrionaria no es su ineficacia para encontrar tan cacareadas curas. Lo grave es que usar un embrión humano –la primera etapa de una vida humana– para experimentar es profanar esa vida. Por mucho que se oculte tras una terminología pseudocientífica (como cuando se habla de «pre-embrión» cuando el embrión tiene menos de 14 días, cuando no existe cambio sustancial alguno entre los 13 y los 15 días), la experimentación es un ataque a un ser humano con grandes condicionamientos económicos.
No muchos afirmarían que el grupo de células del que se compone un embrión es moralmente equivalente a cualquier otro grupo de células, como un grupo de células cancerosas o de un embrión de rata. Si así fuera, no existiría debate en las comisiones éticas de parlamentos, ministerios de salud pública, hospitales, etc., a pesar de la enorme presión –también financiera– de las multinacionales farmacéuticas.
En su «Nota sobre la utilización de embriones humanos en la investigación sobre células madre», publicada en 2002, los obispos españoles recordaban que el embrión humano es, a partir de la fusión de los gametos, un individuo humano, con una identidad bien definida por un código genético propio y exclusivo, de tal modo que en ningún momento puede ser considerado como una simple masa de células. Por ese motivo, se le ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual.
Por eso, los obispos insistían en los principios básicos: «Por muy noble que sea el fin perseguido, es inaceptable moralmente la producción, manipulación y destrucción de embriones humanos». Hay otras alternativas moralmente lícitas, como la utilización de células madre procedentes de organismos adultos, para lograr los mismos fines que se pretenden alcanzar con las células madre embrionarias.
Las técnicas de reproducción asistida
Desde el nacimiento del primer «bebé probeta» en 1978, cada año nacen en el mundo más de 2.000 niños mediante subrogación (cuando una mujer acepta gestar el hijo de otra pareja), y muchos más por medio de la donación de gametos (cuando un hijo nace sin relación biológica con uno o con ambos padres).
Los «avances» en este terreno van hacia la consecución de un «embrión de tres padres» con el fin de mejorar el ADN. Como escribió Christopher White, «los niños nacidos como resultado de este tipo de arreglos son traídos a este mundo por métodos que rompen intencionadamente cualquier vínculo con sus padres biológicos. A diferencia de la adopción, aceptada y respaldada por la Iglesia ya que su intención es buscar un hogar para niños que ya no tienen padres, la Iglesia rechaza la concepción mediante técnicas de reproducción asistida por los efectos negativos que tiene sobre la pareja que intenta concebir y sobre el niño creado por estas técnicas».
Las técnicas de reproducción asistida reducen un acto de amor y de entrega entre dos cónyuges a un procedimiento técnico de laboratorio. Pero los niños nacidos de esperma o de óvulos donados anónimamente son personas normales, y crecen con el anhelo natural de conocer a su padre o madre biológico. Este proceso pone precio al valor de la vida humana y reduce la concepción a un mero procedimiento contractual.
En 2008, la Santa Sede publicó una guía sobre cuestiones bioéticas titulada Dignitas Personae. Allí se recuerda que «la Iglesia no dice “no” a las técnicas de reproducción asistida porque rechace a las parejas estériles, sino para procurar las mejores condiciones para que un niño venga al mundo».
Todo el proceso fomenta el desprecio por el carácter único de la vida humana: la fecundación in vitro (FIV) crea un excedente de embriones que posteriormente son congelados, destruidos o empleados en experimentos médicos. También fomenta la visión eugenésica de la vida, pues esta técnica implica la selección de un embrión entre muchos fecundados, para su implantación en el vientre.
Los «bebés-medicamento» y otras formas de selección embrionaria usan la técnica conocida como diagnóstico genético preimplantacional, en la cual se seleccionan los embriones en función de un gen en particular. Este mismo poder permite que se seleccionen (o se descarten) embriones con unas características en particular: sexo, estatura, color de cabello, etc. Lo primero es legal, lo segundo, (todavía) no.
Todos estos supuestos suscitan una pregunta difícil, muy difícil: ¿por qué no? Si una mujer puede abortar a un niño porque es del sexo no deseado, o viene en mal momento (en plena preparación de una oposición o de unas competiciones deportivas o antes de un ascenso, o «no quiero que sea Sagitario»), ¿por qué no se puede seleccionar un hijo que encaje con sus deseos? ¿Por qué va ser malo tener un niño a la carta? Si los medios son aceptados, el «derecho a decidir» se vuelve ilimitado. ¿Quién tiene derecho a decidir si es legítimo lo que quiero?
En realidad, crear una vida según un rasgo específico y descartar todas las demás choca con los principios morales que sustentan una sociedad civilizada: no se utiliza a otra persona para tus propios intereses ni para los de otros. Una persona humana necesita ser considerada como un fin en sí misma, no como una herramienta para otra, ni siquiera para la salud de esa otra persona. Ese principio explica por qué condenamos la violación, la tortura y el chantaje; por qué no se permiten los experimentos con los cuerpos o mentes de las personas sin su consentimiento, ni criamos seres humanos para crear una reserva de órganos para poder trasplantar y salvar las vidas de otros.
Aquí también la Iglesia se posiciona en contra de la mercantilización y degradación de la vida humana y a favor de una ecología humana que respete la integridad de la creación.
En ese sentido, no es casualidad que la industria de los embriones se haya asociado al aborto. Cualquier persona con rasgos de humanidad asistió con horror a las revelaciones en 2015 sobre el tráfico de embriones procedentes de abortos que realiza Planned Parenthood. «350 dólares por medio hígado, 500 por un timo, 750 por un cerebro», se oye decir a la directiva de esa organización; y que llega hasta el extremo de provocar el aborto de manera tal que los niños no sufran daños en los órganos concretos que van a ser vendidos, o de extraer el cerebro cuando el corazón todavía late, porque tiene más valor de mercado.
Las mujeres se merecen algo mejor
Una excusa que a veces se repite para hacer callar a la Iglesia en este tema consiste en decir que «el embrión es cosa de mujeres». Aparte de que la Iglesia no es cosa de hombres, y de que hay más hombres que mujeres a favor del aborto, lo cierto es que la división más profunda en esta cuestión no se da entre hombres y mujeres, sino entre las mismas mujeres: las mujeres conservadoras son el segmento más antiabortista de la población, mientras que las mujeres liberales son mayoría entre las defensoras.
Hoy en día, cuando los activistas del aborto defienden decididamente sus tesis, no pocas veces descubren con sorpresa que las mujeres más jóvenes ya no consideran el aborto como uno de sus derechos fundamentales. Se muestran escépticas ante los argumentos que justificaron su legalización, ya que ni ha reducido los nacimientos fuera del matrimonio ni el abuso infantil ni los índices de criminalidad. Por eso, a los defensores del aborto les queda solo al argumento de la autonomía, a pesar de que la retórica individualista que acompaña a dicho argumento choque con muchas mujeres por ser profundamente poco femenino.
«Es hora de afrontar los hechos», escribió la norteamericana Elise Italiano: «La corriente feminista que describe el aborto como la llave de nuestra libertad no ayuda a que progresemos, no preserva nuestra dignidad ni nos protege de lo que nos hace daño. Una sociedad que está a punto de darle la vuelta al caso Roe vs. Wade debe centrarse en promover estructuras de apoyo para las mujeres embarazadas, de manera que la decisión de abortar no provenga de razones económicas o sociales, porque la vida es la elección natural. Es hora de replantearse si el feminismo debe defender el aborto. Es hora de participar en la verdadera lucha de las mujeres».
Los católicos no solo argumentan en contra del aborto, hacen mucho más: curar sus heridas, que son profundas y duraderas. En 2015, el papa Francisco escribía:
«Algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin
darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo. Muchos otros, en
cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro
camino por donde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han
recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa
decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres
que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo
sucedido es profundamente injusto; sin embargo, solo el hecho de comprenderlo en
su verdad puede consentir no perder la esperanza. El perdón de Dios no se puede
negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se
acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre».
Los católicos se preocupan por todas las mujeres necesitadas mediante la asistencia prenatal o la adopción. El mensaje universal de la Iglesia es siempre el mismo: si estás embarazada y necesitas ayuda, la Iglesia te ayudará. Las palabras de la Madre Teresa de Calcuta: «Por favor, no maten al niño; nosotros nos ocuparemos de él. Por favor, dadme a vuestros niños. Con mucho gusto acepto todos los niños que morirían a causa del aborto», las ponen en práctica miles de católicos en todo el mundo.
Los católicos de todo el mundo no luchan contra el aborto, sino que defienden la vida: en la arena pública, mostrando la realidad científica evidente, pero sobre todo conectando con las personas que pasan por momentos muy difíciles, y necesitan saber que un embarazo no planeado no arruinará su vida, y que la sociedad no les dejará solas; en el ámbito social, promoviendo iniciativas de todo tipo para que nadie aborte por motivos económicos; y, en ámbito político, exigiendo del Estado que –como dice la catedrática de Derecho Civil María Lacalle– «no se desentienda, sino que debe proteger la vida de todos los ciudadanos, muy especialmente de los más débiles».
Después, cuando se ha producido el aborto, la Iglesia no les cierra la puerta. El aborto duele. La Iglesia bien lo sabe, por su experiencia al servicio de las mujeres y familias, que son las víctimas vivas del aborto. Es interesante que en los estatutos de la nueva Congregación para los laicos, la familia y la vida, creada por el papa Francisco en junio de 2016, diga en su artículo 11 que entre sus funciones está «promover programas e iniciativas dirigidas a ayudar a mujeres que han abortado». En todo el mundo son numerosísimas las iniciativas impulsadas por entidades eclesiales o por católicos, de manera confesional o animando agrupaciones sin afiliación religiosa pero inspiradas por los valores cristianos. En España, por ejemplo, Red Madre («nunca estarás sola», dice su lema); Fundación Madrina, y un larguísimo etcétera.
El valor del ejemplo y del compromiso personal es clave. En Argentina, por ejemplo –cuenta Juan Pablo Cannata–, «muchos promotores de la dignidad de la vida humana se han dedicado durante años a ayudar a mujeres embarazadas en riesgo, a atender chicos en situación de calle, a impulsar comedores infantiles, de tal manera que su argumento a favor de la vida esté basado en esa legitimidad solidaria, en la garantía de sus acciones, y no puedan ser acusados de hablar sin compromiso, aunque estén diciendo las verdades más grandes».
La necesidad en este campo es tan grande como lo fue la educación de las niñas en los siglos pasados, que motivaron la creación de comunidades religiosas dedicadas a su escolarización. Por eso no sorprende que en Estados Unidos haya nacido una nueva congregación religiosa, las Sisters of Life (Hermanas de la Vida), fundada precisamente con la finalidad de atender a mujeres embarazadas y a jóvenes madres. Las hermanas cuentan con una red de colaboradores que presta ayuda a mujeres y familias en América septentrional.
Oponerse al aborto no es suficiente. Tenemos que apostar por la vida, con hechos y palabras, y trabajar por una nueva cultura que realmente acoja a la vida.
MARCOEXISTENTE
El aborto legal consagra en la ley el derecho de la mujer a decidir. Ni la Iglesia ni el Estado tienen ningún derecho a decirle a una mujer si debe o no continuar su embarazo. El aborto no es un asesinato: el feto es un puñado de células; por eso, la mayoría de las personas cree que el aborto debería ser seguro y legal. Si se le permitiera a la Iglesia imponer su punto de vista religioso, volveríamos al aborto clandestino.
De igual forma, la investigación con embriones, que son solo un grupo de células no viables, da esperanzas a la gente de encontrar una cura para enfermedades terribles. Si la Iglesia fuera de verdad favorable a la vida, no se opondría a la selección de un embrión cuyas células madre pueden salvar a su hermano o hermana, ni a las técnicas de reproducción asistida que dan esperanza a muchas parejas.
REFORMULACIÓN
El aborto no tiene que ver con la religión, sino con la defensa de los derechos humanos, que parte del primero y más importante: el derecho a la vida. La Iglesia se hace portavoz de las víctimas silenciosas, así como de cualquier persona cuya dignidad no sea reconocida en la «cultura del descarte». El argumento en contra del aborto es un gran «sí» a la vida y a la justicia, que ofrece opciones reales a mujeres asustadas ante un embarazo no planificado o no deseado. Ayudemos a crear una sociedad donde la vida sea bienvenida y valorada. Los movimientos pro-vida son el equivalente contemporáneo a los antiesclavistas del siglo XIX, que intentaban concienciar a la sociedad de los problemas de los que no tenían voz. Hay signos de que este despertar está teniendo lugar, especialmente entre la generación del Milenio. El aborto promueve una sociedad eugenésica, en la que las vidas que se consideran inferiores son destruidas silenciosa y legalmente. El efecto corrosivo cala profundamente. Los embriones son la primera etapa de la vida humana; son vulnerables y necesitan ser protegidos por la ley, a pesar de que son usados y desechados en laboratorios y clínicas de fertilidad. La Iglesia está en contra de la mercantilización y la degradación de la vida humana y a favor de una ecología humana que respete la integridad de la creación.
MENSAJESCLAVE
Los embriones son la primera etapa de la vida humana; necesitan ser protegidos por la ley. El valor de la vida humana no está relacionada con su tamaño o apariencia; que un embrión sea diminuto no significa que sea menos vida y que no merezca cuidado y protección. Existe un despertar moral en algunas sociedades, una creciente conciencia sobre lo maravillosa y bella que es la vida del no nacido. La Iglesia católica habla en nombre de los indefensos embriones sin voz, como lo hace en nombre de otras víctimas «silenciosas». La Iglesia trabaja para la conciencia pública de la fragilidad y valor de la vida del no nacido, y ofrece opciones reales a mujeres asustadas ante un embarazo no planificado o no deseado. No se trata de los derechos de la mujer frente a otros derechos, sino de lo que es bueno para todas las partes implicadas: la mujer, su bebé y la sociedad en su conjunto.
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