11 El uso de los bienes exteriores
EL USO DE LOS BIENES EXTERIORES
18. R.– Mucho has progresado; con todo, los apegos que aún tienes te impiden mucho ver aquella luz. Y ahora aplico un medio fácil para demostrar una de estas dos cosas: o que nada nos resta por refrenar o que nada hemos aprovechado, quedando aún toda la corrupción interior que creíamos extirpada. Porque te pregunto: Si te persuaden de que es imposible consagrarse al estudio de la sabiduría con tus más queridos amigos sin una buena base económica, ¿no desearás las riquezas?
A.– Convengo en ello.
R.– Y si te convencen igualmente de que, para comunicar a muchos tu sabiduría, te conviene reforzar tu autoridad con un cargo honroso, y que tus mismos familiares, para moderarse en sus costumbres y dedicarse intensamente a la investigación de la verdad divina, han de ser también honrados, y que todo esto sólo se puede lograr con su honor y dignidad, ¿no ambicionarás estas ventajas, trabajando por lograrlas?
A.– Así es, como dices.
R.– Acerca de la mujer ya no insisto, pues tal vez no hay necesidad de llegar al vínculo matrimonial; con todo, si con el generoso y rico patrimonio de tu mujer pueden sustentarse todos los que en tu compañía viven, dando ella su consentimiento para ese fin de la vida común, y si, además, aporta la nobleza del linaje, tan útil para los honores, según me has concedido, ¿tendrás entonces fuerza para renunciar a estas ventajas?
A.– Pero ¿cuándo puedo yo esperar estas cosas?
19. R.– Me replicas como si yo inspeccionara tus esperanzas. Y no te pregunto por lo que, siéndote negado, no te seduce, sino por lo que te deleitaría en caso de ofrecérsete; pues una cosa es la infección extirpada, otra la adormecida. A este propósito vale lo de algún sabio que dice: los necios son insensatos, como el cieno es fétido, aunque no hiede si no se revuelve. Importa mucho saber si la codicia de espíritu queda marginada por desesperación, o eliminada por la fuerza de la salud.
A.– Aunque no puedo responderte, nunca me persuadirás según la disposición interior que ahora tengo de no haber adelantado nada.
R.– Discurres así porque, aunque pudieras desear esas cosas, no te parecen apetecibles por sí mismas, sino por otros bienes ajenos a ellas.
A.– Eso mismo quería decirte, porque cuando deseé las riquezas, mi corazón se iba tras ellas para ser rico, y los honores, que ahora me dejan indiferente, por no sé qué brillo suyo, me seducían; y en el deseo y atractivo de la mujer busqué siempre el deleite con la buena fama. Sentía entonces verdadera pasión por estas cosas; ahora las menosprecio; con todo, si se me ofrecen como un camino necesario para ir a donde quiero, entonces, más bien que desearse, han de tolerarse.
R.– Muy bien; también yo creo que no debe llamarse codicia el deseo de las cosas que se buscan como medio para lograr otras.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.