10 El amor de las cosas corporales y externas
EL AMOR DE LAS COSAS CORPORALES Y EXTERNAS
17. R.– ¿No has notado cómo aun los ojos sanos del cuerpo se ofuscan y retroceden con el reverbero del sol para buscar el alivio de la obscuridad? Tú pones los ojos en lo que has adelantado, mas no piensas en lo que deseas ver. Pero examinemos los progresos que piensas haber realizado. ¿No deseas poseer algunas riquezas?
A.– No es de ahora mi renuncia a ellas. Ya tengo treinta y tres años, y hace unos catorce que dejé de desearlas. Si acaso se me ofrecieran, sólo me serviría de ellas para mi sustento necesario y el uso liberal. Un libro de Cicerón me persuadió fácilmente de que no se deben desear las riquezas, y en caso de que lleguen, se han de administrar con suma cautela y prudencia.
R.– ¿Y los honores?
A.– Confieso que ahora he dejado de ambicionarlos, casi en estos días.
R.– ¿Y qué me dices de la mujer? ¿No te complacería tener una esposa bella, modesta, complaciente, instruida o tal que pudieras tú fácilmente instruirla; y que te trajese al matrimonio una dote suficiente, no para enriquecerte, pues aborreces las riquezas, pero sí para llevar una vida desahogada, libre de molestias y cargas?
A.– Por muy bien que me la pintes, enjoyándola de mil prendas, nada tan lejos de mi propósito como la vida conyugal, pues siento que nada derriba la fortaleza viril tanto como los halagos femeninos y aquel contacto corporal sin el que no se puede tener esposa. Y si al oficio del sabio incumbe la formación de los hijos –cosa que no he averiguado todavía–, y con este fin solamente busca el blando yugo, eso me parece cosa de admirar, pero no de imitar. Hay más peligro en intentarlo que dicha en lograrlo. Por lo cual, mirando por la libertad de mi espíritu, justa y útilmente me he impuesto no desear, no buscar, no tomar mujer.
R.– No te pregunto por tus decisiones, sino si luchas todavía o has vencido la pasión sensual. Estoy explorando si están sanos tus ojos.
A.– En este punto nada deseo, nada solicito; y desprecio con horror tales cosas. ¿Qué más quieres? Y noto en mí un progreso creciente todos los días, pues cuanto más ardo en deseos de contemplar aquella soberana hermosura incorruptible, tanto más se vuelven a ella todo mi amor y mis deseos.
R.– ¿Y qué hay del gusto de los manjares? ¿Cuánto ocupa tu atención?
A.– No me inquietan nada aquellos de que no tengo intención de privarme. Los que tomo en efecto me deleita saborearlos; pero sin ninguna afección de mi parte, se retiran de la mesa después de vistos o gustados. Cuando no los tengo presentes, no se mezcla este apetito ni viene a turbar mis pensamientos. No preguntes, pues, nada de manjares, bebidas, baños y otras cosas pertenecientes al deleite corporal; sólo las deseo en cuanto contribuyen a la salud del cuerpo.
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