03 Conocimiento de Dios
CONOCIMIENTO DE DIOS
8. R.– Está bien; pero, si alguien te dijese: «te haré conocer a Dios como conoces a Alipio», ¿no se lo agradecerías, diciendo: «Me contento con eso»?
A.– Se lo agradecería, pero no me daría por satisfecho.
R.– ¿Por qué?
A.– Porque no conozco a Dios como a Alipio, y tampoco estoy satisfecho de mi conocimiento de éste.
R.– Mira bien, pues, si no será una insolencia querer conocer suficientemente a Dios, cuando no conoces a Alipio.
A.– No vale el argumento; pues en comparación de los astros, ¿qué cosa hay más vil que mi cena? Y aun con todo, no sé qué cenaré mañana pero sí la fase lunar en que estaremos.
R.– ¿Te satisfarías, pues, con conocer a Dios como conoces el signo del curso lunar de mañana?
A.– No es bastante, porque eso pertenece a la esfera de la percepción sensible, y no sé si Dios o alguna causa natural desconocida cambiará el orden y curso lunar; y si esto acaece, se derriba en tierra toda mi previsión.
R.– ¿Y crees que eso es posible?
A.– No, pero ahora busco el saber, no la fe. Y lo que sabemos decimos bien que lo creemos; mas no todo lo que creemos lo sabemos.
R.– Entonces ¿rechazas en este asunto el testimonio de los sentidos?
A.– Totalmente,
R.– Pues a aquel amigo tuyo, todavía desconocido para ti, según afirmas, ¿cómo quieres conocerlo: con los sentidos o con el entendimiento?
A.– Lo que por los sentidos conozco de él –si es que por ellos se puede conocer algo– es de poco valor y me basta; mas aquella parte por la que le amo, esto es, el alma, quiero alcanzarla con el entendimiento.
R.– ¿Puede conocerse de otra manera?
A.– No.
R.– ¿Y te atreves a decir que desconoces a un amigo tan íntimo y familiar?
A.– ¿Por qué no? Considero ley justísima de la amistad la que prescribe amar al amigo como a sí mismo. Y como yo tampoco me conozco a mí mismo, no es ninguna injuria decir que desconozco a un amigo, sobre todo cuando ni él mismo se conoce, según creo.
R.– Si, pues, lo que quieres indagar ahora es de naturaleza intelectual, cuando te reproché como una presunción el desear conocer a Dios sin conocer a Alipio, no venía a propósito aquello de la cena y de la luna como ejemplo, por ser cosas pertenecientes al dominio de los sentidos, según dices.
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