02 Qué se ha de amar
QUÉ SE HA DE AMAR
7. A.– He rogado a Dios.
R.– ¿Qué quieres, pues, saber?
A.– Todo cuanto he pedido.
R.– Resúmelo brevemente.
A.– Deseo conocer a Dios y al alma.
R.– ¿Nada más?
A.– Nada más.
R.– Empieza, pues, a investigar. Pero dime antes a qué grado de conocimiento quieres llegar hasta decir: «basta ya».
A.– No sé cómo debe manifestárseme Dios hasta decir: «ya es suficiente», porque no creo que conozca ninguna cosa como deseo conocerlo a Él.
R.– Entonces, ¿qué hacemos? ¿No crees que primero debe determinarse el grado del saber divino a que aspiras, para que una vez logrado cese tu investigación?
A.– Así opino; pero no veo el modo de conseguirlo. ¿Acaso conozco algo semejante a Dios para poder decir: «tal como conozco esto, así quiero conocer a Dios»?
R.– Si todavía no conoces a Dios, ¿cómo sabes que no conoces nada semejante a Él?
A.– Porque si conociera algo semejante, lo amaría sin duda ninguna; y ahora sólo amo a Dios y al alma, dos cosas que ignoro.
R.– Entonces, ¿no amas a tus amigos?
A.– Amando el alma, ¿cómo no voy a amarlos?
R .– ¿Luego por esa razón, también amarás a los insectos?
A.– He dicho que amo a las almas, no a los animales.
R.– O tus amigos no son hombres o tú no los amas, pues todo hombre es animal, y tú dices que no amas a los animales.
A.– Hombres son y no los amo por ser animales, sino por ser hombres, esto es, porque tienen almas racionales, cosa que aprecio hasta en los ladrones. Porque puedo amar la razón en cada uno, aun cuando aborrezca justamente al que usa mal de lo que amo en ellos. Así, amo más a mis amigos cuanto mejor usan del alma racional, o ciertamente, cuanto mejor desean usar de ella.
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