130º Dios no se encontraba al otro lado de la montaña. Era Él quien cuidaba al herido.
Hay una leyenda eslava que cuenta la historia de un monje, Demetrio, que un día recibió una orden tajante: debería encontrarse con Dios al otro lado de la montaña en la que vivía, antes de que se pusiera el sol. El monje se puso en marcha, montaña arriba. Pero, a mitad de camino, se encontró con un hombre herido que pedía socorro. Y el monje, casi sin detenerse, le explicó que no podía pararse, porque Dios le esperaba al otro lado de la cima, antes de que se pusiera el sol. Le prometió que volvería en cuanto hubiese atendido a Dios. Y continuó su marcha. Horas más tarde, cuando, aún el sol brillaba en todo lo alto, Demetrio llegó a la cima de la montaña y desde allí sus ojos se pusieron a buscar a Dios. Pero Dios no estaba. Miró entonces hacia atrás y en el fondo valle y vio a Dios que estaba ayudando al hombre herido que él no había querido ayudar.
Hay incluso quien dice que Dios era el mismo herido que le había pedido ayuda.
El prójimo es nuestro lugar de cita con Dios.
En el amor a Dios uno puede engañarse; puede alguien decir que ama a Dios porque decirle a Dios te amo no cuesta nada. Amar al prójimo, en cambio, no admite trampas.
El intento de construir un cristianismo unidimensional es absurdo: lo vertical (el trato con Dios) y o horizontal(el amor efectivo al prójimo) forman una misma cruz. Eso sí, lo horizontal es visible y lleva con toda seguridad a lo vertical que es invisible. La cruz cristiana se puede interpretar como la representación del único mandamiento que tiene dos aspectos: el amor a Dios y al prójimo. Las dos dimensiones son iguales, tanto amo a Dios cuanto al prójimo, pero el amor al prójimo es visible y puedo entonces averiguar si existe también la dimensión invisible. Después de haber explicado eso, a veces presento a los alumnos una adivinanza. En el pizarrón trazo una línea horizontal y pregunto: ¿Qué ven? Todos contestan: ¡un segmento horizontal! Y yo respondo: no, esta es una cruz que tiene la línea vertical invisible.
Dice Jesús: "No basta con que me digan: Señor, Señor, para entrar en el Reino de los cielos, sino que hay que hacer la voluntad de mi Padre que está en el cielo" (Mat 7:21) y la voluntad de Dios nuestro padre es que nos amemos los unos a los otros como Jesús nos ha amado. "Les doy este mandamiento nuevo, que se amen unos a otros" (Jua 13:34)
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