Vida buena
María Luisa Pfeiffer (Argentina), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet)
Vida y vivir › Estados vitales
Bios significa para los griegos vida, pero no cualquier vida, sino vida humana. Sin embargo, esto que parece tan claro, no lo es, en tanto y en cuanto la pregunta se complica cuando consideramos lo propio del ser humano. Para el ser humano, vivir supone desarrollar todas sus capacidades; para ello habrá que tener en cuenta la complejidad de lo humano. Lo contrario a la vida humana es la sobrevivencia. Sobrevivir implica reducir la vida a su mínima expresión y esto no puede ser considerado bueno. Lo bueno para el humano es aquello a que aspira, busca, tiende, y de ninguna manera puede tender al mero sobrevivir. La vida buena tiene que ver con la plenitud física, psicológica, social, política, religiosa, moral. Todas esas dimensiones de lo humano que permiten calificar de buena una vida en que son desarrolladas, crecen al amor de la vida en comunidad constituida en el diálogo solidario. No es posible pensar la buena vida sin hacer alguna referencia a la buena muerte.
Vida. Vida es un concepto que se define actualmente haciendo referencia a cuestiones energéticas y al principio de homeostasis que es el proceso que permite responder a estímulos, reproducirse y, a través de procesos de selección natural, adaptarse en generaciones sucesivas a la organización orgánica. Esto supone una retroalimentación del sistema generando un equilibrio que es el que permite la supervivencia. Esta aproximación a la vida proviene de la ciencia, y puede aplicarse con dificultad a la vida humana. Tradicionalmente definir la vida, sobre todo la humana, ha supuesto siempre referencias abstractas y por tanto difíciles de definir. La definición más simple ha provenido siempre de la contraposición con la muerte. Hoy hablamos de la biología como de la ciencia de la vida, desde un malentendido ya que bios es el término griego que se refiere a la vida del hombre y a toda la complejidad que esta representa: a su carácter destinal, político, racional. Ha habido en todas las filosofías y culturas una separación explícita de lo que es la vida humana de cualquier
otra manifestación vital; esta vida ha sido asociada básicamente con las relaciones del hombre con los otros hombres, con la naturaleza y con Dios. Cada filosofía, cada religión, ha calificado a esta vida de buena según esas relaciones: cuando se daban sin conflicto, la vida era buena; si no, era mala.
Vida buena. La vida buena ha sido desde siempre la aspiración de los hombres; ha sido identificada con la felicidad. Aristóteles hace esto explícito en su Ética. Para el estagirita, como para toda la metafísica occidental que nace a su sombra, el bien es un modo de manifestación del ser. El humano sólo alcanza la felicidad cuando logra “estar en el bien”, cuando es bueno, cuando lleva una vida buena. ¿Y qué significaba para un hombre griego llevar una vida buena? Ser quien era hasta sus últimas consecuencias, es decir, cumplir con el destino que le había sido asignado en la polis, en la ciudad a que pertenecía. Para Aristóteles la decisión sobre el bienestar de cada uno debía regirse por el modelo de vida que le era exigido por su vida en comunidad, un modelo que se acomodaba al modelo de los demás. Para el judío o el cristiano la respuesta era semejante; la vida buena era la que se vivía obedeciendo la voluntad de Dios que exigía vivir en comunidad amando al hermano. El cristianismo lleva al extremo esta exigencia cuando reclama amar al totalmente otro, al enemigo, hasta entregar la vida por él. La vida entonces adquiere a la luz de estas filosofías, de estas religiones, un valor que supera el de la mera supervivencia; la vida está puesta al servicio de la polis para los griegos; del hermano, que incluso puede ser el enemigo, para el cristiano. Para el hombre actual la vida buena ha perdido su signo de cercanía al bien. A lo sumo se ha convertido en buena vida, en vida satisfactoria, en bienestar. Su valor parece absoluto porque se la pone por encima de todo; incluso se afirma: “No se puede ser libre muerto”; y sin embargo ha perdido todo valor, porque no se la pone en juego por nada. Esa tendencia a la protección de la vida, de la mera vida biológica, ha empobrecido la vida del hombre reduciéndola a un mero ejercicio de homeostasis con su medio. El valor preponderante en nuestra cultura es la supervivencia, el mantenimiento de los procesos orgánicos cualquiera sea su condición. Ello supone que no hay otro horizonte que la supervivencia y que nadie es capaz de arriesgar su vida o ponerla al servicio de ningún otro valor. El resultado es que no se puede hoy definir una vida buena; solo la buena vida que es la colmada de bienes ajenos a ella misma, la que procura un bienestar instantáneo, efímero. Se equivocan los que suponen que la nuestra es una cultura del placer, el único placer es el consumo que es el sometimiento de las fuerzas vitales a mandatos compulsivos de poderes a los
que no les interesa la vida y menos aún la vida humana. La nuestra es una cultura del bienestar que algunos proponen como bien absoluto. El bienestar está más bien unido al sentimiento, a la sensación, al “sentirse bien” que depende totalmente del ánimo del sujeto, de las circunstancias que lo rodean, no siempre benévolas, de los estímulos que recibe desde una cultura individualista que solo pretende provocar nuevos sentimientos subjetivos individuales. ¿Desde dónde está definido este bienestar? Desde un individuo solitario, que consulta su “interior”, sin tiempo ni espacio, porque cualquier relación con los otros o con el medio implica conflictos, roces, pérdidas, renunciamientos, desilusiones, fracasos. Este individuo define el bienestar en relación consigo mismo. El bien no es un estado transitorio sino el ser definitivo que se manifiesta más allá de cualquier sensación subjetiva. El bienestar desaparece apenas es alcanzado y luego deja tras de sí una sensación de vacío que debe ser colmado con un nuevo bienestar. El bien es algo a lo que se aspira buscando la ‘plenificación’ significativa de la vida como fin, el bienestar se alcanza mediante respuestas a estímulos sensibles y afectivos, no libera sino que somete.
Vida sana. Vida buena puede ser sinónimo de vida sana: la vida a que tenemos derecho. Solo podremos asimilarlas si olvidamos el concepto de salud como ausencia de enfermedad y pensamos la salud como integral. La vida buena no se alcanza solamente con el buen funcionamiento de los órganos ni con la mera sobrevivencia sino que necesita una serie de condiciones para cumplirse: entre otras, la presencia ineludible de los otros, que son los que permiten descubrir la complejidad de lo que representa una vida íntegra: los que muchas veces la impiden y muchas otras la posibilitan. La vida buena-sana es la que busca un fin bueno más allá de ella misma y por ello se proyecta al futuro. En 1967 el Fronte della Gioventù Lavoratrice y Potere Operaio hizo una encuesta en la fábrica Mirafiori de la Fiat en Turín interrogando, entre otras cuestiones, por lo que la gente imaginaba que era la “vida buena”. Ninguna de las personas entrevistadas consiguió realmente expresar cómo sería una “vida buena” o qué es lo que distinguiría a una vida que no consistiese solamente en la constante exigencia (por parte de los demás y de uno mismo, con o sin retribución) de ser personas
productivas, de poder trabajar. No es solo el trabajo productivo el que permite calificar de buena la vida actual, también debe ser divertida, excitante, loca, sin límites, eterna, exitosa, ganadora. No se asocian a la vida humana calificativos tradicionales como libre, alegre, trascendente, creadora, heroica, santa, altruista, sacrificada, pura. En el mismo sentido, vida sana. En caso de aspirar a ella cuando se adopta como lema el refrán “basta la salud”, significa libre de enfermedades. De ninguna manera se asocia salud a vida que se pueda proyectar hacia el futuro, que pueda crear universos más justos, que se ponga al servicio de los demás o de la historia o de la humanidad. La vida buena, sostenida sobre el bien como valor trascendente y absoluto, ha dejado su lugar a la buena vida, apoyada sobre el capricho momentáneo y efímero inspirado por la publicidad. Cuando la bioética habla de las relaciones médico-paciente, somete las decisiones del primero a las elecciones del segundo, y deja en manos de este la elección de una vida buena. Sin embargo, tanto médico como enfermo están traspasados por los supuestos culturales, y la acción de la medicina se imagina hoy como una lucha implacable contra la muerte a fin de mantener la vida a costa de lo que sea. La vida buena se vuelve vida a secas. De modo que la decisión del médico, supeditada a la del enfermo, suele derivar en lo que llamamos el encarnizamiento terapéutico que lo obliga a mantener vivo al enfermo sin permitirle pensar a este si esa vida es buena o no lo es. No basta el consentimiento informado del paciente para superar este hábito de la medicina que se hace cada vez más acendrado a medida que esta dispone de mayores medios técnicos. Tanto médico como enfermo coinciden la mayoría de las veces en el objetivo de la sobrevivencia; tanto uno como el otro son depositarios de una tendencia de la cultura que viene convirtiendo a los seres humanos en meros sobrevivientes incapaces de imaginar una vida buena y mucho menos una muerte buena.
Referencias
Aristóteles. Ética a Nicómaco. - Giovanni Berlinguer. Questione di vita, etica, scienza et salute, Milán, Einaudi, 1991. - María Luisa Pfeiffer. “Acerca del bios. Una reflexión bioética”, en P. Hooft, E. Chaparro y S. Salvador (coords.), VII Jornadas Argentinas y Latinoamericanas de Bioética, Mar del Plata, Suárez, 2001.
Diccionario Latinoaméricano de Bioética
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