Verdad y apariencia
Silvia Rivera (Argentina), Universidad de Buenos Aires
Conocimiento y verdad
Origen y términos de la distinción verdad-apariencia. La distinción entre verdad y apariencia se encuentra presente ya en el momento de constitución del saber filosófico. Explicitada en los textos platónicos en la Atenas del siglo V antes de Cristo, constituye uno de los principales ejes articuladores de la filosofía occidental hasta nuestros días. El concepto verdad se usa primariamente en dos sentidos, uno referido a la proposición y otro referido a la realidad. En el primer caso, lo contrario a verdadero es falso. En el segundo caso –que es el que aquí nos ocupa– lo opuesto a verdadero es aparente, definiéndose la apariencia como algo ilusorio y aún inexistente o irreal. Se fortalece, en consecuencia, la asimilación entre verdad y realidad. Platón, al considerar a la permanencia como nota definitoria de la realidad, ubica la verdad en
un mundo de ideas inmutables, relegando lo histórico o cambiante al terreno de la apariencia. La apariencia, devaluada en su pretensión de realidad y de verdad, adquiere un sesgo negativo en tanto oculta el ser verdadero, si bien en algunos casos puede ser rescatada como primer escalón que nos conduce a la verdad, siempre que no quedemos cautivos de su evanescente manifestación.
Modalidad de la relación entre verdad y apariencia. Es importante destacar que, a la hora de definir los términos de la distinción verdad-apariencia, los niveles ontológico y gnoseológico se entrecruzan con frecuencia. Este entrecruzamiento se presenta con claridad en el paradigma de la línea (Platón, República). La realidad es objeto de ciencia o conocimiento verdadero y necesario (episteme en términos platónicos). Por su parte, la apariencia se conoce a través de un conocimiento imperfecto y cambiante, es decir, concordante con su naturaleza, y que es la opinión –doxa–. La doxa, si bien imperfecta desde el punto de vista de su fundamentación teórica, es un saber suficiente para la vida cotidiana. Ahora bien, junto al nivel ontológico y gnoseológico encontramos también el de la ética. Para Platón, la realidad, la verdad y el bien coinciden y, por tanto, es la ignorancia causa de vicios y conductas censurables desde la perspectiva moral. Asimismo, el conocimiento teórico que nos permite acceder a las ideas o realidad en sentido fuerte, garantiza a los hombres justicia en las decisiones y comportamientos.
Carácter metafísico de la distinción verdad y apariencia. La metafísica puede definirse en sentido amplio y en sentido estricto. El último es el que la caracteriza como la “filosofía primera” o saber que se ocupa de manera puramente contemplativa o teorética del ente en tanto ente y de lo que en cuanto tal le corresponde” (Aristóteles, Metafísica). En el sentido amplio, podemos hablar de metafísica como un esquema de pensamiento que se articula a través de categorías dualidades o dicotómicas, pero no simétricas, sino que una se constituye como fundamento de la otra. Entre estas dicotomías se destaca la de realidad-apariencia, realidad que ya sabemos se equipara a verdad. Sobre esta dualidad se asientan otras: necesario-contingente, esencia-accidente, absoluto-relativo. Llama la atención que aun pensadores y movimientos que se declaran expresamente antimetafísicos recrean en sus programas algunos de los tradicionales esquemas metafísicos. Tal es el caso de los positivistas lógicos, que piensan la ciencia a través de categorías como contexto de descubrimiento-contexto de justificación, historia interna-historia externa y ciencia pura-ciencia aplicada. Se mantiene firme, en consecuencia, la idea de un fundamento último del mundo y el conocimiento. Cabe preguntarse hasta qué punto
la ética aplicada no reactualiza alguna de las notas del tradicional esquema metafísico.
Críticas a la distinción verdad y apariencia. Nietzsche ha sido el más radical crítico a la metafísica, anticipando a pensadores contemporáneos en la deconstrucción de la dualidad realidad-apariencia. Según Nietzsche, la filosofía surge en Grecia con un sesgo metafísico en función de la especial patología que aquejaba a Sócrates y que pronto se extendió no solo a los griegos sino a Occidente en su conjunto. La patología en cuestión se caracteriza por un debilitamiento vital que hace que las notas distintivas de la vida resulten insoportables para quienes la padecen. Estas notas son la contigencia y el azar, el carácter accidental de los acontecimientos, su movimiento constante e irreductible a cualquier ley o principio que lo subordine a algún tipo de necesidad. En función de su patología, los filósofos inventan otra realidad escondida tras esta. Y a esa realidad inventada a la medida de su debilidad –realidad inmutable, idéntica a sí misma, sin avatares ni sorpresas– le adjudican la plenitud del ser y de la verdad, relegando la inmediatez de la vida efectiva al lugar de la apariencia. Recuperar la salud es restituir a la vida “el pensamiento y la virtud” extraviada por siglos (Nietzsche, Así habló Zaratustra). Queda claro, sin embargo, que no es cuestión de privilegiar la apariencia por sobre la verdad o realidad. De hacer esto solo lograríamos invertir el esquema metafísico, no abolirlo. En todo caso, afirmar que la realidad es la apariencia y que no hay otra verdad más allá que las perspectivas o escorzos que logramos aprehender a través de un conocimiento encarnado, implica desarticular la relación de subordinación y recuperar la unidad de un mundo desdoblado, que desdobló también al hombre extrañándolo de su cuerpo. En efecto, la tradición occidental escindió al hombre en la dualidad cuerpo-alma, cuerpo-razón, cuerpo conciencia. Y el acento aquí está puesto en esa supuesta parte inmaterial –alma, razón o conciencia– que nos diferencia de los animales y nos permite acceder a la verdad. El cuerpo histórico y los sentidos que en él arraigan han sido negados como vías de acceso a la realidad y a la verdad, por una tradición que se inicia con Platón pero que continúa en la modernidad, siendo Descartes un claro ejemplo. A partir de Nietzsche, el desafío de encarnar e historizar al sujeto de conocimiento queda planteado y nos interpela en nuestro presente frente a escuelas epistemológicas que aún reclaman para la ciencia o para la ética universalidad y necesidad.
Proyección de la distinción verdad y apariencia. La crítica a la distinción verdad-apariencia es retomada en el siglo XX por el pragmatismo. Tanto los representantes del pragmatismo clásico –William
James, John Dewey y Charles Sanders Peirce–, como los llamados neopragmatistas –Quine, Putnam y Davidson, entre otros– son francamente antidualistas. Si bien entre ambos pragmatismos media el giro lingüístico –en el que el filósofo Ludwig Wittgenstein ocupa un lugar privilegiado– todos coinciden en su resistencia a valerse de las oposiciones metafísicas para aprehender el mundo, remplazándolas por la imagen de un flujo de relaciones en continuo cambio. De este modo se diluye también la distinción entre sujeto y objeto, por una parte, y entre razón y sentidos, por la otra, desarticulándose, en consecuencia, los términos de la teoría de la verdad como correspondencia. Es decir que los pragmatistas descreen de que haya un modo en que las cosas efectivamente son, y que este modo pueda ser aprehendido de modo absoluto y evidente. La realidad se fragmenta en relaciones y para los neopragmatistas, más específicamente, en las descripciones que construimos acerca de lo que es. Descripciones que no se clasifican por su grado de aproximación a la verdad, sino por su nivel de utilidad. Porque nuestras prácticas linguísticas están tan unidas a otras prácticas sociales que las descripciones tanto de la naturaleza como de nosotros mismos son funciones de necesidades sociales compartidas. Según afirma Wittgenstein, la definición ostensiva solo funciona cuando se presupone una práctica lingüística y, además, la identidad de las cosas es siempre relativa a una descripción.
Proyección ética de la crítica a las dualidades metafísicas. Romper con los dualismos metafísicos que de modo ejemplar están representados en la relación verdad-apariencia, tal como preanuncia Nietzsche y continúa el pragmatismo en sus diferentes versiones, implica romper también con la distinción entre obligaciones categóricas e hipotéticas (Rorty, 1997). Esto significa que la obligación moral no tiene una naturaleza que la hace intrínsecamente diferente de la tradición, el hábito o la costumbre. Significa también que no hay ley moral o principios absolutos que permitan orientar y evaluar las acciones, sino que todos ellos son creados e instalados por hombres y comunidades que los necesitan para la convivencia. Sin embargo, lejos de socavar a la ética, esta perspectiva la potencia, en tanto nos recuerda la responsabilidad que tenemos en la construcción de tales leyes y principios.
Referencias Platón, República, Buenos Aires, Eudeba, 1977. – Aristóteles, Metafísica, Madrid, Gredos, 1970. - Renée Descartes, Meditaciones metafísicas, Buenos Aires, Austral, 1975. - Federico Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos, Madrid, Alianza, 1979. - Richard Rorty, ¿Esperanza o conocimiento? Una introducción al pragmatismo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1997.
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