Tolerancia
Juliana González Valenzuela (México), Universidad Nacional Autónoma de México
Bioética › Conceptos éticos
Aun cuando tiene una importante historia detrás, la tolerancia es una de las virtudes más importantes del presente; es de hecho la virtud esencial de la
democracia y se halla indisolublemente ligada a los Derechos Humanos. Se basa en el reconocimiento de varios hechos fundamentales: a) de la pluralidad o diversidad de la existencia humana y, por tanto, b) de la constitutiva libertad, del derecho que tiene todo ser humano a vivir, a pensar y a creer de acuerdo con sus libres preferencias y opciones. Pero la tolerancia también se basa, c) en el reconocimiento de la esencial igualdad entre los hombres, y d) de la intrínseca dignidad humana, esto es, en el valor propio del ser humano que le hace merecedor de un absoluto respeto.
La tolerancia como reconocimiento y respeto del otro. En efecto, la tolerancia consiste en ver, reconocer y aceptar al otro como otro, en su alteridad u otredad, en su libertad y en su derecho primordial a la diferencia. La pluralidad y la diversidad humanas son dato inexcusable: son incluso la Ley de la Tierra (Arendt), pluralidad de formas de vida, de creencias, de valores, de culturas, de religión, de costumbres morales y sociales, de preferencias sexuales, etc. Las diferencias primordiales no son las que surgen de la biología, sino de la libertad. Somos diferentes porque somos libres, porque tenemos la capacidad de optar y de crear distintas formas de existencia. La tolerancia se ha de tener incluso para con lo que unos consideran error o falla de los otros, mal o “pecado”. Y frente al posible delito del otro, los Derechos Humanos obligan a presumir primeramente la inocencia y, en caso de que se demuestre su culpabilidad, el delincuente no deja de poseer derechos humanos. La tolerancia es la virtud de la genuina sociedad plural, dentro de la cual la discrepancia puede verse como un bien y donde incluso puede florecer el gusto por las diferencias. La esencia de la genuina tolerancia es el respeto al diferente. Pero la tolerancia se funda asimismo en la intrínseca igualdad interhumana. Consiste en ver y reconocer al otro como igual, como un literal otro-yo. Se basa en la antigua sabiduría del proverbio latino: “Nada humano me es indiferente”. La tolerancia implica reconocer al otro como aquel que, más allá de las diferencias, es esencialmente mi igual, asumirlo en su humanidad y dignidad, como un prójimo o próximo, por diferente que sea. Y a la inversa también: igualdad no significa uniformidad. Las tendencias intolerantes tienden precisamente a uniformar la existencia.
La tolerancia y su historia. El pluralismo es, en efecto, uno de los hechos más patentes y distintivo de nuestro mundo; pues en este, como nunca antes, los seres humanos se han comunicado entre sí en todo el planeta, recibiendo, con ello, la más pasmosa evidencia de su inmensa diversidad; pero también de su extraordinaria posibilidad de unificación o globalización, la cual no
puede consistir en la abolición de las diferencias. La tolerancia muestra la necesidad del doble y simultáneo reconocimiento: de la diferencia y de la igualdad de los seres humanos. El concepto de tolerancia es propio de la modernidad. Los primeros indicios de su uso se dan en el Renacimiento, aunque no sin antecedentes en la Antigüedad. Nicolás de Cusa, uno de los primeros renacentistas, concibe la paz de los fieles precisamente en la tolerancia recíproca de las religiones. Estas son múltiples y diferentes pero todas tienen el mismo derecho a existir y un valor equivalente. Concibe a Dios como “el rostro de todos los rostros”; unos hombres lo miran con una faz y otros con otra, pero Dios estaría en todas las religiones por igual. Desde luego, hay antecedentes en la Antigüedad: el politeísmo es ya un signo de pluralidad, pero sobre todo destaca en la época clásica de los griegos una notable aceptación a la diversidad de formas de vida, de costumbres y de leyes. Sin embargo, dicha aceptación se da para los ciudadanos griegos y libres, no para los esclavos o los “bárbaros”. No sin discriminación y xenofobia. El medioevo, por su parte, con el absolutismo religioso es en muchos sentidos modelo de intolerancia, en particular en la cumbre de esta representada por la Inquisición. En contraste, un modelo excepcional de tolerancia se dio hacia el siglo XV en las ciudades españolas de Toledo y Córdoba, donde por un tiempo conviven la mezquita árabe, la sinagoga judía y la iglesia cristiana, respetándose mutuamente. Pero es expresamente la Ilustración la que afirma y consagra el valor de la tolerancia, aunque poniendo el acento en lo universal, en la igualdad más que en la diferencia. Los principales pensadores clásicos de la tolerancia han sido Voltaire en Francia y J. Locke y J. S. Mill en Inglaterra, por solo citar a los más conocidos. Desde el siglo XX, la tolerancia se habrá de incorporar a las constituciones democráticas, además de formar parte ciertamente de los catálogos de derechos humanos. No obstante, no se puede pasar por alto que a pesar de la evidencia y la aceptación casi universal de los Derechos Humanos y del valor de la tolerancia, a pesar de que tras de los horrores de la Segunda Guerra Mundial prevalecería el nunca más, persisten aún racismos, intolerancias, fundamentalismos, xenofobias y discriminaciones de toda índole.
La tolerancia como virtud. La tolerancia es ciertamente virtud, y esto significa que de modo permanente está conquistándose en lucha contra las fuerzas opuestas. Es cierto así que la historia ha dado múltiples y terribles testimonios de la intolerancia, pero también de un creciente combate contra ella, lo cual es uno de los signos más relevantes de un progreso moral. No obstante, tampoco puede soslayarse el hecho de que la tolerancia misma puede
tener un significado eminentemente negativo, manifiesto en dos modalidades. De ahí que sea indispensable distinguir la tolerancia auténtica de las formas falsas de tolerancia. La palabra misma remite a algo negativo: Tolerar significa soportar o aguantar. En el fondo conlleva un rechazo y supone una especie de sacrificio, concesión, condescendencia o favor que se hace al otro. En otros contextos, tampoco se habla de “tolerar una medicina” y, en general, las ciudades suelen demarcar una “zona de tolerancia”. Como “un mal necesario” se tolera aquello que en realidad se reprueba, pues se juzga error o vicio, ya sea en el orden religioso, político o moral. Tolerancia en este sentido tiene un significado de “condena”, de no respeto al otro, ni a su diferencia ni a su igual dignidad. Esto explica, por ejemplo, que Balmes afirmara que la tolerancia “lleva siempre asociado el mal”, y Goethe, por su parte, dijera que “tolerar es una manera de ofender”. Todo lo contrario en suma de la tolerancia comprendida como una virtud. Y otra modalidad negativa de la tolerancia es aquella que en apariencia sería de signo positivo; cuando se considera que todo puede tolerarse y que, por tanto, la tolerancia no tiene límites. Se trataría de la tolerancia “pura” o pasiva (Marcuse), que es una aceptación de lo inaceptable y que tolera todo como una forma de evitar cambios y mantener la represión. Equivale en el fondo a indiferencia, o bien a complicidad: una seudotolerancia calculadora (Bobbio) que solo busca mantener el statu quo.
La tolerancia auténtica. La tolerancia auténtica, por el contrario, considera que ella no es absoluta y que tienen límites irrechazables, y todos los clásicos de la tolerancia los han fijado, de acuerdo con sus propias valoraciones. En la actualidad hay un consenso en admitir que hay “un coto a la tolerancia” (Garzón Valdés) y en establecer que los límites a la tolerancia están precisamente ante la intolerancia (Popper). Todo puede tolerarse menos las manifestaciones de esta: el racismo, la discriminación, la tortura, la persecución del otro por sus creencias, su religión, su ideología, su sexo, su etnia, su salud, sus preferencias sexuales, etc. La tolerancia, en este sentido, conlleva su propia “intolerancia”, aunque esta ha de buscar todos los medios posibles, de no-violencia, racionalidad, persuasión, legalidad, etc., para combatir la intolerancia y superar así la circularidad. La diferencia estriba en las formas de hacer frente a la intolerancia. Tolerar, en suma, no significa perder las propias valoraciones y convicciones. Por eso la verdadera tolerancia conlleva la paradoja de que con la misma fuerza y pasión con que se defienden los propios valores se defiende el derecho del otro a sostener los suyos (Voltaire, Bobbio).
Referencias Norberto Bobbio, El tiempo de los derechos, Madrid, Ed. Sistema, 1991; Cap. XIV, “Las razones de la tolerancia”. - H. Marcuse, Crítica de la tolerancia pura, Madrid, Editora Nacional, 1977. - Ernesto Garzón Valdés, “No pongas tus sucias manos sobre Mozart: algunas consideraciones sobre el concepto de tolerancia”, México, Estudios, ITAM, 1992. - Iring Fetscher, La tolerancia. Una pequeña virtud imprescindible para la democracia, Madrid, Gedisa, 1990. - John Locke, Carta sobre la tolerancia, Madrid, Taurus, 1994. – Voltaire, Carta sobre la tolerancia. Opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Alfaguara, 1978. - J. Stuart Mill. Sobre la libertad, Barcelona, Orbis, 1984. - Victoria Camps, Virtudes públicas, Madrid, Espasa Calpe, 1990.
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