Somatología
José Alberto Mainetti (Argentina), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet)
Cuerpo humano
La revolución somatoplástica sobre la vida humana y la persona. La idea del cuerpo en la cultura occidental ha estado dominada por el dualismo antropológico y por el reduccionismo científico. Por un lado, la concepción dualista del hombre, las antípodas del alma y el cuerpo, el espíritu y la materia; por el otro, la constitución del cuerpo como organismo, su estatuto biológico en términos de anatomía y fisiología. La filosofía, las ciencias humanas y cognitivas han introducido en nuestros días una nueva visión del cuerpo humano, mientras que la revolución biológica lo somete a surrealistas “disecciones” y “distensiones” tecnocientíficas transformadoras de la “naturaleza” humana. Este giro pigmaliónico o antropoplástico de las tecnologías biomédicas genera la crisis posmoderna del sujeto y el problema de la personalización, vale decir la adscripción del carácter de persona al ser humano, por ejemplo en el principio y en el final de la vida (estatuto del embrión y concepto de muerte cerebral, amén del huracán que representa la revolución reprogenética sobre el árbol genealógico humano). Los dilemas morales que hoy definen la bioética responden fundamentalmente al impacto de la revolución somatoplástica sobre la vida humana y la comprensión y extensión de la persona. Se justifica así la novedad de la somatología o teoría científica y filosófica del soma como realidad, fenómeno y misterio del hombre.
fundamentales a la vida y la libertad, y es uno de los mayores ejemplos de un universal concreto. Ese solo ejemplo sirve para ilustrar las inconsistencias de las éticas que se pretenden totalmente exentas de universalismo y de las bioéticas que se postulan disociadas de los derechos humanos. No es posible que haya alguien que diga practicar la bioética o se declare un político defensor de la democracia y niegue, haya negado, o postule negar el universal concreto del hábeas corpus. Esta negación ha caracterizado siempre a las dictaduras y a los imperialismos, al terrorismo de Estado (v.) y a las doctrinas de la seguridad nacional de los países imperiales. Por eso la negación radical del cuerpo humano, en tanto negación del sustrato material del universalismo moral, define el mal absoluto y es la negación radical, asimismo, de toda bioética.
[J. C. T.]
La condición humana y el poshumanismo. El gran desafío de la somatología como filosofía del hombre es el llamado transhumanismo o poshumanismo, que considera posible y deseable mejorar esencialmente la condición humana, incluso alcanzar la eterna juventud y la inmortalidad mediante instrumentos como manipulación genética, nanotecnología, cibernética, farmacología y simulación computarizada (cerebro de silicón). No hay tal cosa como una “naturaleza humana” (en verdad un oxímoron); el homo sapiens es una especie en evolución y autotransformable técnicamente, de modo que la meta es el superhombre, utopía de la transición humano-poshumano y modernidad-posmodernidad. Más acá de la confrontación en materia bioética entre las posiciones poshumanistas y antiposhumanistas –en qué consiste tal “naturaleza” humana, y si ella fundamenta una cuarta generación de derechos humanos, los “naturales” o genéticos–, subyace la inquietud metafísica ante la disolución posmoderna del sujeto como horizonte ontológico, inducida por las nuevas técnicas del cuerpo. La modernidad remplazó la naturaleza cósmica por el cogito sum como punto fijo de referencia ontológica. La posmodernidad, a su turno, acabó con la idea de una naturaleza humana especular e invariante, la que deja de ser reparo inmodificable y da lugar a las inquietantes preguntas por nuestra identidad, nuestra relación con los otros, las especies vivientes y la evolución natural.
El mejoramiento de la naturaleza humana. Un nuevo capítulo de la bioética se abre con el uso
de las tecnologías médicas de optimización o mejoramiento (enhancement) de la naturaleza humana. En el contexto crítico del antiposhumanismo caben señalarse tres antropinos como epítome y paroxismo de la filosofía y la ética de la técnica. En primer término, la trasgresión de un orden divino o cósmico, la hibris de “jugar a Dios” o la contranatura tecnológica, argumentos inspirados por el terror de imaginables y probables escenarios siniestros. En segundo término, la ambivalencia de una medicina perfectiva, más allá de la terapéutica, que no se justifica ya moralmente por la enfermedad, resultando eventualmente “lo mejor enemigo de lo bueno” y extremando el coeficiente de adversidad, no solo real sino también simbólico, coextensivo a todo “progreso” humano. En tercer término, el contrasentido entre la naturaleza y la dignidad humanas, cuando la primera se define por la finitud y la segunda por la perfectibilidad, siendo lo real a la vez límite y posibilidad, y el ser y deber ser del hombre consistente en la negación de su negatividad. “Sabremos cada vez menos qué es ser humano” (Saramago, 2005).
Referencias J. A. Mainetti, Somatología. Anatomía de la persona, La Plata, Quirón, 2004. - E.T. Juengst, Enhancement Uses of Medical Technology, en S. Post (editor), Encyclopedia of Bioethics, 3rd edition, Macmillan Reference USA, 2004. Tomo I, págs. 753-757. - Ch. C. Hook, Transhumanism and Posthumanism, en S. Post (editor), Encyclopedia of Bioethics, Macmillan Reference USA, 2004. Tomo V, págs. 2517-2520. - F. Fukuyama, El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica, Barcelona, Ediciones B, 2002. - J. Habermas, El futuro de la naturaleza humana, Barcelona, Paidós Ibérica, 2002. - J. Saramago, Las intermitencias de la muerte, Buenos Aires, Alfaguara, 2005.
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