Origen y presencia del mal en el mundo
Leandro Pinkler (Argentina), Universidad de Buenos Aires
Bioética › Conceptos éticos
El pensamiento antiguo y cristiano. Ante la pregunta por la naturaleza intrínseca del mal resulta necesario distinguir entre el mal denominado moral –el producido por un agente humano y como tal responsable– y el mal natural –referido a cataclismos, terremotos y demás desastres de la naturaleza–. Existen distintas perspectivas para explicar la relación entre ambos, y estas varían en relación con otra dimensión del problema: la cuestión del origen del mal. Más allá de la constatación de la efectiva existencia del mal en la vida –la facticidad del mal– se plantea la pregunta de por qué existe en el mundo, que como toda pregunta por el origen ha sido el tema dilecto de la especulación metafísica y de las tradiciones religiosas y mitológicas. Paul Ricoeur ha mostrado con claridad cómo tal cuestionamiento atraviesa el pensamiento de Occidente y encuentra en San Agustín su expresión fundamental: efectivamente el pensador cristiano sostiene, por una parte, la tesis de que el mal no tiene autonomía ontológica en tanto no es negación del bien sino privación –privatio boni– (como la oscuridad lo es de la luz, de acuerdo con la distinción de privación ya presente en Aristóteles), pero, por otra, introduce en la interpretación de texto bíblico (Genesis 2,3) la concepción de pecado original, que inscribe la raíz del mal en el agente humano –ab homine–. La vitalidad del planteo agustiniano solo puede comprenderse en el contexto de la historia del cristianismo, en especial frente a la concepción del gnosticismo, que instaura un mito de origen en que tanto el Creador –el Demiurgo que se diferencia del Dios pleromático– como el Mundo por él creado son malos en su naturaleza esencial. Tal cosmovisión recibe habitualmente la denominación de dualismo y se manifiesta como una matriz de pensamiento para simbolizar el problema del mal en términos de un conflicto entre dos potencias que luchan eternamente entre sí –a la manera de la concepción de Zoroastro, y del maniqueísmo en que San Agustín fue iniciado– y hace del cosmos una máquina de perdición y de salvación. Como vemos, toda la dinámica de los cuestionamientos siempre sitúa el problema como una relación entre estos tres términos fundamentales: Dios-Hombre-Mundo.
El pensamiento de la modernidad. La continuación del pensamiento cristiano ha expresado la cuestión esencial de la siguiente manera: ¿cómo es posible
que Dios, benevolente y todopoderoso, permita la existencia del mal en el mundo? Este planteo se conoce con el nombre Teodicea –de theós, Dios, y dike, justicia–, título de la obra de Leibniz en la que el filósofo afirma que Dios creó a partir de un cálculo matemático perfecto “el mejor de los mundos posibles”, es decir: un mundo en el que el mal existe y el ser humano es capaz de elegir entre el bien y el mal (otros mundos posibles incluyen la inexistencia del mal y del humano, o su total nulidad). Pero tal formulación fue llevada a una ironización en términos del iluminismo de Voltaire, que después del tremendo terremoto de Lisboa en su obra Cándido repite continuamente ante una realidad que demuestra lo contrario: “este es el mejor de los mundos posibles”. El pensamiento de la modernidad en una progresiva desacralización llegará a identificar el bien más y más con la razón hasta llegar a la obra de F. Nietzsche, en la que el pensamiento trágico griego vuelve a reformularse en una concepción del mundo Jenseits von Gut und Böse –Más allá del bien y del mal– . Así como en el universo trágico de los griegos se muestra al ser humano ante un conflicto irresoluble, Nietzsche sostiene que la vida comporta un elemento esencial de crueldad y terrible fortaleza –simbolizado a lo largo de toda su obra por el dios Dioniso– que el ser humano es incapaz de soportar sin crear una serie de ilusiones analgésicas. Y de tal actitud negadora de la vida no hay mayor exponente que el cristianismo que ha creado “la ridiculez de un Dios bueno”. La crítica de la moral y de la religión de Nietzsche ha marcado en gran medida el pensamiento del siglo XX y ha sido complementada por la impronta del psicoanálisis. S. Freud ha planteado fundamentalmente la cuestión de la etiología del mal en términos de lo que él ha denominado la pulsión de muerte –Todestrieb–. Para explicar la tendencia del ser humano a la repetición mecánica, Freud construye la tesis de un impulso contrario a la pulsión de vida y ve en esta dinámica de un dualismo pulsional (Eros–Thánatos) la intrínseca tendencia del organismo vivo de regresar al estado previo inorgánico; y en el ser humano esto se manifiesta como un goce en la realización de acciones destructivas.
Referencias
Paul Ricoeur, “Introducción a la simbólica del mal”, en El conflicto de las interpretaciones, México, FCE, 2004. - F. García Bazán, La gnosis eterna, Madrid, Trotta, 2003. - G. W. Leibniz, Essais de théodicée sur la bonté de Dieu, la liberté de l’homme et l’origine du mal, 1710, - Voltaire. Candide, 1759. - Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, 1886; El Anticristo, 1888. - Sigmund Freud, Más allá del principio del placer, 1920.
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