Norma social
Celina Lértora (Argentina), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet)
Sociedad
Si adoptamos una noción amplia de norma, entendiéndola como pauta de conducta considerada obligatoria por un sujeto, vemos que existen diversas esferas en que funcionan dichas pautas, esferas que son diferentes aunque interconectadas. Sin intención de exhaustividad, podemos hablar de la esfera jurídica, social, cultural, religiosa, ética y técnica. En cada una de ellas el carácter de las normas, así como la fuente, el alcance y la perentoriedad de la obligación que determinan es distinta. Aplicando la consabida distinción kantiana, podríamos decir que la mayoría de ellas son heterónomas, salvo la ética y en cierto modo la cultural y la estética (que serían autónomas). Es decir, son normas que no se cumplen por una finalidad ínsita en las mismas, sino porque mediante ellas se obtiene (o se evita) un resultado, tomando la forma de un condicional: si se quiere x, hay que hacer y (tal como lo señala Kelsen para las normas jurídicas). Las normas sociales tienen una estructura condicional similar a las jurídicas, pero se diferencian en que carecen del elemento fundamental de estas que es la coacción. Por otra
parte, tienen su origen en la costumbre, es decir, en la estructura social de conducta modelo-seguimiento, como ha señalado Werner Goldschmith. Pueden caracterizarse, en consecuencia, como pautas de conducta con asentimiento espontáneo por parte considerable o mayoritaria de una comunidad, basadas en valores compartidos y constituidas por conductas –seguimiento de modelos valiosos del pasado (elemento tradicional) que se transmiten de generación en generación a través de los canales de socialización y educación formales e informales, y cuyo incumplimiento acarrea al sujeto alguna desventaja social más o menos precisa, a la que se denomina sanción social–. Las sociedades altamente homogéneas poseen sanciones sociales más especificadas y en general de mayor peso para el individuo, en forma de privación de beneficios sociales que en los casos extremos conduce a la exclusión del grupo. El aislamiento social determinado por el incumplimiento de las pautas sociales configura una coacción psicológica, consciente o inconsciente, que determina al individuo a adaptarse a las normas sociales. Por otra parte, el inadaptado, el que no cumple con las normas sociales vigentes, también puede ser considerado, en algunos casos, como iniciador de una nueva conducta modelo y generar seguimientos que producen la formación de grupos contraculturales y provocan a veces rupturas sociales.
El cambio de pautas de conducta en una sociedad puede ser lento o rápido, según el tipo de sociedad; es más lento en las antiguas y más rápido en las actuales. A su vez, en las sociedades pluralistas, las normas sociales vigentes y coexistentes pueden ser contradictorias y producir situaciones de conflicto en que se requiere un elemento de mediación social. Diversas teorías éticas han elaborado mecanismos de resolución racional de conflictos entre pautas sociales, basados fundamentalmente en un diálogo racional que tienda a maximizar las convergencias y minimizar las divergencias. Las apelaciones a la tolerancia como valor social compartido que posibilita la coexistencia de pautas de comportamiento diferentes en el seno de una misma sociedad han cobrado particular importancia en el mundo actual globalizado, pero que carece de un sistema normativo jurídico coactivo eficaz para impedir los estallidos de violencia entre quienes no comparten pautas y consideran inaceptables las diferentes. La construcción de una identidad social que acoja en su seno diversas y hasta contrapuestas normas sociales es un problema para el cual no hay por el momento respuestas teóricas suficientes. Las mayores divergencias se dan en esferas de alta sensibilidad como las convicciones religiosas (y los regímenes de vida que organizan y exigen las diferentes religiones), la familia, la salud y la educación. A su vez, la interrelación de estas esferas multiplica las situaciones de
conflicto potencial entre los distintos sectores sociales. Las soluciones pragmáticas y puntuales de estos conflictos son, por el momento, una preocupación prioritaria para los organismos de conducción social y política, así como para los profesionales que trabajan en dichas esferas, como los terapeutas, los educadores y los comunicadores sociales.
Referencia Arthur F. Utz. Ética social, Madrid, Herder, 1960.
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