Los hospitales en América Latina en función de la moral pública
Constanza Ovalle (Colombia), Universidad El Bosque
Derecho a la salud
Breve historia de los hospitales en América Latina. Con la llegada de los nuevos colonos a América se inició la desaparición de la mitología prehispánica médica, así como de los lugares donde se adoraba a los dioses. Aparecieron en cambio, en las capitales de la Nueva España, edificios públicos, iglesias y hospitales. Los hospitales fueron instituciones que desde sus inicios representaban una moral cristiana, cuyo valor fundacional era la caridad ejercida por el clero en defensa de la religión católica. En el mismo sentido se promovía una moral basada en sentimientos como la piedad y la compasión. Esta institución de corte religioso recibió el nombre de nosocomios, que persistieron hasta el siglo XVIII en buena parte de América Latina. El motivo principal del establecimiento de
estos hospitales en las nuevas colonias respondía a la necesidad de solucionar problemas de salud, como las epidemias; las enfermedades de la época más frecuentes, como la diarrea, la disentería, la fiebre tifoidea, la viruela, las enfermedades de la piel y respiratorias, el sarampión y el tétanos. La manera de combatir estas dolencias y brindar los cuidados corporales necesarios se hacía combinando la medicina indígena con la medicina occidental heredada de Galeno e Hipócrates, mientras que para los cuidados espirituales se llevaban a cabo las obligadas oraciones y plegarias del caso. De aquí que en los hospitales, además de albergar un cierto número de pobres, se atendían los enfermos españoles. El primer hospital, San Nicolás de Bari, se fundó en 1502 en la colonia conocida como La Hispaniola, hoy Santo Domingo. Diez años después, en esta misma colonia se construyó el Hospital de San Andrés. El tercero, aproximadamente en 1521, se construyó en Panamá por ser un importante punto de partida para la ampliación de las colonias. Alrededor de 1522 se fundaron dos hospitales más, uno en Santiago de Cuba, el Hospital Mercedes, de La Habana, y otro en Puerto Rico, el Hospital de la Concepción de Nuestra Señora. En 1524 Hernán Cortés fundó el Hospital de la Limpia Concepción, hoy conocido como el Hospital de Jesús en México. Como dato curioso, Fajardo G. (1980), en su obra Breve historia de los hospitales de la ciudad de México señala lo siguiente: “En el siglo XVII esta institución contaba con tres capellanes y un sacristán, en representación del gobierno: un contador, un cobrador, un abogado, un escribano y un procurador; en el ámbito clínico: un médico, un cirujano, un barbero, un sangrador, un enfermero y una enfermera; en los servicios generales: una cocinera y once esclavos. Todo este personal estaba bajo las órdenes de un administrador”. Es pertinente anotar que antes de las fundaciones de estos hospitales existieron unas enfermerías en cada uno de los fuertes o fortalezas que erigió Colón, donde se atendían los enfermos de combate. Solo a partir del 7 de octubre de 1541, según aparece en el Archivo General de las Indias, se ordena construir en todos los pueblos hospitales independientes para españoles, para indios y para negros. A propósito, en 1552 en México, en cercanías del convento de San Francisco se fundó el Hospital Real de los Indios, con poca participación de la autoridad religiosa, y con una mayor contribución laica, como medida oficial de proteger la salud del indígena. En ocasiones se llegó a atender hasta mil indígenas. Dicha institución se sostenía con las rentas reales que pagaban los indios, y posteriormente se ayudaba de la venta de entradas al teatro del pueblo (Fajardo, 1996). En las primeras publicaciones del continente americano se daban a conocer las
enfermedades más comunes, así como los problemas y secretos de la medicina indígena. Así, en algunos informes administrativos, como también en la literatura de la época se señalan varias de esas observaciones y se relata asimismo cómo los hospitales de la época, se caracterizaban por su poca higiene y porque los enfermos sufrían de hambre y de frío. En el siglo XVI surgen los organismos encargados de vigilar el ejercicio de la medicina a los cuales se les llamó protomedicatos. En el siglo XVII, en el Hospital de Jesús, se enseñó por primera vez la práctica de la anatomía humana con la ayuda de cadáveres. Hasta entrado el siglo XIX, en los hospitales se hospedaban no solo enfermos, sino también mendigos a los que se les proporcionaba sustento y alimentación. Podemos concluir que hasta el siglo XX existieron instituciones hospitalarias de beneficencia donde se prestaba atención gratuita para quienes no podían pagar. Hoy existen todavía hospitales que funcionaron en la época de la colonia. Ciertamente han sufrido cambios en su infraestructura en razón a la adquisición de equipos y ampliación de los servicios, así como de los requerimientos administrativos. Sin embargo, en algunos casos los pacientes siguen siendo atendidos por personal religioso que viene siendo remplazado por profesionales de enfermería. En respuesta a los cambios de índole social, económica y política, propios del siglo XX, a mediados de los años de 1940 (en 1943 en México), surge la seguridad social con la cual el Estado asume la responsabilidad de los servicios de la salud como una labor ya no de beneficencia, sino como una obligación de brindar asistencia. Esta es una obligación moral y social cuyo servicio debe ser prestado a través de organismos públicos o establecimientos privados supervisados por el Estado. Se inauguraron los primeros hospitales gubernamentales, se abandonaron las edificaciones de tipo religioso, y se construyeron edificios modernos dotados de pabellones. En principio, los servicios de salud fueron en su mayoría patrimonio del Estado. Sin embargo, aparecen en menor cantidad las primeras instituciones privadas, las cuales tan sólo se ocupaban de dar una atención especializada. Los hospitales asumen múltiples funciones dentro de este nuevo contexto, entre las cuales sobresalen las técnico-administrativas, las médicas, las de carácter académico y de investigación.
Importancia de las distintas concepciones de la salud en el establecimiento de una moral pública. Las concepciones científicas acerca de la salud y la enfermedad influyeron en el trazado de las políticas públicas en salud y, por tanto, en la construcción de una moral pública en dicho campo. A finales del siglo XIX la teoría microbiana y el descubrimiento de un agente externo como la causa de la
enfermedad dio origen al modelo higienista. Un modelo que hacía énfasis en la importancia de corregir a través de medidas higiénicas aquellas condiciones ambientales que incidían directamente en la producción de la enfermedad. En 1946, durante la Conferencia Sanitaria Internacional, se creó la Organización Mundial de la Salud (OMS); en 1947 se creó la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Estas organizaciones participaron en la discusión y el planteamiento de políticas de salud en los diferentes países latinoamericanos. En este nuevo contexto se dio paso al concepto de la salud pública, más conocido en la segunda década del siglo XX en América Latina como “la salud del pueblo en general”. Con esta nueva medicina, la preservación y la curación del individuo y de la comunidad se extendió a la prevención de la enfermedad. Se notó a la vez la influencia de Estados Unidos a través de su preocupación por el desarrollo económico y social de los países latinoamericanos. Por lo cual, se establecieron diferentes programas de investigación orientados a la salud, entendiendo que esta es el principal componente del nivel de vida de los individuos. Se ampliaron los servicios de salud en los hospitales prestando diversas ayudas de diagnóstico, y tratamiento, con nuevas tecnologías y laboratorios de análisis clínico. La creación de la medicina preventiva permitió que “el hospital dejara de ser solo un lugar de curación” y diera paso a la prestación de una atención más integral, producto de un equipo de trabajo conformado por médicos, enfermeras, trabajadores sociales, dietistas, psicólogos, así como el apoyo del personal técnico y administrativo. En los años de 1960 fueron de particular interés para la región latinoamericana, en la búsqueda de soluciones a los problemas sociales y económicos, los aportes del economista W. Rostov, quien planteó la teoría de los estados de crecimiento económico. En esta teoría toma importancia el modelo de la salud para el desarrollo. En este sentido, se creyó importante invertir en la organización de los servicios de salud nacionales y locales, e integrar las fuerzas de cooperación para promover el crecimiento económico a través de asesorías directas de la ONU, cuyos organismos la Cepal, la OPS y otras agencias internacionales prestaron a diversos países de América Latina. Se pensó que el bienestar social sería el resultado natural del crecimiento económico que se esperaba con las inversiones realizadas en su momento. La salud se encuentra ahora ligada a las condiciones generales de vida de la población. En consecuencia, mientras que la atención curativa fue restringida a la práctica privada y a los hospitales, se estableció un nuevo modelo que permitía políticas de intervención social. Para tal fin, se importaron las
concepciones multicausales de la enfermedad (son múltiples los aspectos etiológicos de la enfermedad: biológicos, hereditarios, psicológicos, sociales, culturales), expuesta por Brian MacMahon. Al incluir como aspectos etiológicos los psicológicos, sociales y culturales, es necesario para el manejo de la enfermedad el apoyo de las ciencias humanas y sociales, adquiriendo el carácter de una medicina social, término con el que fue ampliamente conocida en los distintos países latinoamericanos. Los hospitales se convirtieron en centros universitarios, y se valoraron dentro de un esquema de atención los de mejor calidad, desde el punto de vista tecnológico, y a la vez, son considerados centros de investigación en la salud. En este nuevo esquema la salud es entendida como un sector más dentro del Plan Nacional de Desarrollo. De esta manera, los Estados asumieron el manejo de la salud como un servicio público con políticas unificadas, para lo cual se incrementó la intervención de las instituciones que hayan optado por prestar este servicio, fueran o no propiedad del Estado. Con lo anterior, se establece una clara intervención de lo público en lo privado. Una moral pública de la que se infiere un control del Estado en lo que tiene que ver con la salud y el bienestar de los individuos y los particulares. Sin embargo, dicha intervención se legitima como un derecho humano básico a la atención de la salud. La salud como bienestar fue adquiriendo un estatus de verdad. Se le apropia de manera positiva e influye en la formación de nuevos sujetos que reflejan un estilo de vida que, aun cuando respondía en un principio a un interés particular, se transforma rápidamente en un interés colectivo, favoreciéndose así un control más global. Por lo anterior, se expande la intención de ampliar la cobertura de la atención en salud a los países de la región, entre otras cosas motivados por la disponibilidad de nuevos medios tecnológicos para prevenir, diagnosticar y tratar las enfermedades. Se asume como una responsabilidad social la meta formulada por la OMS: “alcanzar para todos los pueblos el grado más alto posible de salud”. A finales de la década de 1980 se decidió enfrentar este reto a través de políticas neoliberales, en una coyuntura en la que se observa una disminución del gasto social, relacionada con la crisis económica de gran parte de los países de la región, y con la imposición de un ajuste fiscal por parte del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
Lo público y lo privado. La mayoría de los países latinoamericanos minimizaron la intervención del Estado a expensas del crecimiento del sector privado, en lo tiene que ver con la prestación de los servicios de salud. Al privatizar los servicios públicos, se favoreció el desmonte del monopolio del Estado. La responsabilidad de la prestación de
los servicios se encuentra amparada bajo el régimen de la seguridad social, pero quienes prestan los servicios, en su mayoría, forman parte del sector privado. Por lo cual se inicia una escalada de instituciones privadas, y se instituye la salud como un bien productivo, con grandes expectativas para este sector. Las necesidades de los individuos en el campo de la salud se tornan del interés para los grupos de elite a medida que comienzan a volverse económicamente rentables y políticamente útiles (Foucault, 2000), siendo este un mecanismo de control que termina formando parte del entramado social. Las necesidades humanas en el siglo XXI se convierten en motivo de estudio del mercado. Se investiga sobre las carencias de las personas y sus sueños, a los que el mercado responde con rapidez. Las nuevas tendencias estéticas que se ofrecen a través de los medios de comunicación prometen una apariencia mejor, además de la posibilidad de experimentar sensaciones extremas. El mercado ha encontrado, en la graduación del placer, la esperanza de un cambio. Las mejoras en salud son tan solo una manera de dirigir las acciones y los comportamientos de las gentes en pro de sus intereses económicos. Son mecanismos de control altamente efectivos que no solo involucran los cuerpos, sino las formas de pensar y la vida misma. Los fines de la medicina, en cuanto al mejoramiento de la calidad de vida y búsqueda de un mayor bienestar, se ven seriamente comprometidos ante la parafernalia de la tecnología y otros medios o herramientas que satisfacen los intereses de las multinacionales que vieron en la salud una forma de manipular a la población y, de allí, derivar un beneficio económico. En esta perspectiva los hospitales, con el deseo de lucrarse, se convierten en instituciones administradoras de la salud que incorporan, cada vez más, los instrumentos que les permiten ser efectivos ante las necesidades y expectativas del usuario, que paga sumas bastante elevadas con el propósito de dar respuesta a sus sueños y fantasías. Por este motivo, las instituciones solo atienden a quienes pueden pagar. La gran mayoría de la población comparte los deseos de cambio, pero no accede a los servicios por falta de recursos económicos, y presiona al Estado por razones de vida y calidad de la misma, para que sean admitidas sus aspiraciones dentro los planes de los distintos seguros que cubren la salud. El racionamiento de los recursos y la prestación de los servicios, en la lógica de la calidad, han normalizado sus políticas en torno a los intereses de la nueva empresa. De lo contrario, los hospitales entran en crisis y en algunos casos se ven abocados al cierre. En conclusión, se ve amenazada la salud de la sociedad si se deja tan solo a cargo del sector privado. Se ha limitado el carácter
universal del acceso a la salud, puesto que al circunscribir la prestación de los servicios al potencial adquisitivo de las personas, recae la responsabilidad de la salud sobre el ciudadano, obstaculizando el ejercicio pleno de este derecho. Así surge de nuevo la inquietud de si la atención a la salud debe seguir siendo responsabilidad del sector público o ser tan solo prestada por el sector privado.
Referencias Autores Varios. La salud en Colombia. Bogotá, Editorial Presencia Ltda. Ministerio de Salud, Departamento Nacional de Planeación. 1990. - S. Castro. Biopolíticas imperiales. Nuevos significados de la salud y la enfermedad en la Nueva Granada, en S. Castro (ed.), Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en Colombia, Universidad de Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. 2004. - G. Fajardo. Breve historia de los hospitales de la ciudad de México. México, Litografía Rendón. - M. Foucault. Defender la sociedad, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000. - F. González, A. Navarro, M. A. Sánchez. Los hospitales a través de la historia y el arte. Barcelona, Grupo Ars XXI de Comunicación. 2005. - M. Kottow. Bioética prescriptiva. La falacia naturalista. El concepto de principios en bioética, en Autores Varios, Estatuto Epistemológico de la bioética, México, UNAM, Red Latinoamericana y del Caribe de Bioética de la Unesco, 2005. – F. Ortiz. Hospitales, en Colección Medicina: Ciencia y Humanismo, Bogotá, McGraw-Hill Interamericana, 2000.
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