Integridad comunitaria
Antonio José Sánchez Murillo (Colombia), Universidad El Bosque
Integridad
La palabra integridad viene de la misma raíz latina (integritas) que íntegro, entero, y sugiere la totalidad
de la persona o de la sociedad. Una comunidad íntegra posee “una historia que supera la historia de los individuos y de las familias”. La integridad de la comunidad es la integridad individual ampliada para incorporar su relación con otros y con la comunidad en su totalidad. El carácter o la integridad de una comunidad se deriva de la práctica colectiva de sus ciudadanos de las virtudes básicas. La integridad de una comunidad se puede ver igualmente como la combinación sinérgica de las integridades individuales y sociales y de sus virtudes relacionadas. Kant, en varias de sus obras, pero sobre todo en Hacia la paz perpetua, provee el marco conceptual necesario para entender el concepto de integridad comunitaria. Kant no duda en hablar como causa posible del estado democrático “una disposición en el género humano que permite esperar el progreso hacia lo mejor”, en el bienentendido que este progreso es un proceso fruto de la integridad social. Un progreso no supone una genuina transformación moral, aunque sí puede eliminar los efectos fenoménicos más negativos del mal, siendo precisamente la sociedad civil la encargada de realizar esta exigencia. Esta visión de integridad comunitaria debemos complementarla con las ideas de tolerancia activa, de libertad, de igualdad, de solidaridad y de respeto a los derechos humanos desarrollados por Ortega y Gasset, Zubiri y Aranguren, que se “expresan en forma óptima en la vida social a través de un tipo de actitud que llamaremos la actitud dialógica, una virtud que urge potenciar”. J. Habermas, en Teoría de la evolución social, toma como base los planteamientos de Lawrence Kohlberg para analizar el desarrollo de la conciencia moral. Ni las personas ni las sociedades nacen con una conciencia ya hecha, sino que esta va conformándose a través de procesos de aprendizaje que abarcan la propia biografía personal y la historia de una comunidad. Principios que tienen en cuenta a toda la humanidad, de modo que desde ellos podemos poner en cuestión igualmente las normas de nuestras comunidades concretas. Pocas utopías han llegado a tener la dimensión profunda del pensamiento de José Martí. Martí observa el desarrollo de América Latina y escribe al respecto páginas que todavía no han perdido su vigencia. El Nuevo Humanismo Latinoamericano que propone Martí, y que Leopoldo Zea amplía en sus obras, señala que el destino y desarrollo de nuestras comunidades latinoamericanas debe estar fincado en la cultura comunitaria, entendida esta como “un modo específico de ser y de existir”. Karol Wojtyla nos entrega un tema adicional de reflexión: “La nación es en efecto la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos pero, sobre todo, precisamente por la cultura. La nación existe ‘por’ y ‘para’ la cultura. Y así es ella la
gran educadora de los hombres para que puedan ‘ser más’ en la comunidad”. Finalmente, una interesante aproximación empírica al tema la encontramos en la obra de Gordon Vessels, educador americano, quien trabaja el concepto de integridad de la comunidad en términos de virtudes primarias específicas y de virtudes elaboradas relacionadas. Muestra que existen unas interconexiones profundas entre esas virtudes y cómo elaboran y dan el significado al concepto de la integridad de la comunidad. Estos conceptos deben integrarse transversalmente en los planes de estudios de escuelas, colegios y centros de educación superior.
Referencias José Martí. Nuestra América, 1891. - Leopoldo Zea. Filosofía de lo americano, México, Nueva Imagen, 1984. - Gordon Vessels. Character and Community Development: A School Planning and Teacher Training Handbook, New York, Praeger, 1998.
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