Igualdad y diferencia
Patricia Digilio (Argentina), Universidad de Buenos Aires
Justicia y derechos humanos › Justicia, igualdad y equidad
Perspectivas. Los conceptos de igualdad y diferencia pueden ser comprendidos como opuestos o complementarios. Según se adopte una u otra de estas perspectivas, la relación que se establezca entre igualdad y diferencia será significativamente distinta. La idea de igualdad puede ser entendida, por un lado, como la condición natural que se expresa en la pertenencia a la condición humana. Por el otro, como ese artificio llamado igualdad política que se corresponde con el proceso de construcción de la ciudadanía, ya que este representaría la realización política de la idea de igualdad universal. Pero esta idea de igualdad se enfrenta con dos modos distintos en los que la diferencia se expresa: la básica heterogeneidad que existe entre los seres humanos; la multiplicidad de variables desde las cuales se puede juzgar la igualdad. La primera alude al hecho de que los seres humanos son sustancialmente diferentes no sólo respecto de sus características externas, sino también en sus características personales. La segunda cuestión se vincula con los distintos enfoques desde los cuales la igualdad puede ser pensada y evaluada comparativamente. Ahora bien, si el pensamiento político moderno afirmó el igual valor moral de todas las personas, y esa igualdad moral se resolvió políticamente en el ideal de ciudadanía universal entendido como ciudadanía para todas las personas y para cada persona, esa idea de universalidad supone también que el estatus de ciudadano o ciudadana debe trascender la particularidad y la diferencia. Esto significa que cualesquiera que sean las diferencias entre los ciudadanos y las ciudadanas, en términos de género,
posición económica, poder, etc., el ser ciudadano o ciudadana confiere a todas las personas idéntica categoría de pares en la esfera de la vida pública. Este ideal de ciudadanía universal conlleva otros dos sentidos adicionales: a) la universalidad definida como general en oposición a particular, es decir, definida a partir de lo que los ciudadanos y las ciudadanas tienen en común; b) la universalidad comprendida en el sentido de leyes y reglas que enuncian lo mismo para todas las personas y que se aplican a todas de idéntica forma: leyes y reglas ciegas a las diferencias individuales o grupales. Estos sentidos implícitos en el ideal de ciudadanía universal y la idea de igualdad que subyace a esta concepción han sido considerados y puestos en cuestión por representantes de la teoría política feminista, como Iris Marion Young, quien advierte que estos tres significados presentes en la idea de universalidad de la ciudadanía, lejos de implicarse y complementarse, se encuentran en tensión y hasta en contradicción en la práctica política, y que la interpretación específica de la idea de igualdad que aquí se sostiene se resuelve como identidad. Pero ocurre que no es lo mismo la igualdad que la identidad. En efecto, puede afirmarse que 2 + 6 es igual a 8, pero no que 2 + 6 es idéntico a 8. Así, 2 + 6 sólo puede ser idéntico a 2 + 6, como 8 sólo puede ser idéntico a 8, e igual a 5 + 3, por ejemplo. Si a todo lo que no es idéntico se lo llama diferente es posible decir que los iguales, como 6 + 2 y 8 no son idénticos, sino diferentes. De lo cual puede inferirse que la diferencia admite como una de sus formas la igualdad, no así la identidad, y que si entre dos entes no se encuentra diferencia alguna, no se tratará de dos entes, sino de uno solo. Esto último es enunciado por Leibniz como “principio de la identidad de los indiscernibles”. Si lo idéntico sólo puede ser idéntico respecto a sí mismo y si a todo lo que no es idéntico se lo llama diferente, los iguales, por no ser idénticos, son diferentes. De modo que la igualdad exige como condición la diferencia, ya que es una de las formas en las que la diferencia se expresa. Por tanto, si la igualdad sólo es posible en la diferencia, muy mal se resuelve el postulado éticopolítico de la igualdad entre los seres humanos cuando la igualdad se reduce a identidad.
Concepción universalista de ciudadanía, interés público y diferencia. Esta interpretación específica de la idea de igualdad como identidad presente en la noción de ciudadanía universal resulta tributaria de la noción de individuo como unidad social y moral abstracta. Pero esta noción, con la que el pensamiento político moderno intentaría trascender y reducir las diferencias específicas entre las personas en beneficio de una idea de igualdad que haría posible otorgar a todos los ciudadanos y las ciudadanas los mismos derechos legales
y políticos (al menos formalmente), presenta un problema: le resta pertinencia a la relación entre diferencia y desigualdad al presuponer que todos somos básicamente iguales y lo mismo. Constituida con base en una dicotomía en la que la esfera de la racionalidad y la libertad humanas se opone a la esfera de las necesidades, deseos e intereses particulares y lo público se identifica con lo universal y la particularidad con lo privado, esta concepción universalista de la ciudadanía permite la postulación de un bien común, de una voluntad general, de una vida pública compartida que se acompaña de la exigencia de que al ejercer su ciudadanía todos los ciudadanos y las ciudadanas deben asumir un mismo e imparcial punto de vista que trascienda intereses, condiciones y experiencias particulares. Justamente esta idea de público como universal y la correspondiente identificación de la particularidad con lo privado permite que cierto grado de homogeneidad entre ciudadanos y ciudadanas se constituya en un requisito para la participación pública. De modo que si la humanidad es diversa, no uniforme, y lo esencial del individuo es su singularidad, el universalismo abstracto se propone superar estas diferencias estructurales sustituyendo a los seres humanos diferenciados por un concepto de hombre universal no diferenciado que se resuelve en el postulado de una identidad común, como condición básica de igualdad. Pero cuando la diversidad se resuelve en una identidad común, esa construcción de la identidad común se realiza necesariamente con base en procesos de “re-conocimiento y de “des-conocimiento”. Esto significa que ante la diversidad hay diferencias que son reconocidas y ponderadas, mientras que otras no lo son. De este modo la exigencia de homogeneidad conduce a un ideal de igualdad cuyas consecuencias prácticas en el orden social y político resultan desfavorables para los grupos más desaventajados de la sociedad, aunque favorables para quienes retienen las mejores posiciones puesto que aquellos grupos “menos aptos” para la homogeneidad quedarán en condiciones de desventaja aun cuando, formalmente, dispongan del mismo estatus de ciudadanía. En el mismo sentido esta exigencia de identidad homogénea ha dado lugar a formas de exclusión y a políticas de asimilación, cuando no al exterminio o la deshumanización de aquellos considerados “diferentes”. De manera que cuando la igualdad se resuelve en identidad –se emplea aquí el término ‘identidad’ en el sentido de calidad de idéntico–, puede contribuir más a perpetuar, naturalizar y reproducir relaciones de opresión y dominación que a transformarlas y no obstaculiza la continuación de la desigualdad de clase y su reproducción en la medida que los espacios de poder en las instituciones de gobierno, tanto en la
vía administrativa como en la ejecutiva, son retenidos por las clases y los grupos mejor posicionados, quienes en nombre del “interés público” conducen los asuntos públicos según sus propios intereses, al mismo tiempo que hacen hegemónica su propia y particular cultura al atribuirle valor paradigmático y universal. Este proceso de elaboración conceptual por el cual la idea igualdad se identifica con la de identidad en el sentido de homogeneidad se inscribe en esa tradición filosófica que busca reducir lo múltiple a lo uno, lo Otro a lo Mismo. Pero ¿por qué esa hegemonía de lo Mismo sobre lo Otro que legitima y pone en funcionamiento los mecanismos de neutralización, negación y exclusión de la diferencia?
La diferencia como discurso de dominación. Michel Foucault describió la historia del saber como una historia de lo Mismo, de la identidad, del orden, que al impulso de lo que llama voluntad de verdad (que oculta una voluntad de poder) pone en marcha una serie de mecanismos y procedimientos de exclusión y separación. La tesis de Foucault, presente en El orden del discurso, es que en toda sociedad el discurso es seleccionado, organizado, regulado a fin de controlar la emergencia de lo Otro. De esa tensión existente entre lo Mismo y lo Otro surge la reducción de lo disperso y diferente a lo Mismo y nacen las formas de exclusión, reclusión e integración de lo Otro, de aquello que cada cultura identifica como interior y extraño a sí misma. La forma que adopta esa regulación se hace efectiva en el régimen y en las estrategias de las prácticas discursivas autorizadas y legitimadas institucionalmente. Estos mecanismos de constitución del saber dan sentido y significación a acciones reales de separación, control y exclusión social. Así, lo diferente es definido en cada época por el grupo hegemónico que detenta el saberpoder que le permite separar aquello que considera como tal para constituirlo como zona heterodesignada. Gran parte del esfuerzo y el trabajo intelectual de Foucault se concentra en comprender, hacer visibles, los procedimientos técnico-políticos que ponen en funcionamiento los mecanismos de neutralización, negación y exclusión de la diferencia y que permiten asegurar el funcionamiento de las relaciones de dominación.
La diferencia como el ser de lo sensible. En contraposición a esta ontología y a esta interpretación de la diferencia, Gilles Deleuze señala el trabajo por hacer: romper el cerco que impone la reducción a lo Uno y lo Mismo. En contraposición a una filosofía que busca establecer un orden jerárquico de las cosas en función de ese principio que es la arché, Deleuze organiza la distribución del ser en forma nómada. Contra esa visión, a la que llama filosofía de la representación, caracterizada por
las nociones de identidad, analogía, oposición y semejanza, propone una filosofía fundamentalmente crítica, creadora de conceptos. La diferencia de la que habla Deleuze es pensada en sí misma y no representada, no mediatizada. No es interpretada como negación ni como diversidad, puesto que lo diverso está ya dado y la diferencia es aquello mediante lo cual lo dado es dado como diverso. De esta manera, la diferencia no depende del concepto de identidad, ni tampoco es una especificidad dentro de lo genérico, sino el ser mismo de lo sensible comprendido como múltiple. Al no estar subordinada a la idea de identidad, la diferencia ya no es pensada como negatividad, puesto que hay diferencia en el ser y, sin embargo, nada negativo. La idea de identidad sería producto de una ilusión producida por la diferencia originaria. Lo que hay es, entonces, diferencia y repetición.
Revisión de la relación entre igualdad y diferencia. Esta interpretación de la idea de diferencia conduce a una revisión de la relación entre diferencia e igualdad que no puede omitir interrogarse sobre cuál es el lugar de la diferencia en la idea de igualdad, al mismo tiempo que habilita una vía para pensar en una idea de igualdad que en lugar de clausurar la diferencia sea capaz de incorporarla. Pero esta posibilidad debe acompañarse de la comprensión de que el derecho a la diferencia no puede eludir ni obturar el conflicto, puesto que justamente la negación del conflicto posibilita la negación de la diferencia y toda forma de totalitarismo. Una negación que encuentra sus medios de resolución en formas violentas como la exclusión, la desaparición y la muerte, así como en otras menos evidentes, como la neutralidad, la asimilación, la globalización. Es preciso saber y admitir que convivir en la diversidad es conflictivo y que el conflicto significa debate, discusión, confrontación, posibilidad de estar de acuerdo o en desacuerdo. Pero también que esto no supone, no exige, ni tiene como consecuencia la destrucción o la negación del Otro. Se trata de elaborar una reconceptualización de la idea de igualdad que parta no de la exigencia de una identidad común, entendida como homogeneidad, sino del reconocimiento y la valoración de las diferencias. Una idea de igualdad capaz de contener la diversidad, lo particular, lo múltiple, lo heterogéneo, es decir, lo que ha quedado excluido en el concepto abstracto de hombre-individuo. En sociedades profundamente desiguales, atravesadas por la iniquidad, y caracterizadas por relaciones sociales y políticas de exclusión, segregación y opresión, esta reconceptualización se constituye en una condición para que la idea de igualdad, en su doble dimensión moral y política, actualice su valor y su sentido como ideal regulativo de la práctica política, al mismo tiempo que su potencialidad emancipadora.
Referencias Gilles Deleuze. Diferencia y repetición, Buenos Aires, Amorrortu, 2002. - Michel Foucault. El orden del discurso, Barcelona, Editorial Tusquets, 1975. - Iris Marion Young. “Vida política y diferencia de grupo: una crítica del ideal de ciudadanía universal”, en C. Castells (comp.), Perspectivas feministas en teoría política, Buenos Aires, Paidós, 1996. I. M. Young. Justice and the Politics of Difference, Princeton, New Jersey, Princeton University Press, 1990. - I. M. Young. Inclusion and Democracy, Oxford, Oxford University Press, 2000.
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