Ética y política
Volnei Garrafa (Brasil), Cátedra Unesco de Bioética de la Universidad de Brasilia
Poder
Concepto. El sentido clásico de política se origina del griego pólis, que significa todo lo que se refiere a la ciudad y, consecuentemente, lo que es urbano, civil, público y hasta sociable y social. En la época moderna el término perdió el significado original y pasó a ser usado para indicar la actividad o conjunto de actividades que, de algún modo, tienen como término de referencia el Estado. Derivado de este concepto, la pólis es a veces sujeto, cuando se refiere a actos políticos, por ejemplo el sacar y transferir recursos de un sector de la sociedad a otro; u objeto, cuando se refiere a acciones políticas, como la defensa nacional o las conquistas de territorios (Bobbio, Matteucci y Pasquino, 2004). Como tantas otras expresiones estudiadas en este diccionario, la que relaciona ética con política
se explicitan, entonces los discursos bioéticos nos mostrarán una ‘falsa conciencia’ de la realidad o, lo que es lo mismo, una ‘ideología’ determinada (en este caso liberal-globalizadora). El problema fundamental, sin embargo, es poder superar una posición seudocrítica generalizadora y vacía para señalar dónde es que se verifican las operaciones de encubrimiento de esa ideología. Solo así será posible una confrontación eficaz de discursos en orden a esperar algún cambio en la realidad. Porque no se trata simplemente de ‘argumentar’, ya que los procesos de argumentación pueden ser aparentes y falsos. De hecho, la apelación a la ‘argumentación’ dando por sentado que la estructura y condiciones de toda argumentación son legítimas no es otra cosa que una variante ideológica de la pretensión de imposición de los discursos. Los usos del argumento presentan problemas lógicos sobre el proceso racional de la argumentación que pueden señalarnos la irrelevancia de los criterios e ideales analíticos. Por eso, de lo que se trata es de ver cómo la apelación a lo irrelevante puede representar en sí misma una lógica aparente. Porque señalar lo ideológico es precisar las de-terminaciones falsas del discurso, es decir, aquellos aspectos que hacen que un discurso aparentemente cerrado, terminado (llevado a su fin), se abra en virtud de la verdad. De allí que lo ideológico pueda estar presente en todos y cada uno de nosotros en la medida en que tengamos una falsa conciencia de la realidad que los otros nos puedan descubrir. Por lo que, si aspiramos a practicar una bioética verdadera, no nos queda otra alternativa que someter a crítica el manto de apariencias que pueda encubrir a nuestra moralidad. [J. C. T.]
justificaría una publicación individualizada. Por motivos obvios, vamos a detenernos solamente en tres aspectos: la política y el poder; la política, lo social y la ética; y la política como ética de grupo.
La política y el poder. De acuerdo con un concepto más amplio, existen tres clases de poder: el económico, el ideológico y el político, que es objeto de la presente discusión. El concepto de política, entendido como forma de actividad humana, está estrechamente relacionado con el poder. El poder es definido muchas veces como una relación entre dos sujetos, donde uno impone su voluntad al otro, determinando el comportamiento. Como el dominio sobre los hombres no es en general un fin en sí mismo, el poder como tipo de relación necesita ser complementado con la definición del poder como posesión de los medios que permiten que sean alcanzados los efectos deseados. Lo que caracteriza
el poder político es la exclusividad del uso de la fuerza con relación a la totalidad de grupos que actúan en determinado contexto social (Bobbio, Matteucci y Pasquino, 2004). Tal exclusividad, a su vez, es resultado de un proceso que se desarrolla en toda sociedad organizada, en el sentido de la monopolización de la posesión y uso de los medios con que se puede ejercer la coacción física. En una especie de contra-sentido a esto, es especialmente feliz la expresión propuesta por Amartya Sen y que se refiere al “empoderamiento” como tema político, pero también social, respecto al cual se hablará más adelante (Sen, 2000).
La política, lo social y la ética. Lo que proporciona humanidad a los seres biológicamente reconocidos como humanos es consecuencia de un proceso colectivo que se consustancia en la producción y reproducción continuas de los significados atribuidos a las prácticas sociales. En este sentido, la propuesta de politización de la bioética tiene relación con el presupuesto de que la acción social políticamente comprometida es aquella con capacidad de transformar la praxis social. La globalización de la economía mundial, en lugar de disminuir la distancia entre ricos y pobres del planeta, endureció todavía más las contradicciones, acentuando los problemas ya existentes. En los países en desarrollo (periféricos), la mayoría de la población sigue luchando por la obtención de condiciones mínimas de supervivencia y dignidad. Mientras esto sucede, a partir del concepto de ética aplicada propuesto e implementado por los países ricos (centrales), es creciente el proceso de despolitización de los conflictos morales, por más graves que sean. En las últimas décadas del siglo XX –y determinadas corrientes de la bioética contribuyeron para eso– la ética pasó a ser utilizada en muchas instancias como una herramienta horizontal y aséptica al servicio de lecturas e interpretaciones neutrales de conflictos colectivos registrados en poblaciones marginadas o socialmente excluidas del proceso de desarrollo societario. La estrategia de puntualizar la discusión respecto de la inclusión social como referencia en la agenda de las discusiones éticas, contribuye para aproximar este campo de la política. Tres expresiones indispensables en el análisis de la inclusión social en el contexto ético-político son: empoderamiento, ya mencionado, liberación y emancipación. La idea de empoderamiento de los sujetos individuales o colectivos, vulnerados como consecuencia del proceso histórico y de las características culturales de las sociedades en las cuales están insertos, atraviesa el todo social, en una postura de complicidad fortalecedora de la idea de libertad, que amplifica las voces de estos segmentos ajenos al poder de decisión y promueve su inserción social. La idea de empoderamiento estaría, por lo
tanto, sostenida en la articulación orgánica entre los diferentes grupos y segmentos, proceso que es lo que transforma un mero aglomerado de individuos en una sociedad (Durkheim, 1990). Como la desigualdad es construida en el medio social, suplantarla implica el reconocer la relación entre autonomía y responsabilidad. La autonomía se manifiesta no solamente en la capacidad de responder a una situación que atienda al mismo tiempo a la moralidad social, normas legales, necesidades y deseos de los individuos, sino también en el reconocimiento de las interconexiones existentes entre los seres humanos y todas las formas de vida, así como en la responsabilidad existencial exigida frente a ellas. La idea de liberación, todavía, implica más que el simple reconocimiento de la existencia del poder. Ella, necesariamente, apunta para el locus donde se instalan las fuerzas capaces de obligar a los individuos a la sujeción y a la fragilidad, esta última manifiesta por la incapacidad de los mismos de desprenderse de la sumisión. Al definir estos polos, el educador brasileño Paulo Freire identifica la oposición entre el cautiverio (o la privación del derecho a escoger) y la liberación, como el verdadero ejercicio de la autonomía; de este modo, señala, los sujetos sociales son, eminentemente, actores políticos cuya acción puede tanto mantener como transformar el statu quo (Freire, 2001). Tal concepción de liberación devela las posiciones de poder y permite vislumbrar una toma de posición en el juego de fuerzas por la inclusión social. Su utilización como categoría referencial de la llamada bioética de intervención, de inspiración latinoamericana, pretende apuntar en cuál dirección se debe conducir la lucha política para garantizar tal libertad (Garrafa y Porto, 2003). Su adopción permite visualizar la lucha de ciudadanos que logran su inclusión social, sea en el contexto de la salud o en contextos más amplios, a partir de la toma de conciencia sobre las fuerzas que los oprimen y por acciones concretas en oposición a ellas. La expresión emancipación, a su vez, tiene un sentido más suave que empoderamiento o liberación, pero es útil a la discusión aquí expuesta. El sujeto emancipado es el sujeto libre. El joven emancipado es aquel que adquirió el estatus de mayoridad y pasa a ser señor de sus propios actos. Emancipación significa independencia, franqueo, libertad, el caminar que se inicia con la liberación. Está emancipado aquel que suprimió la dependencia, que alcanzó el dominio sobre sí mismo y puede garantizar su supervivencia. El poder sobre sí mismo es el que otorga la emancipación y vuelve tornando a la persona inmune a las fuerzas que procuran sujetarla. Por tanto, suprimir la dependencia es precondición para la emancipación, sea de las personas, sea de los Estados. La bioética social,
para ser efectiva, además de la disposición, persistencia y preparación académica de parte del sujeto interesado en su desarrollo, exige una especie de militancia programática y coherencia histórica, sea este sujeto un estudiante, trabajador sanitario, miembro de un comité de ética o investigador. La politización de la bioética es una forma concreta de contribución para la construcción de la justicia social, una vez que se considera la bioética, en este contexto, un nuevo instrumento, una nueva herramienta teórica y metodológica con suficiente vigor y actualidad para actuar concretamente en la construcción de la ciudadanía y de la verdadera democracia.
La política como ética de grupo. El criterio más adecuado para juzgar las acciones individuales es el de la ética de la convicción, mientras el criterio de la ética de la responsabilidad se usa ordinariamente para juzgar acciones de grupos o practicadas por un individuo, pero en nombre y por cuenta del propio grupo, sea este el pueblo, la nación, la Iglesia, el partido. Así, se puede decir, en otras palabras, que la diferencia entre moral y política, o entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, corresponde también a la diferencia entre ética individual y ética de grupo. El contraste entre moral y política, entendido como contraste entre ética individual y ética colectiva (de grupo), sirve para explicar la disputa secular existente con relación a la expresión “por razones de Estado”. El Estado tiene razones que el individuo no tiene o no puede hacer valer. Este es también un modo de evidenciar la diferencia entre política y moral, o sea, cuando tal diferencia se refiere a los diversos criterios según los cuales se consideran buenas una o más acciones en estos dos campos. En conjunto con las razones de Estado, la historia apunta, independientemente de las circunstancias de tiempo y lugar, ora una razón partidaria, ora una razón de clase o de nación, que representan, bajo otro nombre, pero con la misma fuerza y consecuencias, el principio de la autonomía de la política, comprendida como autonomía de los principios y reglas de acción válidas para el grupo como totalidad, en confrontación con aquellas que valen para el individuo dentro del grupo (Bobbio, Matteucci y Pasquino, 2004).
Referencias Norberto Bobbio, Nicola Matteucci, Gianfranco Pasquino. Dicionário de Política, Brasilia, Editora Universidade de Brasília, 2004, pp. 954-962. - Émile Durkheim. As Regras do Método Sociológico, São Paulo, Companhia Editora Nacional, 1990. - Paulo Freire. Pedagogia da Autonomia, São Paulo, Paz e Terra, 2001. - Volnei Garrafa. “Inclusão social no contexto político da bioética”, Revista Brasileira de Bioética, Vol. 1, Nº 2, 2005, pp. 122-132. -
Volnei Garrafa, Dora Porto. “Intervention bioethics: a proposal for peripheral countries in a context of power and injustice”, Bioethics, Vol. 17, Nº 5-6, 2003, pp. 399-416. - Amartya Sen. Desenvolvimento como Liberdade, São Paulo, Companhia das Letras, 2000.
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