Ética social, valores y liberación
Adriana Arpini (Argentina), Universidad Nacional de Cuyo
América Latina › Pensamiento latinoamericano
¿A qué llamamos ética social? Cuando hablamos de ética social nos estamos refiriendo a una dimensión de la filosofía práctica, cuya reflexión se nutre de las situaciones vividas a diario por cada uno de nosotros en tanto sujetos que interactuamos socialmente. Situaciones en las que es necesario decidir qué acciones llevamos adelante y de qué manera. En tales casos apelamos, con diverso grado de conciencia, a los elementos proporcionados por el conjunto de saberes prácticos, patrones consensuados de existencia y de comportamiento, que están vigentes en el grupo social al que pertenecemos. En este sentido, José Luis Aranguren ha sostenido con acierto que cada hombre se hace a sí mismo, pero a la vez es hecho por la cultura, tanto en sentido positivo como negativo. No solo las normas, sino también la conciencia moral se originan socialmente (Aranguren, 1968). Muchas veces ordenamos nuestro obrar de acuerdo con la moral vigente, pero otras veces advertimos la necesidad de introducir modificaciones y hasta de proponer nuevos valores y criterios de acción ante una realidad social cambiante. Frente a los modos clásicos de entender la moral –como búsqueda de la vida buena y como cumplimiento del deber–, la ética social constituye un saber cuya especificidad se encuentra en posición equidistante de ambos. Sin descuidar la importancia de las dimensiones subjetiva y normativa de la moral, la ética social se recorta como una forma de objetivación de la moral preocupada por resolver los problemas que afectan la vida de los hombres en sociedad. Pone en juego la racionalidad práctica que comprende un momento de reflexión crítica sobre lo dado, un momento de elucidación, comprensión y fundamentación de principios, valores y normas y un momento de aplicación en situaciones sociohistóricas concretas. Todo ello con el propósito de achicar la brecha entre ser y deber ser, entre cuyos márgenes tiene lugar la lucha cotidiana por la realización de la vida de los hombres en comunidad. Como saber práctico se expresa en categorías que facilitan la comunicación dentro de una estructura referencial
histórica, social y axiológicamente determinada (Arpini, 2005).
Subjetividad, objetivaciones y bienestar. La dimensión social de la ética se pone a foco a partir de las críticas del paradigma de la subjetividad moderna, llevadas adelante en el siglo XIX por los pensadores de la sospecha, K. Marx, F. Nietzsche y S. Freud. Ellos señalan que la conciencia individual no es el reducto último del conocimiento y la acción, ni accede en forma directa a la realidad, es decir que la conciencia no es transparente, sino que existen mediaciones sociales y culturales a través de las cuales cada persona se relaciona con el mundo y con las otras personas. Mediaciones como el trabajo, los valores, las ideologías, el lenguaje, el propio inconsciente modelan el acceso a la “realidad”, que nunca es la realidad en sí, sino una interpretación socioculturalmente condicionada. Agnes Heller utiliza el término “objetivaciones” para señalar el hecho de que las acciones humanas se exteriorizan y constituyen un mundo; es decir, se objetivan en producciones materiales y simbólicas: instituciones, leyes, conocimientos, creencias, obras de arte y de ingenio, costumbres, normas, valores. Así, el mundo es el resultado de la praxis histórica, pero es también el mundo que en cierta medida nos condiciona como algo que está dado, que debe ser aprehendido y al que debe adaptarse el vivir cotidiano (Heller, 1977). Las objetivaciones facilitan, por una parte, las relaciones entre los hombres y de estos con el mundo material y simbólico, en cuanto permiten interpretar y comprender el conjunto de conexiones sociohistóricas de una época; pero, por otra parte, dejan a los hombres expuestos a la alienación, el engaño, la falsa conciencia. En esto se manifiesta tanto la fortaleza como la debilidad constitutiva de todas las objetivaciones. El hecho de que exista la regulación social, en lugar de la regulación del instinto, es síntoma de que hay mundo, y que en ese mundo compartido existe la diferenciación entre bueno y malo. Esta distinción es la condición del mundo, es decir, la condición para las relaciones sociales y el establecimiento de las categorías primarias de orientación de valor. Pero ellas permanecen en un nivel formal y abstracto si no son referidas a valores propios de campos de acción específicos. Tratándose de la ética social, el valor común perseguido es el bienestar social. A él se enderezan todos los bienes que pueden ser considerados como condiciones posibilitantes del bienestar. Así, por ejemplo la salud, la educación, la realización personal, la interacción –a través del lenguaje, el trabajo, la apreciación estética, los afectos–, las oportunidades de participación en los asuntos comunes, la justicia. Todos estos bienes posibilitantes del bienestar social están referidos contrafácticamente a categorías de valor, como la
vida, la libertad, la igualdad, a partir de las cuales se regulan las acciones y se generan las normas para la vida en común.
Valores y valoración en el marco de la ética social. Los problemas del valor y de la acción de valorar son de particular importancia para la ética social, ya que desde esta perspectiva se requiere superar concepciones clásicas. Tanto el esencialismo metafísico –que busca para los valores un fundamento que sea trascendente al mundo humano, individual o social–, como el formalismo –que persigue una fundamentación racional proporcionada por la forma del imperativo categórico–, resultan insuficientes para una caracterización de los valores como objetivaciones sociales. Pero también es necesario abandonar posiciones positivistas o funcionalistas –que conciben a los valores como inmanentes a las costumbres sociales–. Incluso la concepción axiológica de la ética material de los valores, a la manera de Max Scheler, es limitada desde el punto de vista de la ética social, por cuanto su concepción de los valores como un dominio propio de objetos ideales que se captan mediante una aprehensión emocional intuitiva resulta insuficiente para garantizar su validez intersubjetiva. En síntesis, ni las corrientes objetivistas –que sostienen que los valores son algo totalmente independiente de las cosas, como de la conciencia que valora–, ni las subjetivistas –cuya tesis fundamental consiste en afirmar que los términos y enunciados de valor poseen un referente vivencial–, pueden explicar de manera suficiente el carácter de objetivaciones sociales de los valores. Para una más ajustada caracterización de los valores y de la acción de valorar en el marco de la ética social es pertinente tomar en cuenta el concepto de objetivación, antes definido según la propuesta de Agnes Heller, y los resultados de las reflexiones axiológicas de Augusto Salazar Bondy. En cuanto objetivaciones que forman parte de una realidad objetiva supraindividual, los valores son categorías primarias de orientación axiológica. Salazar Bondy subraya la función crítico-trascendental de las instancias axiológicas en la constitución del mundo de la praxis. Es decir, así como los trascendentales lógicos y físico-naturales hacen posible los objetos en general y los del mundo físico, fundando la idea de mundo, así también, si la praxis humana –que es siempre praxis social– ha de ser considerada objetiva es menester un trascendental de la acción. Los valores son, entonces, esos trascendentales o instancias categoriales gracias a las cuales hay un mundo de las acciones e interacciones humanas que podemos entender y eventualmente criticar y modificar. Los valores son, pues, condiciones de posibilidad de lo objetivo, social y humano; gracias a ellos hay entendimiento social en el sentido de diálogo,
comprensión y acuerdo de lo social, pero también incomprensión, desacuerdo y conflicto. Ahora bien, aun cuando los valores fundan a priori la racionalidad del obrar, aquello que está contenido en los términos valorativos se gesta históricamente. De ahí que no resultan ajenos a la problemática del valor los problemas de la alienación, la inautenticidad, la dominación y la liberación (Salazar Bondy, 1971). Dado que la valoración es un proceso social, existen normas y criterios de valor, patrones valorativos, que son el producto de la decantación social de los diversos grupos, cuya transmisión por medios formales o informales de educación conlleva la formación de hábitos referentes a su uso. Cabe denominar valoraciones derivadas o segundas al acto de orientar las elecciones según estos patrones. Sin embargo, la incomunicación y la pugna de valores ponen en evidencia la existencia de diferentes modos de valoración, ya porque se toman como referencia patrones vigentes para comunidades diferentes, ya porque en la dinámica de la historia los cambios provocados por el desarrollo del conocimiento o por la necesidad de alcanzar fines antes no imaginados dan lugar a la emergencia de nuevas valoraciones. Cabe llamarlas valoraciones originarias o protovaloraciones; ellas constituyen el punto de partida para la configuración o reconfiguración de patrones estimativos sobre los que se funda una nueva práctica social y humana. A través de la educación, la sociedad lleva adelante una triple tarea en relación con los valores: 1. la transmisión crítica de los valores vigentes y de los hábitos estimativos que posibiliten la integración y el desenvolvimiento social, es decir, la socialización; 2. la toma de conciencia de las divergencias de valoración, producto de las diferencias en los patrones estimativos pertenecientes a distintos grupos, y la comprensión de su origen y fundamento, apuntan a la universalización del hombre; 3. la formación para la vivencia valorativa original, que capacite para la propia construcción espiritual y para participar en el proceso indefinido de renovación de la vida y de la autoconstitución de la humanidad, en orden al cometido de la liberación del hombre.
Liberación. Analizada desde una perspectiva histórica, la idea de “liberación” presenta en el pensamiento latinoamericano una trayectoria más amplia que la actual ética de la liberación. En efecto, el concepto de liberación va tomando cuerpo al mismo tiempo que se constituye la autoconciencia filosófica latinoamericana y se afianza como expresión de las necesidades de la sociedad y búsqueda de su superación. Tal es el caso de Juan Bautista Alberdi –“Ideas para un curso de filosofía contemporánea”, 1840–, quien establece la categoría de necesidad como criterio normativo del quehacer filosófico en las jóvenes naciones
latinoamericanas. Otro tanto puede señalarse a propósito de la reflexión de José Martí –“Nuestra América”, 1891– sobre el buen gobierno, el cual debe partir de los elementos naturales de los pueblos de América. Esta línea de reflexión alcanza su primera formulación orgánica en la obra de Eugenio María de Hostos –Moral social, 1888–, quien establece que la moral social se funda en las relaciones particulares del hombre con la sociedad, con el fin de producir y conservar el bien social y contribuir a la realización del destino común de la humanidad, sintetizado en la categoría de civilización. Categoría que en la reflexión hostosiana presenta un fuerte contenido normativo e involucra la idea de liberación de las formas de opresión, tanto personal –esclavitud, sumisión– como sociopolíticas –colonialismo, neocolonialismo–. Así pues, la categoría de “liberación” forma parte de la práctica filosófica latinoamericana que, con diversas manifestaciones, puede ser rastreada desde la época de la conquista y que ha cuajado en las últimas décadas en una reflexión con rasgos propios, nítidamente diferenciable de otras corrientes o escuelas filosóficas, con las cuales interactúa, participando creativamente en el proceso de producción filosófica. La filosofía de la liberación y, dentro de ella, la ética de la liberación germinaron en la Argentina, en la década de 1970, como reflexiones filosóficas comprometidas con la denuncia de las totalidades cerradas y orientadas a la superación dialéctica de la dominación en todas sus formas –política, económica, cultural, personal–. Frente a la teoría del desarrollo, basada en criterios meramente económicos y tecnológicos, oponen una visión ético-axiológica humanista, que admite una diversidad de formas originales de desarrollo, y entienden la liberación como proceso multifacético que, además de lo económico, abarca la vida social, política y cultural de la sociedad, con el fin de posibilitar la realización plena de los hombres. La “liberación”, como categoría axiológica con sentido fuertemente performativo, constituye el prisma a través del cual se analizan los problemas antropológicos, históricos, culturales, políticos, éticos, estéticos y metafísicos. Aunque ha sido caracterizada como un movimiento filosófico con elementos específicos y originales (Demenchonok, 1990 y 1995), presenta una gama de orientaciones diversas. Así, para mencionar solo dos ejemplos, Enrique Dussel propone una ética de la liberación, cuyo punto de partida es una racionalidad material (re)productiva que asume la posición de la “víctima”; es decir, de quien es afectado negativamente por un acto humano, una ley, un orden social. Se sustenta en la vida humana como criterio material de verdad y puntal de una praxis intersubjetiva potencialmente liberadora (Dussel, 1998). Arturo Roig, por su
parte, plantea una moral de la emergencia, que reconoce como punto de partida el valor del conflicto como dinamizador de una dialéctica que implica un momento subjetivo de autoafirmación o “moralidad de la protesta”, frente a la eticidad vigente o “ética del poder”; de tal contradicción surge el juicio crítico como principio de acción solidaria y como apertura a nuevas posibilidades de realización de la dignidad humana (Roig, 2002).
En síntesis, la moral social puede ser entendida como una forma de objetivación que se ocupa de los problemas emergentes de la vida en sociedad, organizando su reflexión en torno a ciertas categorías de orientación axiológica, valores, que hacen posible la praxis humana social e individual. Si bien los valores son puestos como categorías a priori del obrar, ellos se configuran en un proceso histórico, entre cuyas contradicciones se da la lucha por la liberación; entendida esta también como categoría axiológica orientadora del obrar de los hombres en sociedad y como síntesis de valores sociales como solidaridad, cooperación, interacción, todos los cuales remiten, en última instancia, al valor de la dignidad humana.
Referencias José Luis Aranguren, Ética y política, Madrid, Guadarrama, 1968. - Adriana Arpini, “Ética social”, en Ricardo Salas Astrain (Coordinador académico), Pensamiento crítico latinoamericano. Conceptos fundamentales, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Católica Silva Henríquez, 2005, vol. 1, pp. 227-339. - Eduardo Demenchonok, Filosofía latinoamericana. Problemas y tendencias, Santa Fe de Bogotá, El Búho, 1990. - Enrique Dussel, Ética de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión, Madrid, Trotta, 1998. - Agnes Heller, Sociología de la vida cotidiana, Barcelona, Península, 1977. - Arturo Andrés Roig, Ética del poder y moralidad de la protesta, Mendoza, Ediunc, 2002. - Augusto Salazar Bondy, Para una filosofía del valor, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1971.
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