Espacio público
Nora Rabotnikof (México), Universidad Nacional Autónoma de México
Sociedad
El lugar accesible de lo visiblemente común. La noción de espacio público ocupa un lugar central en las teorías y aspiraciones democráticas contemporáneas. Algunos lo consideran sinónimo de vida pública; otros, condición de civilidad. En principio, pareciera que tres sentidos tradicionalmente asociados al adjetivo público convergen en las diferentes caracterizaciones que se hacen del espacio público. En primer lugar, existe una prolongada tradición que asocia lo público con lo que es común y general, en contraposición a lo privado, entendido como lo individual y lo particular. Así, se habla de interés público en contraposición al interés privado, de bien público, etc. En este primer sentido, público alude a lo que es de interés o de utilidad común a los miembros de la comunidad política, lo que atañe al colectivo y por derivación a la autoridad que de allí emana. Según esta primera acepción, público se volverá progresivamente sinónimo de político. Una segunda acepción hace referencia a lo público como lo que es visible y ostensible, manifiesto y sabido, en contraposición a lo oculto y lo secreto. Este segundo sentido del adjetivo público no coincide en su aplicación con el primero. Una cuestión puede hacer referencia a la dimensión privada (no común y general, en el primer sentido) de un individuo o grupo y, sin embargo, ser pública en el sentido de sabida, conocida. Y, a la inversa, la autoridad pública puede ocultarse, desenvolverse en secreto, ejercerse de manera privada. El principio
ilustrado de publicidad recogerá básicamente este segundo sentido. Un tercer sentido remite en cambio a la accesibilidad y la apertura, en contraposición con la clausura. Se habla así de paseos públicos, lugares públicos, haciendo referencia a un elemento de disposición o de acceso común. Este tercer sentido tampoco ha coincidido históricamente con los anteriores: los procesos electorales antes del sufragio universal eran públicos en el sentido de colectivamente vinculantes y legitimatorios de la autoridad pública, pero los procedimientos de expresión no eran colectivamente accesibles o abiertos al conjunto de la población. Cuando se invoca hoy la necesidad de fortalecer, consolidar o abrir un espacio o espacios públicos, los tres sentidos asociados al adjetivo parecen converger. Se hace referencia tanto a los lugares comunes, compartidos o compartibles (plazas, calles, foros) como a aquellos espacios en los que aparecen, se dramatizan o se ventilan, entre todos y para todos, cuestiones de interés común. Pero, ¿cuál es ese lugar? ¿Hubo, hay o puede haber un lugar donde lo común y lo general coincida con lo visible y manifiesto y que al mismo tiempo sea potencialmente accesible a todos?
Estado, sociedad civil y espacio público. Durante mucho tiempo, en la teoría y en las prácticas cotidianas, ese lugar de lo común y lo general se identificó con el Estado, en tanto actor institucional privilegiado en los procesos de desarrollo económico, de promoción social y de garantía jurídica. Del mismo modo, se hacía alusión al Estado como referente simbólico más o menos común que orientaba los procesos de socialización (educación pública), de pertenencia ciudadana y de integración simbólica, y en tanto monopolio de la violencia legítima y de la legalidad común. Es decir, al Estado como sustrato público-legal, garantía de los derechos individuales y de la dimensión privada. Esta identificación de lo público con lo estatal entró en crisis a partir de diferentes críticas (identificación entre Estado y Estado autoritario, crítica a la ineficiencia, etc.). Se produjo entonces, en el debate político y político-académico, un desplazamiento hacia la sociedad civil. Era allí donde podía localizarse ese espacio de lo público como lugar de lo común y general, de lo visible y de lo abierto. Así, la sociedad civil se convirtió en una instancia, diferenciada del Estado y del mercado (pese a algunas confusiones iniciales que volvieron a encontrar en el mercado la anatomía de la sociedad civil), en un lugar donde confluyen los individuos y las asociaciones en su carácter privado para tratar o construir problemas públicos. Pero posteriormente se produce un nuevo desplazamiento en esa búsqueda en el plano normativo. Así, a las diferentes críticas a la identificación entre sociedad civil y espacio público, siguió
una representación que vino a identificar el espacio público con el núcleo depurado de la sociedad civil, que mantiene su carácter de lugar alternativo al Estado. Se subraya en este caso la posibilidad de consenso frente a la fragmentación, la visibilidad y la transparencia frente a la negociación privada, la actuación y participación ciudadana frente al monopolio decisional, el énfasis en lo general frente a la eclosión de los intereses particulares.
Concepciones del espacio público. De manera paralela a los cambios en la ubicación histórica del espacio público, desde la teoría diferentes caracterizaciones articularon de distinta manera rasgos descriptivos y evaluativos. En algunas versiones, el espacio público ha devenido sinónimo de esfera pública, es decir, una noción que conserva su raigambre ilustrada y que se instituye como reunión de los privados en calidad de público para argumentar y razonar en torno a cuestiones de interés común (Habermas) y como instancia ligada a la racionalización del ejercicio del poder a través de la argumentación moral y jurídica. Para otros, el espacio público se liga a otro concepto controvertido: opinión pública, y se lo piensa como circuito abstracto de comunicación, estructurado a partir de la constitución de temas públicos. Estos circuitos de comunicación política permiten reducir de este modo la complejidad de lo posible jurídica y políticamente. En ambos casos, el espacio público moderno se piensa en relación con la circulación de la comunicación política (y de allí el énfasis en la reflexión sobre el papel de los medios de comunicación), en tensa relación con la decisión política y la legalidad (ya sea como formación de una voluntad y opinión racionales, ya sea como reducción del abanico de sentido de la decisión) y en tensa relación con las preocupaciones del ámbito privado.
El espacio público en América Latina y los temas de la bioética. Los estudios sobre la historia y transformación del espacio público en América Latina se pueden ordenar básicamente en torno a tres ejes. El primero refiere a la perspectiva del urbanismo,
con énfasis en un concepto directamente espacialsocial. Alude así a las transformaciones urbanas y el énfasis está puesto tanto en el predominio de la informalidad y precariedad del empleo como en las transformaciones tecnológicas que suponen modificaciones importantes en la distancia y las relaciones entre individuos y grupos. En segundo lugar, una línea que refiere al espacio público entendido como circuito de comunicación estructurado por los medios y por redes informales de comunicación en los que se forma la opinión y la sensibilidad ante ciertos problemas. En tercer lugar, una línea que apunta a la transformación de las demandas ciudadanas, a nuevas formas de participación y, a partir de los procesos de reforma del Estado, a los problemas de la descentralización de competencias y responsabilidades. En relación con los temas y problemas de la bioética, los tres ejes de análisis sacan a la luz tanto los cambios en la relación entre regulación estatal y economía de mercado como, de manera más importante, la tensión entre reglamentación legal y política y autonomía del ámbito personal privado. En ese sentido, se suele hablar de una expansión horizontal del espacio público de comunicación (que incluye cada vez más temas referidos a las llamadas políticas de la vida: aborto, medio ambiente, eutanasia, salud pública) así como de una importante desestabilización de los significados asociados a la dicotomía público-privado. La relación entre las formas de aparición en el espacio público (formas de construir los temas, acceso a la discusión pública, pluralismo de las opiniones, extensión del debate) y de decisión política y jurídica guarda correspondencia con las características del sistema político de cada país latinoamericano (recurso al plebiscito, decretos, discusión parlamentaria, formación de una opinión pública informada), con los actores que en cada caso tienen acceso y voz en el espacio público de comunicación y, más en específico, con las maneras en que estos actores interesados formulan o construyen los problemas en el circuito de comunicación pública.
L
a vida de la que se ocupa la bioética no es, simplemente, el estado de actividad de los seres orgánicos. Y esto aunque a la bioética le interesen todos los seres vivos y no solo el ser humano. Pero este supone una particular preocupación de la bioética en tanto es el único ser vivo que se considera puede tener conducta moral, aunque se haya demostrado que los primates muestran pautas de comportamiento que han hecho pensar que las mismas hayan sido precursoras de la moralidad humana. Por eso es que la vida del ser humano, muy especialmente en su condición de persona entendida por la naturaleza racional que hace posible a un individuo pasar del ‘es’ al ‘debería’, es de particular interés para la bioética. Y así la vida es también el espacio de tiempo que transcurre entre el origen y la muerte de ese ser vivo que es el animal humano. Ese espacio de tiempo a veces resulta suficientemente extenso en las personas como para poder describir distintas etapas en el mismo según sea su modo de expresión. Se trata de los ‘ciclos vitales’ en tanto expresan algún modo regular de expresión en la vida del individuo humano: la niñez, la adolescencia, la adultez, la vejez. Y de esa manera la vida humana puede ser vista como el vivir humano. Pero así como esos modos de vivir que son los ciclos vitales van asociados fuertemente al despliegue cronológico en la vida de alguien, hay modos de vivir que se definen por otras características que la de la edad. Un ejemplo de ello es la pobreza (v. ), que cualquiera sea la forma en que se la defina, puede atravesar todos y cada uno de los ciclos vitales. La vida de la que trata la bioética es entonces, también, el modo de vivir o la conducta con relación a las acciones de los individuos racionales que interactúan en sociedad (v. ). La pobreza, como la riqueza, no son más que fenómenos que resultan de esas interacciones. A la bioética le corresponde ocuparse de la corrección o incorrección de las relaciones entre los seres humanos en tanto seres racionales, y no en tanto meros seres biológicos reducidos a objeto de la ciencia y de la técnica. Por eso es que la negación radical y absoluta de la vida y el vivir de los que se ocupa la bioética tiene su expresión en la desaparición forzada de personas (v. ).
Niñez y adolescencia. En los problemas bioéticos de los ciclos vitales de la niñez y la adolescencia es necesario tener en cuenta la gran diversidad existente entre los países de América Latina. Una cuestión es la diversidad antropológica (v. Antropología y
Vida y vivir 1. Ciclos vitales
niñez). Pero, además, el crecimiento y desarrollo (v. ) no tiene las mismas características en toda la región. Las condiciones de salud en países como Argentina, Uruguay, Chile, Cuba y Costa Rica se aproximan a las de los países desarrollados, mientras que en el otro extremo se encuentran los países más pobres como Haití, Guatemala, Perú, Bolivia y Honduras, entre otros. Por eso, las cifras promedio de la región moderan en realidad grandes diferencias. La esperanza de vida al nacer en América Latina pasó de 52 en el quinquenio 1950-1955, a 67 en el de 1985-1990 y a 70 hacia el año 2000. La tasa de mortalidad infantil descendió de 127 entre 1950-1955, a 55 entre 1985-1990 y a 40 en 2000. Mucho de ese progreso tuvo que ver con una mejor atención del recién nacido (v. Salud del neonato). Las dos principales causas de defunción en niños de 1 a 4 años en los países pobres de América Latina son las infecciones intestinales y respiratorias, seguidas por la malnutrición, que afectan al 18% de los niños de 0 a 5 años e inciden no solo como causa directa de muerte sino también como base de las enfermedades infecciosas. Pero esta desnutrición resulta paradójica en una región que se ha insertado en la economía mundial como productora de alimentos (v. Crisis de seguridad alimentaria; Globalización y mercado de la alimentación). América Latina tiene 32 jóvenes menores de 15 años por cada 100 habitantes, mientras que América del Norte solo tiene 20. Sin embargo, países como Bolivia, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua cuentan con un 40% de dicha población, en tanto que Cuba tiene solo un 21%. Para mejorar la expectativa de vida en los países pobres de América Latina se deben evitar entonces la mortalidad infantil y la de los jóvenes. Para una meta de 70 años de esperanza de vida al nacer, por ejemplo, Bolivia, Guatemala y Brasil necesitan que el 50 a 60% de la reducción de su mortalidad se logre en la edad de 0 a 4 años, y del 5 al 10% en la de 5 a 14 años. Aunque algunos países de la región, como veremos, muestran un progresivo envejecimiento de su población, otros tienen que prestar especial atención a los problemas de la infancia (v. ).
Adultos y mayores. Algunos países de América Latina tienen indicadores de salud de los adultos y adultos mayores comparables a los de países desarrollados. Esto sucede en Argentina, Chile, Uruguay, Cuba y Costa Rica. El 80% de las muertes a evitar en Argentina, para alcanzar una meta de 75
Diccionario Latinoaméricano de Bioética
años de esperanza de vida, debe efectuarse sobre personas de más de 40 años en las cuales predominan las enfermedades circulatorias y los tumores como causa de mortalidad. Un perfil epidemiológico semejante se encuentra en los otros países mencionados. En este grupo, por tanto, los problemas se asocian al envejecimiento de la población y al desarrollo de alta tecnología en atención de la salud. El problema del adulto y el anciano en los países más pobres de América Latina, sin embargo, se encuentra en las enfermedades transmisibles y los accidentes. Un gran porcentaje de las primeras tiene que ver con la contaminación del agua que, aunque afecta especialmente a los niños, también afecta a adultos y viejos como lo demostró hace unos años la epidemia de cólera en la región. Una vez más la estrategia de atención primaria (v. ) resulta ser la más adecuada a estas problemáticas. Pero la vejez, siendo también un modo de vivir mediado por la interrelación social, responde a una construcción de cuyos aspectos morales ha de darse cuenta (v. Construcción social de la vejez urbana y rural).
El mundo de la vida y los problemas morales. Dice Habermas que al actuar comunicativamente los sujetos se entienden siempre en el horizonte de un mundo de la vida. Su mundo de la vida está formado de convicciones de fondo, más o menos difusas pero siempre aproblemáticas. El mundo de la vida, en tanto que trasfondo, es la fuente de donde se obtienen las definiciones de la situación que los implicados presuponen como aproblemáticas. En sus operaciones interpretativas los miembros de una comunidad de comunicación deslindan el mundo objetivo y el mundo social que intersubjetivamente comparten, frente a los mundos subjetivos de cada uno y frente a otros colectivos. Los conceptos de mundo y las correspondientes pretensiones de validez constituyen el armazón formal del que los agentes se sirven en su acción comunicativa para afrontar en su mundo de la vida las situaciones que en cada caso se han tornado problemáticas, es decir, aquellas sobre las que se hace menester llegar a un acuerdo. El mundo de la vida acumula (aquí estamos considerando que en distintas etapas llamadas ciclos vitales) el trabajo de interpretación realizado por las generaciones pasadas. La acumulación interpretativa puede ser vista como el ejercicio valorativo hecho hábito. El mundo de la vida es un mundo de valores heredados como contrapeso conservador contra el riesgo de disentimiento que comporta todo proceso de entendimiento que esté en curso. El significado de la dignidad de la vida humana ante cualquier disenso, por ejemplo, no puede dejar de ser visto sobre las convicciones de fondo aproblemáticas que ante el mismo se tienen como fuente. Porque si en la acción comunicativa los agentes
solo pueden entenderse a través de tomas de postura de afirmación o negación frente a pretensiones de validez susceptibles de crítica, esas posturas, aunque acontecen en el flujo continuo del vivir, se materializan en los ciclos visibles de la vida.
La vida como valor. Los valores nos sirven en su intensidad para diferenciar las normas y el rango posible de su desobediencia. Porque frente a los mismos valores como el de la vida, la identidad o la integridad, podemos tener distintas intensidades valorativas. Es así que ante el valor vida, por ejemplo, podemos exigir un respeto absoluto en tanto derecho humano que signifique la prohibición para el Estado de violarla y que nos obligue a todos y cada uno de nosotros, como es el caso de alguien que muere de hambre. Pero a la vez podemos defender una valoración del respeto a la vida como principio ético sujeto a discusión, no en su sentido universal pero sí en cuanto a su pretensión de obligación en un caso particular, tal como puede suceder ante enfermos terminales que rechazan ser alimentados y en los cuales la libertad cobra más jerarquía como valor. Y finalmente podemos sostener el valor vida como una regla cultural de valoración subjetiva que no tenga pretensión de universalidad en su postulación, y que a la vez sea discutible tanto en lo particular como en su generalidad misma. Una tribu peruana, por ejemplo, siguiendo una tradición Inca no otorga nombre a los niños hasta que estos tienen dos años de edad. La mortalidad es tan alta entre ellos que exponen a los recién nacidos a la intemperie para saber quiénes tienen la fortaleza suficiente para la sobrevivencia. Si logran pasar la noche entonces los alimentan. En otros casos, como el de una tribu brasileña, se comete infanticidio en resguardo de los criterios de sobrevivencia del grupo. Se trata de casos que llevan al límite los supuestos de compatibilidad entre los sistemas normativos indígenas (v. ) con los sistemas jurídicos de los estados nacionales y las obligaciones asumidas por los mismos ante el Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Pero de esto no se desprende refutación alguna del universalismo ético y mucho menos demostración de triunfo para el relativismo moral, del mismo modo que de los límites de la razón no cabe desprender un supuesto carácter irracional del mundo de la vida.
La vida como derecho humano, principio ético y valor cultural. Los Derechos Humanos expresan en su origen una apreciación de valores y en particular de aquellos valores que tienen mayor altura o densidad o mayor jerarquía; entre ellos, sin duda, se encuentra el valor de la vida (v. Derecho a la vida). Estos valores se sustentan bajo la pretensión de su universalidad prescriptiva, esto es, de su condición de atributo jurídico inherente a toda
persona, y de su universabilidad fáctica o pretensión de alcanzar el mayor grado posible de reconocimiento en los hechos, considerando que el mundo de las normas y el mundo de las conductas humanas no son lo mismo. Los derechos humanos, aunque se postulan como prescripciones universales y universalizables, que generan obligaciones tanto en lo general como en lo particular, de todos modos pueden ser discutidos y hasta no reconocidos. De lo que se trata es de precisar en qué consiste la posible discusión de los mismos. Porque, por ejemplo, junto a ellos concebimos los principios éticos como valoraciones que por definición se ubican en una posición de obligaciones universales prima facie y por tanto sujetos a discusión en cuanto a su pretensión de obligación en un caso particular, aunque nunca lo sean en su sentido universal. Y también sostenemos a los valores socioculturales como aquellas valoraciones
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