Desnutrición infantil y pobreza
Alejandro O’Donnell (Argentina), Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil
Hambre y desnutrición
Enfermedad y pobreza. A pesar de ser reconocida universalmente como la principal causa de enfermedad, sufrimiento y muerte, la pobreza extrema figura en uno de los últimos lugares de la clasificación internacional de enfermedades de la OMS en el código Z 59.5 – extrema pobreza. En Argentina, el principal problema de salud es la extrema pobreza que hace peligrar los avances alcanzados durante años. La pobreza impregna social y biológicamente toda la vida de un individuo, perpetuándose de generación en generación, con pobres que generan otros pobres. La pobreza no es un fenómeno contemporáneo, aunque antiguamente era quizás más equitativa: los pobres padecían y se morían de las mismas enfermedades que los ricos y en porcentajes comparables. En la Europa de principios del siglo XX, antes de los antibióticos y de las vitaminas, las cifras de mortalidad comenzaron a mejorar rápidamente con el saneamiento ambiental, la calidad de la vivienda, la disponibilidad de agua corriente y cloacas, así como la mejor alimentación e incipientes legislaciones de protección de las embarazadas y de los niños. Esto demostró que el mejoramiento de la salud y la nutrición de la población no era solamente un problema médico, sino que todas las esferas de gobierno debían involucrarse en el mejoramiento de las condiciones de vida de la población.
Niñez y pobreza. Por sus características biológicas, los niños sufren más los efectos de la pobreza al estar expuestos a una constelación de riesgos que no afectan en la misma medida a los niños más privilegiados. Los niños pobres tienen casi cinco veces más riesgo de nacer con bajo peso, diez veces el riesgo que su madre muera durante, o como consecuencia del parto, seis veces más posibilidades que aún en el segundo trimestre de embarazo su madre no se haya hecho ningún control médico, casi diez veces que su madre sea una adolescente, el doble de posibilidades de morir antes del primer cumpleaños, diez veces más posibilidades de vivir en viviendas inadecuadas con hacinamiento, y ocho veces más posibilidades de haber
nacido en el seno de una familia numerosa y de muy bajos recursos. Es cinco veces más factible que deserten de la escuela primaria, y quince veces más de la secundaria. Si como consecuencia de estas circunstancias de la vida quedan con una talla retrasada –11 a 17% de los niños argentinos–, tendrán veinte veces más posibilidades de repitencia escolar que los niños más privilegiados de talla normal. La repitencia es más alta a medida que transcurren los años escolares, a medida que las exigencias curriculares van siendo mayores, expresando sus limitaciones intelectuales. Tienen treinta veces más posibilidades de sufrir accidentes, quemaduras y maltrato físico que los más privilegiados.
Desnutrición infantil y pobreza. Pobreza no implica necesariamente desnutrición, pero existe una fuerte asociación entre ambas. La desnutrición es la cara más emotiva de la pobreza. Esta desnutrición no necesita ser extrema para afectar definitivamente a los niños. La desnutrición menos evidente, que encubre deficiencias de nutrientes y de vitaminas y culmina en una baja talla definitiva, y que refleja una vida de enfermedades, privaciones y deprivación ambiental y sensorial, es aún más perniciosa para el futuro de una sociedad. Esta desnutrición afecta a millones de niños en América Latina. Estudios sobre desarrollo infantil en distintas localidades muestran que más de un cuarto de los niños no desnutridos que ingresan a la escuela tienen un coeficiente intelectual menor que el esperado. La cifra sube en comunidades muy pobres a 65% con una elevada proporción de niños que serán prácticamente ineducables. En ello influyen el bajo peso de nacimiento, la anemia, la deficiencia de cinc, la desnutrición y la pobre estimulación ambiental. El sistema de salud, más el constante incremento en el gasto social como porcentaje del PIB y la movilización solidaria de la comunidad pueden atenuar el impacto de esta situación. El gasto social puede ser mejorado y lograr más eficiencia dado que en la asignación de beneficiarios de planes sociales se observa poca originalidad en el diseño de los programas que, con pocas modificaciones, resultan ser los mismos durante décadas, sin haber sido evaluados en su impacto y en los diferentes criterios de aplicación local. Además, coexisten muchas prácticas de corrupción. La cohesión social de organizaciones de la comunidad, iglesias, clubes barriales y municipios, tiene un inmenso papel que jugar. Los gobiernos tienen la responsabilidad de apoyar sus actividades, dado que estas organizaciones no pueden realizar obras de mayor envergadura por sí solas, con la seguridad de que esta organización de la comunidad es muy eficiente en la ejecución de sus tareas. Los barrios pobres necesitan saneamiento ambiental y, para sacar a los
niños del ciclo de la pobreza, las mejores escuelas con los mejores maestros que deberían recibir salarios como los de áreas de frontera, dado que los límites de estos barrios son una frontera entre los que tienen futuro y los que no lo tienen. Los niños son los más vulnerables y por ello deben reafirmarse pautas de crianza realzando el rol insustituible de la madre, aunque sea pobre e iletrada. Los estudios de desarrollo infantil muestran que el desempeño de los niños, aun de los más pobres, cuando la crianza es intuitiva y la lactancia materna predomina, en los primeros seis meses de la vida puede ser superior a la de los niños de países desarrollados. Los primeros dos o tres años de la vida son biológicamente de intenso apego a la madre –quien es insustituible–, y ese apego se instala como una conducta definitiva en la niña para cuando le toque ser progenitora. Es posible que el concepto de cuidado de los niños sea parte intuitiva no mensurable de la relación entre sexos –amor– que culminará en la procreación y, eventualmente, en una familia. En consecuencia, los problemas que afectan a la infancia son un problema ético ineludible.
Referencias H. R. Bourges, J. M. Bengoa, A. M. O´Donnell. Historias de la nutrición en América Latina, Fundación Cavendes, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil, 2000.
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