Convicción
Patricia Digilio (Argentina), Asociación Argentina de Investigaciones Éticas
Bioética › Conceptos éticos
La convicción remite a una creencia religiosa, idea política o principio ético al que se adhiere. Ha sido Max Weber quien ha distinguido entre una ética de la convicción y una ética de la responsabilidad. Esta distinción debe ser comprendida en relación con otras ideas que hacen al pensamiento weberiano en función de las cuales adquiere su particular sentido, a saber: esa presunción básica de la que parte Weber y que afirma la irracionalidad ética del mundo; su constatación de un pluralismo moral que conduce a antagonismos ideológicos y de creencias frente a los cuales no puede establecerse una solución definitiva, la compleja relación que, como señala, existe entre la ética y la política. Ahora bien, es justamente de esta experiencia de la irracionalidad esencial del mundo de la que brota la moralidad humana, pues es en esta experiencia que se inspiran las religiones que son, para Weber, grandes sistemas éticos y fuente de significado. Es precisamente el significado el que hace acción de la mera conducta. De allí que la indagación sobre los significados de la acción desde la perspectiva de la ciencia social conduzca a una sociología de la ética puesto que los significados contienen juicios de valor y esta implicación indica a su vez la complementariedad existente entre la sociología y la filosofía moral. Según Weber, la ética no surge del seguimiento incondicional de las reglas, sino del conflicto que se produce entre fines que resultan incompatibles en el campo de la deliberación, y tanto la sociología como la filosofía deben orientarse al estudio de esa deliberación. Pero el estudio del mundo moral con pretensión genuinamente científica deberá prescindir de brindar toda prescripción y abocarse a una explicación interpretativa neutral y objetiva de los valores y de los sistemas de valor. Si la explicación interpretativa de la conducta humana puede ser científica y racional es porque también se reconoce este límite: interpretar una conducta e identificar las convicciones que la guían no implica dar razón científica de la naturaleza y causas de estas últimas. Y esto es así porque para Weber los valores no pueden, en última instancia, fundamentarse (justificarse) racionalmente. En cambio, lo que sí puede establecerse son las orientaciones de valor y los significados que las personas atribuyen a sus acciones. Teniendo en cuenta estas consideraciones es posible adentrarse en la distinción planteada.
La ética de la convicción [Gesinnungsethik] afirma que hay actos que deben realizarse porque encierran valores intrínsecos, sin que importen las posibles consecuencias que se sigan de la acción. Esta concepción resultaría próxima a esa racionalidad práctica deontológica afirmada por Kant, que se expresa en las formulaciones del imperativo categórico y cuyo mandato es incondicional en contraste con la racionalidad teleológica de los imperativos hipotéticos. La ética de la responsabilidad [Verantwortungsethik] tiene en cuenta las consecuencias de los actos y las diversas opciones o posibilidades ante una determinada situación, confronta los medios con los fines. Quien actúa conforme a esta ética se propone fines, evalúa los medios conducentes a ellos y las consecuencias resultantes y asume las consecuencias y los costos de sus acciones. Esta concepción weberiana de una ética de la responsabilidad plantea justamente el problema de que actuar de acuerdo con el imperativo categórico puede entrar en conflicto con un actuar responsable.
Relación entre ética y política. Al plantear la distinción entre una ética de la convicción y una ética de la responsabilidad, Weber expone también dos lógicas de la acción política que pueden interpretarse, más que como opuestas, como complementarias aunque en tensión. En primer lugar, porque tomadas como tipos ideales, en estado “puro” resultan ambas peligrosamente irracionales. En segundo lugar, porque, como él mismo lo expresa, si bien la política se hace con la cabeza y no con las otras partes del cuerpo y el alma, para que esta no se constituya en una frivolidad o en un mero ejercicio tecnocrático e intelectual requiere también nacer y nutrirse de la pasión, es decir, de la convicción. Es esta combinación entre racionalidad y pasión la que la vuelve una auténtica actividad humana. La actividad política que se rige únicamente por la ética de la convicción se caracteriza porque el individuo (o el grupo, o el colectivo) no se siente responsable de las consecuencias de sus actos, sino que responsabiliza de estas al mundo, a la historia, a la estupidez humana o a la voluntad de Dios. En cambio, quien actúa de acuerdo con una ética de la responsabilidad asume las consecuencias de las decisiones que toma. Debe, además, tener en cuenta los probables efectos no intencionales de la acción humana. La comprobación de que determinadas convicciones éticas, al absolutizarse, conducen a resultados directamente contrarios al fin que se persigue, es decir, la relación inadecuada y a menudo paradójica entre el sentido que impulsa una decisión y/o una acción política en su origen y su resultado final, de la que la historia es pródiga en ejemplos, obliga a tener en cuenta esta advertencia. También resulta preciso distinguir en la vida política entre la pura teoría y
la práctica política. Sin embargo, esto no significa abandonar las convicciones y los principios que se abrazan en nombre de un pragmatismo amoral. La responsabilidad exige también que las decisiones que se tomen y las acciones que se emprendan guarden coherencia con esas convicciones y principios. Elegir entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad no es algo que quede racionalmente garantizado. No hay regla de oro como precepto para la acción. En todo caso, lo que hay es una tensión trágica, en el sentido de irresoluble, entre ambas. No obstante, vale tener presente que: 1. no se consigue nunca lo posible si no se intenta una y otra vez lo imposible (así, la defensa de las utopías y las convicciones adquiere un especial sentido práctico como guía para la acción); 2. quien abrace la vocación política no solo deberá ser un líder, sino también un héroe (aunque en el sentido más simple de la palabra héroe); 3. aun aquel que no sea líder ni héroe necesitará de una gran fortaleza de ánimo para “soportar la destrucción de todas las esperanzas”, porque, si carece de ella, será incapaz de realizar incluso aquello que resulta posible.
Racionalidad práctica y acción comunicativa. Habermas y Apel han construido, sobre bases kantianas, un concepto de racionalidad práctica que procura resolver las dificultades derivadas de la racionalidad deontológica de Kant a la vez que tienen en cuenta el proceso weberiano de racionalización, es decir, la emergencia de una racionalidad abocada a armonizar medios con fines predeterminados y su consecuencia, el politeísmo axiológico. El concepto de una acción comunicativa hace posible la idea de una racionalidad práctica, que si bien es normativa no es monológica, a diferencia de la racionalidad práctica kantiana, sino dialógica o discursiva. Se trata de una racionalidad que encuentra sus bases en el lenguaje humano. Tanto Habermas como Apel reconocen que el uso lingüístico está orientado originalmente a producir entendimiento, al acuerdo entre los interlocutores. De allí que se entienda por acción comunicativa las interacciones en que todos los participantes concilien sus intereses individuales y sigan sin reservas sus metas ilocucionarias. La estructura lingüística de la racionalidad comunicativa se explicitará tanto en la pragmática universal (Habermas) como en la pragmática trascendental (Apel). En ambas se pone de relieve cómo a partir de las pretensiones formales de validez –verdad, corrección, veracidad e inteligibilidad– supuestas pragmáticamente en los actos de habla, que son inmanentes a formas de vida concreta, pueden trascender en sus pretensiones a esas formas de vida, es decir, universalizarse. Estas pretensiones configuran el mínimo de racionalidad para exigir un mínimo de normatividad universal. Si como se
ha señalado, la concepción weberiana de una ética de la responsabilidad plantea el problema de que actuar de acuerdo con el imperativo categórico (Kant) puede entrar en conflicto con un actuar responsable, la ética del discurso de Apel pretende saldar esta dificultad. Para esto se debe tomar en cuenta las condiciones reales de la acción y reconocer que si bien las personas están siempre obligadas a actuar estratégicamente, también lo están al mismo tiempo –desde la formación del pensamiento dependiente del lenguaje–, a actuar comunicativamente, esto es, a coordinar sus acciones de acuerdo con pretensiones normativas de validez que, en el discurso argumentativo, pueden ser justificadas solo a través de una racionalidad no estratégica. Apel plantea un programa de estrategia ética a largo plazo, donde la racionalidad estratégica opere bajo la guía de un télos ético en la solución de los obstáculos que dificultan la comunicación y la aplicación de normas consensuales.
Referencias Karl-Otto Apel, Estudios éticos, Barcelona, Alfa, 1986. - Adela Cortina, Crítica y utopía: la Escuela de Francfort, Madrid, Cincel, 1986. - Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, Madrid, Taurus, 1987, 2. t. - Max Weber, “La política como vocación”, en El político y el científico, Madrid, Alianza, 1998.
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