Antropología y niñez
Andrea Szulc (Argentina), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet)
Vida y vivir › Ciclos vitales
La antropología, por su tradición problematizadora de aquello que el sentido común suele naturalizar, está en condiciones de contribuir conceptual
Diccionario Latinoaméricano de Bioética
y metodológicamente al análisis crítico de la niñez. Paradójicamente, la niñez fue hasta los años noventa un tema marginal en los estudios antropológicos y en las ciencias sociales en general, del mismo modo en que por mucho tiempo se excluyó del análisis a las mujeres. Los trabajos de investigación antropológica sobre la niñez no abundan. Se trata de una línea de investigación discontinua, fragmentaria, asistemática, que aunque no ha llegado a instaurarse como campo legítimo de investigación, ha ido cimentando una profunda reconceptualización de la niñez como construcción sociohistórica, heterogénea, cambiante, relacional y disputada, aspectos que se desarrollan a continuación.
Concepciones sobre el niño y la niñez. 1. El niño como primitivo. Desde sus inicios, el saber antropológico fue formulado como conocimiento acerca del “otro”. Al intentar analizar el pensamiento del “otro”, la antropología recurrió frecuentemente a analogías entre este y el pensamiento de los niños o los locos. Al igual que en otras disciplinas, el interés por el universo infantil surgió como medio para dilucidar otras cuestiones. Los pensadores del evolucionismo unilineal, por ejemplo Tylor (1870), con el cual quedó inaugurada la antropología como disciplina académica independiente a partir de las últimas décadas del siglo XIX, abordaron el comportamiento infantil para definir acabadamente los estadios de evolución por los cuales se suponía transitaban necesariamente todas las culturas. Y también lo hicieron como vía de acceso a la mentalidad de los llamados pueblos primitivos, considerados representantes contemporáneos de la infancia de la humanidad, estableciendo una analogía que perdura hasta el presente en el sentido común. Tanto niños como “primitivos” han sido concebidos como seres fuera de la historia y de la sociedad, una totalidad homogénea, cercana al estado de naturaleza y a la esencia de lo humano, ya sea considerada dicha esencia como benigna o maligna. 2. El niño en nuestro sentido común. Según las representaciones hegemónicas occidentales contemporáneas, los niños constituyen un conjunto aún no integrado a la vida social, definidos generalmente por la negativa –desde el punto de vista de los adultos– como quienes carecen de determinados atributos, como madurez sexual, autonomía, responsabilidad por sus actos, ciertas facultades cognitivas y capacidad de acción social. Esta visión los relega a un rol completamente pasivo, más de objeto que de sujetos: objeto de educación, cuidado, protección, disciplinamiento, o de abandono, abuso y explotación. El signo de la acción ejercida sobre ellos puede ser positivo o negativo, pero en ambos casos el lugar asignado a los niños es el de meros receptores de las acciones de otros, por supuesto,
adultos. Esta lógica dicotómica ha marcado el abordaje de otras problemáticas por parte de las ciencias sociales, como género y etnicidad, y explica en parte la histórica ausencia de una línea de investigación sistemática al respecto. 3. La niñez como fenómeno diverso. La puesta en foco de la niñez en antropología fue inaugurada por el particularismo histórico norteamericano de comienzos del siglo XX. Su fuerte crítica al evolucionismo desde una propuesta no determinista de la historia y la cultura, y metodológicamente empirista, se tradujo en prolongados e intensivos periodos de trabajo de campo etnográfico entre distintos pueblos no occidentales. Los estudios sobre sistemas clasificatorios del ciclo vital y pautas de crianza de diversos pueblos (v. gr. Mead, 1930) –orientados a esclarecer la relación entre individuo y cultura– suponen una contribución fundamental a la deconstrucción y relativización de nociones occidentales universalizadas sobre la niñez, pues aportaron importante material comparativo, con base en el cual se instaló la posibilidad de pensar en una pluralidad de “niñeces”, en lugar de en un estatus singular y universalmente unívoco. Esta desnaturalización ha posibilitado comprender que tanto la adolescencia como la niñez son construcciones sociales, dinámicas e históricamente situadas, aunque en ambos casos el sentido común occidental –profundamente marcado por la creencia en una ciencia objetiva– remite esas categorías al ámbito de la naturaleza, tomando los cambios fisiológicos como determinantes de transiciones sociales. 4. La niñez segmentada. La niñez también es diversa y desigual dentro de las llamadas sociedades occidentales, que históricamente han reservado la noción de “niño” para determinado sector de la población infantil. Mientras “la infancia” se definía como objeto de socialización y protección en manos de la familia y la institución escolar, los “menores” –excluidos de aquel estatus y considerados potencialmente peligrosos– serían objeto de control sociopenal estatal a través de instancias diferenciadas (García Méndez, 1993). Hoy en día, como contrapartida a la naturalización de la niñez, se renuevan continuamente los intentos de biologizar la “minoridad”, desde la caracterización lombrosiana del criminal nato del siglo XIX, a las insistentes apelaciones de nuestros días a un supuesto gen criminal. Es claro entonces que el modelo hegemónico de niñez, aunque se presente como universalmente válido, se basa en y regula las experiencias de niños de sectores de clase media urbana, como un “deber ser” que no necesariamente se concreta en la vida cotidiana.
La historicidad de la niñez en transformación: fenómeno social y relacional en disputa. La concepción de la niñez como etapa discreta –caracterizada
por la presencia del juego y vinculada a lo no cultivado y a lo original– se sitúa en la Europa del siglo XVIII. En un influyente estudio de 1960, Philippe Ariès (1987) la caracterizó como un producto occidental de la Modernidad, y afirmó que inclusive hasta la Edad Media los niños no eran colectivamente percibidos como esencialmente diferentes de otras personas, sino más bien como adultos en miniatura. Con posterioridad al siglo XVII, a medida que se conformaba el modelo de familia burguesa, comenzó a extenderse la práctica de “mimar” a los niños junto con nociones sobre la inocencia y vulnerabilidad infantil, y un progresivo interés por su formación moral y su desarrollo. Es en dicho contexto histórico particular que se construye socialmente la niñez como un estatus social específico, objeto de programas de cuidado, educación y asistencia. El estatus de niño fue delimitado por fronteras discursivas progresivamente cristalizadas en instituciones como familias nucleares, nurseries, escuelas, clínicas y otras agencias dedicadas específicamente a procesar al niño como entidad uniforme (Jenks, 1996). Este proceso de institucionalización de la niñez se dio a su vez en América Latina a partir de fines del siglo XIX con la incorporación de la región al devenir de la modernidad mundial (Carli, 2002). El carácter histórico de la niñez implica que las experiencias y representaciones sociales acerca de la primera etapa de vida han estado y estarán sujetas al cambio histórico, transformándose ante nuestros ojos. Tales transformaciones no equivalen a una desaparición de la niñez, cuestionable planteo de algunos investigadores del campo de la comunicación. Dicha afirmación parte del paradójico supuesto de una niñez construida históricamente pero inmutable, singular y unívoca, en lugar de plural, diversa y cambiante, lo cual constituye un vicio recurrente de las llamadas “sociedades centrales”, reacias a reconocer su propia contingencia. La heterogeneidad de experiencias y representaciones en torno a “ser niño” en diversos marcos históricos y socioculturales evidencia que la niñez no es un fenómeno individual sino social. Como tal, no puede aislarse de otras variables como clase, género y etnicidad. Tampoco podemos indagar acerca de los niños y niñas sin tener en cuenta a los adultos y las instituciones que condicionan evidentemente su cotidianidad y sus perspectivas. Esto parecen olvidar algunas investigaciones recientes, provenientes de la “nueva sociología de la niñez” británica, centradas en el concepto de “culturas infantiles”, el cual replica de algún modo el interés despertado a partir de los años setenta en las culturas juveniles, y gana día a día mayor aceptación –particularmente en el mundo anglosajón–. Charlotte Hardman (1973) ha sido una de sus precursoras al defender
la existencia de una dimensión exclusiva del niño, a pesar de las superposiciones con el mundo adulto, para la cual propuso crear un campo teórico específico. Sin embargo, la noción de cultura, a pesar de sucesivos intentos por reformularla, no se ha desprendido aún de su componente aislacionista, surgido junto con el colonialismo, que apunta a delimitar unidades discretas, internamente coherentes, cerradas y aisladas unas de otras. En esos términos, la idea de una cultura infantil constituye una nueva esencialización que oscurece el carácter relacional de la dimensión sociocultural, y en particular la inserción de las prácticas y representaciones infantiles en relaciones de poder intergeneracionales. Aislar teóricamente determinado grupo humano, negando su vinculación con otros grupos, es un error, más evidente y forzado aún en el caso de los niños. Una mirada profunda sobre la niñez debe tener siempre presente que al hablar de niñez, hablamos de relaciones entre niños y adultos, entre niños e instituciones o entre pares. Otra de las características constitutivas de la niñez frecuentemente omitidas es su carácter conflictivo. La niñez es un producto sociohistórico, resultado de procesos dinámicos y conflictivos en los cuales diferentes actores y saberes se disputan la definición de qué es “la” niñez, qué comportamientos o características se consideran propios de este grupo y cuáles son las prácticas legítimas por parte de diferentes adultos. No se trata de un proceso unívoco ni armonioso.
De los niños como objeto a los niños como sujetos sociales. Solo recientemente las ciencias sociales, entre ellas la antropología, han reconocido la agencia social de los niños, capacidad que les fue negada por ejemplo por la teoría clásica de socialización, inspirada en el funcionalismo. Al plantear la estructura normativa del mundo adulto como variable independiente y concebir la socialización como un proceso didáctico unilateral, dicha teoría construyó a los niños como pasivos receptores de pautas sociales externas. Los estudios sobre socialización han tendido a desconocer que cuidar de los niños no es solo tarea de sus padres, como claramente evidencian las fuentes etnográficas acerca de la relevante participación infantil en el cuidado de niños menores. Por su parte, los estudios sobre el ciclo doméstico, desarrollados en la segunda mitad del siglo XX, categorizaron a priori a los niños como miembros económica y afectivamente dependientes, ignorando que en todo el mundo los niños han sido, y continúan siendo, parte fundamental de las actividades productivas y reproductivas, contribuyendo tanto a su propia subsistencia como a la de sus hogares. En esa misma dirección procede la “etología” de la conducta infantil al estudiar su comportamiento “como si no pudieran hablar”, como si se
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observase el comportamiento animal. Al negar su capacidad de agencia social se descalifica a los niños como “informantes” de investigación, tal como ocurría con las mujeres con anterioridad a la crítica de la antropología feminista. A pesar de los significados hegemónicos centrados en la dependencia, vulnerabilidad y pasividad de los niños, sabemos que muchos son activos participantes en las actividades productivas y reproductivas de su grupo doméstico; que entablan vínculos con adultos y entre pares, no siempre en la posición subordinada, y que se mueven cotidianamente con cierta autonomía. Asimismo, lejos de ser “transparentes” y “decir siempre la verdad”, los niños y niñas –al igual que los adultos– articulan diversas formas de presentarse a sí mismos, según quién sea su interlocutor, como estrategia social frente a los diversos contextos en que se desenvuelven cotidianamente; es decir, son activos constructores de la presentación de su ser. Por tanto, aunque condicionados, como todos, por su edad, también los niños son sujetos activos y posicionados. El hecho de ser niños condiciona su realidad cotidiana y su perspectiva acerca de ella, pero no los descalifica como actores sociales, pues actúan e interpretan reflexivamente sus experiencias cotidianas, como la escolaridad, el trabajo, su pertenencia étnica, la trayectoria de vida de sus padres y su propio futuro. Ello no supone negar la incidencia de la edad de los sujetos sobre sus prácticas y representaciones, sino tener en cuenta que la edad no es solo un hecho “biológico” sino también un estatus social e históricamente construido. Desnaturalizar la concepción cosificada y esencialista sobre la niñez nos conduce a reconocer la capacidad de agencia de los niños, sin omitir las condiciones sociales, económicas y políticas estructurales que de diversas formas la limitan. A su vez, tomar en cuenta los condicionamientos que circunscriben sus prácticas, no equivale a considerarlos objetos pasivos o meros portadores de estructuras (Szulc, 2006). El reconocimiento de los niños como sujetos sociales debe operacionalizarse incluyéndolos en la investigación como interlocutores válidos con los cuales es posible producir conocimiento antropológico sobre las problemáticas que los afectan. El trabajo de campo etnográfico proporciona herramientas adecuadas para explorar las prácticas y representaciones de los niños, de acuerdo con la tradición antropológica de analizar el punto de vista del actor, “comprender su visión de su mundo” (Malinowski, 1986), sin olvidar que se trata de un mundo compartido, no precisamente en términos equitativos, con diversos adultos.
Referencias Philippe Ariès. [1960]. El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, Madrid, Taurus, 1987. - Sandra Carli.
Niñez, pedagogía y política. Transformaciones de los discursos acerca de la infancia en la historia de la educación argentina. 1880-1955, Buenos Aires, Niño y Dávila, 2002. - Emilio García Méndez. Infancia y ciudadanía en América Latina, Córdoba (Argentina), Marcos Lerner Editora, 1993. - Charlotte Hardman. “Can there be an Anthropology of children?”, Journal of the Anthropological Society of Oxford, Vol. 4, Nº 2, 1973, pp. 85-99. - Chris Jenks. Childhood, London, Routledge, 1996. - Bronislaw Malinowski. [1922]. Los argonautas del Pacífico Occidental, Madrid, Ariel, 1986. - Margaret Mead. Growing up in New Guinea, New York, Mentor Books, 1930. - Andrea Szulc. “Antropología y niñez: de la omisión a las ‘culturas infantiles’ ”, en G. Wilde y P. Schamber (comps.), Cultura, comunidades y procesos contemporáneos. Buenos Aires, SB, 2006. - Edward Burnett Tylor. Primitive Culture: Researches into de development of mythology, philosophy, religion, language, art and custom, London, J. Murray, 1870.
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