Taifas, Reinos Detaifas HIST.
Categoria:
Historia
Del árabe mulúk al-tawá’if, `reinos de taifas, banderías, grupos familiares, jefes locales o regionales’. Se trata de emiratos, impropiamente llamados "reinos", unidades políticas autónomas, a seguido independientes, que aparecen en al-Andalus (v.) a raíz de la f itna (1009-31), `luchas internas’, como consecuencia de la inestabilidad califal y de los intereses particularistas y luchas de distintos grupos o "partidos". El periodo de t., caído el califato, comprende de 1031 a 1090, si bien algunas dinastías prácticamente se habían constituido como tales a partir de Sulayman al-Musta’in (1013-16) y otras subsistieron hasta 1110 ó 1115.1. Origen y causas de la aparición de los taifas. Jefes ambiciosos y rivales que aspiraban al poder, sin consideración alguna por los intereses del pueblo, se sublevaron en sus ciudades y fortalezas, se rodearon de soldados, acumularon riquezas y se dispusieron a disputar los bienes y las tierras de los demás. La enemistad, la intriga, la falta de espíritu de hermandad musulmana, la descomposición del vínculo político-espiritual representado por el califa y la dinastía Omeya (v.), en fase decadente, hicieron cambiar de rumbo el fiel de la balanza que, a medida que avanzaba el s. XI, se inclinaba más y más a favor de los reinos cristianos. De este modo, y como consecuencia de factores diversos, surgen los "reinos de taifas" y, con ellos, la fragmentación política, la ruptura en al-Andalus.Los factores principales que contribuyeron a ello fueron: a) la debilidad de la institución califal y de la persona del califa bajo Hisám 11, relegado durante más de 20 años por Almanzor (v.) y sus hijos; b) la reacción popular e incluso de cierto sector de la aristocracia cordobesa contra ellos; c) el desgaste militar tras las campañas del s. X y comienzos del XI y la inclusión en el ejército de gran número de mercenarios beréberes (v.); d) las intrigas de grupos políticos y étnicos -eslavos, beréberes y familias árabes- vinculadas a la Administración; e) el afán de liberarse de los tributos e impuestos debidos a Córdoba, una constante de la historia del Islam en al-Andalus; f) la no existencia de un sentimiento de unidad y de su`úbiyya andalusí lo bastante fuerte para contener la disgregación político-social que se estaba operando; g) la falta de vínculos comunes lo bastante sólidos para aglutinar los intereses y sentimientos de la comunidad islámica andalusí; h) el esfuerzo de la aristocracia árabe y de las grandes familias "feudales" para recuperar la autonomía perdida en tiempos de Almanzor; I) la falta de adaptación de las ideas islámicas a los problemas político-sociales de aquellos tiempos y la ausencia de interés en mantener un gobierno central efectivo. Finalmente, puede apuntarse, como causa remota, la participación de fuerzas cristianas en la fase de luchas internas (fitna), y la fuerza creciente y hábil política de algunos reinos cristianos.2. División étnico-cultural y política de los taifas. La sociedad andalusí había experimentado acusados cambios en su composición desde Alhaquem II (v.) con la introducción de tribus y familias beréberes en el ejército que, al establecerse en el país, recibieron tierras en beneficio y se fijaron en él. Los eslavos, por otra parte, constituían, ya desde Abderramán III (v.), un nuevo elemento social que en los cuadros del ejército y en la vida palatina ejercía una influencia creciente en ciertas decisiones o manejos políticos. Familias árabes de viejo cuño, establecidas en al-Andalus desde los primeros tiempos de laintroducción del Islam en Hispania, así como familias beréberes arraigadas en suelo hispano también desde las primeras décadas, hispanoarabizadas las más, constituían la base y el elemento tradicional, vinculado a unos intereses más o menos comunes. Y, entre ellos y en medio de todos, casi identificado o confundido con ambos, un numeroso bloque muladí (v.), que acumula energías y vigor para rebrotar, como antaño con `Umar b. Hafsñn, en momentos decisivos, contra almorávides (v.) y almohades (v.). Los emires, "que se dieron aire de reyes", tomaron algunos el título de háyib o pomposos títulos califales de cuño bagdadí y formaron dos grupos bien diferenciados desde el punto de vista étnico-cultural y político.El historiador Ibn Hayyán (v.), con referencia a 104344, presenta los reinos de t. divididos en dos bandos, integrados de la siguiente forma: el de los ahl al-Andalus o andalusí y el de los ahl al-barbar o beréberes-norteafricanos. En el bloque andalusí se integraban familias de origen árabe, hispanomusulmanas, beréberes andalusadas y eslavos; en el bloque beréber-norteafricano, extraño a la tradición y a la cultura andalusí, se integraban familias beréberes y mercenarios incorporados a al-Andalus a partir del último tercio del s. X y, sobre todo, en el primer cuarto del s. XI. En el primero se agrupaban también los miembros de la familia omeya y los clientes (v. MAULAS) `ámiríes, todos los cuales representaban la civilización heredada de sus mayores, de raíz árabe-hispana. En el segundo militaban grupos portadores de costumbres y defensores de intereses particulares, desligados de los que eran propios de los habitantes de al-Andalus, y eran el exponente de los valores culturales de la berberidad frente a la andalusadad, polémica que un siglo después había de nutrir las páginas de una conocida obra literaria árabe. Cada uno de estos bloques apoyó, un tiempo, a su propio califa: Muhammad al-Mahdí, por un momento, más tarde Hisám II, símbolo de la legalidad y de la tradición omeya, el de los ahl al-Andalus; Sulaymán al-Musta’ín, después los Hammñdíes, el de los ahl al-barbar.Las taifas de origen árabe dominaban en las cuencas del Guadalquivir y del Ebro y en algunos puntos del Levante. Eran éstas las de los Banñ `Abbád o `abbádíes de Sevilla (1023-91), los Banú Yahwar de Córdoba (1031-70), los Bakríes de Huelva Saltés (1012-52), los Banú Yahvá de Niebla (1023-53), los Banú Muzayn de Silves (1048-63), los Banú Hárúm de Santa María de Algarve (1026-52), los Banñ Tayfúr de Mértola (hasta 1044), los Banñ Tuyib (1017-39), seguidos por los Banú Hñd (1039-1110) en Zaragoza, Lérida y el valle del Ebro, que habían de incorporar Tortosa y Denia a sus dominios, los Banú Qásim de Alpuente (1030-92), los tuyibíes Banú Sumádih (1041-91) en Almería.Las taifas eslavas o de los esclavones `ámiríes, entre los que se encontraban algunos clientes de éstos y miembros de esta familia, se extendían por el Levante y Sudeste, procedían de la guardia califal, estaban arabizados e islamizados y constituyeron las t. de Tortosa, con los eunucos Labib al-`Amiri Mugátil y Ya’la (hasta 1061); Valencia, con los eslavos Mubárak y Muzaffar (1016-21) y `Abd al-°Aziz b. Abi `Amir y sus sucesores (1021-65 y 1076-85), que incorporan Murcia (1038-65); Denia (1009-76) y las Baleares, con Muyáhid y sus hijos; Almería, Murcia y parte de Jaén, bajo la soberanía de Jayrán y Zuhayr (1012-38), incorporadas a Valencia (1038-41).Los beréberes andalusados permanecieron en los territorios de las marcas, donde se hallaban establecidos, en su mayoría, desde las primeras décadas de la conquista, siendo beneficiarios de tierras. Fueron éstos, entre otros, los de la Sahla (Albarracín), con los Hawwára Banú Razin (1012-1104); los también Hawwára Banú Di-I-Nún de Uclés y Toledo ()036-85) y los Banú Maslama o Aftasíes de Badajoz, de origen miknásí (1022-94).Las taifas beréberes-portea f ricanas, por razones geográficas y políticas, se agrupaban en el Sur, donde fundaron emiratos estables en Granada con la familia Sinháya de los Ziríes, originarios de Ifrigiya (1012-90), en Málaga y Algeciras con los Banú Hammúd o hammúdíes (1035-57/58), familia árabe de origen idrisí, berberizada; y, menos duraderos, pues fueron anexionados por Sevilla, en Carmona, Ecija, Osuna y Almodóvar del Río con los zanáta Banú Birzál o birzálíes (1013 ó 1023-67); en Arcos de la Frontera y Jerez con los Banú Jizrún o Jazrun (1011-68); en el macizo de la serranía de Ronda (Tákurunna) con los Banú Ifran (1015-59) y en Morón de la Frontera habían constituido un pequeño "reino" los Banú Dammar o Banú Núh (1013-66).3. La política de los reinos de taifas. Ha constituido un problema para los historiadores del Islam estudiar de modo orgánico el periodo de t. por la gran complicación que presenta la política del s. xi y por la falta de "un hilo conductor" (cfr. Hussayn Monés, Consideraciones sobre la época de los reyes de taifas, en "Al-Andalus" XXXI, 1966, 305-328). Sin embargo, esta historia podría elaborarse (había sido nuestro propósito), no sin dificultades tampoco, girando en torno a los t. con mayor poder expansivo: Sevilla, Toledo, Zaragoza, Granada, incluso Denia, por una parte, y, por otra, teniendo en cuenta, a su vez, la política "reconquistadora" y de "estrangulamiento económico" o de parias que realizan los reinos cristianos de León, Castilla y Aragón, y los condados catalanes de Barcelona y Urgel. Esta historia podría dividirse en dos partes: 1) de equilibrio cristiano-musulmán y de acoplamiento de los t. hasta 1045-50; 2) de contrapeso y presión militar y económica cristiana y de anexiones territoriales entre los t. (1050-90). Tales partes irían precedidas de una amplia introducción sobre el periodo de formación y sus causas, ya esbozadas aquí, que se iniciaría con Sulaymán al-Musta’in (1013-16) y que coincide con el despertar y con una mayor unidad entre los reinos cristianos. Una tercera parte podría comprender el estudio de la sociedad, la economía y la cultura bajo los taifas.La abolición del califato, acordada por los notables de Córdoba el 20 nov. 1031, no fue aceptada por los hammúdíes, establecidos en Málaga y Algeciras, quienes nombraron califa en Málaga al imám Idris b. Yahyá, en torno al cual se agruparon la mayor parte de las t. beréberes-norteafricanas del Sur que no habían caído bajo la esfera política y la amenaza militar del `abbádí de Sevilla, cuyo cadí fundador de la dinastía, Abú-l-Qásim Muhammad b. `Abbád, recreó la figura del desaparecido Hisám II, invitando a los demás t. a que le reconocieran como soberano legítimo de al-Andalus, bajo la custodia del `abbádí. El `ámirí de Valencia, `Abd al-`Aziz, Muyáhid de Denia, Labib de Tortosa, Ma°n b. Sumádih de Almería, Abú-I-Hazm b. Yahwar de Córdoba, y tal vez algún otro, aceptaron nominalmente al falso Hisám II, por creer que era el verdadero o, más bien, para evitarse complicaciones con Ibn `Abbád. Pronto la superchería montada por el sevillano se deshizo al negarse Ibn Yahwar de Córdoba a que el falso Hisám II se instalara en el antiguo palacio califa¡.Según, Ibn Hayyán, al término de esta primera parteo periodo que hemos señalado (1045) existía un grupo de t., capitaneadas por Sulaym5n b. Hñd de Zaragoza, en el que figuraban Mugátil de Tortosa, `Abd al-Aziz b. Abi °Amir de Valencia, Ma’n b. Sumádih de Almería y Sa’id b. Rufayl de Segura, en el Levante; otro grupo, en el centro y Sur, y en la órbita de al-Mu’tadid de Sevilla giraban Abñ Núr b. Abi Qurra de Ronda, Isháq al-Birzáli de Carmona, Ibn Núh de Morón, Ibn Jizi_n de Arcos y otros, además de Ibn Di-1-Nún de Toledo. Unos y otros habían invocado en las oraciones del viernes al falso Hisám II. Un tercer grupo, contrario a los dos anteriores, constituido por los beréberes no sometidos a Sevilla, estaba integrado por Bádis b. Hablís, el zirí de Granada y los emires a él sometidos, todos los cuales hacían las preces invocando el nombre de su imdm, Idris b. Yahyá de Málaga. La división y enemistad de los t. en estos dos periodos de formación y dé acoplamiento y maduración era un hecho irreversible que había de caracterizar la política del siglo de los taifas.De 1045 a 1090, los t. alcanzan su pleno desarrollo. Los de mayor poder expansivo anexionaron los territorios de sus vecinos, que sucumbieron por fuerza de armas o por intrigas y vasallajes humillantes. En los comienzos de este periodo se inicia un cambio de rumbo. Coincidiendo con el apogeo de los t., en gestación la "España del Cid", empiezan unos años (época) de supremacía de los reinos cristianos, que sólo había de interrumpirse, por poco tiempo, con la irrupción almorávide. En la España de la segunda mitad del s. xi, los t. ya no pueden vivir aferrados a su individualismo, luchando entre sí, sin dar la cara a los reinos cristianos que toman la iniciativa en el campo peninsular. Las t. de Zaragoza y del centro, Sudoeste y Levante estarán bajo la espada de Fernando I y tendrán que soportar, más que otras, la política de "estrangulamiento económico" que les impondrá Alfonso VI y someterse al juego que realiza el rey castellano malquistando a unos contra otros para que, agotados sus recursos, se le sometan. Los t. se inclinan ante el poder militar de los cristianos y no tienen otra salida, para sostenerse, que aceptar la humillación y la carga del vasallaje, por un lado, y, por otro, en el Levante, la inquietante presencia del Cid. Fernando I (1035-65) y, tras Sancho II (1065-72), Alfonso VI (1072-1109), que reúne bajo su cetro Castilla, León y Galicia; García III (1035-54) y Sancho IV (1054-76) de Navarra; Ramiro 1 (1035-63), Sancho Ramírez (1063-94) y Pedro I (10941104), de Aragón; y, finalmente, Ramón Berenguer I (1035-76), Ramón II y Berenguer I I (1076-96), en Barcelona, e incluso los Armengoles, condes de Urgel, serán los oponentes de aquellos t., la mayor parte de los cuales no verían terminar el siglo, y quienes, en alguna ocasión, disputarían entre sí el tributo o paria de tal o cual emir musulmán.En la segunda mitad del s. XI se producen algunos cambios en los Estados peninsulares, consecuencia de la política expansiva de algunos t. y de la "reconquista". Los `abbádíes de Sevilla crecían de día en día en tiempos de al-Mu `tadid (1042-69) y de al-Mu `tamid (1069-91), con la anexión ¿le los pequeños reinos vecinos de Mértola (1044), Huelva y Santa María de Algarve (1052), Niebla (1053), Algeciras (1058), Ronda (1059), Silves (1063), Morón (1066), Carmona, Ecija, Almodóvar (1067), Arcos y Jerez (1068), Córdoba (1077), después de haberla poseído por poco tiempo Ibn Di-I-Nún de Toledo, y Murcia (1078). Sevilla, con amplia frontera con Toledo, Badajoz y Granada, es un agente más en la inevitable rivalidad y lucha entre los taifas. Al-Ma’mún de Toledo (1043-75),TAIFAS, REINOS DEla estrella polar de la dinastía, cuyo padre, Isma°il al-Záfir (1036-43), había mantenido la integridad de sus fronteras con los cristianos y se había opuesto con fuerza a toda política expansiva de sus vecinos, había heredado un extenso territorio cuyos límites eran: al E los t. de Zaragoza, Alpuente y Albarracín; al SE los de Valencia y Denia; al O el de los aftasíes de Badajoz; al S los de Córdoba y Granada; y al N una región casi despoblada al S del Duero.Toledo tuvo que contrarrestar la tendencia agresiva de Sulaymán b. Hñd de Zaragoza (1039-46), que aspiraba a poseer Guadalajara, y luchar repetidas veces contra el aftasí Muhammad al-Muzaffar (1045-63) en sus deseos de extender sus dominios por el O. El de Badajoz, que también tuvo que sostener luchas contra los sevillanos, se opuso con todas sus fuerzas a la invasión toledana y tuvo que defender sus territorios hasta que estalló la rivalidad entre al-Mu’tamid de Sevilla y el rey de Toledo por la posesión de Córdoba. Valencia, deseada por Zaragoza y por Albarracín, se incorporó a Toledo desde 1065 a 1076 en que pasó, de nuevo, a poder de los `ámiríes. Muerto al-Ma’mñn en 1075, el emirato toledano empieza a decaer con su hijo al-Qádir Yahyü (1075-85), que ha de sufrir la invasión de sus tierras por los húdíes de Zaragoza y por los `abbddíes, la temporal ocupación de Toledo por al-Mutawakkil de Badajoz (1067-94), las disensiones entre sus súbditos y, como consecuencia de todo, la pacífica conquista de Toledo por Alfonso VI el 6 mayo 1085 y su subsiguiente destierro a Valencia, hasta 1092 en que muere asesinado. Granada, con los ziríes, incorpora a sus dominios el territorio de Málaga, gobernado por Muhammad II b. Idris, en 1057, y algunas tierrasde Jaén; y Zaragoza, con Lérida, que tiene que sostener numerosas luchas con los reinos cristianos vecinos y que, por poco tiempo, pierde Barbastro (1064), incorpora a sus dominios Tortosa (1061) y Denia (1076).Desde 1075 la presión de Alfonso VI sobre los t. se acentúa; las exacciones que impone el rey castellano aumentan tanto como las exigencias y las humillaciones, hasta el punto de llegar a poner a un lugarteniente suyo, mozárabe o judío, al lado de algunos t. para asegurar el pago de las parias, según le aconsejaba el conde mozárabe Sisnando Davídiz. Esta política de agotamiento impuesta a los t. y la conquista de Toledo anunciaban el próximo fin de aquellos malavenidos "reinos" musulmanes que, temerosos, consiguen que Yúsuf b. Tasfin (v. ALMORÁViDES) decida pasar a al-Andalus para conjurar la amenaza cristiana. La batalla de Zalaca (v.), en 1086, detiene la iniciativa cristiana por unos años, pero el fracaso del sitio de Aledo (1089), donde se pusieron de manifiesto, una vez más, las rencillas de los t., decide al emir almorávide emprender una acción decisiva que acabará con ellos. Granada (1090), Sevilla (1091), Córdoba, Mértola, Ronda, Jaén (1091), Almería (1091), Badajoz (1094), Alpuente (1092), Valencia (1102), Albarracín (1104), Zaragoza (1110) y Mallorca-Baleares (1115), ponían fin a los últimos t. de la Península.4. Aspectos de la sociedad, la economía y la cultura. La sociedad andalusí, a la que se ha aludido al principio, responde, en el siglo de los t., al clima de división social, étnica y política que se manifiesta al rasgarse el cañamazo, trabado y bien tejido bajo el califato y el gobierno de los `ámiríes. Las nuevas fuerzas, desatadas, se hallaban dispersas y sin sujeción alguna por todo el suelo andalusí, y en el eje de cada una de ellas había una familia que ejercía una mayor influencia o tenía una mayor preeminencia sobre las demás, por su linaje o por su poder. Grandes sectores de la población, sobre todo los campesinos, vivían oprimidos por impuestos extraordinarios, cada vez más onerosos, a medida que aumentaba la presión de los reinos cristianos. El principio islámico había perdido fuerza como aglutinante social, y contra aquel estado de ánimo y de conciencia se alzaron voces de algunos alfaquíes, como la del cordobés Ibn Hazm (v. HAZAM, BEN), que condenaban agriamente aquella situación y la actuación de algunos taifas. Los móviles políticos y los intereses económicos prevalecían sobre los demás. La ambición, el ansia por emular a otros t. en riquezas o en tener a su alrededor los mejores poetas, literatos o cantoras del momento constituía una de las pasiones más costosas para las cortes de los t., émulos trasnochados del esplendor abbasí.Gran número de cristianos mozárabes y de judíos convivía con los musulmanes en las ciudades industriosas y comerciales de al-Andalus, formando parte activa de aquella heterogénea sociedad. El fraccionamiento político, nefasto, produjo, en cambio, un mayor desarrollo de las ciudades y de la cultura, fruto de un espíritu de emulación regional. El particularismo impidió, en cambio, la reunificación, por causa de intereses torpemente egoístas. Visires rebeldes e intrigantes, alfaquíes que censuraban la conducta poco ortodoxa de ciertos emires, el descontento creciente de la población, la inseguridad en los caminos, la inestabilidad casi constante, el acoso creciente, militar y económico, por parte de los reinos cristianos, alianzas temporales y vituperables desde el punto de vista de la ortodoxia islámica entre algún emir y un rey cristiano con las que se atentaba contra los bienes de los musulmanes súbditos de otro t., la concesión de "feudos" a jefes militares, la mala administración, eran eslabones que conducían a los t. a su extinción.El sistema de impuestos esquilmaba a la población. Los musulmanes pagaban mensualmente una capitación que sólo correspondía a los tributarios cristianos y judíos, impuestos sobre el ganado, bestias de carga, panales de abejas, derechos de mercado, incluso mediante el pago de cierta cantidad se había autorizado a los musulmanes, en algunos lugares, a vender vino. La moneda experimentó una progresiva devaluación en el s. Xl. El oro se hizo cada vez más raro, sobre todo desde el segundo tercio del siglo, y muchas parias fijadas en dinares se pagaban en su equivalencia en plata y, por parte de Sevilla, en oro cada vez de más baja ley. La población, en fin, vivía bajo la explotación, muchas veces, de las familias gobernantes, visires o jefes militares detentadores del poder, de la fuerza y de las tierras. En Granada, sobre todo, en un régimen casi "feudal", los servidores del "reino", jefes, sinháya, de la misma etnia que el soberano, y grupos zanáta, se repartían el país.En el campo cultural, los t. ocupan un lugar preeminente. La civilización hispanomusulmana alcanza can ellos su mayor grado de esplendor en sus más variados aspectos. Todos se erigen en protectores de las artes, de las letras o de las ciencias. Literatos, artistas, historiadores, lexicógrafos, filósofos, médicos, especialistas en ciencias exactas, en agronomía o en botánica farmacológica trabajan en las mejores condiciones en las cortes de aquellos príncipes. Época de profunda decadencia política islámica es, con todo, la más rica en producciones del pensamiento y del ingenio hispanomusulmán. Al-Mu’tamidde Sevilla, al-Mu`tasim de Almería, Ibn al-Labbána de Denia, Ibn Ammár de Silves, el siciliano Ibn Hamdis y tantos otros poetas dieron a las cortes de Sevilla y de Almería, sobre todo, un esplendor literario inigualable. Toledo y Zaragoza se rodean de hombres de ciencia y de pensadores. -Al-Ma’mlln de Toledo, al-Mu’tamin de Zaragoza son entusiastas cultivadores y admiradores de la filosofía, las matemáticas y la astronomía. En la corte de Toledo y en Sevilla se desarrolla, además, la ciencia geopónica. El toledano Ibn $á’id (m. 1070) ofrece una exposición de la historia de la ciencia, y Azarquiel, que vivió en Toledo entre 1061 y 1080, fue considerado por algunos como el más insigne de los astrónomos árabes.En el aspecto artístico, en contraste con el literario, es poco lo que nos queda. La muestra más característica y casi única se halla en los restos, en parte reconstruidos, del palacio de la Aljafería, construidos en Zaragoza bajo al-Mugtadir b. Hñd (m. 1081). Los nombres, en fin, de lbn Hazm, Ibn Ijayyán, Ablí-l-Walid Sulayman al-Báfi, Ibn Suhayd, al-`Udri, al-Bakri, Abñ Isháq de Elvira, Samuel Ibn Nagrella, Abñ Salt de Denia, Ibn Sida de Murcia, Ibn Báya (v. AVEMPACE), Ibn Wáfid, ibn al-Hayyáy, lbn Bassál, entre otros muchos, son joyas engarzadas en la mejor corona que, con justicia, pueden lucir como próceres y benefactores del desarrollo cultural del s. XI los "reyes de taifas".J. BOSCH VILÁ.
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