Países Bajos, Guerra de los HIST.
Categoria:
Historia
La sublevación y g. de los P. B. constituye un capítulo esencial de la historia española en la época de los Habsburgo. Durante 40 años en su primera fase (1568-1609) y casi otros 30 en la segunda (1621-48), España empeñaría sus soldados, su dinero y sus mejores energías en sostener una guerra desgastadora y sin perspectivas de solución. Pero Flandes constituía uno de los puntos vitales de la monarquía hispánica: era país muy ligado a la economía española y representaba una amenaza a Francia por retaguardia, aparte de que, en el aspecto religioso, en la guerra se hallaban comprometidos serios intereses. Los Países Bajos constituyen la realidad efectiva del dominio español en Europa; por ello, cuando se pierden, España reconsidera toda su política e incluso sus mismas directrices comerciales.La revuelta, en su origen, tuvo matiz religioso y nacionalista. El protestantismo se había ido difundiendo, primerobajo la forma de luteranismo y anabaptismo y, desde los años 50, en su versión calvinista. El calvinismo prendió fácilmente en la burguesía industrial y comercial, pues representaba una corriente progresiva, muy adaptada a la mentalidad de aquellos sectores sociales y a los propósitos revolucionarios de la baja nobleza. Por su parte, la alta nobleza estaba disgustada por la forma autoritaria del gobierno, representada por la gobernadora, Margarita de Parma, hermanastra de Felipe II, y por su principal consejero, Antonio Perrenot de Granvela (v.), obispo de Arras y miembro de una familia del FrancoCondado, muy adicta al emperador Carlos V. El primer chispazo surge con ocasión del levantamiento calvinista en Francia, en 1560-62, que plantea a Felipe II la necesidad de adoptar una política mayor de dureza con los calvinistas de Flandes. Trató incluso de que tropas del país entraran en Francia en ayuda de los católicos y vio la posibilidad de establecer una Inquisición semejante a la española. Granvela, a quien se había nombrado arzobispo de Malinas y cardenal, y que representaba el pensamiento de Felipe II en Flandes, chocó con la nobleza del país representada en el Consejo Privado.El cabecilla de la oposición era Guillermo de Nassau, príncipe del Imperio, señor de Orange, cuyas elevadas rentas le hacían la primera figura social en los Países Bajos. Introvertido de carácter -el Taciturno le llamaban- era, sin embargo, hombre apasionado como había de demostrar en su Apología, y decidido a llevar un movimiento de protesta hasta las últimas consecuencias. Aunque de formación católica, había acogido las ideas luteranas, en las que continuaría, no obstante su profesión pública de calvinismo en 1573. Junto a él se hallaban otros miembros de la alta nobleza, católicos, pero defensores de los estatutos del país, y un buen número de señores calvinistas o indiferentes. Su primer triunfo fue la dimisión de Granvela, que Felipe II se vio forzado a conceder por consejo de la gobernadora (1564). Siguieron tentativas para lograr la plena independencia de los Estados Generales en el gobierno del país y la moderación de la política religiosa, con intención de establecer un régimen de tolerancia a los distintos credos. Felipe II se negó a ello, incitado particularmente por el giro de los acontecimientos en Francia; impuso un mayor rigor en la represión de los herejes y dictó, en octubre de 1565, la aplicación estricta de los decretos tridentinos. En abril de 1566 varios miembros de la baja nobleza, a quienes se llamó despectivamente los gueux o mendigos, firmaron un documento, el llamado "Compromiso de Breda", en el que se declaraban partidarios de la tolerancia religiosa. Margarita de Parma se mantuvo irreductible, pero aconsejó moderación a España, adonde se habían desplazado el barón de Montigny y el marqués de Berghen para presentar personalmente ante el rey los agravios del país. Felipe II, aunque respondió con palabras alentadoras a los descontentos, retuvo a los emisarios, y la tormenta, que se estaba incubando, se precipitó. El 14 de agosto turbas de calvinistas fanáticos atacaron las iglesias, destruyeron imágenes y altares, ocasionaron cuantiosas pérdidas artísticas y pecuniarias y dejaron una estela de incendios por todo el país. Sin embargo, esta revuelta iconoclasta, de matiz religioso y popular, desunió a los descontentos, entre los que había un buen número de católicos. En España, la noticia de los tumultos fue recibida con desaliento, y el sector de los consejeros duros se impuso en las decisiones. El duque de Alba fue la persona elegida para imponer por la fuerza la autoridad y el orden, mientras los rebeldes se lanzaron abiertamente a la acción, apoderándose de Valenciennes e intentando hacer lo mismo con Amberes. De momento, las fuerzas fieles a la gobernadora lograron restablecer la situación y el príncipe de Orange -inflexible por temperamento-, como otros muchos que no quisieron acatarla, se ausentó a Alemania (22 abr. 1567).El duque de Alba, por vía Cartagena-Génova, cruzando el Mont Cenis, Borgoña, Lorena y Luxemburgo con un fuerte ejército, entró en Bruselas el 22 de agosto. Pronto se mostró como único gobernador. Aprovechando la expectación de su llegada, mandó prender a los condes de Egmont y de Horn que, aunque católicos, habían simpatizado con el movimiento nacionalista, e instituyó un Consejo de Tumultos para juzgar a los culpables de la revolución, que procedió con extremo rigor, por lo que el pueblo lo tituló Tribunal de la Sangre. Margarita de Parma, resentida por la situación humillante en que se hallaba, pidió la dimisión a Felipe II. La política de represión fue dura: Egmont y Horn, acusados de traidores, fueron ejecutados en la Plaza Mayor de Bruselas (junio 1568); el príncipe de Orange y otros muchos, que no quisieron comparecer ante el Tribunal, fueron proscritos y se les confiscaron sus bienes. Se calcula que cerca de 100.000 perscmas huyeron a Alemania e Inglaterra. La acción militar del duque de Alba fue rápida y brillante. Los tres ejércitos que había organizado Guillermo de Orange, con apoyo extranjero, fueron rechazados; el Cuerpo expedicionario que, conducido por el mismo príncipe, cruzó el Mosa en octubre de 1568, aprovechando el levantamiento calvinista en Francia, y que logró avanzar por el Brabante, hostigado por fuerzas del duque de Alba, se deshizo, y Guillermo volvió a refugiarse en Alemania (17 nov. 1568).El país estaba aparentemente en paz. Sin embargo, las dificultades financieras ocasionaron nuevos disturbios. Cinco navíos procedentes de España con dinero para el pago de las tropas (450.000 ducados), hubieron de hacer arribada forzosa en Plymouth y la reina Isabel de Inglaterra, simpatizante con los rebeldes, se incautó de ellos. El duque de Alba hubo de arbitrar nuevos recursos, como gravámenes sobre propiedades, venta de inmuebles y una especie de alcabala sobre transacciones comerciales, que fueron altamente impopulares. Los Estados Generales de 1569 rehusaron concederle enteramente la suma pedida; la política fiscal se hizo más opresiva y muchas personas, incluso del clero, disgustadas también por el rigor del duque, se apartaron de él, quejándose en la propia corte de España. La guerra, aunque muy limitada, continuaba, sobre todo en el mar, donde navíos corsarios, organizados por Orange en las provincias del Norte, acogidos y favorecidos en Inglaterra, realizaban actos de sabotaje y depredaciones, suficientes para amedrentar a los comerciantes y obstaculizar la comunicación marítima con España. El cierre de la navegación entre el Cantábrico y Amberes fue fatal para la economía y para los servicios militares españoles, pues había que contar con la vía Mediterráneo-Italia-Borgoña-Lorena, mucho más larga y difícil.Una fase más activa de la guerra comienza el 11 abr. 1572, cuando los "mendigos del mar", con ayuda de los calvinistas franceses y de los protestantes ingleses, se apoderaron del pequeño puerto de Brill, convirtiéndolo en punto de apoyo para sus operaciones marítimas. La toma de Flesinga y de las islas de Walcheren y Schliedan proporcionaron a los rebeldes el entero dominio de la fachada marítima flamenca. La insurrección se extendió rápidamente a las provincias del Norte donde abundaban los calvinistas. Apoyado desde Francia, Luis de Nassau, hermano del de Orange, ocupó Valenciennes, plaza fuerte fronteriza (23 mayo 1572), mientras Guillermo, proclamado estatúder o jefe militar, cruzaba el Rin, entraba en Güeldres y llegaba a las puertas de Bruselas, las cuales no se le abrieron por temor a sus mercenarios. La salvación vino del cambio de política en Francia. Catalina de Médicis, temerosa no sólo de la reacción española, sino del poder calvinista, incitó a la matanza de San Bartolomé (24 ag. 1572), que privó a los rebeldes flamencos de ayuda (v. NOCHE DE SAN BARTOLOMÉ). El duque de Alba pudo maniobrar libremente, rindiendo las plazas meridionales. Los rebeldes se vieron confinados en las provincias del Norte, donde el duque de Alba ordenó reprimir la sublevación con la devastación y el fuego, respondiendo ellos con iguales armas. Aunque las fuerzas españolas eran victoriosas, hubieron de retirarse ante Altamaar, al romper los holandeses los diques e inundar la campiña, mientras la flota, dificultosamente reunida por Alba, era derrotada ante Enkkuizen (octubre 1573). El duque, desalentado y acusado en España, pidió el relevo.Le sucedió Luis de Requesens, de la ilustre familia castellana de los Zúñiga, y educado en Barcelona, de donde era su madre. El nuevo gobernador iba a intentar la política de transigencia y moderación, pero antes tenía que controlar militarmente el país. Aunque el general Mondragón hubo de rendirse en Middelburg, cercado por tierra v mar (febrero 1574), con lo que los rebeldes ocuparon la importantísima provincia de Zelanda, el general Sancho Dávila destrozó en las landas de Mook, cerca de Nimega, a un ejército rebelde procedente de Alemania, y puso sitio a esta plaza fuerte, que hubo de abandonar ante la rotura de diques (octubre 1574), y Guillermo de Orange pudo festejarlo fundando allí la primera universidad holandesa. Los tercios de Mondragón, con el agua hasta la cintura en muchas ocasiones, avanzaron victoriosos por las islas de Zelanda meridional, apoderándose del puerto de Zierikzee (julio 1576), logrando una salida al mar y cortando las comunicaciones entre los rebeldes. Pocos meses antes (5 mar. 1576) había muerto Requesens, imprevistamente, pero amargado por las dificultades financieras, que paralizaban las operaciones militares e introducían la indisciplina en los tercios. El ejército español era considerable: 3.000 infantes españoles, 25.000 alemanes y 8.000 valones, a quienes llegó a debérseles las pagas de varios meses consintiéndoles, para aplacarles, depredaciones y motines. La suspensión de pagos de la corona, decretada el 1 sept. 1575, agravó las dificultades, echando por tierra los planes militares. Al saberse la muerte de Requesens, que había prometidoal ejército sus pagas, surgieron nuevos motines, uno de los cuales terminó con el terrible saqueo de la ciudad de Amberes (4 y 5 nov. 1576), en la que perdieron la vida varios millares de vecinos, muchas mujeres fueron violadas y casas y tiendas depredadas. Esta "furia española" de Amberes fue lamentable, pues cuando parecían aseguradas las provincias meridionales proclamaron su alianza con los rebeldes del Norte: pacificación de Gante (noviembre 1576), cuyos términos eran: retirada de las tropas españolas y tolerancia religiosa.El nuevo gobernador, Juan de Austria (v.), hubo de aceptar los términos de la pacificación de Gante (Edicto Perpetuo, 12 feb. 1577). Los tercios españoles fueron retirándose hacia Italia, pero las diferencias religiosas dividieron a los rebeldes, antes de que D. Juan hubiera entrado en Bruselas. Las tropas españolas fueron llamadas de Italia y se puso a su frente Alejandro Farnesio, el hijo de Margarita de Parma, uno de los más brillantes generales de la época, que en enero de 1578 deshizo en Glembours a los rebeldes y recuperó muchas ciudades meridionales. Los rebeldes acudieron en demanda de príncipes extranjeros, ofreciendo la soberanía del país al duque de Alencon, hermano de Enrique III de Francia. Alentado en Roma y apoyado por los católicos de Inglaterra y Francia, D. Juan aspiraba a realizar una expedición contra Inglaterra y a proclamarse rey, casándose con María Estuardo, la heredera de Isabel. Inútilmente intentó recabar el apoyo de Felipe II, que consideraba esta tentativa como descabellada y mostraba recelos hacia su hermanastro. Ello dilató el envío de auxilio financiero y militar, con lo que D. Juan, reducido a la fortaleza de Namur, asistía impotente a los intentos de Guillermo de Orange de unir a todo el país, asegurando la libertad de culto. Sin embargo, los calvinistas de Gante se negaron a aceptar la Paz de Religión y las provincias católicas meridionales iniciaron negociaciones con Farnesio, que había sucedido a D. Juan, m. el 1 oct. 1578, y el 17 mayo, por la Paz de Arras, se reconciliaban con Felipe ll. Las siete provincias calvinistas del NortePAISES BAJOS, GUERRA DE LOSreaccionaron uniéndose (Unión de Utrecht, junio 1579). Esta división favorecía los intentos españoles, al establecer una barrera religiosa, y fue el fundamento de la actual diferenciación nacional de Bélgica y Holanda.Farnesio logró importantes avances. Felipe II ofreció preciadas recompensas a quien entregara, vivo o muerto, a Guillermo de Orange. Los Estados del Norte despojaron al rey español de su soberanía y la ofrecieron nuevamente al duque de Alenlon, que entró con tropas francesas, pero no logró atraerse al país. El 10 jul. 1584 Guillermo de Orange caía asesinado por un joven católico. Aprovechando el desconcierto, Farnesio fue apoderándose de las ciudades meridionales que aún no reconocían la causa española: Gante, Bruselas y, sobre todo, Amberes, que se rindió tras un hábil e implacable asedio (agosto 1585). Después atacó a las provincias de Zelanda y Holanda, donde habían desembarcado tropas inglesas. En este momento se produce la expedición de la Invencible (v. FELIPE II DE ESPAÑA), en el verano de 1588, que, por causas diversas, fue un fracaso. Los acontecimientos de Francia, donde Felipe lI apoyaba a la Liga Católica frente a un rey calvinista (futuro Enrique IV), exigieron la entrada, en dos ocasiones, en 1590 y 1592, de Farnesio. Éste lo había hecho de mala gana, pues estimaba que era peligroso abandonar los Países Bajos, como en efecto así fue, pues los enemigos aprovecharon para realizar avances. Farnesio había sido herido y presentó la dimisión, que no le fue aceptada. M. amargado el 2 dic. 1592.Fueron gobernadores sucesivamente el conde de Mansfeldt, el archiduque Ernesto de Austria, hermano del Emperador, el conde de Fuentes y el archiduque Alberto, hermano de Ernesto. Más que la guerra de Flandes, hubieron de atender a Francia, donde Felipe II quería imponer como reina a su hija Isabel Clara Eugenia. La conversión de Enrique IV al catolicismo hizo imposible este proyecto. España, que no podía con el peso financiero de la guerra, aceptó el 2 mayo 1598 la paz de Vervins. La ocasión fue aprovechada para buscar una solución al problema de los Países Bajos. El 6 ag. 1598, Felipe II cedía su soberanía sobre aquellos Estados a su hija Isabel Clara Eugenia, que había de casarse con el archiduque Alberto, con la condición de que, si no tenían sucesores, volverían a la corona española. Se esperaba que, desligadas de España, podría seguirse allí una política más flexible que diera satisfacción a los súbditos flamencos y se volvieran a recuperar las provincias del Norte. Pero éstas, que habían proclamado jefe militar a Mauricio de Nassau, el hijo de Guillermo de Orange, contando con el apoyo de Inglaterra, Francia y de algunos príncipes alemanes, se manifestaron dispuestas a mantener su independencia.Los nuevos soberanos hicieron su entrada en Bruselas el 5 sept. 1598, poco después de la muerte de Felipe II, y comenzaron una nueva etapa de gobierno. Los rebeldes, ayudados desde Inglaterra, se habían apoderado de algunos puertos de Flandes, que el archiduque intentó, en vano, reconquistar. La situación cambió cuando Ambrosio Spínola, de origen genovés, fue enviado de España para hacerse cargo de la dirección del ejército. Poco a poco fue recuperando las plazas de Flandes, especialmente Ostende, tras un memorable asedio (septiembre 1603), Limburgo, Güeldres y, cruzando el Rin, penetró en el OverIjssel. Sin embargo, ambos contendientes estaban cansados de una lucha sin salida. En España, donde mantenía el poder una generación pacifista, representada por el duque de Lerma (v.), se quería acabar con un conflicto que arruinaba la Hacienda, pero se tropezaba con insuperables prejuicios religiosos y puntos de honra. El archiduque Alberto,convencido también de la necesidad de la paz, procuró presionar con hechos consumados. En abril de 1607, aprovechando la división en el campo enemigo entre belicistas y pacifistas, logró una tregua de ocho meses, que sirvió para iniciar negociaciones de paz. En España, el Consejo se resistía a aceptar dos puntos claves: la independencia de las Siete Provincias y la libertad de comercio que exigían en las posesiones españolas. Una crisis de la hacienda española favoreció la solución. Para salvar los escrúpulos, se optó por un tratado temporal, por una tregua de Doce Años, que se firmó en La Haya (9 abr. 1609). Terminaba así, con una solución de compromiso, la primera fase de la guerra de Flandes.La segunda fase se inició en abril de 1621, al caducar la tregua de La Haya. Era el año primero del reinado de Felipe IV (v. FELIPE IV DE ESPAÑA) y dirigía los negocios de Estado el conde-duque de Olivares (v.). Tres años antes había estallado en Alemania la llamada guerra de los Treinta Años, (v.) en la que España tomó el partido del Emperador y de los católicos. Este conflicto internacional, en el que por última vez se opusieron católicos y protestantes, influyó en la reanudación de la guerra contra los calvinistas holandeses, así como la muerte (julio 1621) del archiduque Alberto, sin hijos, con lo que revirtieron los Países Bajos a la corona española. Isabel Clara Eugenia quedó como gobernadora y Ambrosio Spínola, convertido en marqués del mismo nombre, se hizo cargo de la dirección militar. La guerra contra los holandeses fue un episodio del gran conflicto europeo y las tropas de Spínola lucharon también en el Palatinado, apoyando a los católicos alemanes. Entre las campañas de estos años destaca la rendición de Breda, tras un sitio de 10 meses (5 jun. 1625), inmortalizada por Velázquez en su cuadro de Las Lanzas. La superioridad holandesa en el mar y el mal estado de las finanzas dificultaban el logro de un triunfo español definitivo. Convencido de ello, el marqués de Spínola se trasladó a España para persuadir a Olivares de la necesidad de una tregua, pero en vano. En 1629 se perdió Bois-le-Duc y Spínola, que cayó en desgracia, fue destituido. Isabel Clara Eugenia m. en diciembre de 1633 y se hizo cargo interinamente del gobierno Francisco de Moncada, marqués de Aytona, hasta el nombramiento, el 4 nov. 1634, del card. infante D. Fernando, que se había secularizado, y era un experto y valeroso militar.En este momento, la situación militar en los Países Bajos cambia totalmente de signo, pues Francia había declarado la guerra a España (1635) y apoyaba a los holandeses. Las operaciones militares fueron indecisas en tierra, pero la derrota de la escuadra española de Oquendo por la holandesa de Tromps, ante las Dunas (septiembre 1639) favorecieron la posición franco-holandesa. En noviembre de 1641 murió el cardenal-infante y le sucedió Francisco de Melo, conde de Azumar y marqués de Torrelaguna, que si logró la victoria de Honnecourt (1642), sufrió una terrible derrota ante los franceses en Rocroy (16 mayo 1643), en la que hubo 8.000 muertos españoles, entre ellos el conde de Fuentes y otros altos mandos. Esta derrota dejaba libre el camino de Flandes a la invasión francesa, señalando el hundimiento definitivo del prestigio militar español. Los franceses fueron apoderándose de buena parte de las provincias meridionales, mientras los holandeses penetraban en el Brabante y en Flandes septentrional, apoderándose del antepuerto de Gante. El nuevo gobernador, archiduque Leopoldo de Habsburgo, pudo mantenerse precariamente en el cuadrilátero Gante-Brujas-Amberes-Namur, pero parecía imposible seguir así por más tiempo. En agosto de 1647, otro gran triunfo francés en Lens reducía a los Países Bajos españoles a una situación angustiosa. Se habían iniciado ya por entonces las negociaciones de paz general entre los beligerantes de la guerra de los Treinta Años. Holanda, temerosa de la potencia francesa, que amenazaba a su poderío comercial, se inclinaba a un arreglo amistoso con España. En La Haya, en 1648, se acordó la paz hispano-holandesa, que fue ratificada en Miinster en el mismo año, dentro del contexto de la paz general, llamada de Westfalia (v.). Por ella se reconocía la independencia de las Siete Provincias, a las que se cedían las plazas al N del Escalda (actuales Brabante y Limburgo holandeses). Quedaban con ello los holandeses dueños absolutos de la navegación por el Escalda, lo que significó el cierre del puerto de Amberes, en beneficio de Amsterdam, que se convertiría en emporio colonial. Se reconocía también a los holandeses libertad de comercio en los dominios españoles.V. VÁZQUEZ DE PRADA.
BIBL.: M. VAN DURME, El cardenal Granvela (1517-86), Barcelona 1957; P. O. DE TÓRNE, Don Juan d’Autriche et les projets de conquéte d’Angleterre, 2 vol. Helsinki 1925-28; L. VAN DER ESSEN, Alexandre Farnése, 5 vol. Bruselas 1933-37; P. GEYL, The Revolt ol the Netherlands (1559-1609), 2 ed. Londres 1958; H. PIRENNE, Histoire de la Belgique, IV y V, 3 ed. Bruselas 1923; I. M. RUBIO, Los ideales hispanos en la tregua de 1609, Valladolid 1937; J. LEFÉVRE, Spinola et la Belgique, Bruselas 1947.
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