Narváez, Ramón Marta de
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Biografía GER
Célebre militar y político, una de las figuras clave de la historia de España en el tramo central del s. XIX. De familia distinguida, aunque confinada de tiempo antes a la pequeña ciudad granadina de Loja, allí n. Ramón María el 5 ag. 1799, y no en 1800, como pretende la mayoría de sus biógrafos.Carrera militar. Su vida, hasta los 44 años, tiene rasgos de brillantez, pero no es en modo alguno excepcional. Su carácter enérgico, a veces irascible, le condujo a la carrera de las armas. Hacia 1815 ingresó como cadete en el Regimiento de Guardias Valonas, llamado luego Guardia Real de Infantería, donde demostró desde el primer momento su aptitud militar. En 1821 ascendió a alférez, sin que pareciese haber demostrado hasta entonces claras inclinaciones políticas, pese a los bandazos que por aquellos años experimentaba el régimen de Fernando VII. Sin embargo, cuando en 1822 se sublevó contra la Constitución la Guardia Real de Infantería, N., quizá más por fidelidad a la legalidad constituida que por convicción, se negó a sumarse a la rebelión, y se integró en el célebre Batallón Sagrado que la hizo abortar. Fue, al decir de sus biógrafos, su "bautismo político".Nombrado ayudante de Espoz y Mina en la campaña de Cataluña, cayó prisionero en los Cien Mil Hijos de San Luis, que venían a reponer en su plena soberanía a Fernando VII (1823), y fue internado en Francia. Allí, por efecto de su temperamento maniaco-depresivo, sufrió un ataque de desesperación que le llevó al borde del suicidio. Liberado en 1824, se retiró a su casa de Loja, donde permaneció apartado de toda actividad pública durante la década absolutista. El 15 oct. 1833, gracias a la amnistía liberal concedida por María Cristina de Borbón (v.), reingresó en el servicio activo, con el grado de capitán. Desde 1834 participó en la guerra carlista (v.), en la que destacó por su valor y dotes de mando. Sus fulgurantes ascensos, hasta alcanzar el generalato en 1838, alternaban con fases de increíble depresión, que le movían a pedir el retiro ante la menor contrariedad. N., por su temperamento sanguíneo y exaltado, parecía en un principio más afecto al partido progresista (v.); pero sus roces con otros militares de este grupo político, en especial Espartero (v.), así como su aversión al desorden y al libertinaje, le hicieron simpatizar cada vez más con los moderados (v.). Con todo, su ambición era puramente militar, no política. El encumbramiento de Espartero significó inevitablemente la desgracia de N. En 1838, se retiró una vez más a Loja. Un año más tar de, acusado quizá sin motivo de haber participado en la intentona moderada de Fernández de Córdoba, hubo de huir a Francia, donde permaneció durante la regencia de Espartero. En París casó con una hija del conde Tascher. Cumplió los 44 años como un militar distinguido, pero sin apenas historial político.La década moderada. Fue, sin embargo, su destierro, que galvanizó su oposición a Espartero y al progresismo, lo que acabó deparándole su papel de líder del partido moderado. Participó en la revolución que en el verano y otoño de 1843 derribó al régimen esparterista, y fue N. quien obtuvo la victoria decisiva en la batalla de Torrejón. Aquel triunfo afianzó su condición de hombre fuerte del nuevo régimen, y le valió la Capitanía General de Madrid. Aun así, el general N., con buena intuición, tardó en asumir un puesto político, y prefirió enviar por delante a otros gobernantes, primero progresistas (López, Olózaga), luego moderados (González Bravo). El 2 mayo 1844, necesitado el nuevo régimen de una mano fuerte que lo encauzase definitivamente, N. aceptó empuñar las riendas del poder.Comenzaba la década moderada, en la que el general, convertido ya en el hombre más prestigioso del momento, presidió cuatro Gobiernos y fue el guardaespaldas de casi todos los demás. Enérgico, autoritario, con unas dotes de mando que le hacían irresistible, N. fue durante aquellos años el símbolo de orden que perseguían los moderados. Pero el sanguíneo militar hizo gala también, si no del genio del estadista, sí de un talento natural y de un sentido común que no permiten infravalorar, pese a cuanto haya pretendido el tópico, su labor como gobernante. De él partió la iniciativa de adelantar la declaración de mayoría de edad de Isabel II (v. ISABEL II DE ESPAÑA), que evitó los azares de una nueva regencia; él fue el paladín de la Constitución moderada de 1845, y supo escoger excelentes colaboradores que en el campo de la economía, la administración, la enseñanza y lasobras públicas permiten ofrecer a la década moderada, aun con todos sus defectos, un saldo positivo. El Estado se convirtió, por primera vez desde los tiempos de Carlos III, en una maquinaria poderosa, eficaz y planificadora. N. fue también el único estadista de Europa occidental que consiguió hacer abortar desde suss la revolución de 1848 (v.), lo que le valió una gran fama, quizá superior a la merecida, en todo el continente. Austria, Prusia, el Piamonte, y poco después la Santa Sede, reconocieron a la España isabelina. A partir de los sucesos de 1848, que le, convirtieron en algo parecido a un héroe nacional -pese a que N., por su carácter adusto, nunca fue popular- ejerció, con la confianza de las Cortes, una mitigada dictadura, durante la que se tomaron unas cuantas acertadas medidas de administración. Comenzaba a funcionar (28 oct. 1848) el primer ferrocarril de España, de Barcelona a Mataró.Disgustado por la política antimilitarista de su sucesor en el gobierno, Bravo Murillo (v.), N. se retiró una vez más (la novena) a la vida privada. No participó en la revolución de 1854, con la que simpatizaba menos todavía, y que acabó deparando el poder a los progresistas.El declinar de Narváéz. Desde entonces, el poder de N. empieza a declinar lentamente, quizá no tanto por su desgaste personal como por el del envejecido partido moderado, al que sumían en el descrédito pasadas irregularidades administrativas y la falta, desde muchos años atrás, de hombres nuevos e ideas nuevas. Si los progresistas fracasaron como equipo gobernante, pronto fueron sustituidos por un grupo de centro, la Unión Liberal, que presidía otro general, O’Donnell (v.). Sin embargo, los sentimientos de la reina seguían inclinados en favor del moderantismo. Un ridículo, aunque intencionado incidente (un baile en Palacio, en que Isabel II aceptó como pareja a N. y no a O’Donnell), provocó la inmediata dimisión de éste y la subida del general de Loja, que enfrentado con la división interna de su propio partido no pudo mantenerse en el poder más que un año (10 oct. 1856 a 15 oct. 1857).La estrella de O’Donnell alcanzó su cenit entre 1857 y 1863, favorecido el gobierno de la Unión Liberal por una de las coyunturas de expansión económica más felices del siglo. Durante aquellos siete años, N. permaneció totalmente alejado de la política activa, desengañado, y decidido muchas veces a no participar en ella jamás, para volver, tal vez en un giro de pocos días, a alimentar esperanzas de regresar al poder. En 1863 cayó, desgastado, el equipo de O’Donnell, dejando vía libre a los moderados; pero la reina, contra lo que se esperaba, encargó la formación de Gobierno al marqués de Miraflores y no a N., que se retiró "para siempre" a Loja. Pero acudió el 16 sept. 1864, cuando le llamaron de Palacio. Comenzó gobernando con gran moderación ("voy a ser más liberal que Riego"), y resolvió satisfactoriamente la espinosa crisis de Santo Domingo (v. DOMINICANA, REPÚBLICA II, 6), lo cual constituyó el último de sus grandes éxitos políticos. Pero los sangrientos sucesos de la Noche de San Daniel (10 abr. 1865) provocaron una situación política cada vez más embarazosa, de resultas de la cual cayó el Gobierno el 21 de junio del mismo año.La monarquía isabelina se tambaleaba entre el desprestigio y la naciente revolución. La crisis económica que siguió a los años buenos, y que se agudizó sobre todo en 1866-68, aumentaba el número de los descontentos, especialmente entre las clases bajas. Todavía fue llamado al poder el viejo N., en junio de 1866, en un intento de salvar lo insalvable. Su firmeza supo resistir el aluvión revolucionario, hasta su muerte, que le sorprendió, agotado, el 23 abr. 1868. Seguramente no es una casualidad el que la revolución que derribó a Isabel II (septiembre 1868) no ocurriese sino tras la desaparición de su principal protector.Pequeño de estatura, grueso, irascible, de ojos de fuego y dotado de un sentido innato del mando, N., tantas veces denigrado, cumplió, como sostén de un régimen débil y vacilante, un papel insustituible. Sus servicios al trono fueron recompensados con el título de duque de Valencia.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: MARQUÉS DE MIRAFLORES, Memorias del reinado de Isabel[[, 2 vol. BAE 1964; A. OPisso, Semblanzas políticas del siglo XIX, Barcelona 1908; A. REvEsz, Narváez, un dictador liberal, Madrid, 1953; J. L. COMELLAs, Los moderados en el poder, Madrid 1970; J. y M. PRADOS LÓPEZ, Narváez, el espadón de Loja, Madrid 1952.
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