Maestro EDUC.
Categoria:
Educación
l. Concepto. De las tres acepciones más comúnmente usadas de la palabra maestro (hombre que destaca en alguna faceta cultural; hombre que lleva la dirección de un taller o de alguna obra de tipo manual; hombre que consagra su vida a la profesión educativa), nos interesa tratar aquí fundamentalmente esta última.Al hablar del término educador (v.) ya se hizo una distinción con el concepto de maestro. El m. es una de las formas que hay de ser educador. Es educador el que realiza una función pedagógica, cualquiera que ésta sea. El m. es quien dedica su vida a esta profesión, es decir, el profesional y técnico de la educación. Esta consagración profesional obligará al m. a tratar de conocer y buscar unos objetivos y a desplegar unos medios que son los que lograrán la sistematización de su trabajo. Este hecho, la sistematización del trabajo por parte del m., es uno de los principales aspectos que diferencian esta función de la de educador.Aun cuando muchos autores opinan que la principal misión del m. es proporcionar instrucción a sus alumnos, y otros creen que ésta es la única misión que tiene, es difícil poder separar tajantemente la gestión instructiva de la educativa. Ya hemos dicho que el m. es una de las formas que hay de ser educador. Si entendemos la educación (v.) como perfeccionamiento de las facultades específicamente humanas, resulta sumamente simple la imagen de un m. que sólo se preocupe de almacenar más y más conocimientos, útiles o menos útiles, en la mente de sus alumnos (resultado de una función puramente instructiva).El origen de la profesión de m. se pierde en los orígenes históricos. Aquellos hombres que en los diferentes pueblos poseían cierta cultura general o profesional procuraban reunirse con algunos discípulos a los que trasmitían sus conocimientos, casi siempre aquellos que les serían útiles más tarde para poder vivir de un modo adecuado en su propia comunidad. Los contenidos formativos, pues, solían tener fundamentalmente una orientación social.En Grecia, durante el periodo denominado clásico, los niños se encomendaban a unos esclavos (pedagogos), que estaban encargados de velar por la conservación de las buenas costumbres en los pequeños y de conducirlos hasta los maestros especializados. El gramatista les enseñaba a leer, escribir y contar; el citarista les enseñaba la música y el ritmo y el paidotriba les enseñaba y dirigía los ejercicios gimnásticos (v. GRECIA XVII). En Roma, durante los primeros siglos, el padre de familia era en cada hogar el auténtico educador de los hijos, los cuales también recibían numerosos cuidados educativos por parte de la madre. En la época clásica la educación de los niños dependía ya casi exclusivamente de los m., cuyos nombres y funciones eran: el ludi magister o litterator, que proporcionaba una instrucción que podría denominarse primera enseñanza; el grammaticus, que atendía a la primera fase de la enseñanza secundaria, y el rhetor, el cual, haciéndose cargo del joven cuando éste tenía 16 años, le preparaba para la correcta pronunciación y escritura de discursos, es decir, para la elocuencia.Durante la Edad Media tenemos noticias de magníficos m. dedicados por entero a la profesión en las escuelas catedralicias y catequísticas y en los centros de cultura superior, como las universidades. En la baja Edad Media algunos municipios se preocuparon de abrir escuelas públicas para la enseñanza de las artes liberales. Sus m. eran comúnmente bachilleres titulados que solían impartir sólo los primeros rudimentos culturales.Pero los m., tal y como hoy los concebimos, aparecen en realidad durante la Edad Moderna. Surgen primero los "preceptores de príncipes" y, más tarde, cuando se va imponiendo la escuela común y popular y, sobre todo, cuando el Estado pasó a regir la instrucción pública, los "maestros de oficio". Últimamente, el papel del m. es uno de los más necesarios para cualquier sociedad, aumentando más cada vez sus necesidades y el grado o nivel de la formación requerida para el ejercicio de la profesión. Según estadísticas realizadas recientemente, puede calcularse que algo más del uno y medio por ciento de la población profesional activa del mundo pertenece al magisterio, en sus diferentes niveles.La moderna legislación española ha suprimido este tradicional término, "maestro", referido al que enseña y educa en la primera fase de la escolaridad (educación general básica), sustituyéndolo por el vocablo "profesor". Mas como son términos sinónimos, cualquier profesor podrá en cualquier momento ser llamado m. y cualquier m. igualmente ser llamado profesor.2. Funciones del maestro. El papel del m. es uno de los más necesarios en cualquier comunidad. Sin embargo, a muchos puede parecer hoy que la función de magisterio, debido a los adelantos científicos y técnicos ocurridos últimamente, tendrá necesariamente que perder casi toda su importancia en razón de la efectividad de las máquinas de enseñar y demás ingenios mecánicos (V. AUDIO-VISUALES, MEDIOS). Hoy, además, se repite hasta la saciedad la máxima didáctica que recuerda que el principal agente de la educación es el alumno y no el m., que si aquél no quiere, la formación no puede realizarse, que la educación es, sobre todo, autoeducación, etcétera. Es indudable que con la aportación de la llamada Escuela Nueva se advirtió ya un claro cambio en el concepto de maestro. El trabajo, la actividad del alumno, pasa a ser considerado el núcleo dinámico de toda la tarea escolar. Que el alumno trabaje, y que por este trabajo se vaya completando su formación, constituye la base de la nueva sistemática educativa (v. ESCUELA ACTIVA). La función del m. estará condicionada por ese objetivo fundamental, y de este modo, la fijación de tareas idóneas, la orientación del trabajo del alumno y el control de ese trabajo constituirán sus principales ocupaciones. También será función esencial en el m., y hay que hacer especial hincapié en ella, la correcta estimulación de las capacidades de los alumnos para su ejercitación y adiestramiento. Será, efectivamente, buen m. aquel que sepa motivar a sus alumnos hacia la reflexión y la actividad, el que consiga desterrar de la clase la indiferencia ante el trabajo y cualquier sensación de rutina. Es indudable igualmente que el recuerdo de aquel tipo de m. preocupado exclusivamente de su palabra, que se esmera en la explicación y que gusta de escuchar su propia verborrea ha sido una de las causas principales de la crisis del concepto tradicional de maestro.Pero que los postulados de la Escuela Nueva hayan hecho cambiar sustancialmente el concepto y las funciones del m. no ha significado pérdida alguna de dignidad o categoría por parte de éste. Su cometido sigue siendo necesario y muy interesante. El m. continúa procurando el enriquecimiento cultural y formal de aquellas nuevas generaciones que se le encargan y, precisamente en una época en que el superdesarrollo técnico amenaza con suprimir la provechosa relación educativa, su presencia entre los jóvenes pueda incluso ser más necesaria que antes. Hoy, efectivamente, el diálogo maestroalumno se hace de todo punto imprescindible.Las funciones del m. moderno han sido establecidas de este modo por el Dr. García Hoz: 1) Programación del trabajo diario en el que profesores y alumnos ejercitarán su autonomía y aceptarán sus responsabilidades tomando las decisiones adecuadas para la realización concreta del trabajo. 2) Establecimiento de relaciones con los alumnos a fin de conocer sus necesidades, intereses, dificultades y aptitudes con el fin de organizar el trabajo de acuerdo con las condiciones personales de cada estudiante. 3) Enseñanza en sentido estricto en la que se incluyen dos funciones principales: la motivación de los alumnos y la información. Igualmerite la información se refiere a dos contenidos fundamentales, el contenido (ideas y problemas) y las técnicas de trabajo. 4) Ayuda individual a los alumnos, es decir, orientación subsiguiente para la realización más eficaz en su trabajo. 5) Control del rendimiento de cada escolar y del grupo en conjunto del que tenga la responsabilidad el maestro. 6) Proacción y retroacción del discente, es decir, replanteamiento del trabajo de tal suerte que los alumnos más capaces puedan seguir ampliando o profundizando su aprendizaje mientras que los que no hayan alcanzado los objetivos puedan volver sobre los mismos, aunque con materiales diferentes que eviten el tedio y la rutina de la repetición (cfr. o. c. en bibl.).3. Cualidades o condiciones del maestro. ¿Cuáles deberán ser las cualidades de los maestros? ¿Será posible tipificar una serie de condiciones que puedan ser luego atribuidas a todos los m. en el ejercicio de su función? A pesar de las dificultades que ello lleva consigo, debido a la diversidad de buenas condiciones advertidas en numerosos profesionales de la docencia, esas condiciones del m. pueden ser ordenadas atendiendo a estas dos circunstancias: 1) El m. convive con sus alumnos y los forma; 2) el m. instruye a sus alumnos.De acuerdo con estos dos cometidos esenciales aparecen en el m. una serie de necesidades, o cualidades necesarias, de las que tendrá que estar cubierto quien desee cumplir un verdadero trabajo docente. Al primer cometido corresponden: 1) Capacidad para conocer de un modo práctico (natural) y científico a sus alumnos. El conocimiento del alumno es premisa primera y fundamental para una correcta formación de su personalidad; este conocimiento facilitará la comprensión de indefinidas situaciones violentas que suelen presentarse en clase o el entendimiento de conductas a primera vista inexplicables. 2) Paciencia, amor y alegría. Son tres cualidades muy necesarias, pues su carencia ocasionará múltiples incomodidades al maestro. Nadie dudará de la dureza de la función de magisterio; son largas horas encerrado con una colección de muchachitos con muchos grados de vitalidad en cada uno de ellos; si no hubiera abundante paciencia en el m. sería imposible hacer avanzar a ciertos alumnos por la difícil senda de la cultura. El amor hacia los alumnos y hacia su perfeccionamiento personal es quizá lo más peculiar de esta profesión: "En el maestro la autoridad se ejercita por el amor, o, dicho de otro modo, que el amor es conditio sine qua non del maestro" (V. García Hoz); esa inclinación voluntaria y complacida hacia el perfeccionamiento de una persona concreta, no puede ser entendida más que como amor. No es bueno para el m. una excesiva seriedad, un exagerado afán por ser respetado; el m. debe suscitar confianza, expansión en las almas juveniles; y, por naturaleza, estas almas tienden hacia la alegría y el optimismo; la educación, tarea bella, no puede desarrollarse debidamente en un ambiente severo y triste. 3) Ecuanimidad. Mucho cuidado deberá poner el m. para mostrar siempre una gran imparcialidad con los alumnos dentro y fuera de la clase; es muy probable que, sin proponérselo, sienta más simpatías por unos que por otros, esto es algo inevitable, pero nunca deberá dejarse llevar públicamente por ese sentimiento, aunque paraello tenga que sostener con frecuencia una auténtica lucha interior. El amor del que más arriba hemos hablado debe ir dirigido hacia todos los alumnos por igual.
Al segundo cometido (el m. instruye a sus alumnos) corresponden las siguientes condiciones principales: 1) Cualidad intelectual. No es que se precise una inteligencia brillante, pero sí un mínimo de orden y claridad mental para poder dominar los contenidos científicos del nivel respectivo de enseñanza, así como las relaciones que existen entre los diferentes campos del saber humano. 2) Capacidad para el planteamiento y programación del trabajo del curso, mensual, semanal y diario. Esto lleva consigo una labor constante de estudio y puesta al día, lo mismo en contenidos que en técnicas de trabajo. 3) Capacidad pedagógica específica, por la que sepa llegar con su palabra o sugerencia a la mente infantil, adaptándose a los modos de comprender de los alumnos. Nos encontramos ante el factor más importante para el maestro. Si para cada profesión se requiere lógicamente una o varias condiciones que podemos llamar imprescindibles, ésta que nos ocupa es, sin duda, la más insustituible en la profesión de magisterio. Esa facilidad para ponerse a la altura de aquellos que han de recibir la ilustración correspondiente se logrará merced al buen uso de la capacidad didáctico-expresiva, privilegio del verdadero maestro.4. Formación del maestro. La preparación del personal que deseaba dedicarse a la docencia ha sido desde el s. XVIII hasta aquí un claro motivo de preocupación por parte de las autoridades de todos los países. A partir de las ideas originadas en la Revolución francesa (v.), los Estados consideran necesario controlar el desenvolvimiento educativo a todos los ciudadanos ya desde sus primeros años de escolaridad. Y, lógicamente, entienden que los que tengan que impartir esa formación deberán recibir antes una preparación acorde con sus postulados. Así aparece de un modo organizado dentro de un Estado la cuestión relativa a la formación de los m. primarios. Pero, aparte todos estos antecedentes históricopolíticos, existen otras causas que podemos denominar de necesidad cultural. Debido al creciente desarrollo industrial se impone un nuevo tipo de instrucción que vaya dirigido a una enorme masa de trabajadores. Por ende, se precisan unos m. con suficiente preparación técnica que garanticen la constante formación de estos operarios. De otro lado, no podemos olvidar que el mismo desarrollo de las ciencias pedagógicas y el descubrimiento de multitud de aspectos evidentemente atractivos en las mismas impusieron la necesidad de su estudio sistemático. Las grandes ventajas que supuso el uso de algunos principios didácticos o psicológicos incitó constantemente hacia la experimentación pedagógica, que se desarrolló a buen paso. Para una correcta formación del m. suelen ser considerados, sobre todo, estos tres aspectos fundamentales: 1) Sólida cultura general. En efecto, una cultura amplia, a la vez profunda, humana y con sentido práctico, es requisito imprescindible en esta profesión; esta cultura general de que hablamos debe permitirle la fácil com. prensión y delimitación de los innumerables problemas humanos. 2) Cultura profesional o pedagógica. Esta cultura profesional estará constituida por una serie de conocimientos, ya teóricos ya prácticos, que sirvan para facilitar al educador la difícil tarea de trasmitir nociones, experiencias, hábitos, actitudes, destrezas e ideales de vida en los educandos. "La cultura profesional de los educadores tiene como base principal el conocimiento experimental del niño y la iniciación en todos los métodos experimentados de enseñanza. Deben ser puestos al corriente de todos los trabajos científicos más recientes sobre la psicología infantil y juvenil, y deben tener la posibilidad de observar ellos mismos a los niños y a los adolescentes" (R. Hubert) (v. PEDAGOGÍA). 3) Amplia experiencia práctica. Las prácticas escolares, en contacto directo con los alumnos, suelen dar ocasión para que sean conocidos por los futuros maestros algunos aspectos de su formación que quizá tengan que ser mejorados. Esta experiencia debe ser tenida en su momento, no demasiado tarde, y debe ir precedida de las suficientes recomendaciones por parte de los responsables de esta formación para el magisterio.En España, la formación oficial de los maestros se realiza en las Escuelas Normales. Aparecen éstas por Real Decreto de 31 ag. 1834 y se propagan con gran rapidez, pues en 1845 existen ya en 42 provincias. Los planes de estudio sufrieron multitud de variaciones hasta llegar al actual. La Ley de Educación Primaria de 17 jul. 1945 exige para alcanzar el título de m. de primera enseñanza la aprobación de los cuatro primeros cursos de bachillerato, una prueba selectiva y otros tres cursos en la Escuela Normal, en los que se alternan los estudios de mera ampliación cultural con los de carácter específicamente pedagógico y psicológico, propios de la profesión. En la Ley General de Educación española (4 ag. 1970; BOE, 6 ag. 1970) está previsto que estas Escuelas Normales pasen a depender de la Universidad como Escuelas universitarias de Profesorado de educación general básica.5. El maestro en la ley general de educación española (4. ag. 1970). Como hemos dicho, el m. recibe en esta ley la denominación de profesor de educación general básica (v. otros tipos de profesores en el art. CATEDRÁTICO). Estará encargado de la formación de los niños y adolescentes hasta los 14 años, fase que se divide en tres etapas: Periodo preescolar (de 2 a 5 años); primera etapa de la educación general básica (de 6 a 10 años) y segunda etapa de dicha educación (de 11 a 13 años). La titulación mínima que deberá poseer este profesorado es la de Diplomado universitario, Arquitecto técnico o Ingeniero técnico, según las especialidades. En todo momento, los profesores recibirán ayuda técnica y orientación por parte de la Universidad a través de los Institutos de Ciencias de la Educación (ICE) y de los Centros experimentales adjuntos a la misma, con ello el perfeccionamiento del personal docente en ejercicio parece quedar asegurado. El profesorado podrá ser oficial o estatal y no estatal. "Para el ingreso definitivo en la docencia oficial existirá un sistema de selección que permita apreciar los antecedentes académicos de los candidatos, su preparación científica y pedagógica, datos personales y caracteriológicos y aptitudes didácticas" (Art. 107.2). Las principales competencias que para este profesorado reconoce la ley son: dirigir la formación integral y armónica de la personalidad del niño y del adolescente; adaptar los programas escolares a las peculiares condiciones de la clase; utilizar los métodos que considere más convenientes para sus alumnos; organizar actividades extraescolares en beneficio de sus alumnos y actividades de promoción cultural en favor de los adultos; relacionarse con las familias de sus alumnos; informándoles frecuentemente de su proceso educativo.V. t.: ALUMNO; EDUCADOR; CATEDRÁTICO; ESCUELA; ENSEÑANZA.A. POBLADOR DIÉGUEZ.
BIBL.: C. E. MOUSTAKAs, El maestro y el niño, Madrid 1968; A. T. JERSILD, La personalidad del maestro, Buenos Aires 1965; G. GUSDORF, ¿Para qué los profesores?, Madrid 1969; S. ASHTONWARNER, La maestra, Buenos Aires 1965; V. GARCfA Hoz, Educación personalizada, Madrid 1970; fD, La tarea profunda de educar, 2 ed. Madrid 1965; íD, Maestros y profesores, "Nuestro Tiempo" n° 42 (1957) 481-494; E. HERGOZ, Problemas sobre la personalidad del maestro en la educación, Madrid 1960; G. COURTOIS, ¿Sabemos educar?, 5 ed. Madrid 1964; L. ANDERSON, El maestro y la conducta del niño, Buenos Aires 1965; H. BACH, Cómo preparar las clases, Buenos Aires 1968; I. J. GORDÓN, El maestro y su función orientadora, México 1967; G. VÁZQUEZ GÓMEZ, La comunicabilidad en el educador, "Nuestro Tiempo" XXXI (1966) 96-106; C. LORENZO LóPEz, La formación de maestros en trece países de América Latina, "Boletín de Educación" 1, Santiago de Chile 1967; M. ARTIGOT, La televisión y la formación del profesorado en España, "Bordón" 173, Madrid 1970; A. PACIOS, Formación del profesorado, en Enciclopedia de la Nueva Educación, Madrid 1966; La sindicación de los profesionales de la enseñanza en España, "Sindic. Nacional de Enseñanza", Madrid 1966; M. J. ALCARAZ y E. LAVARA, Bibliografía sobre formación de maestros, "Bordón" 138, Madrid 1966.
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