Macho, Victorio
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Biografía GER
Escultor español, n. en Palencia el 23 dic. 1887, m. en Toledo el 13 jul. 1966. Apenas si es posible establecer pormenores biográficos -por lo menos, los primerizos- en la crónica de un artista que desde el momento primero de su vida se diría haberse dirigido derechamente a una meta propuesta y que, naturalmente, había de alcanzar. A los 10 años, marcha a Santander. A los 15, a Madrid. Estudia y trabaja, disciplinando el copioso número y la densa calidad de dotes de escultor que lleva dentro. Se lanza por los caminos de España, dibujando, retratando -prácticamente midiendo- tanto a las gentes más rudas como a las más delicadas, pero, en todo caso, a las más genuinas y características de nuestro pueblo, como lo hiciera Julio Antonio (v.). Y es que, ante este aprendizaje humano, los secretos de taller y de academia son harto secundarios. No pierde el tiempo en concurrir a las exposiciones nacionales, quizá -entre otras justísimas razones- porque su admirado coterráneo, colega y maestro Alonso Berruguete (v.) no las conoció, ni hizo por triunfar otra cosa que dedicarse al buen trabajo. Eso es lo que hace M. en sus años juveniles, ejercitándose en la eterna sabiduría de la piedra, que dominará en su corte y en su poderío con una nobleza vieja de siglos y un acento expresivo totalmente novecentista.Con este bagaje y sin un solo titubeo, comienza M. sus triunfos de sencilla y grandiosa escultura. Primer triunfo, el del monumento a Benito Pérez Galdós, en el Retiro madrileño, obra de 1919. Todavía pudo el novelista asistir a la inauguración de este monumento, que en nada recordaba a los ridiculísimos equilibrios de falsedades hasta entonces vigentes para este fin. El monumento no consiste sino en la estatua sedente, las piernas bajo una manta, del autor de los Episodios nacionales. La sencillez misma, porque allí no había -ni era necesario que hubiera- otra cosa que buena escultura en piedra. Otro monumento, el elevado en Las Palmas a la memoria del gran poeta atlántico Tomás Morales, que había convivido en Madrid con M. y le había dedicado una oda, inconclusa ("Viviente mozo de la pura norma / que haces surgir la Forma / de la inercia del leño, del metal y la piedra..."). M. imaginó para el monumento de Morales una Musa llorosa premeditadamente seca, angular, resumidísima de volúmenes, casi sin rebasar los mandatos cúbicos del sillar de piedra; acaso, la mayor concesión del escultor castellano a las tendencias imperantes en el expresionismo escultórico de aquellos años.Este sentir apareció, en cierto modo, compensado por la alternancia entre piedra y bronce, en el monumento a Santiago Ramón y Cajal, también en el Retiro. Obra menos sencilla que la dedicada a Pérez Galdós, pero más movida y con mayores razones de belleza. Los dos bajorrelieves que alegorizan la Fons vitae y la Fons mortis son perfectos, impecables, sin duda muy susceptibles de ser fechados en un momento estilístico dado, el de 1926; pero la magnífica figura recostada de Cajal, como en un enterramiento etrusco, se aparta de cualquier tendencia para concretarse en purísima serenidad. Importa mucho recordar la oleada de estupor que saludó, en el Madrid de 1926, la aparición del monumento de Cajal, el que, al ser más visible y vasto que el de Galdós, mayusculizaba la protesta contra el concepto de monumento decimonónico, sustituido por severidad de líneas y mínima cantidad de símbolos. Y la mejor prueba de su eficaz belleza es que, hoy día, conserva toda su frescura de obra maestra recién nacida.A todo esto, M. era autor de otra obra sentidísima, no destinada en principio a ser mostrada, sino a estricta devoción familiar. Es el sepulcro de su hermano Marcelo, hoy visible en la casa-museo del gran escultor, en Toledo. Se trata de una estatua yacente, revestida con hábito franciscano; el hábito, de granito; rostro, manos y pies del difunto, en mármol. Obra en que M. debió de depositar toda su ternura fraterna, con lo que resultó una pieza de extraña sensación antigua, pese a no haber intervenido el menor propósito de arcaísmo. Otras obras de esta que pudiéramos llamar etapa clásica del artista son el monumento a Juan Sebastián Elcano, cuya Victoria es, seguramente, el mayor débito de nuestro hombre a ritmos cercanos al extranjero, con algo de Bourdelle (v.), con algo más de Mestrovic (v.); el Cristo en la Cruz, en la iglesia de Los Corrales (Santander) y el Monumento a Cristo Rey, en un cerro, el del Otero, que domina la ciudad de Palencia, la cuna del escultor.De las esculturas que cierran esta etapa merece singularísima estima, a la cabeza de todas, la de Unamuno. Tuve la fortuna de escuchar de labios de Victorio la historia purmenorizada de la que hay que considerar como su obra maestra. Era en Hendaya y en 1930, y allí vivía, autodesterrado y en rebelión contra la dictadura de Primo de Rivera, el glorioso bilbaíno. M. propuso hacer su busto y D. Miguel aceptó, complacido, exigiendo que el barro para el modelo preliminar fuera barro llevado de España, como así se hizo. Luego iba surgiendo, en el mármol negro, aquella sorprendente doble vida de Unamuno, a un tiempo esencialmente realista y reducida a términos faciales sin insistir, sin agudizar, sin estilizar. Todo el más grandioso y ejemplar Unamuno estaba allí. Pero algo faltaba: la cruz sobre el chaleco rectoral fue exigida por el modelo, sin razonar la exigencia, y Victorio la trazó. El busto, en la escalinata de la Facultad de Filosofía y Letras de la Univ. de Salamanca, perpetúa la presencia del gran D. Miguel. Y es, posiblemente, la escultura más noble de todo el s. XX español.Las obras de los años siguientes no podían competir con ese prodigio, pero fueron años en que el prestigio nacional de M. le condujo a un galardón hasta entonces tenazmente regateado: su acceso a la Acad. de S. Fernando. Fue elegido, para cubrir la vacante producida por el fallecimiento de Miguel Bay, el 16 mar. 1936, y el 25 de junio del mismo año hizo su ingreso solemne, leyendo un discurso que versó sobre Las alas de cera. Los meses siguientes, ya comenzada la Guerra civil, no son los más aptos para que M. continúe su labor. De momento, es evacuado a Valencia con otros españoles. Última y extraordinaria obra de este tiempo, el busto de la diputada y dirigente Dolores Ibarruri, pieza tan bella, tan perfecta, que si con alguna otra del artista merece cotejo, no podrá ser sino con el pasmoso busto de Miguel de Unamuno.Después, M. sale de España, se le abre América, ansiosa de su escultura. Ha de comenzar de nuevo, iniciar la segunda parte de una vida que, de momento, se ha partido. No es posible narrar aquí con detalle la historia de sus triunfos americanos, principalmente en Perú, donde emprende la factura de monumentos de enorme pujanza, donde sufre una grave caída desde lo alto de un andamio, donde contrae segundo matrimonio, esta vez con Zoila Barros, ya desde entonces consagrada a la persona y a la obra de M. Pero llega un momento en que la nostalgia le vence. "No podía ya más de amor a España", me dijo, recién llegado a Madrid en 1952. "Estaba enfermo de ausencia de España". Y ya estaba en España. Pero no duró mucho en Madrid, sino que llevó a la práctica un viejo sueño, el de instalarse en Toledo, sobre el Tajo, en la casa denominada Roca Tarpeya. Ese sería su hogar y su taller, desde el que continuó su vida de escultor.Es cierto que las obras de esta segunda -más bien, tercera- etapa pierden mucho comparadas con las de la primera. La principal es el sepulcro de Marcelino Menéndez Pelayo, en la catedral de Santander; consta de dos partes, una Piedad en la parte superior y el sepulcro propiamente dicho, con la figura yacente del sabio polígrafo, revestido de sayal, la cabeza, desnuda, apoyada sobre unos volúmenes. En puridad, es la misma fórmula -mucho menos dramática- utilizada, años antes, en la lacerante estatua del hermano Marcelo. Otros monumentos han sido: el dedicado al dramaturgo Jacinto Benavente, en el Retiro de Madrid, y el alzado en memoria de su admirado colega Alonso Berruguete, en la Plaza Mayor de Palencia.A todo esto, la fiera cabeza de M. fue venciéndose con los años, ya 79 a los que acabó su vida en el lugar toledano elegido para el trance inevitable. Esta casa sería convertida, por decisión del artista y de su esposa, en Museo de Victorio Macho. Como tal fue inagurado el 13 mayo 1967, y su visita es obligada para todo lector a quien hayan interesado las presentes líneas, pues allí además de la Estatua sedente de su madre, de la ya aludida del hermano Marcelo, de la soberbia Eva de América, de lo más cuantioso producido en los años americanos, de muchos bustos, dibujos, modelos y recuerdos varios, se conservan maquetas de numerosos monumentos, unos realizados, otros -como el pensado para honrar a Rubén Darío- que no se llevaron a efecto. Y, sobre todo, en Roca Tarpeya, cerca de la sinagoga del Tránsito y de la casa del Greco, se pueden percibir mil facetas humanas del artista, sobre el que quizá no sea inoportuno establecer un último juicio crítico. M., castellano, realista, que no ha tenido más remedio que nacer al ejercicio de la escultura desde unas premisas perfectamente viejas y equivocadas, lo primero que hace con ellas es rechazarlas airadamente, dispuesto a sustituirlas por las suyas propias. Volvió al menester artesano de la piedra, que tallaba con un agudo sintetismo, respetando la dureza del granito, huyendo de la blandura, acerándose a sí mismo tanto como habían de estarlo sus herramientas. No ignoró las corrientes escultóricas que recorrían Europa, mas se mantuvo independiente de ellas, y cuando alguna le rozó, cuidóse mucho de que no mermara su personalidad.Fue, sin extremismos de ninguna especie, un auténtico renovador de la escultura española, como Julio Antonio y Emiliano Barral, desarticulando los persistentes tinglados decimonónicos y restituyéndola a unos caracteres de limpieza, de austeridad -de higiene, pudiera añadirse- totalmente imprevisibles antes de que aparecieran en el Retiro los monumentos de Galdós y Caja!. En esta labor de saneamiento, es indecible la deuda que tenemos para con M. y para con su sentido de responsabilidad de las formas, de rotundidad de los volúmenes, de eliminación de lo superfluo y antiestatuario. Fue un gran escultor, y no siempre es posible pronunciar este juicio definitivo con todo el significado de las palabras.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: J, DE LA ENCINA, Monografía de Victorio Macho, Madrid 1926; M. NELKEN, En torno al monumento a Cajal, "Arte Español" VIII (1926) 50; F. ALCÁNTARA, En el estudio de Victorio Macho. Media estatua de Unamuno, "El Sol" 16 feb. 1930; J. A. GAYA NuÑo, Saludo y bienvenida a Victoria Macho, "ínsula" 72, 15 jul. 1952; íD, Escultura española contemporánea, Madrid 1957, 62-68.
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