Macedonia (makedonia; Makedonija) II. Historia. 1. Historia Antigua. HIST.
Categoria:
Historia
Desde el punto de vista geográfico, M. puede considerarse constituida por dos regiones, la superior y la inferior. La primera es una altiplanicie rodeada de elevadas montañas, salvo por el E, donde la primera barrera natural continua es el río Struma. Las cadenas montañosas que cierran y defienden la M. superior tienen pocos pasos naturales: uno hacia el S, el de Tempe, entre los montes Ossa y Pélion; hacia el O (lliria), otros dos; dos también hacia el N (Peonia), uno entre la cordillera balcánica y el monte Paikon, y otro entre los montes Paikon y Cecina. Su principal producción económica debió de ser en la Antigüedad la forestal, aprovechando los magníficos bosques que cubren las laderas de sus montañas. El resto de la M. superior es tierra de pastoreo, con algunas extensiones arables. El clima es de tipo continental, no mediterráneo.La M. inferior es una llanura costera defendida, como la superior, por elevaciones de terreno e interrumpida sólo hacia el E. Surcada por el río Axios (actual Vardar), es una fértil tierra de labor, con producción cerealista suficiente incluso para la exportación. Su clima es, al igual que el de la superior, continental. En la M. inferior tienen su centro cuatro rutas continentales de importancia histórica fundamental: una, hacia el S, por el paso de Tempe; otra, por el valle del Axios, hacia el N, lleva a la cuenca central del Danubio; una tercera, hacia el O, conduce, a través de la cordillera balcánica, a lliria y la costa adriática; y una cuarta, en dirección E, hacia el río Struma, y de allí, por Tracia, a Bizancio. De estas cuatro rutas, las tres últimas han sido las elegidas normalmente por los invasores que, procedentes de Peonia, lliria y Tracia convergieron en la M. inferior. Esta es la que podríamos llamar M. propia, el territorio del reino de M. En la Antigüedad, sin embargo, no se hacía distinción alguna entre los dominios del rey de M. y los de sus tributarios de la M. superior, organizados en tribus autónomas estipendiarias, en la paz y en la guerra, de la monarquía macedónica, de la que eran nominalmente súbditos. A la confusión sufrida por los antiguos historiadores puede muy bien haber contribuido el carácter fuertemente nacionalista de las poblaciones de ambas M.; sometidos a constante presión por helenos y bárbaros, manteniendo las viejas estructuras feudales de la época homérica, se sabían diferentes de sus vecinos bárbaros y pretendían ser (aunque desde tiempos de Alejandro I eran admitidos como griegos en los juegos de Olimpia) diferentes también de los griegos. De hecho, su lengua era ininteligible para los helenos, por lo que éstos tachaban a los macedonios -unidos, sin embargo, a ellos por raza y cultura- de bárbaros.La monarquía macedónica era de tipo hereditario, vinculada a la familia de los Argeadas, de entre cuyos miembros era elegido por votación popular el rey, encarnación del Estado, propietario de toda la tierra del reino (por lo que los agricultores macedonios se consideraban arrendatarios suyos), comandante supremo del ejército, juez, sacerdote y tesorero, poderes que, en caso de ausencia, podía delegar. Sus súbditos le debían servicio e inquebrantable fidelidad en la paz como en la guerra, pero estaban autorizados a tratar sin ceremonia alguna al rey absoluto que habían elegido y al que, llegado el caso, podían deponer por votación popular, y también a entender en las causas judiciales -p. ej., de traición- en las que era parte su soberano. Con los nobles de cada tribu tenía el rey una especial relación de "afinidad", eligiendo de entre ellos los que habían de formar el número de sus "compañeros" (hetairoi), cortesanos en tiempo de paz y compañeros de armas del rey en caso de guerra. Magníficos jinetes (la equitación parece haber sido el deporte nacional macedonio; el nombre "Filipo" significa "amante de los caballos"), constituyeron el núcleo fundamental del ejército que, tras las reformas militares llevadas a cabo por Arquelao y, sobre todo, por Filipo II, convertiría a M. en potencia de primer orden. Obligados a observar para con su soberano una lealtad absoluta, formaban parte del Consejo real.El crecimiento de las ciudades, con la aparición de una poderosa clase media, hizo surgir, junto y frente a los "compañeros" de la nobleza, un nuevo estamento, los "compañeros de a pie" (pezetairoi), embrión de la infantería macedónica como los "compañeros" lo habían sido de la caballería. A propósito de esta nueva y pujante burguesía conviene señalar que su ascenso y triunfo no parecen haber sido acompañados de un deseo de independencia política de las ciudades según el modelo griego, lo que con toda probabilidad debe atribuirse a la compacta unión nacional a que antes se hizo alusión. La distribución de la riqueza parece haber respondido al mismo modelo feudal que las estructuras políticas, manteniéndose, como ellas, a lo largo de toda la historia del reino macedónico. Cuando M. era ya una potencia imperial, el rey poseía en los países que iban cayendo bajo su dominación grandes extensiones de tierra, concediendo al mismo tiempo a sus "compañeros" el dominio de extensas haciendas, no como propiedad absoluta, sino como donación revocable, similar a las donaciones estipendiarias tan abundantes en la Edad Media europea. Concesiones del mismo tipo, si bien de menor importancia, se hacían a los veteranos de sus ejércitos, macedonios sin tierra unos, otros mercenarios extranjeros, que eran asentados en los territorios conquistados (parece ser que en ningún caso se hacían donaciones estipendiarias de tierra en la M. propia, ni a nobles ni a veteranos).A la prosperidad económica del pueblo macedonio parecen haber contribuido los abundantes y espléndidos botines aportados por las victoriosas guerras de conquista, botines que el marcadísimo nacionalismo de los macedonios capitalizaba dentro de las fronteras de su patria. Con anterioridad a la constitución del imperio macedónico, parece haberse mantenido el nivel de vida de su pueblo dentro de límites tolerables sólo gracias a la proverbial austeridad de sus hombres, que en ningún momento sintieron la tentación del lujo a que tan aficionados eran sus vecinos de Asia.Algo mejor conocidos que la realidad social y económica de M. son los nombres y los hechos de los reyes que la gobernaron desde la fundación del reino (alrededor del 700 a. C.), si bien antes de Amintas I (s. VI a. C.) la leyenda se mezcla con la historia. El primero de los reyes de M., según una de las leyendas, sería Karanos, héroe de una legendaria entrada en Edessa a cubierto de la niebla y del ruido producido por un tropel de cabras. Según otra leyenda, el primer rey de M. habría sido Perdicas, quien, procedente de Iliria y acompañado por sus hermanos Aeropos y Gavanes, habría conquistado primero Pieria, y desde allí el resto de su reino. Las dos leyendas tienen en común la expulsión del frigio Midas, que Justino creía anterior a la llegada de Karanos; según el historiador Justino, Karanos había encontrado M. gobernada por Asteropeo, hijo de Pelagón, príncipe peonio que estuvo en el ejército troyano. Otros historiadodes afirman que Karanos y Perdicas reinaron en épocas diferentes, separados por los reinados de dos reyes a quienes dan los nombres de Koinos y Thurimas.Perdicas fue, según la leyenda, el creador del mausoleo de los reyes macedonios en Aigai (Edessa), garantía de la permanencia en el poder de su dinastía; según una tradición, mientras los reyes de M. recibieran sepultura en el mausoleo construido por Perdicas perduraría la monarquía macedónica. A Perdicas parece que le sucedió su hijo Argeo, padre de Filipo I, a quien sucedió Aeropos, proclamado rey a muy corta edad, y en cuyo reinado sufrió M. fuertes y frecuentes ataques por parte de ¡lirios y tracios. A Aeropos le sucedió, según algunos, Alcetas. Según otros, su sucesor fue Amintas I, primero de los reyes macedonios de cronología clara; su reinado se extendió entre los a. 540 y 498 a. C., marcándose por su política de amistad con Persia, de la que fue nominalmente aliado -sellando esta alianza con el matrimonio de su hija Gigea con Bubares-, y por la aproximación a la Grecia meridional intentada en la última parte de su reinado, aproximación que se concreta en el ofrecimiento a Hipias por parte de Amintas I de la ciudad de Antemo.A Amintas I le sucede su hijo Alejandro I, hábil y ambicioso político que, pactando en principio con Persia, trata a lo largo de su reinado de conseguir la plena y efectiva independencia de M.; aunque por su actuación parece haber sido poco más que un sátrapa del gran rey (así, p. ej., en el 480 a. C. envió gobernadores a las ciudades beocias sometidas a Jerjes; se sabe también que, en el invierno siguiente a la batalla de Salamina, el ejército de Mardonio estuvo acampado en M., y que, poco antes de la batalla de Platea, Alejandro I fue enviado por los persas a Atenas como representante del gran rey), favoreció siempre, aunque con la mayor prudencia, la causa griega. De su reinado merecen destacarse las gestiones realizadas para que los macedonios fueran admitidos a los juegos Olímpicos, así como la emisión de moneda con su nombre, la primera en la historia de M., que a partir de Alejandro I puede empezar ya a ser considerada como un reino unido, cuyos confines habían sido extendidos por este monarca hasta las márgenes del río Struma.A Alejandro I le sucede, hacia el 454 a. C., su hijo Perdicas II, rey que en ningún momento mostró una línea medianamente firme y coherente ni en su política interna ni en la exterior, debiendo concentrar sus esfuerzos en la lucha por mantenerse en el trono frente a su hermano Filipo, pretendiente apoyado por Atenas, y su sobrino Amintas, que contaba con el respaldo del tracio Sitalces. Sucesor de Perdicas II fue, en el 414 a. C., Arquelao I, rey amante de la cultura, que recibió en su corte artistas griegos y que llevó a cabo una inteligente política nacionalista de enorme repercusión en el futuro de su patria, mejorando las comunicaciones mediante la construcción de una red de carreteras -en principio quizá solamente militares-, complementada con fortificaciones y una profunda reorganización del ejército. Atendió, por otro lado, al fortalecimiento del espíritu nacionalista, instituyendo nuevos juegos y festivales religiosos en Dión y reviviendo las tradiciones de su dinastía. A su muerte, acaecida en el 399 a. C., comienza un periodo de luchas internas por el trono que dura 10 años, y en el que gobiernan M. cuatro reyes: Orestes, hijo de Arquelao, asesinado en el 396 a. C. por Aeropos II, que reina hasta el 392 a. C., en que es muerto. Le sucede Amintas II, que reina dos años, sucediéndole Pausanias, que reina hasta el 389 a. C. A éste le sucede el padre de Filipo II, Amintas III, monarca que ha de enfrentarse desde muy pronto con graves problemas, continuación quizá de las luchas por el trono, problemas que culminan con su expulsión del país por los ¡lirios (383 a. C.), que ponen en su lugar a un tal Argeo, probablemente emparentado con Pausanias. Amintas III recupera pronto su trono, en el que permanece hasta su muerte en el 369 a. C. La imposibilidad en que se encuentra, a la vuelta del destierro, de defender adecuadamente su reino, amenazado por los ilirios y, con toda probabilidad, dividido por las luchas intestinas, motiva que Amintas III confíe la custodia de parte de sus territorios a los griegos de Olinto, quienes ven en ello una buena oportunidad para extender sus dominios a costa de la aparentemente débil M., creando así fricciones entre este país y Grecia (v. GRECIA IV, 1) que se resolverían en el reinado de Filipo II (v.).CARLOS R. EGUIA.
BIBL.: The Cambridge Ancient History, VI, Cambridge 1933; S. CASSON, Macedonia, Thrace and Myria. Their relations to Greece from the earliest times down to the time of Philip son of Amyntas, Oxford 1926; M. L. W. LAISTNER, A History of the Greek World from 479 to 323 b. C.; V. V. STRUVE, Historia de la antigua Grecia, Buenos Aires 1964; N. G. L. HAMMOND, A History of Ancient Greece, Oxford 1963; F. E. ADCOCK, The Greek and Macedonian Art of War, Nueva York 1965; M. ROSTOVTZEFF, Historia social y económica del mundo helenístico, Madrid 1967. L. C. PÉREZ CASTRO.
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