La Fontaine, Jean de
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Biografía GER
Datos biográficos. Poeta y fabulista francés, n. en Cháteau-Thierry (bautizado el 8 jul. 1621), y m. en París, el 13 abr. 1695. Alumno de los Oratorianos de Juilly, abogado, llevó en París una vida alegre y despreocupada, siempre a costa de algún protector: Nicolás Fouquet, el poderoso financiero (1657-61), a quien defendió después en su desgracia con una constancia llena de mérito, ganándose para sí mismo alguna adversidad, como le ocurrió en Limoges (1663); los duques de Bouillon (1664); la duquesa de Orleáns (1664-72); Madame de La Sabliére (1673-93), y Madame d’Hervart, esposa de uno de sus compañeros de calaveradas (1693-95). Ingresó en la Academia Francesa en 1684, después de larga resistencia del rey, que le apreciaba poco, a causa del libertinaje de su vida y de sus Cuentos.La simplicidad, que se presenta a menudo como su rasgo principal, no es quizá la palabra que mejor le caracteriza. Su nota dominante en la vida es una agradable indolencia, una pereza física y moral que nunca trató de vencer, a no ser para alguno de los dos únicos objetivos que merecieron su interés: la vida alegre y la poesía. Al primero de estos dos objetivos sacrificó su vida de familia, sus intereses y su carrera con gran constancia y desprendimiento. Su egoísmo, de un matiz particular consistente en un gastarse a sí mismo en medio del bullicio de la sociedad, huyendo de los placeres solitarios y antisociales, en general de los egoístas, su ideal de vida fácil realizado a costa de compromisos y de componendas, su manera de deslizarse a través de las reglas de la vida y de la moral, tienen evidente interés para la comprensión de su obra, ya que, de igual modo, suave y agradablemente, sin infringir ninguna regla, sin violentar nada ni a nadie, el poeta logra mantener en su obra un clima de libertad despreocupada y de armonía superior, indiferente a las normas vigentes del arte poético.Las Fábulas. L. F. es célebre sobre todo por sus fábulas (Fables), hasta tal punto que se le considera como el fabulista por excelencia, o como el Esopo de los modernos. Ello no deja de encerrar cierta injusticia para sus restantes obras, pero tiene una base real. Ha escrito 241 fábulas, repartidas en 12 libros: los seis primeros publicados en 1668, los cinco siguientes en 1678 y 1679 y el libro XII en 1694. Entre las fábulas de 1668 y las de 1678 media una diferencia en la concepción del género, la cual recalca el mismo autor y que consiste en una imitación menos estrecha, en una mayor libertad de imaginación y, en realidad, en la metamorfosis de la fábula, que pasa de género didáctico a poema. Se inspira siempre en otros autores. Como casi todos los clásicos, L. F. no ve la necesidad de inventar temas nuevos y lleva a sus versos asuntos conocidísimos y otros que, con serlo menos, proceden de sus lecturas. Entre sus fuentes se pueden distinguir: la antigüedad clásica, sobre todo Esopo (v.) y Fedro (v.); la tradición oriental, representada por las dos compilaciones indias, Hitopadesha (v.) y Panchatantra (v.) conocidas a través de la versión árabe de estos dos textos, titulada Calila y Dimna (v.) y por los apólogos sacados de esta última obra, atribuidos a Pilpay o Bidpai y publicados antes en francés por Gilbert Gaulmin (1644); y, por último, los fabliaux (v.), cuyos temas llegan a él indirectamente, bien por trasmisión oral o por autores del s. xvi, tales como Rabelais o Corrozet.La novedad de sus fábulas no consiste, pues, en la materia, sino en la manera. L. F. relaciona su arte de construir y narrar la fábula con el modo de escribir de narradores como Rabelais (v.), o de poetas como Marot Voiture, pero sobre todo como Horacio (v.) A éste no le debe solamente el tono familiar, sino también el ejemplo de su moral práctica, de su amable epicureísmo, de su desprendimiento que parece desidia y que asocia curiosamente la ironía con el ensueño y el capricho con la melancolía. La verdadera novedad de sus fábulas es precisamente la aparición de los valores poéticos allí donde la tradición prescindía de ellos y contaba sólo con el ejemplo práctico y con el interés pedagógico. Además, esta poesía no es una novedad sólo para la fábula, sino para la literatura francesa en general. Mana de dos fuentes diferentes, que conducen a dos resultados raras veces asociado tan felizmente y, desde luego, nunca en el ambiente del clasicismo francés. La primera es la personalidad del poeta y su modo de enfocar la vida y el arte, con la superioridad de quien considera a éste como maestro de aquélla. Su desprendimiento de las realidades da una precisión peculiar a sus ensueños; su falta de escrúpulos se vuelve agilidad de imaginación y adaptabilidad y su pereza adquiere matices de bondad y de interés humano: todo ello, sin corresponder a alguna pasión o a ideas preconcebidas o al menos conscientes, ya que el autor es la misma negación de lo pasional, como lo es de todo lo estridente. Su visión del mundo no es un juego que imita la vida, sino la misma vida transformada en juego.La segunda fuente de su poesía es su excepcional virtuosismo técnico, la pureza de su dicción y la capacidad de evocación que da la impresión de realidad allí donde bien sabemos que no la puede haber. Ambas posibilidades de su genio poético indican una inspiración libre, espontánea, cuajada en fórmulas que no obedecen a ninguna norma impuesta desde fuera. Sin embargo, esta poesía no es improvisación, sino fuerza; y el mismo descuido aparente de su métrica, que también es libre, la familiaridad de su tono, los giros que se adaptan cómodamente a las fórmulas populares y a las exigencias de la lengua hablada, son en realidad efectos de su arte. Lo demás, sentimiento de la naturaleza, conocimiento y amor a los animales, búsqueda de los caracteres, pintura del marco social, sátira de las costumbres, constituye lo que la crítica ha ido buscando tradicionalmente en las Fábulas, pero no es lo que L. F. quiso poner en ellas.La moraleja y, en general, la actitud ideológica del autor han dado lugar a muchas discusiones: Rousseau, Lamartine, Taine han criticado la posición del fabulista, no sin razón. Si se considera que la fábula es una empresa pedagógica y una escuela de moralidad, la suya no resulta recomendable y no ilustra ninguno de los grandes sentimientos que ensalza y propone la ética (sacrificio de sí mismo, amor al prójimo, sentimiento del honor, etc.). Desde este punto de vista, los franceses del s. xvii han aprendido mucho más en Corneille que en L. F. Tampoco Racine es una escuela de virtudes cívicas o morales, lo cual no impide que sea un gran poeta. El inconveniente está en que, al conservar en parte el aspecto tradicional de la fábula, el autor se obliga a sí mismo a ir en dirección a una moraleja; y ya queda dicho cuán poco le entusiasmaban las obligaciones. Para L. F. la moraleja no tiene la importancia que se le concede tradicionalmente. A él le interesa contar, y la moraleja es a menudo una carga para el narrador: a veces cuesta un esfuerzo añadirla, otras veces la sirve con una sonrisa, como para indicar que no se le debe tomar en serio, o que se trata de una verdad irónica, que se debe comprender al revés. Como es costumbre ya arraigada considerar las Fábulas como un libro de texto y educativo, se suelen cubrir estas deficiencias indicando que el poeta pensaba en una moral natural o en una moral de la experiencia, sin darse cuenta de la ironía que representa el transformar a L. F. en profesor de ética, sea ésta cual fuese. La verdad parece ser que él no establecía casi ninguna diferencia entre sus fábulas y sus cuentos; y hasta cierto punto no la hay, ya que en ambos géneros lo que se propone es contar, es decir, crear vida jugando. La moraleja es un sacrificio a la tradición, sin que su presencia indique por parte de su autor las intenciones que debería implicar.Los "Cuentos" y otras obras. Su segunda obra importante, Contes (Cuentos), se publicó en varios tomitos o entregas, como las fábulas. El primer tomo, Nouvelles en vers tirées de Boccace et de 1’Arioste (Novelas en verso sacadas de Boccaccio y del Ariosto), 1665, le hizo célebre inmediatamente; las partes siguientes son de 1666, 1671 y 1674, con’ un suplemento de cinco cuentos en 1685. Fueron la causa más importante del desagrado con que miró siempre Luis XIV a uno de los principales poetas de su tiempo, que, además, no fue el menos rendido de sus cortesanos. Como en las fábulas, el interés reside en el modo de narrar, en la gracia, la ligereza, la espontaneidad alegre y la pureza de expresión de una versificación libre y primorosa; más que en las fábulas, el poeta se halla a sus anchas en la atmósfera voluptuosa de los cuentos eróticos. En la literatura universal, sólo se le puede comparar con Ariosto (v.), naturalmente, no se puede decir lo mismo de su ejemplaridad. De sus demás obras merecen una mención Climéne (1660), historia de amor contada nueve veces, por cada una de las nueve Musas, en el estilo propio de cada una de las mismas, y Philémon el Baudis (1685), obra maestra de dicción depurada y pulcritud clásica. Sus comedias tienen menos interés y además, su paternidad es dudosa.Dentro del clasicismo (v.) francés, L. F. representa los derechos de la inspiración libre y de la espontaneidad, frente al rigorismo y a la disciplina dominantes. Esta espontaneidad no ha de entenderse como improvisación. El poeta sigue siendo un clásico, alguna vez tan puro como Racine (v.); pero dentro de esta natural limitación es quien más ha cultivado el verso libre, el tono familiar, el realismo de la representación, el vocabulario corriente o pintoresco y, con Moliére (v.), la visión de un mundo arraigado en la realidad actual.V. t.: FÁBULA.ALEJANDRO CIORANESCU.
BIBL.: J. DE LA FONTAINE, Oeuvres, ed. J. LONGNON, 10 Vol., París 1927; íD, Fables, contes et nouvelles, París 1932 (Bibl. de la Pléiade); íD, Fábulas; trad. T. LLORENTE, Barcelona 1885; íD, Fábulas escogidas y traducidas en verso por E. DíEZ CANEDO, Madrid 1:920; H. TAINE, Essai sur les Fables de La Fontaine, París 1853; G. MICHAUT, La Fontaine, París 1913; A. BAILLY, La Fontaine, París 1937; P. CLARAC, La Fontaine, París 1947; F. GoHIN, L’art de La Fontaine dans ses Fables, París 1929; C. VossLER, La Fontaine y sus fábulas, Buenos Aires 1947.
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