David, Jacques-Louis
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Biografía GER
Pintor francés, n. en París el 30 ag. 1748, m. en Bruselas el 29 dic. 1825. Sus comienzos, en el taller de JosephMarie Vien, no fueron más prometedores que los de cualquier otro pintor rococó. Asiste también al estudio de F. Boucher (v.) y sus cuadros de esta etapa, como el Júpiter y Antíope del Museo de Sens o el S. Roque pidiendo la curación de los apestados, no dejan adivinar su posterior evolución. Es durante su pensión en Roma (1775-80), más diferida de lo que él hubiera deseado, cuando siente el fuerte impacto del clasicismo, que se le ha revelado junto al Tíber como una verdadera llamada a subvertir todas sus normas. En su segundo viaje a Roma (1784) pinta El juramento de los Horacios (Museo del Louvre), cuadro ante el que desfila todo el pueblo de Roma y que el propio Papa desea contemplar. El éxito se repitió al año siguiente, cuando expuso esta composición en el Salón de 1785, en París. Pero si como pintura es la tal obra sensiblemente inferior a no pocos otros cuadros del artista, y si son evidentes sus errores de composición, quedó incólume su prestigio de manifiesto neoclásico. En lo sucesivo, D. extremaría las distancias de su anterior estética. Es cierto que todavía en 1787 firma algún retrato de porte muy rococó -como el del escultor lean-facques Caffieri- pero del mismo año es Sócrates bebiendo la cicuta (Metropolitan Museum), de 1788 Paris y Elena, con uno de sus ambientes arqueologizantes más convincentes, y ’de 1789 Los lictores trayendo el cuerpo de Bruto.David, pintor de la Revolución. En el mismo año sobreviene la Revolución francesa, y D. se adhiere entusiásticamente a sus principios. De entonces data una composición famosa, El juramento del juego de pelota, que la velocidad de los hechos hizo envejecer antes de que fuera concluida como el artista ambicionaba, y una serie de retratos de revolucionarios. Es muy conocido el de Marat muerto en el baño, del Museo de Bruselas, pero son de mayor interés pictórico otros más íntimos, como el del convencional Michel Gérard y sus hijos (Museo de Le Mans). También D. fue elegido miembro de la Convención, y en calidad de tal votó la muerte de Luis XVI y la proscripción de los Borbones. Pero su compenetración con Robespierre le valió ser encarcelado desde el golpe de estado termidoriano. Es en la prisión donde comenzó su noble y lograda composición El rapto de las sabinas (Louvre), no concluida ni expuesta hasta 1799. Arqueológicamente no es muy superior a la de los Horacios, pero sentimentalmente vale mucho más por no ser su tema el rapto propiamente dicho, sino la intercesión femenina entre los combatientes. Además, el bien observado desnudo, contiene mayor cantidad de manifiesto que el cuadro de 1784.Etapa napolcánica. Un año más tarde, 1800, el final del s. xvtti, es también el del comienzo en D. del estilo Imperio, que ha nacido con el grato retrato de Madame Récamier (Louvre). Pero es algo más que eso, y significa la evolución política del artista que, como tantos otros jacobinos, se adhiere a la gestión de Napoleón Bonaparte. Pero los resultados para su pintura han sido óptimos. El Napoleón cruzando a caballo el Monte San Bernardo (Museo de Versalles), del citado año, es, pese a la competencia de los varios pintores imperiales, la efigie más naturalmente heroica del Emperador, por otra parte, no ajeno al porte del cuadro. Durante los años siguientes, los pinceles del artista estuvieron al servicio del dueño de Europa, y la intención de D. era cumplir con el más pormenorizado esmero, cuatro enormes crónicas pintadas de la gloria del Emperador. Sólo pudo realizar dos, La distribución de las águilas en el campo de Marte (Museo de Versalles) y La consagración del Emperador (Louvre). Pero esta hermosa crónica de la ceremonia realizada en Notre Dame de París el 2 die. 1804, exigió los esfuerzos de D. desde 1805 hasta 1807. El cuadro, no menor de 6,10 por 9,31 m., no contiene menos de 75 figuras, y dado que el pintor deseó situar a cada una en el lugar que efectivamente ocupaba el dicho día, los esfuerzos preparatorios fueron prolijos. Todo tendió a la mayor exactitud iconográfica, mas no siempre a la verdad, porque, p. ej., habiendo pintado primeramente D. al Pontífice con las manos sobre las rodillas, Napoleón obligó a que Pío VII iniciase un vago adémán de bendición. Sea como fuere, este enorme lienzo, pese a lo trabajoso de su proceso de elaboración, es una espléndida pintura, rica de color y afortunadísima de composición, dotes que de ningún modo ostenta el cuadro gemelo de La distribución de las águilas. El último cuadro importante de D. fue Leónidas en las Termópilas (Louvre), de 1814, con el que parecía aludir a la defensa de París contra la coalición aliada, aunque, en todo caso, lo había comenzado diez años antes.Última etapa: Bruselas. En 1816, restaurados los Borbones, que no podrían olvidar que entre los regicidas había figurado D., éste se expatría y fija su residencia en Bruselas, sin atender a los amigos que le sugerían una petición de gracia a Luis XVIII ni al rey de Prusia, que hubiera querido hacerle su principal pintor de Berlín. Todavía pinta retratos y algún asunto clásico, no de los mejores -La cólera de Aquiles- y m. en 1825, no sin haber dejado importantes discípulos inmediatos, como Fran~ois-Joseph Navez (1787-1869) y otros pintores belgas (M. Van Brée, J. D. Odevaere, Van Hanselaere, etc.). Muchos más fueron los influidos por D. en toda Europa, y no de su último decenio, sino a lo largo de su especie de dictadura artística francesa.En cuanto al ’juicio definitivo merecido por D., no puede ser sino extraordinariamente positivo, no tanto por su condición de jefe de una escuela y de una estética, sino por sus altísimas dotes de pintor. Si él mismo se engañó juzgando que la trascendencia de su obra residía en los cuadros de tema clásico y entendía como género inferior el del retrato, la verdad es que pocas cosas pintó con tanta fortuna como el de la encantadora Madame Sériziat (Louvre) y aun el de su esposo, ambos de 1795 y especie de compromiso estilístico entre el rococó y el romanticismo. Pudo haber quedado en pintor de ese rococó dieciochesco contra el que se revolvió tan airadamente, y ya le tendríamos en concepto de total artista. Pero tampoco conviene minimizar su larga fase neoclásica, a la que arribó y luego sirvió con absoluta convicción. Mucho más dibujante que colorista, es, en cierto modo, un predecesor de J. A. Ingres (v.), y su paleta no siempre fue tan brillante como en La consagración de Napoleón D., uno de los pintores más admirados de su tiempo, uno, igualmente de los más imitados por sus contemporáneos, atraviesa hoy una crisis de olvido tan injusta como fuera su primitiva deificación.V. t.: NEOCLASICISMO 1, 1.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: J. DAVID, Le peintre Louis David, París 1880; CH. SAUNIER, Louis David, París s. a.; L. ROSENTHAL, Louis David, París s. a.; F. BENOIT, L’art franCais sous le Consulat et I’Empire, París 1897; R. CANTINELLI, Jacques-Louis David, París 1930; K. HOLmA, David: son évolution et son style, París 1940; W. F. FRIEDLAENDER, David to Delacroix, Cambridge (Mass.) 1952.
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