Templanza II
5. Vicios opuestos a la virtud de la templanza. A esta virtud se opone por exceso la intemperancia, la búsqueda desordenada de los placeres sensibles; y por defecto, el que se denomina insensibilidad o menosprecio de los deleites sensibles, que contraría la justa medida racional y perjudica a la conservación de la especie, y de la propia vida humana, ya que ésta exige la utilización, y, más que eso, el gusto razonable de las cosas materiales y los placeres anejos. Esta norma expresa el ideal de un humanismo conforme a la naturaleza racional del hombre, pero igualmente en plena armonía con la fe: el dogma de la Creación, que excluye todo maniqueísmo, manifestando en las cosas corporales otras tantas obras de Dios; y la Encarnación redentora, que ennoblece el cuerpo humano y lo destina a la gloria de la resurrección.
El criterio de la t., para la moderación virtuosa en el campo de los placeres y deseos, se debe tomar de una manera matizada, considerando las necesidades individuales para la conservación de la vida, las exigencias de los deberes de estado -libremente elegido-, de la profesión y de la posición ejercidas por la persona, así como la conveniencia no sólo de velar por la salud sino también del pleno desarrollo de la personalidad. Toda operación natural ha sido ordenada por el autor de la naturaleza a un fin determinado. Dios ha unido a los actos necesarios y naturales de la conservación de vida -en sentido amplio- y de la propagación de la especie un cierto placer, que está conectado a la operación, y que impulsa a la acción que debe realizarse. El sujeto puede buscar, con la moderación de la t., el placer unido a la obra buena, con tal que el fin de la obra no quede excluido con intención expresa. En este sentido debe entenderse la condena por Inocencio XI de estas dos proposiciones: "Comer y beber hasta hartarse, por el solo placer, no es pecado, con tal de que no dañe a la salud; porque lícitamente puede el apetito natural gozar de sus actos"; "El acto del matrimonio, practicado por el solo placer, carece absolutamente de toda culpa y de defecto venial" (Denz.Sch. 2108-2109).
6. Especies o partes de la templanza. Tratándose de virtud tan fundamental no es de extrañar que la tradición cristiana, desde sus orígenes, haya tratado de exponer sus normas y pormenorizar su contenido, teniendo en cuenta el ideal de perfección evangélica que sobrepasa la ética pagana en esta materia. S. Ambrosio en el De Of ficiis (PL 16) y S. Agustín en el De moribus ecclessiae (PL 32) representan una primera sistematización donde aparece esta intención de completar y superar especialmente la moral estoica. Estos proyectos patrísticos, condensados por S. Gregorio (Moralia, PL 75) inspiraron las síntesis teológicas medievales, sobre todo la de S. Tomás, que distingue en la t. -como en el resto de las virtudes cardinales- partes integrales, subjetivas y potenciales.
a) Partes integrales. Son aquellas que favorecen el ejercicio o facilitan el desarrollo de las virtudes. En el caso de la t. se trata del sentido de la dignidad humana que ennoblece las actividades corporales y los placeres sensibles: expresando en un sentimiento positivo de honestidad, de respeto al cuerpo propio y ajeno, cuerpo que es morada del Espíritu Santo (cfr. 1 Cor 6,15). Bajo el aspecto negativo, un sentimiento de vergüenza (entendida como pasión pudorosa) impedirá casi instintivamente los abusos y los placeres de la mesa y del sexo. Los elementos integrantes forman así un clima personal y social favorable a las virtudes de dominio sobre los apetitos y pasiones sensibles.
b) Partes subjetivas. Bajo este nombre se describen las especies o formas esenciales de la virtud de la templanza. Son las virtudes que realizan de manera plena y perfecta la noción de t. que debe imprimir la moderación racional y sobrenatural en los apetitos que correspondena las dos necesidades biológicas del hombre: la alimentación y la reproducción. El equilibrio y la realización auténtica de la vida humana dependerán del dominio virtuoso de los apetitos unidos a esa doble función esencial: la conservación del individuo y la propagación de la especie. La virtud de la abstinencia (v.) modera y orienta el uso de la comida y tiene en la gula (v.) su vicio opuesto. El uso de la bebida suscita problemas especiales, exigiendo una virtud peculiar: la sobriedad, que está amenazada por uno de los vicios más opuestos a la dignidad de la naturaleza humana: la embriaguez (v.). En relación con este tema pueden consultarse las voces DROGAS Y TOXICOMANÍAS. Como criterio de t. en el comer y en el beber, la ética tradicional indica la norma racional, a saber: debe el hombre virtuoso adaptarse a las exigencias de conservación y buen funcionamiento de su organismo, así como a las condiciones de una vida equilibrada y laboriosa. Hoy, este criterio, formulado en términos de buen sentido, puede ser precisado teniendo en cuenta también las ciencias y técnicas de alimentación. El hombre sobrio y moderado tendrá en cuenta esta exigencia de nutrirse racionalmente, de modo que busque un razonable bienestar que le permita un buen rendimiento en su vida profesional y espiritual.
Los apetitos sexuales son virtuosamente regulados por la virtud de la castidad (v.), que los dirige según las normas derivadas de la finalidad misma de la función sexual, elevada por la vocación cristiana, y teniendo en cuenta el estado de vida de cada uno. Alcanza así su pleno sentido la virginidad (v.), como consagración de la integridad corporal y del firme propósito de renunciar a todo placer de índole sexual; corresponde, por tanto, a un ideal de perfección, a una preferencia dada a los valores espirituales y particularmente a la búsqueda exclusiva de Dios, sin implicar desprecio del amor santo que tiene su cauce en el sacramento del Matrimonio (v.). Lo mismo se dirá del ayuno (v.), exaltado por la ascesis cristiana -en donde la virtud infusa va más lejos que la virtud adquirida-, que no significa un desprecio de los alimentos, sino un empeño radical de pleno dominio sobre los apetitos, viviendo también así la virtud de la penitencia (v.) regulada por la legislación eclesiástica. A la virtud de la castidad se opone el vicio de la lujuria (v.), que se diversifica en múltiples especies, estudiadas en los respectivos lugares de esta Enciclopedia: masturbación (v.), fornicación (v.), etc. (v. t. MATRIMONIO V; SEXUALIDAD III).
c) Virtudes anejas. Las partes potenciales o virtudes anejas a la t. forman toda una gama de las disposiciones o actitudes que amplían o refuerzan el ideal de dominio espiritual a todos los sectores de la vida humana. No realizan la plena noción de las virtudes de abstinencia y castidad, porque no afectan a tendencias tan fundamentales o no alcanzan toda la perfección que supone el concepto de virtud. Así para suscitar y reforzar en la voluntad el deseo de la castidad, la virtud de la continencia refrena los ímpetus vehementes de las pasiones, pero no alcanza toda su perfección; es decir, la docilidad y la pacificación de los propios apetitos sensibles. Reconocemos aquí una visión profunda de la castidad, que radica sin duda en el espíritu, en la voluntad, pero se extiende hasta los movimientos de la sensualidad (v.), educándolos e impregnándolos de espiritualidad. La incontinencia, en este sentido especial, designará la inclinación abusiva de la propia voluntad a los placeres sensuales, llegando a ser una perversión, de -suyo más radical que la lujuria, pues se inscribe en la propia voluntad libre y supone así una opción más radical. Prolongando este ideal de armonía y de moderación a todas las tendencias del hombre, la virtud de la modestia -con sus diversas especies- impone la justa medida racional a los movimientos internos y externos del hombre y en el aparato exterior de sus cosas. Así, moderando el deseo de ver y conocer, cohibirá el vicio de la curiositas, "curiosidad" o apetito inmoderado de toda clase de conocimiento, con la virtud de la estudiosidad, oponiéndose al diletantismo intelectual, adversario de la verdadera cultura, que exige la aplicación constante y ordenada de la inteligencia. El amor desordenado de la propia excelencia será moderado por la humildad (v.), virtud clave, ya que regula este apetito, sin duda el más profundo en el plano propiamente humano, como la tendencia a la propia conservación y el instinto sexual dominan el plano biológico. Nos da un adecuado conocimiento propio, principalmente en relación con lo que debemos a Dios. A esta virtud se opone el primero entre los vicios capitales, la soberbia (v.), amor desmedido del propio valor. Por último la modestia (v.), en el sentido restringido, que regula el comportamiento armonioso y adecuado en las actitudes y movimientos corporales, de tal manera que el hombre se presente externamente según la realidad de su perfección interior. A este mismo ideal se refiere el uso virtuoso de vestidos y adornos, de acuerdo con lo que sugiere para la cualidad y condición de la persona. Aun hasta la actividad de la diversión, el juego, el deporte, son objeto de una virtud que nosotros llamaríamos hoy de amenidad o espíritu deportivo y que Aristóteles denominaba eutrapelia.
Se estudian también dentro de la t. dos virtudes, la mansedumbre y la clemencia. La pasión de cólera o la ira (v.) engendra perturbaciones intensas y prolongadas en la vida humana, siendo sus movimientos interiores moderados por la virtud de la mansedumbre, mientras que las movimientos externos son mitigados e impregnados de bondad por la virtud de clemencia, que tiene en la crueldad el vicio opuesto.
7. La templanza cristiana. Este cuadro de virtudes, lejos de ser artificial, está perfectamente encuadrado en la vida real del hombre, en su universalidad y en la multiplicidad de sus aspectos. Considerada globalmente la t., con ser la última de las virtudes cardinales, es una de las más importantes y necesarias en la vida sobrenatural de una persona particular, no solamente porque modera los instintos más fuertes de la naturaleza humana, controlando y sometiendo así la vida pasional a la razón iluminada por la fe, sino porque permite a la vez vivir como hijos de Dios, con esa libertad de espíritu que permite preocuparse generosamente de Dios y de los hombres. No es una virtud que limita, sino que engrandece al hombre. La humildad, una de sus partes, está en la base de toda la ascética cristiana.
En un sentido más restringido de moderación, de sobriedad, es especialmente necesaria en el hombre del s. XX. El progreso técnico-científico tiende a introducirle en una civilización cada vez más marcada por la comodidad y lleva a la comercialización indiscriminada de objetos de ocio y placer, generalizando, p. ej., el consumo del tabaco, de bebidas y de otras mil satisfacciones, sin perspectiva ética alguna y a veces sin tener en cuenta las exigencias higiénicas y sanitarias. Sería incidir en un rigor inhumano, anticristiano, el condenar globalmente esta orientación de la civilización actual que tiene otras muchas facetas positivas, pero sí conviene estar precavido para no dejarse arrastrar por el afán de lujo (v.) y de bienestaren la vivienda, vestidos, diversiones, etc., tan presente en vastos sectores del mundo actual, cuando muchos hombres creen que la cima de la vida y el prestigio social se consiguen únicamente con la ostentación material. El esfuerzo por satisfacer todos los deseos materiales puede convertirlos, por el contrario, en esclavos de sus apetitos desordenados (v. HEDONISMO). De ahí la importancia de la t., que lleve al dominio, a la moderación en el uso de las cosas de la tierra, que siendo buenas, sin embargo, han de usarse sólo en la medida que ayuden al logro de los auténticos fines personales y sabiendo que un cierto gusto y placer de vivir, una comodidad razonable y equitativamente distribuida entre todos los hombres, son perfectamente compatibles con el ideal de la t. cristiana, que no actúa cohibiendo de modo exclusivo, sino que por el contrario armoniza, equilibra y educa los apetitos sensibles poniéndolos al servicio de la felicidad humana aneja a la vida cristiana.
C. J. PINTO DE OLIVEIRA.
BIBL.: S. TOMAS DE AQUINO, Suma Teológica, 2-2 g141-170: R. GARRIGOU-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior, Buenos Aires 1944, 332 ss.; 1. LEcLERCQ, Essai de morale catholique, IV, Bruselas 1939, 225 ss.; P. LUMBRERAS, De /ortitudine et temperantia, Roma 1939; A. MICHEL, Tempérance, en DTC 13,90-99; J. PIEPER, Prudencia y templanza, Madrid 1969.
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