BASÍLICA DE SANTA CLARA
por Vittorino Facchinetti, o.f.m.
Saliendo de la Catedral de San Rufino se puede visitar enseguida la Basílica de Santa Clara. Aquí reposa en la paz de su tumba la «pequeña planta» del Seráfico Padre, la compañera pura y fiel de sus ideales, la Madre Santa, cuyos despojos, velados por sus hijas, pueden ser contemplados y admirados a través de los cristales de un rico sarcófago. La cripta, a la cual se desciende por una larga escalera desde el centro de la iglesia, fue abierta solamente en el siglo XIX, cuando se descubrió el sepulcro de piedra en que hacía casi seiscientos años que yacían los restos mortales de la Fundadora. La Basílica, en cambio, se remonta al siglo XIII, porque fue construida por el arquitecto Fr. Filippo de Campello entre 1257 y 1260, cuando, habiéndose comprobado que era poco seguro el asilo de las clarisas en San Damián, el papa Alejandro IV ordenó que se trasladasen a la ciudad. Las damianitas se llevaron consigo el Crucifijo milagroso que había hablado al Seráfico Padre. Y el cuerpo de santa Clara fue trasladado de la primera sepultura en que había sido enterrado, a la nueva tumba emplazada debajo del altar mayor de la Basílica de la Santa. Como es sabido, el templo está levantado sobre el lugar del antiguo hospital de San Jorge, en estilo gótico puro; y sus muros cubiertos de frescos de la escuela de Giotto en el ábside y en la capilla del crucero, muy deteriorados y recubiertos de cal en el siglo XVII, están siendo sacados a la luz con inteligente y amoroso cuidado. Sencilla y grandiosa es la fachada, y notable el rosetón que recuerda, así como toda la planta del edificio, el de la Basílica superior de San Francisco. Desde la bella plazuela, delante de la fachada, se disfruta la vista de la colina sobre la que se recuesta la ciudad y del valle que se extiende a sus pies. Junto a la Basílica de Santa Clara, o más bien en ella, al menos en parte, está situada la iglesia de San Jorge, donde el joven hijo de Madonna Pica fue instruido por el clero de la ciudad, comenzó más tarde a predicar al pueblo, tuvo su primera sepultura y fue solemnemente canonizado por su viejo amigo, el pontífice Gregorio IX. Parte de la pequeña iglesia está ahora transformada en Capilla, toda decorada con magníficos frescos. Es de notar entre las figuras de algunos santos una deliciosa e ingenua Santa Clara, debida, tal vez, al pincel de Simone Memni. Frente al altar está el coro de las religiosas, donde todas las mañanas se abre una pequeña puerta, a fin de que las elegidas del Señor, heroínas sublimes e ignoradas víctimas para el mundo, que no sabe sacrificarse y orar, puedan recibir a través de la misma reja que ya sirvió a Clara y a sus primeras compañeras en San Damián, el Cuerpo y la Sangre de su dulce Señor. [Vittorino Facchinetti, O.F.M., Los Santuarios Franciscanos. Tomo II: Asís, en la Umbría. Barcelona, Biblioteca Franciscana, 1928, pp. 80-84]
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