Damasco
La ciudad debe su existencia a las abundantes aguas del Baradá. Realmente no es más que un oasis grande en la llanura, y eso es probablemente lo que significa su nombre, un oasis, un “lugar abundantemente regado.” Divididas en siete brazos, las aguas del Baradá extienden su murmullo por las calles y casas de la ciudad. Eso ocurre hoy y algo parecido debió de ocurrir también en tiempos antiguos.
Gustosos califican los damascenos su ciudad como la más antigua del mundo. Seguramente que se trata de una exageración; pero que Damasco es una ciudad antiquísima lo demuestra su nombre que es anterior al período semítico. Hacia el 2500 a.C. ya era una ciudad de los amorreos semitas; pero Damasco es más antigua. En hebreo se llama Dammesek.
El agua hizo fértil a la ciudad y creó la posibilidad de que Damasco creciese. Pero el que lo hiciese justamente en aquel lugar se debió a su emplazamiento en las rutas comerciales que desde Babilonia y el norte pasaban por Damasco, dividiéndose en tres ramales importantes que conducían al sur y al suroeste. Ello condicionó de antemano la importancia estratégica y comercial de la ciudad.
Durante la monarquía israelita (desde aproximadamente el año 1000 a.C.) Damasco fue la ciudad Estado de los arameos. David pudo someterla a tributo por algún tiempo (2Sa 8:5); pero ya en tiempos de Salomón empezaron los preludios de las guerras de liberación de los Estados arameos bajo la capitanía de Damasco, que desembocaron en continuas luchas contra el reino israelita septentrional. En los períodos de paz Damasco fue como vecino el interlocutor comercial nato del reino de Israel.
Los asirios acabaron con la independencia de Damasco. Después de imponerse a Babilonia, los asirios sometieron a Damasco luego que la ciudad Estado hubiera intentado inútilmente, y en alianza con Israel, forzar al reino de Judá a luchar contra los asirios; el 734 a.C. Damasco era conquistada por Asiría. Pero la fuerza cultural del Estado arameo era tan grande que no fue el asirio, sino el arameo, el idioma que se convirtió en la lengua comercial y diplomática del imperio de Asiría. Desde entonces Damasco formó parte de la historia de Babilonia. Entre el 87 y el 62 a.C. Aretas II, rey de los nabateos, conquistó Damasco; pero después del 64 a.C. los romanos incorporaron la ciudad a la Decápolis, aunque sin que desapareciera con ello el dominio de los nabateos. También en el período apostólico seguía perteneciendo Damasco al territorio soberano del rey árabe Aretas IV.
Destruido el reino israelita del norte por los asirios y deportada su población (722 a.C.), es probable que muchos israelitas escapasen a la ciudad de Damasco, que desde hacía doce años formaba parte del imperio asirio, y ello debido entre otras cosas a la presencia allí de una colonia israelita nacida de las relaciones comerciales entre Israel y Damasco. También tras la desaparición del reino de Judá y la dispersión de gran parte de sus habitantes (añ Ose 605:597 y 586 a.C.) fueron muchos los judíos que llegaron a Damasco, y, naturalmente, no todos regresaron a Judá cuando lo permitieron los persas, que entre tanto se habían adueñado de Babilonia. Bajo el dominio persa Damasco vivió incluso un período de esplendor. Nada tiene, pues, de sorprendente que en tiempo del apóstol Pablo hubiera en Damasco una gran colonia judía que poseía varias sinagogas. Y como la judería de la ciudad estaba evidentemente sujeta al gran consejo de Jerusalén, Saulo llegó a Damasco persiguiendo a los seguidores de Jesús entre las comunidades judías. Sólo que ante la puerta oriental de la ciudad le llegó a él su “hora de Damasco.”
Pablo entró en la ciudad por la puerta oriental de los romanos. La experiencia religiosa había dejado ciegos sus ojos. En aquella suntuosa puerta de tres arcos, de la que hasta hace poco sólo se conocía un arco secundario, empezaba la espléndida avenida de 30 m de ancha por 1500 m de larga que atravesaba la ciudad. Era la llamada calle Recta, que, según el estilo helenístico, estaba flanqueada por pórticos de columnas. La actual calle Recta (suk et-Tawil) ya no da la imagen de aquel esplendor; las columnatas romanas sacadas a luz sólo pueden verse de cuando en cuando, entre casas y espacios sin construir.
Pablo se dirigió a una posada judía de la citada calle; pertenecía a un tal Judas (Hch 9:11); hoy se levanta allí una mezquita. Y una casa bajo el nivel del suelo, en un callejón secundario, se señala como la casa de Ananías, que bautizó a Pablo en algún ramal del Baradá. Digamos más bien que en la capilla de esa casa se venera la conversión del perseguidor Pablo a discípulo de Cristo, aunque la casa, que queda varios metros bajo el nivel de la calle actual, habla en favor de la autenticidad de dicha tradición, ya que el nivel normal de las calles se ha elevado unos metros con los derribos y sedimentos de siglos (incendios, destrucciones bélicas).
En su segunda visita a Damasco Pablo tuvo que salir huyendo (Hch 9:25; 2Co 11:32). Al suroeste de la ciudad se señala la puerta que ocuparía el lugar por el que Pablo fue descolgado por una ventana camuflado en una cesta.
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