Vela
El uso de velas y cirios en las ceremonias litúrgicas tiene su origen en los primeros tiempos de la Iglesia. Ya no es preceptivo que estén elaboradas con cera de abeja, dispuesta en torno a una mecha central, como ocurría antes.
En principio facilitaban la iluminación del altar en templos que, generalmente, no disponían de grandes ventanales, introducidos tras la revolución que representó el arte gótico, pero después adquirieron un carácter simbólico, llegándose a prescribir el número de las que debían lucir en cada acto litúrgico, aunque fue variando en el transcurso del tiempo.
También varió el lugar de su colocación, dado que inicialmente, eran portadas por acólitos y depositadas al pie del altar. Más tarde se dispusieron sobre el mismo, costumbre que se ha mantenido hasta nuestros tiempos, cuando vuelve a ser frecuente que se sitúen ante el altar.
Desde el siglo XIII, cuando preside la Eucaristía el Sumo Pontífice se utilizan siete velas. Por su parte, el antiguo Ceremonial de Obispos prescribía colocar seis velas para las misas solemnes, cuatro para las misas cantadas, y dos para las misas rezadas.
Actualmente, la Instrucción General del Misal Romano dispone que sobre el altar, o cerca de él, deben colocarse en todas las celebraciones por lo menos dos velas, o también cuatro o seis, especialmente si se trata de una Misa dominical o festiva de precepto. En cualquier caso, siempre en número par.
Respecto al lugar, puede situarse sobre el altar o cerca de éste, en sus correspondientes candeleros. Si la cruz se pone en el centro del altar, lo más conveniente es que se pongan las velas a sus lados.
De acuerdo con la tradición, aunque existan seis velas no se encienden todas en las celebraciones. Se encienden dos en las ferias o memorias; cuatro en las fiestas; y seis en los domingos y en las solemnidades.
Ahora, cuando celebra el obispo diocesano deben usarse siete velas, porque el número siete, en la Sagrada Escritura, simbolizan la perfección y, de esta forma, se usan siete velas para destacar la plenitud del sacerdocio de la que participa el obispo, siempre que lo haga en su diócesis. En las misas de difuntos, aunque celebre el obispo diocesano, no se usan las siete velas sino únicamente seis, de acuerdo a una antigua tradición ya recogida en el Ceremonial de Obispos de 1886.
No existe una rúbrica sobre cómo han de encenderse. Pero la práctica tradicional es comenzar por el lado derecho del altar, alumbrando primero el que se encuentra más cerca del crucifijo y terminando por el más alejado. Después se procede del mismo modo en el lado izquierdo del altar y, a la hora de apagarlas, se procede en sentido inverso.
La palabra «vela» se utiliza también con un sentido distinto para referirse a la acción de velar, o al turno establecido cuando se realiza ante el Santísimo o una imagen sagrada.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.