Santo Rosario
Es un sacramental de larga tradición en la Iglesia, consistente, hasta hace muy pocos años, en el rezo de 150 Avemarías, distribuidas en grupos de diez. Cada uno de ellos se inicia con el rezo del Padrenuestro y finaliza con el Gloria Patri.
El Rosario se distribuía en tres partes, en cada una de las cuales se contemplaban los llamados Misterios: Gozosos, Dolorosos y Gloriosos.
San Juan Pablo II, un Papa que resaltó continuamente la importancia del rezo del Santo Rosario, del que dijo que «en su sencillez y profundidad, es un verdadero compendio del Evangelio», añadió los llamados Misterios Luminosos.
Cada uno de ellos propone a los fieles la contemplación de un aspecto de la vida del Señor o de la Virgen, de manera que, al mismo tiempo que se recitan las Avemarías, puede meditarse en torno a los mismos.
En la práctica cotidiana, el rezo del Santo Rosario se inicia con la Señal de la Cruz y, frecuentemente, con un acto de contricción. Tras la contemplación del primer Misterio correspondiente a ese día de la semana, se reza el Padrenuestro, seguido de la primera serie de diez Avemarías, para terminar con el Gloria Patri. Antes de continuar con el segundo Misterio, suele recitarse una jaculatoria; la más frecuente es «María Madre de gracia, Madre de piedad y de misericordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».
Se procede de la misma manera con cada uno de los cinco Misterios y, seguidamente, se recitan las Letanías lauretanas que, aunque no forman parte del Rosario, le acompañan habitualmente. Para terminar, es frecuente rezar la Salve y algunas oraciones por las intenciones generales y particulares de cada uno.
Los misterios gozosos se contemplan los lunes y los sábados; los dolorosos, los martes y los vienes; los gloriosos, los miércoles y los domingos; los luminosos quedan reservados para los jueves.
El origen de esta devoción es atribuido por una piadosa tradición al fundador de la Orden de Predicadores, Santo Domingo de Guzmán, pero, aunque es evidente, la influencia que los dominicos tuvieron en la difusión de esta práctica, existían ya algunos precedentes.
En los inicios de las órdenes monásticas era habitual que los monjes recitaran, a lo largo del día, los 150 salmos que aparecen en la Biblia. Pero, muchos de los hermanos legos de las propias órdenes y, por supuesto, casi todos los fieles, no podían participar en estas devociones por ser analfabetos. Para ellos se pensó sustituir cada uno de los Salmos por una oración que conocieran y, ya desde el siglo IX, era habitual que repitieran 150 veces el Padrenuestro, ya que, en aquellos momentos, el Avemaría no existía, tal como ahora la conocemos.
Fue un dominico, el beato Alan de Rupe, quien, a mediados del siglo XV, impulsó esta devoción, transformada en el llamado «Salterio de la Virgen», porque el rezo del Padrenuestro fue reemplazado por el Avemaría. Se relata que Alan de Lupe había tenido una visión sobrenatural en la que pudo contemplar el momento en el que la Santísima Virgen hacía entrega del Rosario a Santo Domingo de Guzmán. Esta visión fue reflejada en numerosas obras de arte que se difundieron por las iglesias de los conventos dominicos, al igual que las cofradías dedicadas al Santo Rosario.
En 1521, otro dominico, fray Alberto de Castello, escogió los 15 pasajes evangélicos que, hasta la reforma impulsada por San Juan Pablo II, constituían los correspondientes Misterios del Rosario. (Véase: Misterios del Rosario)
Fue el Papa San Pío V quien contribuyó a la gran difusión del Santo Rosario, pues le dio la forma definitiva y ordenó que fuera rezado en toda la Cristiandad, en acción de gracias por la gran victoria naval que las naves de la Liga Católica, al mando de D.Juan de Austria, habían logrado, frente a los turcos, en el golfo de Lepanto.
Como ya ha sido señalado, San Juan Pablo II, por medio de la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, de 16 de octubre de 2002, dio nueva forma al Rosario mediante la incorporación de los cinco Misterios luminosos, destacando la importancia de esta práctica y sus fundamentos bíblicos y teológicos.
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