Santísima Trinidad
La doctrina trinitaria ha sido confesada por la Iglesia desde sus primeros tiempos, a través de las proclamaciones expresas de los concilios en virtud de las cuales se reconoce que el Espíritu Santo es Dios, uno e igual al Padre y el Hijo, de la misma substancia y también de la misma naturaleza que, con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria.
El Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo y, precisamente, esa definición expresada con el término «filioque» (y del Hijo) es lo que no fue aceptado por la Iglesia Ortodoxa, dando lugar entre otras cuestiones al Cisma de Oriente que supuso su ruptura con la Iglesia de Roma.
Dentro de la unicidad de Dios en su naturaleza, cada una de las Personas es independiente, sin dejar de ser un mismo Dios. Al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la acción vivificante y santificadora en la vida de la Iglesia que lo invoca, de manera especial, en la administración de los Sacramentos.
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