Santa Misa
Como celebración del Sacramento de la Eucaristía, la Santa Misa es el eje central de las celebraciones litúrgicas, núcleo de toda la vida cristiana para la Iglesia universal y local, así como la expresión suprema del culto que rendimos a Dios. Todo el resto de las acciones sagradas y cualquier obra de la vida de los creyentes se relacionan con ella, de ella proceden y a ella se ordenan.
En ella se renueva el Sacrificio de la Cruz. No se trata de un nuevo sacrificio, sino del mismo en el que Cristo se ofreció una vez, de manera cruenta, que, ahora, se hace actual a través del ministerio sacerdotal. Cristo es el actor principal que preside cada celebración eucarística como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, intercediendo ante el Padre por todos los hombres.
Pero la Santa Misa es, también, el sacrificio de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. A través de la celebración se une a su Cabeza y se ofrece totalmente a Él. Como expresión de ese gran misterio del Cuerpo Místico, en la celebración de la Eucaristía, participan todos los fieles, miembros de la Iglesia militante en la Tierra, pero, también, se unen a ella la Virgen María y los Santos que constituyen la Iglesia triunfante que participan ya de la gloria del Cielo. En la Santa Misa oramos por la Iglesia purgante que espera alcanzar la purificación para disfrutar de la luz y la paz de Cristo.
La Misa es sacrificio y banquete, porque en ella Cristo se nos ofrece para que podamos recibirlo en la Comunión, como prenda de gloria futura.
La palabra «misa» procede del latín «missio» que significa «enviar», y quiere indicar que los fieles que participan en ella marchan al finalizar la misma a poner en práctica, con la gracia recibida, la Palabra de Dios.
Cumpliendo el mandato del Señor, la Iglesia ha hecho de la celebración eucarística el elemento nuclear de su vida espiritual. Su liturgia se desarrolla de acuerdo con una estructura fundamental que se ha mantenido a través de los siglos.
En ella podemos considerar dos partes que, sin embargo, constituyen una unidad básica, un solo acto de culto: La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística que van precedidas por los llamados ritos iniciales.
Entre estos ritos iniciales figuran el Canto de Entrada, el Saludo al altar y al pueblo congregado, la Antífona de Entrada, el acto penitencial, el Kyrie, el Gloria y la Oración Colecta.
La Liturgia de la Palabra comprende las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura: Primera Lectura, Segunda Lectura o Epístola y Evangelio, con el Salmo responsorial entre la primera y la segunda y el Aleluya, tras la segunda; la homilía; el Credo o profesión de fe; y la oración universal u oración de los fieles.
La Liturgia Eucarística comienza con el Ofertorio y continúa con la Plegaria Eucarística o Anáfora, oración de acción de gracia y de consagración que está compuesta por el Prefacio, el Sanctus, la Epíclesis, el relato de la Institución, la Anamnesis, la Oblación, las Intercesiones y la Doxología final.
Sigue después el rito de la Comunión que comienza con el rezo del Padrenuestro, seguido del embolismo que añade el sacerdote y la doxología que recita el pueblo; el rito de la paz; la fracción del Pan; la Inmixtión; el Agnus Dei; oración privada del oficiante; presentación del Pan Eucarístico y comunión del sacerdote y de los fieles. Al término de la misma y, tras un breve silencio, el sacerdote recita la Oración después de la Comunión.
La Santa Misa finaliza con el rito de conclusión que consta de saludo, bendición sacerdotal y despedida
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