Lavatorio de manos
El lavado de las manos como signo de purificación lo realiza el celebrante en el Ofertorio, durante la celebración de la Eucaristía, utilizando un aguamanil y secándose con el manutergio, mientras pronuncia en voz baja las palabras: «Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado», tomadas del salmo 51.
Aunque ya no es obligatorio, hasta las últimas reformas litúrgicas, se las lavaban los sacerdotes antes de revestirse para celebrar la Santa Misa. Para ello existían en las sacristías unas fuentes o lavabos destinados a este cometido. Situadas en uno de sus muros o en los de una dependencia aneja, en ocasiones disponían de un frontal de gran belleza artística y una pila en la que se efectuaba el lavatorio mientras se pronunciaba la oración: «Da, Domine, virtutem manibus meis ad abstergendam omnem maculam; ut sine pollutione mentis et corporis valeam tibi servire. Amen». (Purifica, Señor, de toda mancha mis manos con tu virtud, para que pueda servirte con limpieza de cuerpo y alma. Amén).
También se lavan en otras ocasiones, como el Miércoles de Ceniza, tras imponer la ceniza, o en todas las ocasiones en las que se impone el crisma o los óleos.
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