Latín
Lengua del imperio romano que fue adoptada como idioma oficial por la Iglesia Católica Romana, pues las iglesias católicas de rito oriental utilizan otras lenguas.
En ella se celebraba la liturgia y se redactaban todos los documentos. Era, en definitiva la «lengua franca» de la Cristiandad occidental que permitía una comunicación entre todos los la habían estudiado en los seminarios y, al mismo tiempo, facilitaba el sentido de universalidad que permitía a los fieles de cualquier origen participar en los actos litúrgicos que se celebraban en otros países.
A raíz del Concilio Vaticano II se experimentó un cambio radical, al introducir el uso de las llamadas «lenguas vernáculas». Fue el 4 de diciembre de 1963 cuando los padres conciliares aprobaron la Constitución Sacrosantum Concilium, cuyo desarrollo se llevó a cabo a través de cinco instrucciones posteriores, con la denominación común de «Instrucción para la Recta Aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II».
La primera de ellas, Inter Oecumenici, fue publicada en 1964 con los principios generales para el desarrollo de la reforma. En 1997, se difundió la Tres abhinc annos, con normas para su introducción en el Ordinario de la Misa, y en 1970 la Liturgicae instaurationes destacaba el papel de los obispos en la renovación litúrgica.
Veinte años después de la primera instrucción, a la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos difundió la Varietates legitimae, haciendo alusión a algunos problemas planteados respecto a la adaptación de la liturgia romana en diferentes zonas. Finalmente, en 2001, la Liturgiam authenticam estableció normas precisas para las traducciones que deben ser supervisadas por las respectivas Conferencias Episcopales y aprobadas por la Santa Sede. Estableció la obligación de ajustarse a la versión latina oficial, realizando traducciones dignas, atendiendo a su uso, sin permitir una excesiva creatividad en las mismas y haciendo alusión a determinados problemas que se habían presentado respecto al género de algunos términos, insistiendo en que el lenguaje litúrgico suele ser distinto del lenguaje ordinario, por lo que no se debía incurrir en una vulgarización. Otro aspecto en el que insistía era en la necesidad de que un determinado pasaje de la Sagrada Escritura se tradujera de la misma forma en los diferentes libros litúrgicos.
Desde entonces, se ha realizado un gran esfuerzo para renovar las traducciones, aunque no siempre con el acierto gramatical y sintáctico que hubiera sido deseable y, en ocasiones, se ha prescindido de expresiones que habían cobrado carta de naturaleza en el sentir y en el uso general de los fieles.
Mientras tanto, el abandono del estudio del latín por parte de los llamados al sacerdocio y también su eliminación de los currículos docentes está dando lugar a una pérdida irreparable de lo que, hasta hace no mucho, era un legado cultural de primer orden que había impregnado otras disciplinas como el Derecho o la Medicina.
La Santa Sede sigue publicando sus documentos oficiales en latín pero cabe preguntarse si, dentro de poco, habrá alguien que los entienda o tendrá que esperar a su traducción. Si el latín eclesiástico era ya muy diferente de latín clásico, los especialistas que aún quedan han llamado la atención sobre la pérdida de calidad de los nuevos textos e, incluso, en errores deslizados en algún reciente pronunciamiento de un Pontífice que, por otra parte, era uno de los más preparados de época contemporánea.
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