Gnosticismo
Aunque la palabra «gnose» que significa «conocimiento» aparece mencionada en la Biblia, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, para referirse al conocimiento que Dios da de sí mismo al hombre, el nombre gnosticismo, que procede de ella, se aplica a una serie de corrientes heréticas que alcanzaron amplia difusión en los primeros siglos del Cristianismo.
Adoptaron formas muy diversas, pero tenían en común el carácter mistérico e iniciático de quienes las practicaban, dado que se consideraban miembros de un grupo apartado del resto que únicamente podían acceder la verdad revelada a través del conocimiento interior.
Notablemente influidas por el gnosticismo pagano, sus doctrinas se fueron alejando de las mantenidas por la Iglesia que terminó condenándolos por herejes.
Entre otras teorías eran fervientes partidarios del dualismo entre la materia y el espíritu, en virtud del cual el alma vive aprisionada en el cuerpo o materia, del que era preciso liberarla. De ahí su repudio a la condición humana de Cristo, dado que consideraban inconcebible que un ser divino pudiera quedar anclado en algo material, por lo que defendían su humanidad aparente. Solo podía ser un ente divino enviado para redimir al alma humana del dominio de las tinieblas.
La pluralidad de formas del gnosticismo y la complejidad de muchas de sus doctrinas hacen imposible sintetizarlo de manera breve.
El gnosticismo vuelve a cobrar forma en el mundo contemporáneo hasta el punto de que D. Luigi Giussani, el fundador del movimiento «Comunión y Liberación» le comentó al entonces Papa San Juan Pablo II, en los años 90, que «El peligro para la fe cristiana no es el agnosticismo sino el gnosticismo».
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