Muerte
La muerte fue considerada al principio no fatalista, sino serenamente, como la terminación natural de la vida humana. La existencia del pueblo de Dios, religada a la Alianza, tenía un valor social, más que individual: cada cual continuaba su vida en la de sus descendientes. Por eso preocupaba menos la muerte individual. Posteriormente la muerte se considera como un castigo, como una consecuencia del pecado (Rom 5,12.17; 6,23; 1 Cor 15, 21-22), como una obra de Satán (Jn 8,44; Act 2,14), ya que Dios hizo sólo la vida, no la muerte. Pero Jesucristo, al morir en la cruz como rescate por todos los hombres (Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 22,27), ha vencido a la muerte, al pecado, a Satán. Con su resurrección obtiene el triunfo definitivo y final sobre ellos. El cristiano muere con Cristo en el bautismo (Rom 6,3-5) y es incorporado a la vida de Jesucristo resucitado. La muerte, lejos de ser una derrota, es un paso a la vida con el Señor triunfante y glorioso.
E. M. N.
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