Urbano VIII (6 agosto 1623 - 29 julio 1644)
Personalidad y carrera eclesiástica. Maffeo Vicente Barberini nació en Florencia el 3 de abril de 1568. Hijo de Antonio Barberini y de Camila Barbadori, pertenecía a una familia de comerciantes de tejidos de Oriente que se había asentado en Florencia a principios del siglo xv y había conseguido hacer fortuna. En Roma defendía los intereses de la empresa Francisco, un tío de Maffeo, que gracias a las buenas relaciones y a la fortuna se convirtió en protonotario apostólico. El padre de Maffeo murió en 1571 y su madre le educó en los jesuítas de Florencia, y al cumplir los doce años le envió a Roma, bajo la protección de su tío, para que continuara los estudios en el colegio romano. Después le mandó a la Universidad de Pisa para que cursara estudios de derecho, doctorándose en esta disciplina. Vuelto a Roma, inició la carrera eclesiástica bajo la protección de su tío, que en octubre de 1588 le compró el cargo de abreviador. Después Maffeo consiguió el de refrendatario de la Signatura; en 1593 su tío resignó el cargo de protonotario en su favor y en 1599 le compró el de clérigo de la Cámara apostólica, que gozaba de gran prestigio.
La carrera curial estuvo favorecida por la riqueza de su familia y por las buenas relaciones de su tío Francisco, pero se consolidó y potenció por la confianza que depositaron en él los papas. Clemente VIII le nombró en 1592 gobernador de Fano y después le envió a Francia (1601) para felicitar a Enrique IV con ocasión del nacimiento del Delfín. En 1604 recibió las órdenes mayores y Clemente VIII le nombró arzobispo in partibus de Nazaret y nuncio apostólico en París, donde prestó su apoyo a los jesuítas, pero no consiguió que se registraran los decretos del Concilio de Trento. Paulo V le concedió el capelo cardenalicio el 11 de septiembre de 1606 y Maffeo recibió la birreta cardenalicia de manos de Enrique IV. En septiembre de 1607 volvió a Roma y se convirtió en protector del reino de Escocia. Promovido al episcopado de Spoleto (1608), reunió un sínodo y puso fin a las obras del seminario. De 1611 al 1614 desempeñó el cargo de legado pontificio en Bolonia, en 1617 renunció la diócesis de Spoleto y fue nombrado prefecto de la Signatura de Justicia, el tribunal donde había comenzado la carrera de curial.
A la muerte de Gregorio XV, tras una disensión inicial, los cardenales eligieron casi por unanimidad al cardenal Barberini el día 6 de agosto de 1623, que escogió el nombre de Urbano VIII. Fue coronado el 29 de septiembre y el 19 de noviembre tomó posesión de San Juan de Letrán. El nuevo papa contaba 55 años y, a jucio de algunos historiadores, tenía un carácter altivo, que no toleraba oposición de ningún tipo.
La política pontificia. Inmediatamente después de la elección, Urbano VIII procuró crearse una corte familiar, practicando el nepotismo como sus antecesores, y que Paolo Prodi (// sovrano pontífice, Bolonia, 1982) interpreta como la forma específica que tomó el absolutismo centralizador del siglo xvii en el régimen electivo y no hereditario del papado. En 1623 nombró a su hermano mayor, Carlos (1560-1630), general de los ejércitos de la Iglesia y duque de Monte Rotondo; en octubre de 1623 el hijo de Carlos, Francisco, fue hecho cardenal a la edad de 26 años y superintendente general y gobernador de Tívoli. En 1624 sacó a su hermano menor Antonio del convento de capuchinos y le nombró cardenal penitenciario y bibliotecario. En 1629 concedió la púrpura cardenalicia a otro sobrino, Antonio, hijo de Carlos y hermano de Francisco, que acumuló los cargos de legado en Avignon y Bolonia, camarlengo y prefecto de la Signatura. Al heredero de la casa Barberini, Tadeo, le nombró general de los ejércitos, a la muerte de su padre, prefecto de Roma, gobernador del castillo de Sant’Angelo y príncipe de Palestrina.
Independientemente de la influencia que el nepotismo pudo tener en la política de Urbano VIII, parece que el pontífice se comportó como un soberano absoluto, que controlaba todo y dejaba poco poder de iniciativa a los miembros del colegio cardenalicio, a excepción de su amigo Lorenzo Magaloti, creado cardenal en 1624 y secretario de Estado hasta 1628. Los otros cardenales, demasiado influenciados por las potencias católicas, fueron excluidos de la gestión de los negocios. Para contrarrestar esta pérdida de influencia, en junio de 1630 les concedió el título de eminencia y el rango de príncipes de la Iglesia.
La política eclesiástica de Urbano VIII estuvo condicionada por el recelo que sentía contra la preponderancia de los Habsburgo en Italia, la creciente oposición de la Francia de Richelieu (1582-1642) hacia España y la desconfianza de los príncipes alemanes ante el victorioso emperador Fernando II (1619-1637). Estos factores rompieron la unidad del mundo católico e hicieron posible la continuación de la guerra de los Treinta Años (1618-1648), que puso fin a la hegemonía de los Habsburgo y también a la restauración del catolicismo.
Urbano VIII se pronunció contra los intereses de España en los conflictos de la Valtelina y de Mantua, y a favor de las pretensiones francesas. En el primer caso apoyó el tratado de Moncon (1626), que segregaba a los católicos de la Valtelina del dominio de los grisones protestantes, pero impedía el tránsito de tropas españolas por el valle. En el segundo caso, en la guerra de sucesión de Mantua (1627-1631), prestó su apoyo al candidato francés y rechazó al español.
En la guerra de los Treinta Años, Urbano VIII adoptó una política que, a la larga, sería muy perjudicial para la causa católica (L. Pastor, Historia de los papas, XXVII, pp. 335-86). Después que los imperiales derrotaron a los protestantes, el emperador Fernando II promulgó el 6 de marzo de 1629 el «edicto de restitución», que preveía la restitución de todos los bienes eclesiásticos usurpados desde la paz de Augsburgo (1555) a la Iglesia católica, pero Urbano VIII trató de frenar los impulsos restauracionistas del emperador, buscando un acuerdo entre Francia y Baviera. El cardenal Richelieu (1585-1642) impulsó y financió la intervención de Gustavo Adolfo de Suecia (1611-1632) en apoyo de los protestantes, y cuando los suecos fueron derrotados, Richelieu, cardenal de la Iglesia romana, declaró la guerra a España y al Imperio y se puso al lado de los protestantes alemanes y suecos. Urbano VIII optó entonces por una política de neutralidad, pero, como afirma Ranke (Historia de los papas, pp. 467-68), con su política antiaustríaca favoreció a Richelieu e indirectamente contribuyó a salvar al protestantismo, aunque como «padre común de la cristiandad» se esforzó por mediar entre las potencias en guerra.
La vida de la iglesia, el proceso de Galileo y el mecenazgo. En una proyección más religiosa hay que resaltar su preocupación por las misiones, el culto a los santos y los problemas con las doctrinas de Galileo y Jansenio. Urbano VIII dio un nuevo impulso a la congregación De Propaganda Fide, instituida por Gregorio XV en 1622, construyendo un nuevo palacio para su sede en la plaza de España y creando un seminario de misiones, que recibió el nombre de Colegio Urbano (1627), para formar en Roma a jóvenes orientales que quisieran seguir el ministerio sacerdotal. La congregación se mostró un instrumento eficaz al servicio de la centralización romana, a la vez que impulsó las misiones en todos los países de Asia y África, iniciándose en China la discusión sobre el problema de los ritos malabares.
En la misma tendencia centralizadora, Urbano VIII prohibió dar culto público a personas que no hubieran sido declaradas beatas por la Santa Sede, estableciendo las normas que se habían de seguir en los procesos de beatificación y canonización. Normativa que ha seguido en vigor hasta 1983. Además, sancionó públicamente el martirologio, que había sido revisado por orden suya, canonizó a santa Isabel de Portugal (1626) y beatificó a María Magdalena de Pazzi.
En el pontificado de Urbano VIII terminó el lamentable proceso contra el famoso físico y astrónomo Galileo Galilei (1564-1642). Como Galileo se mostró abiertamente partidario de la teoría del canónigo Nicolás Copérnico (1473-1543) sobre el movimiento de la Tierra alrededor del Sol, doctrina que por entonces rechazaban los teólogos en general, se le abrió ya en 1616, bajo Paulo V, un primer proceso inquisitorial. Las afirmaciones de Galileo fueron declaradas «imprudentes y absurdas para la filosofía, y formalmente heréticas, por ser contrarias a la Escritura, para la teología». Al mismo tiempo se puso en el índice de libros prohibidos la obra de Copérnico De revolutionibus orbium coelestium (1543). Cuando en 1632 volvió Galileo, en su Dialogo sopra i due massimi sitemi del mondo, a defender las tesis copernicanas condenadas, tuvo que comparecer ante el Santo Oficio de Roma. Bajo amenaza de torturas, el anciano fue obligado a retractarse y a vivir en libertad vigilada en su casa de campo de Arcetri, cerca de Florencia. Pastor, que en su Historia de los papas (XXVIII, pp. 287-304) hace una amplia exposición del caso Galileo, se refiere a él como un caso desgraciado y dice que «para los teólogos el error de 1616 y 1632 ha sido durante siglos una constante advertencia». Por muy lamentable que pueda resultar el caso Galileo, hay que recordar que las decisiones de la congregación no eran inmutables y menos infalibles. De hecho, el papa Juan Pablo II al comienzo de su pontificado instituyó una comisión que examinase las actas del proceso de Galileo y, en mayo de 1983, la Iglesia honró en el Vaticano al gran científico con un congreso internacional, que inauguró el papa personalmente.
En 1641 los jesuítas denunciaron al Santo Oficio el Agustinas de Cornelio Janssens (1585- 1638), obispo de Ipres, publicado al año siguiente de su muerte, porque contravenía la prohibición de 1611, repetida en 1625, de no publicar nada sobre la gracia y, además, defendía con sutiles distinciones las tesis expuestas antes por Bayo (1513-1589), que habían sido condenadas en 1567 (J. Orcibal, Jansenius d’Ypres, 1585-1638, París, 1989). Urbano VIII condenó la obra de Jansenio con la bula ín eminenti, firmada el 6 de marzo de 1642, pero no publicada hasta enero de 1643, por lo que tanto en Lovaina como en París se consideró falsa. Los seguidores de Jansenio, en especial Antonio Arnauld (1612-1694), aprovecharon la situación para organizar la defensa de la obra y dar vida a la controversia jansenista que a la muerte de Urbano VIII sólo había hecho que empezar.
Como soberano de los Estados Pontificios, Urbano VIII se comportó como un monarca absoluto, reforzó considerablemente la posición política del papa en Italia y amplió sus dominios con la incorporación del ducado de Urbino a los Estados de la Iglesia (1631) por muerte del duque, que era feudatario de la Santa Sede. Procuró hacer lo mismo con el ducado de Castro, que detentaba el duque Odoardo Farnese de Parma, pero no lo consiguió. Construyó fortalezas en los confines de Bolonia, reforzó las defensas del castillo de Sant’Angelo y rodeó la ciudad leonina con murallas y bastiones. Levantó en Civitavecchia un puerto militar y estableció una fábrica de armas en Tívoli.
Urbano VIII también desarrolló un importante mecenazgo. Se rodeó de pintores, músicos y escritores, reunió una de las bibliotecas más ricas de Roma y fundó la capilla Barberini en la iglesia de San Andrea della Valle. Rivalizó con sus sobrinos por el embellecimiento de Roma y, bajo la dirección de Bernini (1598-1680), halló el barroco una expresión grandiosa. Después de consagrar la nueva basílica de San Pedro en 1626, hizo que Bernini levantase el maravilloso baldaquino sobre el altar papal de la confesión. Francisco Barberini mandó a Bernini levantar en la pendiente del Quirinal uno de los palacios más representativos del barroco romano. Antonio Barberini, que fue capuchino, erigió para esta religión un nuevo convento en la plaza Barberini. En 1626 el papa hizo construir en Castel Gandolfo un palacio de verano, según los planes de Carlos Maderno.
Urbano VIII murió en Roma el 29 de julio de 1644 y fue enterrado en la basílica de San Pedro en el magnífico sepulcro que erigió Bernini a la derecha del altar de la Cátedra. Después de veintiún años de pontificado dejó un mal recuerdo entre los romanos, que le acusaban de haberse dejado manipular por sus familiares, de subir los impuestos y de comportarse como un traidor por su actuación en la guerra de los Treinta Años.
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