Urbano II (12 marzo 1088 - 29 julio 1099)
Elección. Clemente III se mantenía aún en Roma cuando los cardenales, reunidos en Terracina, procedían a elegir a Eudes, obispo de Ostia, antiguo prior de Cluny. Se trataba del primer papa francés, nacido en noble cuna, hacia el 1035, en Chátillon-sur-Marne (L. Paulot, Un pape franeáis: Urbain II, París, 1903). Educado por san Bruno de Reims, había llegado a ser arcediano de esta catedral antes de ingresar en Cluny. De allí le trajo Gregorio VII para convertirle en cardenal obispo de Ostia (1080), cargo que ostentó sin cambiar su condición monástica. Formó, pues, en el equipo de reformadores gregorianos. Como legado en Alemania, había presidido el sínodo de Quedlimburgo (Sajorna), donde pronunció oficialmente la excomunión de Clemente III. A. Becker (Papst Urban II, 1088-1099, 2 vols., Stuttgart, 1964) destaca que, aun manteniendo el rigor doctrinal de san Gregorio VII, su gobierno significó un cambio radical hacia la negociación, la cual permitió a la reforma triunfar.
La doctrina. En un libro ya clásico de Karl Miret (Die Publizistik im Zeitalter Gregors Vil, Leipzig, 1894) quedó demostrado cómo, en los años clave de esta década de los ochenta, en el siglo xi, la querella entre el emperador y el papa generó un profundo debate intelectual: se conservan más de un centenar de escritos, la mitad aproximadamente de cada bando, en que se presentan y discuten los argumentos encontrados. Alguno de los antigregorianos, como el cardenal Benon o el obispo Benzo de Alba, son meramente injuriosos, pero hay algunos como el De unitate Ecclesiae conservando de un anónimo monje de llirsfeld, y los tratados de Pedro Crasso y Guido de Ferrara, que plantean la cuestión de fondo que permanecería a lo largo de toda la Edad Media: perteneciendo la soberanía a la comunidad política, un rey, aceptado por ésta y debidamente establecido en el trono, no puede ser depuesto; en consecuencia, pues, la reforma gregoriana constituía un atentado al orden social y político y, en definitiva, a la propia Iglesia. Por su parte, los gregorianos, como Gerhard de Salzburgo, Bernoldo de San Blas o Manegoldo de Lautenbach, lo mismo que el ya mencionado cardenal Deusdedit, preferían apoyarse en los cánones: es la ley, tomando su inicio en las Decretales, la que forma el nervio de la Iglesia y garantiza su libertad.
Desde este punto de vista era indudable que la reforma no podía triunfar sino a través del entramado legislativo que nace de la propia Iglesia. Y ésa fue la vía que escogió Urbano II. Mientras reunía en Melfi (septiembre del 1089) un sínodo para renovar las sentencias canónicas contra la simonía, el nicolaísmo y la investidura laica, enviaba instrucciones a su legado en Alemania, Gebhard de Constanza, a fin de que se mostrara en la práctica generoso: el rigor de la ley es compatible con la misericordia hacia el reo. Aceptó al arzobispo de Milán como legítimo, a pesar de haber recibido el báculo y el anillo de manos del rey, porque su elección había sido correcta. Y dio facilidades para que continuasen en su ministerio los sacerdotes ordenados por obispos simoníacos o que hubiesen seguido el cisma cuando alegaban ignorancia.
Victoria de Urbano. Durante su ocupación de Roma, Clemente III celebró un sínodo en el cual fueron renovadas las sentencias contra la simonía y el nicolaísmo, pero se guardó un escrupuloso silencio en relación con las investiduras laicas. Contando con el apoyo normando, Urbano se instaló en la isla del Tíber (San Bartolomeo in Insola en la actualidad) y consiguió expulsar de la ciudad a su rival en junio de 1089. Preparaba entonces una jugada política de largo alcance: el matrimonio de la marquesa Matilde, viuda de 43 años, con Welfo V, heredero de Baviera, que sólo contaba 17. Serían la base de un amplio movimiento al que habría de sumarse Roger (1091-1127), rey de Sicilia y Nápoles, sucesor de Roberto Guiscardo, que en Amalfi renovó de forma fuerte el vasallaje. Ese mismo año también Sancho Ramírez de Aragón convertiría en vasallaje su dependencia de Roma. Desde 1091 Sicilia quedaría enteramente libre de musulmanes. Un acuerdo entre el papa y Alejo Comneno, que esperaba la movilización de fuerzas auxiliares en Occidente, garantizó a Urbano de un posible entendimiento entre los dos Imperios.
Tan amplia maniobra diplomática obligó a Enrique IV a regresar a Italia: entonces se apoderó de Mantua y amenazó los dominios del Patrimonium. En 1092 sus tropas le hicieron dueño de Roma, obligaron a Urbano II a huir, y restauraron a Clemente III. Poco duraron las victorias. El ejército alemán, sujeto a un fuerte desgaste, fue derrotado por las tropas de Matilde en las inmediaciones de Canosa, y Enrique IV se vio obligado a retirarse a Verona, donde quedó bloqueado. Estallaban por todas partes rebeliones: cinco ciudades lombardas, agrupadas en torno a Milán, tomaron la iniciativa de constituir una liga. El propio hijo de Enrique IV, Conrado, se alzó contra su padre, haciéndose coronar rey de Lombardía. En el invierno de 1093 a 1094, nuevamente Urbano II era dueño de Roma: mediante sobornos consiguió que le fuesen entregados el palacio de Letrán y el castillo de Sant’Angelo. Desde Roma renovó los poderes de Hugo de Lyon como legado en Francia y envió el pallium al nuevo arzobispo de Toledo, Bernardo de Salvetat, un cluniacense procedente de Sahagún, que pudo desde entonces considerarse primado de España. Las relaciones con Alfonso VI (1072-1109), que recibía auxilios desde Europa, eran excelentes.
Hasta 1097 no podría Enrique regresar a Alemania y restablecer su poder. En este tiempo Felipe I de Francia era excomulgado por Hugo de Dye por una razón puramente privada: el pecado de adulterio. Con un rey fuera de combate fue posible acelerar la marcha de la reforma en Francia, suprimiendo a la vez la simonía y la investidura (A. Becker, Studien zur Investiturproblem in Frankreich. Papstum, Kónigtum und Episkopat im Zeitalter der gregorianischen Kirchenreform, Sarrebruck, 1955). Guillermo II de Inglaterra (1087-1100) que, para fortalecer su dominio sobre la Iglesia, había tratado de mantenerse indiferente entre Clemente y Urbano y, durante cuatro años, forzado una vacante en la sede primada de Canterbury, tuvo al final que rendirse nombrando a Anselmo abad de Bec, para ocupar la vacante. San Anselmo (1093-1109) sería la figura clave de la reforma británica. Obligó a reconocer a Urbano y rechazó abiertamente las demandas de los obispos reunidos en Rockingham que, en un precedente de lo que llegaría a ser el anglicanismo, pretendían establecer el principio de que los miembros de la Iglesia deben antes obediencia al rey que al papa.
Clermont Ferrand. Firme ya en Roma, Urbano decidió entonces emprender el gran viaje que, según Rene Crozet («Le voyage d’Urbain II et ses negotiations avec le clergé de la France (1095-1096)», R. K, CLXXIX, 1937) debía convertirle en la primera autoridad de Europa, con un emperador eclipsado, envuelto en revueltas, un rey excomulgado y otros monarcas sometidos de grado o por fuerza a la enorme influencia de Roma. El 1 de marzo de 1095 inauguró el sínodo de Piacenza con más de 4.000 clérigos y 30.000 laicos llegados de todas partes; ante él compareció Práxedes, la esposa de Enrique IV, acusándole de deshonestidades. Se renovaron en esta magna asamblea las sentencias contra Clemente III y se recibió cordialmente a los embajadores de Alejo Comneno, que solicitaba abiertamente la ayuda. En cierto modo el papa se comprometió a procurarla. Por Cremona y Milán, Urbano llegó a Valence y comenzó a ocuparse de los problemas de Francia. Además de las acostumbradas sentencias contra la simonía y el concubinato, se extendieron a todo el sur de Francia los preceptos de la Paz y la Tregua de Dios. Hizo un alto en Le Puy, cuyo obispo, Adhemar de Montreuil, que acababa de regresar de Jerusalén, le explicó cuál era la situación de los cristianos en Tierra Santa. El 25 de octubre de aquel año intenso estaba de nuevo en Cluny, consagrando el altar mayor de la basílica. El 18 de noviembre inauguraba otro gran concilio, en Clermont Ferrand.
Esta asamblea estaba destinada a ser el motor de la reforma en Francia: la excomunión de Felipe I fue renovada, con una afirmación de la doctrina acerca del matrimonio; se acompañaron las acostumbradas disposiciones acerca de la reforma eclesiástica y por primera vez se llegó al fondo mismo de la cuestión prohibiendo a los clérigos cualquier relación de vasallaje en relación con los laicos. Y el 27 de noviembre, saliendo a la plaza, hizo un llamamiento a los caballeros para que, formando un ejército, acudiesen al socorro de Bizancio. Así se puso en marcha la gran cruzada. Urbano II advirtió a los españoles que no debían participar porque «su» cruzada estaba en la frontera de sus reinos, amenazada por los almorávides. Terminado el concilio, el papa emprendió el regreso haciendo etapas en Poitiers, Burdeos, Toulouse, Nimes, Pavía y Milán, y siendo recibido en todas partes con indescriptible entusiasmo. El papa era ya, verdaderamente, cabeza de la cristiandad; en esta condición pudo presidir en enero de 1097 el sínodo en Letrán.
La gran cruzada. En este momento se incorporó a la corte pontificia san Anselmo de Canterbury; se había visto obligado a huir porque no podía contener las ingerencias de Guillermo II. Urbano retuvo junto a sí al gran teólogo, pero le disuadió de renunciar a la mitra, como pretendía. La decisión de enfrentarse al cesaropapismo inglés fue demorada (el problema se disolvería en 1100 con la muerte de Guillermo) porque la cruzada era más importante. De ella esperaba el papa, mediante la salvación de Bizancio, un restablecimiento de la unidad entre las Iglesias. Cuando ya las unidades de caballeros cruzaban, por tierra y por mar, los caminos de Europa, se celebraba un sínodo en Bari (1089) con la asistencia de los griegos, a quienes san Anselmo, con una expresión teológica más rica, pudo convencer de la corrección de la doctrina occidental acerca de la doble procesión del Espíritu Santo. Los choques entre caballeros cruzados y autoridades bizantinas, en divergencia profunda respecto a los verdaderos objetivos de la cruzada, impidieron que se llegase a la unión en el preciso momento en que se había conseguido superar el escollo más difícil. Cuando Urbano II murió hacía dos semanas que los occidentales eran dueños de Jerusalén.
Urbano II recogió los frutos de la política de Gregorio VII: una gran monarquía espiritual se alzaba ahora en Europa. Por vez primera encontramos en una bula de 1089 el término «curia» para designar el organismo central que gobernaba esa cristiandad; dentro de ella se menciona un camerarius que era el encargado de administrar las rentas. Curia y Cámara apostólica eran dos organismos destinados a servir de modelo a las monarquías temporales en su camino hacia las primitivas formas de Estado.
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