Paulo IV (23 mayo 1555 - 18 agosto 1559)
Personalidad y carrera eclesiástica. Juan Pedro Caraffa nació en Capriglio el año 1476. Miembro de una familia noble del reino de Nápoles, se inició en la carrera eclesiástica de la mano de su tío, el cardenal Oliviero Caraffa, que en 1505 renunció en su favor el obispado de Chieti. En los años sucesivos desempeñó misiones diplomáticas en Nápoles, como legado extraordinario del papa para recibir a Fernando de Aragón; en Inglaterra, para organizar la recaudación de un tributo pontificio, y en España. Después de la última misión sus sentimientos antiespañoles, heredados de la tradición familiar, se agudizaron, y en 1518 fue promovido al arzobispado de Brindisi, conservando el de Chieti. El año 1524 renunció a todos los beneficios para entrar en la congregación de los clérigos regulares, conocidos con el nombre de teatinos, que fundó junto con Cayetano de Thiene.
Creado cardenal por Paulo III el 22 de diciembre de 1536, fue nombrado miembro de la comisión cardenalicia que presentó al papa el proyecto de reforma general de la Iglesia, conocido como Consilium de emendanda Ecclesia. Defensor a ultranza de la ortodoxia, fue uno de los inspiradores de la creación de una comisión cardenalicia para la represión de la herejía. De este nuevo organismo, con el que Paulo III estableció en 1542 la Inquisición romana, el cardenal Caraffa formó parte desde el principio, llegando a ser uno de los miembros más influyentes. En 1549 fue promovido al arzobispado de Nápoles y desde 1553 fue decano del sacro colegio.
En el cónclave que se reunió el 15 de mayo de 1555, tras la muerte prematura de Marcelo II, el cardenal Caraffa no parecía tener muchas esperanzas de ser electo. Pero, aunque ninguno de los dos partidos del colegio cardenalicio, el imperial y el francés, contaba con mayoría de votos para imponer su candidato, el 23 de mayo confluyeron los votos de la mayoría en Caraffa y fue elegido papa, tomando el nombre de Paulo IV. El nuevo papa tenía 79 años y el embajador veneciano Navagero afirma que «este papa es de un temperamento violento y fogoso [...]. Es impetuoso en el manejo de los asuntos y no tolera que nadie le contradiga».
Aunque Paulo IV era un ardiente partidario de la reforma, su pontificado defraudó por su extraordinaria severidad y por el vergonzoso nepotismo que practicó, pues no sólo encumbró a sus sobrinos, sino que siguió ciegamente la política que le marcó su nepote Carlos Caraffa, hábil e inteligente, pero también ambicioso y de dudosa moralidad, al que nombró cardenal poco después de su elección. Cuando al final de su pontificado Paulo IV descubrió los manejos y las traiciones de su sobrino, reaccionó con severidad: lo destituyó de todos los cargos y, junto con sus hermanos, el duque de Palliano y el marqués de Montebello, les ordenó salir de Roma con su familia en el plazo de doce días, amenazándoles con infligirles la pena señalada al delito de traición si abandonaban su destierro. Pero el remedio llegaba demasiado tarde.
La paz religiosa y la lucha contra la herejía. Paulo IV era enemigo inflexible del predominio español en Italia por tradición familiar y, en opinión de Llorca Historia de la Iglesia católica, III, Madrid, 1960, pp. 786-91), se dejó arrastrar por su sobrino, el cardenal Caraffa, a firmar una alianza con Francia y a hacer la guerra contra España, que acabó en 1557 con la derrota total de las tropas pontificias. Carlos V, ante la imposibilidad de someter a los protestantes alemanes por el apoyo que recibían de Francia, firmó con ellos la paz religiosa de Augsburgo (25 septiembre 1555), que selló la división religiosa de Alemania. Poco después, Paulo IV rechazó la abdicación del Imperio por Carlos V y la elección de Fernando I como nuevo emperador, al considerar que esto no se podía hacer sin el consentimiento pontificio, pero Fernando se hizo coronar el 14 de marzo de 1558 sin requerir su consentimiento ni su ratificación.
Pablo IV no tuvo más éxito con Inglaterra. Recibió a los legados que en nombre de la reina María Tudor fueron a Roma a sellar la vuelta a la obediencia romana, pero el rigorismo del papa no podía consentir que los seglares continuaran reteniendo los bienes expropiados a la Iglesia en los años anteriores. Con la muerte de la reina María, en noviembre de 1558, la obra restauradora del catolicismo inglés se vino abajo y se restableció el anglicanismo. Por otra parte, el protestantismo continuaba avanzando en Polonia y en Francia.
Con un papa así no se podía pensar en la continuación del Concilio de Trento, pues además de la desconfianza que sentía hacia la asamblea conciliar, no le parecía el instrumento más adecuado para llevar a cabo la reforma religiosa (D. R. Ángel, Paul IV et le concile, Lovaina, 1907). Para promover la reforma prefirió crear, en 1556, una congregación general compuesta por 62 miembros, que después dividió en tres secciones. Pero como este organismo tardaba en definir el esperado plan de reforma, el papa comenzó a tomar una serie de medidas parciales: reformó la Dataría, cuyos abusos eran desde hacía tiempo motivo de duras críticas, impuso una obligación más estricta de la residencia a los obispos, exigió la observancia de la vida claustral a los religiosos, castigó la simonía y el concubinato, y se esforzó por restaurar la moralidad pública, sobre todo en Roma. A los judíos los reunió en un mismo barrio, separado de los cristianos, y de acuerdo con lo que había dispuesto el Concilio IV de Letrán, les obligó a llevar un distintivo para que pudieran ser reconocidos.
Especial atención prestó a la represión de la herejía, en consonancia con su mentalidad rigorista. Amplió la autoridad de la Inquisición romana, disponiendo que no sólo conociera los casos de herejía, sino también otros delitos. Además, extendió su jurisdicción a los obispos y cardenales, de modo que nadie podía escapar a su vigilancia y rigor, como mostró el caso del cardenal Morone. Este benemérito cardenal, acusado de ser sospechoso de herejía (que luego se demostraría ser falso), fue encarcelado en el castillo de Sant’Angelo en 1557 y procesado. Sólo tras la muerte de Paulo IV pudo recuperar Morone la libertad. El cardenal Pole escapó a un destino similar por encontrarse entonces en Inglaterra. También se preocupó de controlar la circulación de libros sospechosos; para ello publicó en 1559 el Index librorum prohibitorum, que fue el primer índice papal de libros prohibidos, en el que se incluían todas las obras que no podían leerse ni guardarse bajo pena de excomunión reservada al papa. La relación de libros prohibidos era tan exagerada que, a la muerte de Paulo IV, debió ser moderada y modificada.
Al conocerse la noticia de su muerte, acaecida el 18 de agosto de 1559, estalló en Roma el odio que el pueblo había ido alimentando contra el papa por los sufrimientos que hubo de soportar durante la guerra de Nápoles y por los rigores de la Inquisición. El populacho atacó el edificio que albergaba el Tribunal de la Inquisición y derribó la estatua que le habían levantado en el Capitolio. Fue enterrado en San Pedro, pero en 1566 sus restos se trasladaron a la iglesia de Santa María sopra Minerva.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.